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La seguridad de que levantarán la mano

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El Gobierno nacional repite inexorablemente desgraciadas acciones del pasado. Desgraciadas en su concepción, absolutamente ineficaces en el resultado esperado. Se vuelven a condonar deudas de muchas provincias muy mal administradas. Se les refinancia su pasivo. Se sostiene su endeudamiento. Se amplían todos los plazos. Y se vuelve a prometer que es la última vez. Además, se las somete a un régimen de control, con el único objetivo de la extorsión. Con el único objetivo del manejo absoluto de la soberanía provincial. Con el manejo discrecional de la voluntad de los legisladores. El círculo es vicioso por donde se lo mire: gobernadores desesperados piden auxilio al tesoro nacional. Ese auxilio llega bajo la condición de sumisión absoluta, que incluye que a ningún diputado o senador nacional de esos distritos, se le ocurra votar ley alguna que contradiga la voluntad del Poder Ejecutivo Nacional. Esos mismos gobernadores son garantes de la más absoluta resignación de cualquier potestad de la provincia. Con absoluta discrecionalidad se decide qué financiarle y a quién. Con esa misma discrecionalidad se exigirán los votos, y se repartirán favores.
Esos mismos gobernadores son los que pagan lo que no pueden pagar, los que contratan lo que no deberían contratar, los que comprometen fondos que no tienen. Los que ante cada elección abren la planta permanente, despilfarran contratos, compran voluntades. Y luego no tienen cómo sostener la fiebre que han desatado. Y vuelven a recurrir al Ejecutivo Nacional para que aplique pobres remedios que condicionan la soberanía de la provincia. Así funciona el modelo. Así sojuzga a la mayoría de las provincias. Así castiga a quienes con mucha seriedad cuidan los fondos provinciales y administran con mucho criterio. Así pena a los pueblos austeros, coherentes, conscientes de sus posibilidades y orgullosos de su capacidad de autodeterminación. Así propone condenar a quienes hacen lo que hay que hacer.
Es imperioso sostener a las autoridades provinciales en este camino. Reiterar el orgullo por el criterio y el sentido común. Saber con certeza que se aporta a un país en serio. Afirmar y confirmar que hay una soberanía provincial que no se negocia. No transar. No caer en la tentación demagógica del despilfarro a ultranza. No se puede gastar lo que no ingresa. Es comprometer a la provincia y a la República. No corresponde doblegarse ante la ola de insensatos que no cumplen con lo que mandan la Constitución y las leyes. Es un orgullo vivir con lo propio. Enaltece decir que la Nación le debe a San Luis. Y se debe seguir trabajando con firmeza para reclamar, para cobrar, para hacer valer el derecho soberano. Todos los meses de cada año de la democracia reciente, San Luis cumplió orgullosamente con el sueldo de cada uno de los agentes públicos. Honró sus compromisos. Cumplió, siempre, en tiempo y forma con cada uno de sus eventuales acreedores. Realizó un gran número de obras en beneficio de todos los puntanos con fondos propios. Con el ahorro, con el trabajo, con el esfuerzo de su pueblo. Esto es gobernar de un modo serio, participativo, transparente, democrático, respetuoso de la Constitución y las leyes. Y a no dejarse confundir, los fondos de la coparticipación nacional, son fondos de las provincias que distribuye, de acuerdo a la ley, la Nación. Nada de dádivas, ni de generosas entregas. Sólo lo que manda la ley. Esos fondos, San Luis sabe cuidarlos, y emplearlos en lo que corresponde sin comprometer el erario provincial. Está muy bien que el primer mandatario provincial se indigne con funcionarios nacionales inescrupulosos y ligeros, que reparten lo que no les pertenece. Vale compartir esa indignación. Vale seguir reclamando y honrando a rajatabla lo que es patrimonio de todos los sanluiseños. Es una forma de entender el compromiso de gobernar, de interpretar la política y la vida. Resultados a la vista: esa forma parece cargada de criterio, sensata y por demás eficaz.
Editorial

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El Gobierno nacional repite inexorablemente desgraciadas acciones del pasado. Desgraciadas en su concepción, absolutamente ineficaces en el resultado esperado. Se vuelven a condonar deudas de muchas provincias muy mal administradas. Se les refinancia su pasivo. Se sostiene su endeudamiento. Se amplían todos los plazos. Y se vuelve a prometer que es la última vez. Además, se las somete a un régimen de control, con el único objetivo de la extorsión. Con el único objetivo del manejo absoluto de la soberanía provincial. Con el manejo discrecional de la voluntad de los legisladores. El círculo es vicioso por donde se lo mire: gobernadores desesperados piden auxilio al tesoro nacional. Ese auxilio llega bajo la condición de sumisión absoluta, que incluye que a ningún diputado o senador nacional de esos distritos, se le ocurra votar ley alguna que contradiga la voluntad del Poder Ejecutivo Nacional. Esos mismos gobernadores son garantes de la más absoluta resignación de cualquier potestad de la provincia. Con absoluta discrecionalidad se decide qué financiarle y a quién. Con esa misma discrecionalidad se exigirán los votos, y se repartirán favores.
Esos mismos gobernadores son los que pagan lo que no pueden pagar, los que contratan lo que no deberían contratar, los que comprometen fondos que no tienen. Los que ante cada elección abren la planta permanente, despilfarran contratos, compran voluntades. Y luego no tienen cómo sostener la fiebre que han desatado. Y vuelven a recurrir al Ejecutivo Nacional para que aplique pobres remedios que condicionan la soberanía de la provincia. Así funciona el modelo. Así sojuzga a la mayoría de las provincias. Así castiga a quienes con mucha seriedad cuidan los fondos provinciales y administran con mucho criterio. Así pena a los pueblos austeros, coherentes, conscientes de sus posibilidades y orgullosos de su capacidad de autodeterminación. Así propone condenar a quienes hacen lo que hay que hacer.
Es imperioso sostener a las autoridades provinciales en este camino. Reiterar el orgullo por el criterio y el sentido común. Saber con certeza que se aporta a un país en serio. Afirmar y confirmar que hay una soberanía provincial que no se negocia. No transar. No caer en la tentación demagógica del despilfarro a ultranza. No se puede gastar lo que no ingresa. Es comprometer a la provincia y a la República. No corresponde doblegarse ante la ola de insensatos que no cumplen con lo que mandan la Constitución y las leyes. Es un orgullo vivir con lo propio. Enaltece decir que la Nación le debe a San Luis. Y se debe seguir trabajando con firmeza para reclamar, para cobrar, para hacer valer el derecho soberano. Todos los meses de cada año de la democracia reciente, San Luis cumplió orgullosamente con el sueldo de cada uno de los agentes públicos. Honró sus compromisos. Cumplió, siempre, en tiempo y forma con cada uno de sus eventuales acreedores. Realizó un gran número de obras en beneficio de todos los puntanos con fondos propios. Con el ahorro, con el trabajo, con el esfuerzo de su pueblo. Esto es gobernar de un modo serio, participativo, transparente, democrático, respetuoso de la Constitución y las leyes. Y a no dejarse confundir, los fondos de la coparticipación nacional, son fondos de las provincias que distribuye, de acuerdo a la ley, la Nación. Nada de dádivas, ni de generosas entregas. Sólo lo que manda la ley. Esos fondos, San Luis sabe cuidarlos, y emplearlos en lo que corresponde sin comprometer el erario provincial. Está muy bien que el primer mandatario provincial se indigne con funcionarios nacionales inescrupulosos y ligeros, que reparten lo que no les pertenece. Vale compartir esa indignación. Vale seguir reclamando y honrando a rajatabla lo que es patrimonio de todos los sanluiseños. Es una forma de entender el compromiso de gobernar, de interpretar la política y la vida. Resultados a la vista: esa forma parece cargada de criterio, sensata y por demás eficaz.
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