Ni relato, ni maquillaje. La realidad | Editorial | El Diario de la República
Editorial | 14-05-2013 | 18:45 |

Ni relato, ni maquillaje. La realidad

Se tiende a pensar que la verdad y la realidad debieran ser la misma cosa. Ya Aristóteles, en la antigua Grecia, lo planteaba como una tautología, como una redundancia, una obviedad. Después, un buen tiempo después, un político cuya vigencia permanece indiscutida, y que sigue ganando elecciones, se valió varias veces de esta frase, para sepultar especulaciones, interpretaciones amañadas, y algunos disparates.

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Se tiende a pensar que la verdad y la realidad debieran ser la misma cosa. Ya Aristóteles, en la antigua Grecia, lo planteaba como una tautología, como una redundancia, una obviedad. Después, un buen tiempo después, un político cuya vigencia permanece indiscutida, y que sigue ganando elecciones, se valió varias veces de esta frase, para sepultar especulaciones, interpretaciones amañadas, y algunos disparates. En la segunda mitad de la década del cuarenta, se dice que comenzó a acuñarla. Cuando sus detractores y algunos críticos dudaban de los resultados de su gestión, y efectuaban algunos reclamos, Perón refutaba con evidencias concretas y de cifras –consistentes, verdaderas, coherentes- para destrozar sus argumentos. Y remataba con la famosa sentencia: “la única verdad es la realidad”.
Para muchos gobernantes la realidad es insoportable. Es más, si no fuera por la realidad, parecería que lo demás está todo bien. Su gobierno parece brillante, lástima la realidad. Para colmo de males, tiene una paciencia oriental. Se realizan múltiples intentos, vanos esfuerzos, por deformarla, por ocultarla, por desdecirla, por minimizarla, por contradecirla, por desvalorizarla. Y la muy terca, permanece ufana y ni se conmueve. Como los sabios, disfruta esperando su momento. Que más temprano que tarde, llega, siempre llega. No se preocupa ni en refutar cifras, ni en desmentir falsedades. Espera implacable su instante de gloria. No está claro si espera sentada en la puerta de su casa, o dónde. Pero en la instancia precisa, asesta golpes implacables.
Es demoledora. Es casi cruel. Y lo peor, es que es la realidad. Lo de ella es siempre real, es evidente, es verdadero.
Bueno, malo, regular o peor, es cierto. En la Argentina se han creado organismos, institutos, agrupaciones, personajes, periodistas, cuya única función es inventarla. Sí, a ella, a la realidad.
Creen que puede haber otra realidad. Pero hay una sola. Se intenta segmentarla, sectorizarla, atomizarla. Junta, dividida o fragmentada, es la misma, la única. La que padecen o disfrutan todos los mortales. La que les toca vivir. La que los atañe, los involucra, los conmueve, los alegra o los entristece; los llena de vida o los mata.
Por estos días, la realidad argentina escucha impertérrita el relato oficial. Cuando refiere al pasado, sabe que es tema de la historia.
Cuando alude al presente sabe que poco tiene que ver con ella. Sabe que ese relato, no se corresponde con su actualidad. Habla de otras cosas, y cuando refiere a temas trascendentes desvía, falsea y miente. Relata, intenta generar otra realidad. La realidad es muy popular. Es conocida por todos. Algunos la niegan. Pero se sabe que la inversión va en declive. Que el mercado inmobiliario está estancado y la construcción paralizada. Que la inflación anual ronda el 25%. Que el dólar está por encima de 9,30. Que existe un fuerte déficit energético. Que terminó el romance con los gremios. Y esta es sólo la realidad económica. Otro tanto sucede con la realidad de la justicia, con la realidad social.
Las obras concretadas son parte de la realidad. No los anuncios, o las inauguraciones apresuradas. Las promesas cumplidas son otra parte de la realidad. No las promesas repetidas, una y otra vez, para el aplauso ligero y obsecuente. La lista de arrepentidos por desconocer la realidad es extensa. Los problemas que, alguna vez, se han resuelto parten del reconocimiento de la existencia de una realidad con problemas.
Lo otro es maquillaje, relato. Cuando amanece el maquillaje se corre, y el relato sucumbe y se cae. Y la caída es durísima, y arrastra a varios. Suele perjudicar a los más humildes. Y eso que ellos conocen la realidad, la padecen, la sufren y rara vez consiguen superarla. Esta quizás sea la parte más dolorosa de la realidad argentina.
 

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