El día que Gabo empezó a enseñarnos a escribir | Columnistas | El Diario de la República
Columnistas | 21-05-2013 | 18:53 |

El día que Gabo empezó a enseñarnos a escribir

A 65 años de su primer nota periodística

Por Pablo Petrolini - Jefe de Noticias | Twitter: @PabloPetro1 | Mail: ppetrolini@grupopayne.com.ar
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gabriel_garcia en el universal


















El 21 de mayo de 1948, el diario “El Universal” de Cartagena, publicó la primera nota de un muchacho de 21 años que hacía sus primeras incursiones en el arte de escribir. Se llamaba Gabriel García Márquez y su texto, que apareció en la página cuatro, sin firma y sin título, inauguró una columna llamada “Punto y Aparte”.
En esa primera nota, García Márquez escribió sobre el fin del toque de queda decretado por el gobierno colombiano. El país caribeño buscaba un momento de sosiego cuando aún retumbaban los estruendos del “Bogotazo”, la violenta movilización popular que se desató luego de que el 9 de abril fuera asesinado el líder popular Jorge Eliécer Gaitán.
Lejos de las fórmulas del periodismo de hace 65 años (que incluso hoy utilizamos) aquel aprendiz de periodista no mencionó aburridos nombres de funcionarios en su primera nota. Tampoco transcribió citas, declaraciones, resoluciones o decretos. Sólo se limitó a describir de qué manera aquel aviso represor, que sonaba puntual cada medianoche, había alterado la vida cotidiana de los cartageneros.
El resultado fue un texto que revelaba los primeros síntomas su prosa con tintes literarios que por momentos se vuelve casi adictiva, que nos secuestra para llevarnos a un mundo que atravesamos renglón a renglón, página a página, casi sin darnos cuenta. Esa prosa, es la misma que cautiva a los millones de personas que leen sus novelas y la que lo llevó al Premio Nobel. Pero también, es la que deleita a quienes creemos que mejor aún son sus notas de prensa (menos famosas que sus libros).
De tanto en tanto, los periodistas recordamos esos escritos y hasta los evocamos como a una efeméride. Los leemos una y otra vez. No porque olvidamos las historias que relatan (podría recitar de memoria algunos comienzos), sino porque siempre buscamos una quimera: descubrir en sus textos un secreto, una fórmula secreta o algo, que nos contagie.
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El Universal, Cartagena
21 de mayo de 1948
Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda. El reloj de la Boca del Puente, empinado otra vez sobre la ciudad, con su limpia, con su blanqueada convalecencia, había perdido su categoría de cosa familiar, su irreemplazable sitio de animal doméstico. En las últimas noches ya no iban nuestras miradas a preguntarle por el regreso enamorado de aquella voz que nos quedó sonando en el oído como un pájaro eterno; o por el rincón temporal donde cortamos el hilo tenso de la aventura, sino que tratábamos de impedir, de detener con un gesto último y desesperado aquella marcha lenta, angustiosa, que iba precipitando las horas contra una frontera conocida que era, a su vez, la orilla tremenda donde se doblaba nuestra libertad. Diariamente a las doce oíamos allá afuera la clarinada cortante que se adelantaba al nuevo día como gallo grande, equivocado y absurdo, que había perdido la noción del tiempo. Caía entonces sobre la ciudad amurallada un silencio grande, pesado, inexpresivo. Un largo silencio duro, concreto, que se iba metiendo en cada vértebra, en cada hueso del organismo humano, consumiendo sus células vitales, socavando su levantada anatomía. Hubiera sido aquel un buen silencio de las cosas menores, descomplicado; ese silencio natural y espontáneo, cargado de secretos que se pasea por los balcones anónimos. Pero éste era diferente. Parecido en algo a ese silencio hondo, imperturbable, que antecede a las grandes catástrofes. Hundido en él sólo oíamos el ruido rebelde, impotente, de nuestra respiración, como si allí afuera en la bahía, estuviera aún Francis Drake, con sus naves de abordaje.
********
La madrugada —en su sentido poético— es una hora casi legendaria para nuestra generación. Habíamos oído hablar a nuestras abuelas que nos decían no sé qué cosas fantásticas de aquel olvidado pedazo del tiempo. Seis horas construidas con una arquitectura distinta, talladas en la misma substancia de los cuentos. Se nos hablaba del caliente vaho de los geranios, encendidos bajo un balcón por donde se trepaba el amor hasta el sueño de los muchachos. Nos dijeron que antes cuando la madrugada era verdad, se escuchaba en el patio el rumor que dejaba el azúcar cuando subía a las naranjas. Y el grillo, el grillo exacto, invariable que desafinaba sus violines para que cupiera en su aire la rosa musical de la serenata.
Nada de esto encontramos en el desolado patrimonio de nuestros mayores. Nuestro tiempo lo recibimos desprovisto de esos elementos que hacían de la vida una jornada poética. Se nos entregó un mundo mecánico, artificial en el que la técnica inaugura una nueva política de la vida. El toque de queda es –en este orden de cosas- el símbolo de una decadencia. Hay una gran distancia histórica entre esta clarinada prohibida y la voz amable del sereno colonial. Este de ahora es hermano del que oyeron los ingleses después del bombardeo a Londres. Igual al de Varsovia. El mismo que levantó su trinchera de terror ante los ojos asombrados de los niños alemanes que cambiaron sus trompos por ametralladoras. Con igual angustia lo oyeron todos los oídos de Europa; con esta misma sensación desconcertante de que algo se está derrumbando a nuestras espaldas. Con este mundo materializado donde los peces de colores tienen que abrirle agua a los submarinos, con esta civilización de polvo y clarines, ¿Cómo se nos puede pedir que seamos hombres de buena voluntad?
Desde ayer, afortunadamente, no oímos el toque de queda. Ha sido suspendido precisamente cuando se había incorporado a las costumbres de la ciudad. Muchos sentían nostalgia por esta destemplada y obligante serenata. Otros volverán — ¿volveremos?— a las visitas, recuperaremos nuestra agradable disciplina de esperar la madrugada olorosa a bosque, a tierra humedecida, que vendrá como una nueva Bella-Durmiente deportiva y moderna. O tal vez, seguros de que ya nada nos impedirá trasnochar, nos iremos a dormir mansamente —extraños animales contradictorios— antes de que los relojes doblen la esquina de la medianoche”.

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