Las enseñanzas del gran inconformista | Columnistas | El Diario de la República
Columnistas | 06-12-2013 | 08:58 |

Las enseñanzas del gran inconformista

Por Alberto Amato, especial para El Diario de la República
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En plena juventud, a Sudáfrica le ha llegado la hora de pasar con dureza a la adultez: ha perdido a su padre. Nelson Mandela fundó Sudáfrica apenas ayer, en 1994, con lo que el mundo pierde también al último ejemplar de una raza única de dirigentes políticos: los hacedores de naciones.
¿Quién puede decir hoy cuál será el legado de ese viejo de pelo cano, que parece no haber sido nunca joven, de sonrisa eterna y cuerpo castigado por el látigo de la tortura? Pudo hincharse de rencor, pero eligió construir una nación. Si ése es su legado, no es pequeño. Mandela hizo mucho más por Sudáfrica: la hizo libre, le regaló una identidad la metió en el mapa del mundo, le lavó de la cara el hollín de un pasado de deshonra, clausuró tres siglos y medio de dominio blanco en un país de negros y puso fin a una segregación racial brutal, sangrienta, despiadada, a la que la hipocresía del mundo llamó apartheid y que no fue sino una guerra civil larvada, interminable.

Pasó casi tres décadas en la isla de Robben, picando piedras. Años después, ya presidente, le diría a Bill Clinton: "Fueron años solitarios y perdidos"

Si ése es el legado de Mandela, haber parido a Sudáfrica, tampoco es pequeño. Porque todo lo hizo desde una celda en la que padeció veintisiete años, en otros cinco años como presidente de su país, en abierta desmentida a sus pares que sostienen que no bastan pocos años para hacer muchas cosas, y en toda una vida, eso sí, dedicada a la defensa de la libertad, la igualdad y el sentido común, tres ideales que lo guiaron cuando era sólo un joven estudiante de abogacía negro, en un país hecho por las leyes de los blancos.
La vida de Mandela fue, también, una vida de renunciamientos: nació para ser rey de la tribu Tumbú, una de las etnias de la región Transkei invadida en el siglo XIX por británicos y holandeses, que llegaron encandilados no por el afán de expandir las bondades de sus reinos en el África desconocida, sino para saquear el continente de oro y de diamantes. A ese poderío de los afrikaaners, que parecía eterno en 1940, tres millones de blancos entre veintiocho millones de negros, un poder que gobernaba, hacía las reglas, controlaba el Estado y disfrazaba la segregación racial con un eufemismo de exquisita crueldad, “desarrollo separado”, Mandela le opuso la primera huelga estudiantil contra el apartheid. Cuatro años después fundó la rama joven del Congreso Nacional Africano (NAC, por su sigla en inglés) y, a principios de los años '50, creó la primera oficina de abogados negros en Johannesburgo y un grupo llamado "Lanza de la Nación" que fue su única aproximación a la violencia política.
Fue a parar a la cárcel entre 1952 y 1956. Mantuvo su lucha hasta que en 1963 fue condenado a cadena perpetua por organizar manifestaciones de protesta y sabotajes contra las brutales leyes contra los negros, impedidos de trasladarse de las zonas rurales a las ciudades y de comprar propiedades de los blancos. Pasó casi tres décadas en la isla de Robben, picando piedras día a día y en una celda húmeda de dos metros por dos. Años después, ya libre, ya presidente de la nación que había fundado, frente a las mismas rejas donde había sido sólo el preso 46664, le hizo un comentario de cinco palabras a su amigo Bill Clinton: "Fueron años solitarios y perdidos".
Tal vez la parquedad, la ausencia de autorreferencia, el sutil encanto de la modestia, la sencillez, el haber aprendido a odiar el odio, haber ido a visitar, ni bien liberado, a Betsie Verwoerd, viuda del arquitecto del apartheid, el haber tendido la mano a la minoría blanca, cuando la venganza era lo más fácil, mientras impulsaba un descomunal debate de ideas en su país, sean el gran legado que Mandela deja a gobernados y gobernantes, oculto en estas horas por el desconsuelo ante su muerte.
Su otro legado, tampoco menor, es haber sido fiel a sus raíces: Mandela significa en el idioma tumbú, y según quien lo traduzca, algo parecido a "el que rompe una rama, el que crea dificultades, el inconformista".
El viejo líder rebelde encontró por fin la paz. En las calles de su país lo lloraban ayer miles de personas acongojadas, pero también cargadas de estupor, como si hubiesen perdido en una sola persona, a un padre, a un hermano, a un amigo, a un faro.

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