Buenos tiempos de autores y de libros | Editorial | El Diario de la República
Editorial | 14-05-2013 | 18:55 |

Buenos tiempos de autores y de libros

A Jorge Luis Borges lo sorprendía sobremanera el hecho de que el autor que había escrito “Don Quijote de la Mancha”, fuese el mismo que había firmado “Persiles y Segismunda”, porque observaba una distancia de creatividad y talento muy distantes entre una obra y otra. Sobre todo (Borges era un crítico de sobrada sagacidad), por tratarse de la última creación del español, a doce años de la aparición de su obra cumbre y cuando se supone que un escritor ha madurado lo suficiente como para entregar sólo textos de gran calidad

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A Jorge Luis Borges lo sorprendía sobremanera el hecho de que el autor que había escrito “Don Quijote de la Mancha”, fuese el mismo que había firmado “Persiles y Segismunda”, porque observaba una distancia de creatividad y talento muy distantes entre una obra y otra. Sobre todo (Borges era un crítico de sobrada sagacidad), por tratarse de la última creación del español, a doce años de la aparición de su obra cumbre y cuando se supone que un escritor ha madurado lo suficiente como para entregar sólo textos de gran calidad.
Es evidente que el Cervantes de “La Galatea” o “Las novelas ejemplares”, es cuanto menos, bastante desparejo si se lo compara con el Cervantes de “Don Quijote”, la obra que sólo es superada por la Biblia en cuanto a ediciones y traducciones a lo largo de la historia. Es más sorprendente comprobar que la obra cervantina se llevó a cabo en la madurez del autor, entre los 40 y los 70 (en rigor murió a los 69), porque al igual que su magistral creación, fue un caballero andante: soldado, cobrador de impuestos, dramaturgo de obras menores y cuando pudo: novelista.
A William Shakespeare, contemporáneo de Cervantes, la crítica suele tratarlo con mayor benevolencia (más allá de que a ambos se los considere como los pilares fundacionales de la literatura universal), aunque la exactitud y profundidad de la belleza de sus textos muchas veces le ha jugado en contra. Hasta el punto en que no son pocos los autores que a lo largo del tiempo desconfían de su identidad y hablan de múltiples autores para concebir, “Hamlet”, “Macbeth”, “El rey Lear” u “Otelo”. Pero a diferencia de Cervantes, Shakespeare dedicó la plenitud de su vida a la dramaturgia, a la creación pura de obras inmortales y a la actuación como intérprete, por lo tanto fue un autor con “dedicación exclusiva”, más allá de las penurias que le tocó vivir.
Durante varios siglos la bohemia cultural insistía en señalar un día distinto a los demás días, un día cumbre, gigante, capaz de apagar en sus horas el genio de los grandes genios: el 23 de abril de 1616, en el que según la tradición y documentos no examinados en profundidad, habían muerto, en Inglaterra y España, esos dos maestros de las letras.
A los hombres de letras del mundo se les ocurrió (a principios del volátil Siglo XX) que una fecha tan significativa debía marcar un hito, un antes y un después para los autores de todas las lenguas y de todas las nacionalidades, América rápidamente levantó sus manos para decir que también un 23 de abril de 1616 había muerto el Inca Garcilaso de la Vega, autor de “Comentarios Reales de los Indios” y considerado el “Príncipe de los escritores del Nuevo Mundo”. Tantas coincidencias sólo podían ser fruto de las musas y la fecha se impuso sin discusiones y con aplausos.
Quizás a alguno pueda interesarle conocer que Cervantes murió en realidad el 22 de abril y que fue sepultado el 23, tal como consta en su certificado de defunción. Que Shakespeare murió el 23 de abril, pero acorde al Calendario Juliano (Gran Bretaña adoptó el Calendario Gregoriano en 1752), por lo que su muerte debe establecerse diez días después, el 3 de mayo de 1616. Y que por lo tanto el 23 de abril sólo recuerda a Garcilaso, aunque el hábito y la confusión ya hayan hecho el resto.
Quizás la fecha sólo sirva para funcionar como recuerdo de enormes autores, de clásicos imperecederos que siempre vale el esfuerzo volver a leer.
Por estos días comienza la Feria del Libro y en el rumor incesante de las voces, los stands y los pasillos, siempre pueden encontrarse a Miguel De Cervantes, a William Shakespeare, a Jorge Luis Borges y al Inca Garcilaso de la Vega, por nombrar sólo aquellos que se inmiscuyeron en el texto. Es una lista pequeña, acotada, antojadiza e incompleta, pero sumergirse en la lectura de cualquiera de ellos, sigue brindando ese placer de la creación
 

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