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Encuentros furtivos de sexo, mentiras y teatro

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Encuentros furtivos de sexo, mentiras y teatro

Por Miguel Garro


Una vez terminada la función, un grupo de señoras se apiña alrededor del afiche de “Algunas mujeres a las que les cagué la vida” para conocer el nombre de las protagonistas. Puede que los personajes causen una empatía tal que el espectador necesite saber el nombre de quien los interpreta. O puede que esas señoras adviertan en algunas de las actrices a las que no conocen un futuro promisorio.
El elenco de la obra que cierra esta noche su minigira en Villa Mercedes tiene como cara (y cuerpazo) emergente a María Fernanda Callejón, la actriz que hizo en San Luis su primera función con la pieza. También está Miriam Lanzoni, quien el año pasado ganó horas en pantalla empujada por su marido, Alejandro Fantino.
Los otros tres actores no son muy conocidos para el público puntano. Y hacia ellos van los dedos de las señoras, que sacan por deducción o descarte los nombres. María del Cerro y Laura Bruni ya se habían ganado los aplausos en la sala gracias a personajes salidos de los convencionalismos y con marcada actitud.
Pero es Marcelo Cosentino —también director— quien carga la obra sobre sus hombros (y cuerpo). Como un escritor en edad madura a punto de casarse con una mujer bastante más joven, el actor debe soportar violencia física en tres de los cuatro cuadros que presenta. Una aclaración: lo tiene merecido.
En la cima del cinismo, el único personaje masculino es el motor de la pieza. El título mismo de la obra lo pone en un sitio incómodo: el del cagador, el farsante, el mentiroso, el desconsiderado, el inescrupuloso. Todo eso es el escritor que se decide, en el punto previo a casarse, arreglar viejas cuentas pendientes con algunas de sus ex.
Cosentino dibuja con gracia, pero también con estilo, a un hombre que ha vivido, que ha esquivado las relaciones formales y que escapó hacia Madrid, en huida de sus fantasmas y de sus mujeres, que son más o menos lo mismo.
Pero no siempre fue ese hombre el que rompió las parejas. En algún punto, el sujeto también es un perdedor que fue lastimado en los romances y que recurre a todas las frases de estereotipo que un hombre usa en situación de inferioridad. El punto máximo es cuando dice: “Vos no tenés idea de lo que sufrí cuando tuve que dejarte”.
No es ése, precisamente, el panorama que queda tras el primer encuentro, con una novia de la adolescencia que estaba dispuesta a entregar su virginidad en la fiesta de egresados del secundario, el preciso momento en el que el futuro escritor eligió para irse con otra compañera de curso.
Aturdida en un pueblo olvidado de Córdoba, la chica (que fue reina del chorizo seco en su pueblo) cumplió su sueño de la familia normal y no para de sacar en cara que fue él quien decidió el final de la pareja.
En el segundo encuentro, el protagonista empieza a desestabilizarse. La antigua pareja a la que convocó es una desenfrenada practicante del sexo duro, frecuente fumadora de marihuana que le jura por sus hijos que nunca se olvidó de él. “Pero si vos no tenés hijos”, le espeta el escritor, que recibe la rápida respuesta de su ex: “Hacéme uno entonces”.
Obra-de-teatro
Es en esa charla –con Lanzoni en un papel encantador, con cambios de humor en cuestión de segundos-, donde el personaje masculino empieza a quedar descubierto por las evidencias que dejó de infidelidades pasadas.
El tercer cuadro es la demostración de que el escritor no fue el amante perfecto. La mujer con la que se ve en la misma habitación donde tenía encuentros furtivos tiene un marido que la descubrió en la infidelidad. Ella le recrimina la cobardía de no hacer frente al desvelo. Él termina por aceptar su error.
En ese segmento, descolla Del Cerro, en un personaje con evidentes reminiscencias a Cristina Fernández de Kirchner, lo que suma humor a una caricatura de por sí graciosa. La forma de vestir, de moverse y de hablar con un tono que la acerca más a la imitación de Fátima Florez no serían suficientes si la actriz no mencionara todo el tiempo a su marido con el pronombre de la tercera persona masculina del singular.
La última escena es con Callejón, en el papel de una médica desengañada que un día se despertó sin su pareja al lado. La explicación que da el personaje de Consentino es que apenas vio a otra mujer que le movió las estanterías prefirió abandonarla a engañarla.
Por supuesto que la infidelidad es un tema recurrente en cada uno de los cuadros que componen la pieza, pero no lo es más que la atracción, las heridas, el dolor, el sexo y, sobre todo, las relaciones amorosas.
Con una puesta ágil que cambia la escenografía sin cambiarla, el personaje masculino termina de desmoronarse en el recuento final de los encuentros. No sólo que todas las mujeres lo insultaron del modo más vil, no sólo que algunas lo golpearon, no sólo que algunas lo dejaron en el momento justo de cocción sexual, sino que todas lo notaron más avejentado: pelado, gordo e inapetente. Ellas, en cambio, están todas espléndidas.
 

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Una vez terminada la función, un grupo de señoras se apiña alrededor del afiche de “Algunas mujeres a las que les cagué la vida” para conocer el nombre de las protagonistas. Puede que los personajes causen una empatía tal que el espectador necesite saber el nombre de quien los interpreta. O puede que esas señoras adviertan en algunas de las actrices a las que no conocen un futuro promisorio.
El elenco de la obra que cierra esta noche su minigira en Villa Mercedes tiene como cara (y cuerpazo) emergente a María Fernanda Callejón, la actriz que hizo en San Luis su primera función con la pieza. También está Miriam Lanzoni, quien el año pasado ganó horas en pantalla empujada por su marido, Alejandro Fantino.
Los otros tres actores no son muy conocidos para el público puntano. Y hacia ellos van los dedos de las señoras, que sacan por deducción o descarte los nombres. María del Cerro y Laura Bruni ya se habían ganado los aplausos en la sala gracias a personajes salidos de los convencionalismos y con marcada actitud.
Pero es Marcelo Cosentino —también director— quien carga la obra sobre sus hombros (y cuerpo). Como un escritor en edad madura a punto de casarse con una mujer bastante más joven, el actor debe soportar violencia física en tres de los cuatro cuadros que presenta. Una aclaración: lo tiene merecido.
En la cima del cinismo, el único personaje masculino es el motor de la pieza. El título mismo de la obra lo pone en un sitio incómodo: el del cagador, el farsante, el mentiroso, el desconsiderado, el inescrupuloso. Todo eso es el escritor que se decide, en el punto previo a casarse, arreglar viejas cuentas pendientes con algunas de sus ex.
Cosentino dibuja con gracia, pero también con estilo, a un hombre que ha vivido, que ha esquivado las relaciones formales y que escapó hacia Madrid, en huida de sus fantasmas y de sus mujeres, que son más o menos lo mismo.
Pero no siempre fue ese hombre el que rompió las parejas. En algún punto, el sujeto también es un perdedor que fue lastimado en los romances y que recurre a todas las frases de estereotipo que un hombre usa en situación de inferioridad. El punto máximo es cuando dice: “Vos no tenés idea de lo que sufrí cuando tuve que dejarte”.
No es ése, precisamente, el panorama que queda tras el primer encuentro, con una novia de la adolescencia que estaba dispuesta a entregar su virginidad en la fiesta de egresados del secundario, el preciso momento en el que el futuro escritor eligió para irse con otra compañera de curso.
Aturdida en un pueblo olvidado de Córdoba, la chica (que fue reina del chorizo seco en su pueblo) cumplió su sueño de la familia normal y no para de sacar en cara que fue él quien decidió el final de la pareja.
En el segundo encuentro, el protagonista empieza a desestabilizarse. La antigua pareja a la que convocó es una desenfrenada practicante del sexo duro, frecuente fumadora de marihuana que le jura por sus hijos que nunca se olvidó de él. “Pero si vos no tenés hijos”, le espeta el escritor, que recibe la rápida respuesta de su ex: “Hacéme uno entonces”.
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Es en esa charla –con Lanzoni en un papel encantador, con cambios de humor en cuestión de segundos-, donde el personaje masculino empieza a quedar descubierto por las evidencias que dejó de infidelidades pasadas.
El tercer cuadro es la demostración de que el escritor no fue el amante perfecto. La mujer con la que se ve en la misma habitación donde tenía encuentros furtivos tiene un marido que la descubrió en la infidelidad. Ella le recrimina la cobardía de no hacer frente al desvelo. Él termina por aceptar su error.
En ese segmento, descolla Del Cerro, en un personaje con evidentes reminiscencias a Cristina Fernández de Kirchner, lo que suma humor a una caricatura de por sí graciosa. La forma de vestir, de moverse y de hablar con un tono que la acerca más a la imitación de Fátima Florez no serían suficientes si la actriz no mencionara todo el tiempo a su marido con el pronombre de la tercera persona masculina del singular.
La última escena es con Callejón, en el papel de una médica desengañada que un día se despertó sin su pareja al lado. La explicación que da el personaje de Consentino es que apenas vio a otra mujer que le movió las estanterías prefirió abandonarla a engañarla.
Por supuesto que la infidelidad es un tema recurrente en cada uno de los cuadros que componen la pieza, pero no lo es más que la atracción, las heridas, el dolor, el sexo y, sobre todo, las relaciones amorosas.
Con una puesta ágil que cambia la escenografía sin cambiarla, el personaje masculino termina de desmoronarse en el recuento final de los encuentros. No sólo que todas las mujeres lo insultaron del modo más vil, no sólo que algunas lo golpearon, no sólo que algunas lo dejaron en el momento justo de cocción sexual, sino que todas lo notaron más avejentado: pelado, gordo e inapetente. Ellas, en cambio, están todas espléndidas.
 

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