El absolutismo y la razón | Editorial | El Diario de la República
Editorial | 16-11-2013 | 09:42 |

El absolutismo y la razón

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En pleno absolutismo francés, en el corazón del Siglo XVIII, Francois Marie Aruet, conocido popularmente como Voltaire, pronunció su célebre frase: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. Voltaire (1694-1778), es probablemente el máximo pensador francés, un exponente cabal de la Ilustración, aquel notable movimiento que pregonaba el triunfo de la razón y el respeto a la diversidad humana. Voltaire no alcanzó a ver coronado el mayor triunfo de la razón política, ya que murió once años antes de la Revolución Francesa.
En el Siglo XIX, Juan Crisóstomo Lafinur, el breve y genial Lafinur, respondía con poesía a aquellos que se oponían a las reformas que él impulsaba en la educación desde su cátedra de filosofía en el Colegio de la Unión del Sud, hoy Colegio Nacional Buenos Aires; y en uno de sus más celebrados poemas: El Fanatismo, dice: “¿Cuál es el que a los tiranos protege en sus agresiones; y fomenta disensiones entre amigos y entre hermanos?; ¿Quién el que a los ciudadanos les extingue el patriotismo?; El fanatismo".
Como Voltaire, también Lafinur alcanzó a percibir sólo la punta del iceberg del triunfo de la razón, en un país en el que estaba todo por hacerse, en 27 años hizo demasiado, pero murió en el exilio por la intolerancia de los hombres y de la época.
Hace unos días en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, en el marco del diálogo interreligioso, y de la conmemoración del 75º Aniversario de La Noche de los Cristales Rotos, se realizó un oficio religioso, con la participación de múltiples credos y en afán de restañar heridas que se remontan al comienzo de la Segunda Guerra Mundial; pero un grupo de fanáticos ultracatólicos intentó impedir el acto.
Rosarios en mano, los ultraconservadores, en su mayoría jóvenes, ingresaron a la Catedral en medio de los insultos de algunos de los presentes y comenzaron a rezar en voz muy alta para impedir otras voces. El sacerdote Fernando Giannetti, a cargo de la ceremonia, pedía a los “visitantes” que se retiraran. La situación duró pocos minutos, luego que se apersonaran en el lugar, miembros de la Policía Federal.
“Queridos hermanos judíos siéntanse en casa, porque los cristianos así lo queremos, a pesar de estos atisbos de intolerancia”, dijo monseñor Mario Poli antes de iniciar formalmente el acto, luego de la provocación de los fanáticos.
En la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, en Alemania y en Austria, fueron quemadas 1.000 sinagogas, alrededor de 100 judíos fueron asesinados, 30.000 fueron detenidos y enviados a campos de concentración y 7.000 tiendas de judíos fueron destruidas a pedradas; los vidrios rotos quedaron esparcidos en las veredas (de allí el nombre) como testimonio de la intolerancia. Detrás del ataque estaban Hitler y Goebbels, y las manos ejecutoras fueron las Juventudes Hitlerianas. Ninguna autoridad institucional o de seguridad actuó para evitar los destrozos, los asesinatos y los abusos. Faltaba casi un año para que la Guerra estallara, pero el germen de la violencia hacia los judíos, reptaba desde hacía bastante por las calles alemanas.
Lo de la Catedral de Buenos Aires es inaceptable en un mundo, en un siglo, en una sociedad y en un país que pretenden ser plurales. Porque el fanatismo y el absolutismo, en cualquiera de sus vertientes, propagan la irracionalidad, se alimentan de la provocación y se reproducen en el caos. Y cuando se indaga un poco más allá, resulta que no fue producto de la casualidad, ni de la pasión exacerbada de un momento.
La acción de provocar, de agredir, de insultar y de opacar al que piensa distinto, o al que profesa otra religión, estuvo preparada de antemano y anunciada en foros de Internet, para ese día, a esa hora y en ese lugar.
La provocación perseguía el efecto de darse a conocer a nivel global en el lugar donde durante años ofrendó sus misas el cardenal Jorge Bergoglio, hoy Francisco, Papa. Un hombre que desde siempre fue un abanderado del diálogo interreligioso y que mantiene esa saludable conducta desde el lugar más importante de la Iglesia Católica.
Es el Siglo XXI, el mundo parece haber aceptado, en términos generales, la democracia, el disenso y las opiniones diferentes, como la mejor forma de que las sociedades crezcan y se vuelvan más fuertes. Pero cada tanto aparecen situaciones que hacen añorar a figuras como Voltaire y como Lafinur, para que el fanatismo se erradique de una vez y para siempre.
 

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