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Todos encerrados “entre rejas”

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Todos encerrados “entre rejas”

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Las rejas siempre fueron un símbolo de la privación de la libertad. Se usaba la expresión “entre rejas” para indicar que alguien estaba preso. Para aludir a la cárcel. Los barrotes de la prisión fueron objeto de múltiples alusiones. Culturales, sociales, políticas, literarias, cinematográficas, emocionales. Últimamente se ha mostrado con frecuencia lo que fuera la histórica cárcel africana de Nelson Mandela.
Sin embargo, en la actualidad existen otras rejas. Puede que sea un particular fenómeno de los grandes centros urbanos. O no tanto. O cada vez menos. A muchos habitantes de las grandes ciudades, les causaría sana repelencia comprobar que están “entre rejas”. Les costaría mucho aceptarlo. Tenderían casi naturalmente a negarlo. Deberían admitir sí, que casi todas las casas de su vecindario están fortificadas con rejas. Por el frente, por el fondo, por los costados. Algunos de sus techos están protegidos por rejas. O con altos alambrados infinitos. Algunos culminados con tristemente célebres alambres de púas. Muchos edificios residenciales de grandes vecindarios, han agregado rejas en sus entradas habituales. Han aparecido verdaderas fortalezas.
Muchas farmacias aparecen enrejadas. Los kioskos esperan a sus clientes, entre rejas. Los estadios de fútbol están divididos por rejas en amplios sectores. Las rejas tapan las famosas vidrieras. Muchas veces se ve enrejado el Congreso de la Nación, y luce entre rejas la Casa Rosada, la Casa de Gobierno, la Plaza de Mayo. Rejas que separan a gobernantes de gobernados. A representantes de representados. En ocasiones se enrejan los aeropuertos y los accesos a las grandes ciudades. Sí, como si fueran grandes prisiones.
Poderosas avenidas se fraccionan, se dividen, se amurallan con rejas. Los grandes supermercados tienen rejas descomunales. Incluso algunos de sus productos están encerrados, y resulta imprescindible abrir las rejas cuando algún cliente desea adquirirlos. Hay guardias de productos caros, o de bebidas alcohólicas. Ciertas autopistas tienen rejas y alambrados en sus puentes. Cuesta explicar su utilidad. Sin embargo, más de una víctima podría fundamentar el sentido de su presencia. Hombres y mujeres viven entre rejas. Y casi no alcanzan a percibirlo.
Claro que no siempre fue así, cabe preguntarse: ¿cómo eran las ciudades antes de este brutal enrejado? ¿Fue un proceso gradual, paulatino, incesante? o ¿estamos frente a la revolución de las rejas? Las hay pequeñas, medianas, grandes. Más o menos inviolables. Seguras. Infranqueables. Alevosas. Desmesuradas. Portentosas. Cargadas de manchas oxidadas. Coloridas. Casi decorativas. Elocuentes. Tristes. Pero está claro, la primera batalla, ya la ganaron las rejas. Las rejas salieron a la calle. Ganaron la calle. Tal vez sean tan sólo, la señal manifiesta de un tiempo difícil. De procesos nefastos de inequidad y desequilibrio. De desborde y de locura. De grandes desmesuras. De odios y desencuentros. Continúa la etapa de diagnóstico. No habrá tratamiento.
Proliferan las empresas de seguridad. Abundan especies de rejas tecnológicas. Cámaras que todo lo graban. Alarmas que señalan peligrosas intromisiones. Rejas. Cercos a la libertad. Signos de un temor creciente. Reflejos de una sociedad que se teme a sí misma. Unos ciudadanos temen de otros. Todos convivientes en la misma sociedad. Todos “entre rejas”. Todos temiendo de las rejas.
Tal vez empezaron enrejando monumentos. Encerrando estatuas para que no escaparan. Temiendo que descendieran de sus pedestales. Luego cercaron parques enteros. Unos adentro, otros afuera. Niños de un lado, niños del otro. Juegos de plaza, símbolos de juegos libres, de criaturas felices, encerrados entre rejas. No será sencillo, si alguna vez se logra, romper tantas rejas.
 

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Todos encerrados “entre rejas”


Las rejas siempre fueron un símbolo de la privación de la libertad. Se usaba la expresión “entre rejas” para indicar que alguien estaba preso. Para aludir a la cárcel. Los barrotes de la prisión fueron objeto de múltiples alusiones. Culturales, sociales, políticas, literarias, cinematográficas, emocionales. Últimamente se ha mostrado con frecuencia lo que fuera la histórica cárcel africana de Nelson Mandela.
Sin embargo, en la actualidad existen otras rejas. Puede que sea un particular fenómeno de los grandes centros urbanos. O no tanto. O cada vez menos. A muchos habitantes de las grandes ciudades, les causaría sana repelencia comprobar que están “entre rejas”. Les costaría mucho aceptarlo. Tenderían casi naturalmente a negarlo. Deberían admitir sí, que casi todas las casas de su vecindario están fortificadas con rejas. Por el frente, por el fondo, por los costados. Algunos de sus techos están protegidos por rejas. O con altos alambrados infinitos. Algunos culminados con tristemente célebres alambres de púas. Muchos edificios residenciales de grandes vecindarios, han agregado rejas en sus entradas habituales. Han aparecido verdaderas fortalezas.
Muchas farmacias aparecen enrejadas. Los kioskos esperan a sus clientes, entre rejas. Los estadios de fútbol están divididos por rejas en amplios sectores. Las rejas tapan las famosas vidrieras. Muchas veces se ve enrejado el Congreso de la Nación, y luce entre rejas la Casa Rosada, la Casa de Gobierno, la Plaza de Mayo. Rejas que separan a gobernantes de gobernados. A representantes de representados. En ocasiones se enrejan los aeropuertos y los accesos a las grandes ciudades. Sí, como si fueran grandes prisiones.
Poderosas avenidas se fraccionan, se dividen, se amurallan con rejas. Los grandes supermercados tienen rejas descomunales. Incluso algunos de sus productos están encerrados, y resulta imprescindible abrir las rejas cuando algún cliente desea adquirirlos. Hay guardias de productos caros, o de bebidas alcohólicas. Ciertas autopistas tienen rejas y alambrados en sus puentes. Cuesta explicar su utilidad. Sin embargo, más de una víctima podría fundamentar el sentido de su presencia. Hombres y mujeres viven entre rejas. Y casi no alcanzan a percibirlo.
Claro que no siempre fue así, cabe preguntarse: ¿cómo eran las ciudades antes de este brutal enrejado? ¿Fue un proceso gradual, paulatino, incesante? o ¿estamos frente a la revolución de las rejas? Las hay pequeñas, medianas, grandes. Más o menos inviolables. Seguras. Infranqueables. Alevosas. Desmesuradas. Portentosas. Cargadas de manchas oxidadas. Coloridas. Casi decorativas. Elocuentes. Tristes. Pero está claro, la primera batalla, ya la ganaron las rejas. Las rejas salieron a la calle. Ganaron la calle. Tal vez sean tan sólo, la señal manifiesta de un tiempo difícil. De procesos nefastos de inequidad y desequilibrio. De desborde y de locura. De grandes desmesuras. De odios y desencuentros. Continúa la etapa de diagnóstico. No habrá tratamiento.
Proliferan las empresas de seguridad. Abundan especies de rejas tecnológicas. Cámaras que todo lo graban. Alarmas que señalan peligrosas intromisiones. Rejas. Cercos a la libertad. Signos de un temor creciente. Reflejos de una sociedad que se teme a sí misma. Unos ciudadanos temen de otros. Todos convivientes en la misma sociedad. Todos “entre rejas”. Todos temiendo de las rejas.
Tal vez empezaron enrejando monumentos. Encerrando estatuas para que no escaparan. Temiendo que descendieran de sus pedestales. Luego cercaron parques enteros. Unos adentro, otros afuera. Niños de un lado, niños del otro. Juegos de plaza, símbolos de juegos libres, de criaturas felices, encerrados entre rejas. No será sencillo, si alguna vez se logra, romper tantas rejas.
 

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