Los dichos mal dichos, y la realidad | Editorial | El Diario de la República
Editorial | 28-07-2013 | 17:50 |

Los dichos mal dichos, y la realidad

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A muchas personas, particularmente funcionarios públicos, les cuesta justificar algunas situaciones. La escasez de recursos es alarmante.
No consiguen enhebrar ideas que permitan explicar los sucesos que los incomodan. La situación se les suele agravar cuando pretenden darle la razón a algún superior preopinante.
Con ánimo de reafirmar lo dicho, su discurso se vuelve insoportable. Son tautológicos hasta el hartazgo. Emplean proposiciones obvias, vacías de contenido, redundantes. Se desviven en afirmaciones que no aportan ninguna información. “El problema de la Argentina es que esos inversores quieren cobrar”. En rigor, suena lógico que quien realizó una inversión pretenda el resarcimiento esperado de su esfuerzo. No se comprende qué otra cosa se puede esperar. Aunque se los califique de “feroces buitres”. Tal vez los anime cierto espíritu especulativo y voraz, pero pretender cobrar nunca resultó algo novedoso, sobre todo tratándose de un inversor.
En el otro extremo se ubican aquellos personajes que ocupan preponderantes espacios de poder, pero que sin embargo no parecen mostrar el mérito acorde al lugar que ocupan.
No hace mucho, la situación vivida por el máximo responsable de la economía nacional en una entrevista donde una simple pregunta sobre la inflación le generó una incomodidad tal, que lo hizo proferir la repetida, desde entonces, frase: “Me quiero ir”; fue no sólo un llamado de atención acerca de la representatividad de unos u otros, sino también acerca del nivel de preparación de esos supuestos representantes.
El contagio al periodismo agrava la situación. Si el responsable de alguna situación pretende justificarla, su conducta tal vez merezca alguna consideración. Pero que quien tiene el deber de informar, acepte y repita pobres argumentos, ya resulta un tanto difícil de sobrellevar.
Aunque los dichos pertenezcan a un ministro o a la propia presidente de la nación. Suele sucederle a cierto periodismo adicto o proclive a la defensa cerrada de cualquier acción oficial. Lejos de aclarar el panorama, no hacen otra cosa que ratificar que las variables tuvieron el comportamiento esperado. Se toman posturas que bordean el ridículo y la posibilidad de quedar expuestos no los conmueve en lo más mínimo.
Los empresarios esperan ganar, en verano llueve y los burros patean. Las cosas sucederán de este modo. Esperar otras conductas, más que de optimista es de iluso. Hay rubros donde la posibilidad de algún milagro puede tener cierto asidero. Para bien o para mal, no es el caso de la economía. Mucho menos del terreno de las finanzas o de los negocios. Si algún acreedor ve la posibilidad de cobrar, intentará hacerlo.
La novedad, lo inesperado, lo impensado, sería que suceda exactamente lo contrario.
De igual modo, por más que se niegue la inflación, que se la pretenda sacar de la realidad y del discurso, y hasta se prohíba la posibilidad de la publicación de los productos de los supermercados en los diarios, se “habla” de ella más allá de la negación y no se necesita tener a la gente protestando en las calles para comprender que la inflación existe, perjudica y el gobierno no puede o no quiere resolverla.
Cuando se usa y se abusa de estos mecanismos de la retórica, tan repetidos como inútiles, la sensación es que se subestima fatalmente al auditorio asumiendo su desatención, su ligereza o su imbecilidad. Porque no hay “sensación de inseguridad”, hay inseguridad, la inflación existe, los prestamistas quieren cobrar y la soja no es un yuyo.
Porque más temprano que tarde, la realidad se vale de alguno de sus infinitos mecanismos para sacudir a quienes pretenden edificar respuestas incapaces de sostenerse en el tiempo.
 

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