Los peritos no despejaron los interrogantes sobre un crimen | Policiales | El Diario de la República
Policiales | 29-06-2013 | 10:11 | 0

Los peritos no despejaron los interrogantes sobre un crimen

Analizaron a los tres sospechosos. Pero no hallaron en ellos ningún signo que oriente hacia el autor.

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Mayor se explaya ante el tribunal. Dos psicólogas también ampliaron sus informes.

Dos psicólogas y un psiquiatra del Cuerpo Técnico del Poder Judicial robustecieron el desconcierto que envuelve el juicio por el homicidio de Julio Ceferino Lucero. Los especialistas dijeron que la mujer y los dos hijos de la víctima acusados del asesinato no tienen trastornos. Una de las psicólogas consideró que la relación entre Julio Lucero y ellos era de mucho afecto, y la otra aseguró que, por los dichos de uno de los acusados, no advirtió que hubiera violencia familiar. Al tiempo que se acercan los alegatos, no surge con claridad quién de los tres pudo ejecutar al hombre de un tiro en la nuca, mientras dormía, ni por qué razón pudo hacerlo.
Además de los peritos, ayer declaró el oficial principal Edgar Eduardo Soloa, de la División Homicidios. El agente comenzó su testimonio con una descripción de la casa de los Lucero, en el paraje San Antonio, que inspeccionó junto a sus compañeros horas después del homicidio.
“En una cocina-comedor había unas heladeras y una cama. En ella había un hombre. Estaba de costado, mirando a la pared. Tenía una herida en la nuca, que se apreciaba pequeña. En la almohada había una mancha de sangre. La persona estaba con los brazos cerrados. Un primo o un hermano contó que (Lucero) siempre dormía así. Vestía una remera y estaba tapado con una manta o un poncho. Pero se había quitado los pantalones y los calzoncillos y los había enrollado”, evocó el policía. Dijo que ninguna de las aberturas de la casa fue violentada y no había desorden.
Días más tarde, el investigador de Homicidios volvió a San Antonio para dar cumplimiento al oficio que ordenaba allanar la vivienda y detener a Eliana Claudia Manzur y sus hijos, Julio y Daniel Lucero. “Al abrirle la puerta del vehículo en que la íbamos a trasladar, una de las mujeres dijo ‘fui yo’ (quien mató a la víctima)”, aseguró.
El testigo no pudo precisar en boca de quién escuchó esa confesión, si la hizo la viuda o Julieta, hija de Lucero y Manzur. En la segunda audiencia del juicio, la joven declaró que ella gatilló la carabina la madrugada del 30 de octubre de 2010. Y en la primera, Manzur había señalado a su hija como la homicida.
Pero ayer, el oficial principal recordó que por aquella fecha escuchó la versión de que la familia preparaba una estrategia. En verdad, esa referencia quedó consignada en el sumario, en la declaración que un colega de Soloa le tomó a Karina Sosa. La testigo dijo que circulaba el rumor de que Julieta, por entonces una adolescente de 16 años, se iba a hacer cargo del asesinato, presuntamente para librar a su mamá y sus hermanos de toda culpa.
Cuando Rolando Contreras, abogado de los acusados, le pidió al policía que describiera qué había percibido tras su primera visita a la casa, éste contestó que le llamó la atención una cosa. Nadie lloraba allí por el muerto.
Bajo la lupa de los especialistas. El médico psiquiatra Cristian Gonzalo Mayor fue escueto: dijo que Manzur y sus hijos no presentan trastornos que les impidan comprender sus acciones. Sólo aclaró que en Daniel notó la tendencia a crear vínculos de dependencia. Y en particular, evidenció que así se relaciona con Julio, su hermano.
La psicóloga Graciela Rickard hizo la evaluación de Julio Lucero. Tampoco advirtió que sufra algún tipo de patología mental. Lo describió como una persona con un nivel intelectual normal, con potencial, sin dificultades en el proceso de la memoria. Según la profesional, tenía una buena relación con su papá y su mamá, quien era la organizadora de la vida familiar.
El joven “compartía gran parte del día con el padre, porque trabajaban juntos. Con los hermanos la relación era de mucho afecto, e inclusive él tiene un vínculo paternal con los hermanos más chicos, por ser el mayor. Con su hermana Julieta está un poco distanciado. Pero, si bien es poco demostrativo, ha intentado acercarse a ella”, dijo Rickard. El joven no dio cuenta en las entrevistas de que hubiera situaciones violentas en la casa.
Elida Betti Weinstock, otra de las psicólogas, tuvo la tarea de analizar a Manzur. Dijo que la mujer no se aparta de la norma y tiene un alto nivel intelectual, por encima del promedio. Cuando estuvo presa en el Servicio Penitenciario, la viuda terminó la secundaria, y lo hizo con el mejor promedio, contó la psicóloga.
Destacó la espontaneidad y la disposición de Manzur para ser sometida al estudio. Weinstock concluyó que la acusada y su marido eran buenos compañeros. “Él era un hombre muy trabajador. Y ella también, faenaba animales, por ejemplo. Si bien Lucero era la figura rectora, no surge que ella fuera sojuzgada. No había, como se dijo, violencia hacia ella y los hijos”, dijo.
Con el resto de la familia, la relación también era buena. Pero algo cambió cuando Julieta entró en la adolescencia. Manzur le contó a la psicóloga que padre e hija tenían un vínculo cercano, que se deterioró cuando la chica se puso de novia, porque quiso alejarse.
Al camarista José Luis Flores le interesó saber si la profesional consideraba que Manzur es capaz de elucubrar una estrategia –una que, por ejemplo, la libere ahora a ella y a sus hijos de una posible condena y, eventualmente, imposibilite que Julieta sea juzgada en el futuro– para que el hecho quede impune.
“A los 18 años formó pareja con Lucero y siempre vivió en el campo. Tiene las características de las personas que se desarrollan en el medio rural”, contestó Weinstock. “¿Quiere decir que es una persona llana, sin artilugios?”, repreguntó Flores. La psicóloga opinó que sí.
 

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