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La solidaridad y la responsabilidad oficial

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La solidaridad y la responsabilidad oficial

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En todos los rubros se verifican algunos excesos, o se detectan pretensiones demasiado exageradas. Terminan resultando abusos injustificables. Terminan volviendo ineficaz, lo que pudo resultar útil en algunas circunstancias. Con la tremenda dureza de la crisis económica y financiera que se abatió sobre la Argentina afloraron algunas expresiones que debieran ser debidamente consideradas. No fueron pocas las personas y las organizaciones que realizaron una tarea solidaria y desinteresada que contribuyó a que los sectores más vulnerables soportaran lo insoportable. Su existencia es, en muchos casos, muy anterior al 2000 pero es a partir de ese momento donde pareciera que su trabajo adquiere una mayor importancia. Cuando los problemas más elementales se agudizan y las necesidades básicas quedan insatisfechas, otras cuestiones pierden espacio. Muchas instituciones se encargan permanentemente de recordar la importancia de estos temas y la necesidad impostergable de atenderlos. Problemas referidos al medio ambiente, a la atención de distintas enfermedades y catástrofes, a tareas imprescindibles de prevención, la atención de las adicciones, las tareas de investigación y de renovación de los conocimientos. Mucho se trabajó entonces, con la satisfacción de las necesidades más elementales y con la apelación a muchos aspectos trascendentes. Es muy complejo suplir a un Estado ausente, tan sólo con la buena voluntad y el empeño de los particulares. Sin embargo, la labor comunitaria hizo mucho en este sentido. Es muy difícil encontrar un equilibrio. Las doctrinas que adjudicaban roles sobresalientes al mercado e indicaban que a partir de su imperio todas las carencias encontrarían solución, se desvanecieron antes de probar su ineficacia. Tampoco se debe esperar todo de los mecanismos oficiales. Sin embargo en esta puja muchas funciones básicas quedaron desatendidas y los niveles de exclusión resultan alarmantes. Lamentablemente el primero que excluye es el Estado. A los mayores, a los niños, a las personas con capacidades diferentes, a los sectores de bajos ingresos, a quienes viven alejados de las grandes urbes, a los enfermos, a los adictos. La excusa es colocar unas carencias antes que otras, y la realidad es que no se resuelve ninguna. Muchas organizaciones no gubernamentales merecerían otro reconocimiento. Su trabajo ha sostenido muchas estructuras del tejido social. Son muchos los ciudadanos que en forma anónima realizan tareas dignas de ser conocidas, valoradas y apoyadas. En la educación, en la salud, en la investigación científica, en la tecnología. Muchos estudiosos permiten la inserción de Argentina en foros internacionales que apoyan a técnicos y profesionales, y permiten el uso de muchas herramientas de diagnóstico e investigación que permiten mejorar las condiciones de vida de muchas personas. Muchos argentinos han demostrado una tremenda conciencia social que no se detuvo en el reclamo de una actividad estatal, sino que prescindió de ella y tomó por mano propia la resolución de más de una dificultad. Esto muestra, sin dudas, las reservas morales de una sociedad y denuncia la necesidad de un Estado mucho más activo y mucho más eficiente a la hora de atender serios problemas de exclusión.
Ahora, pretender que algunos de estos grupos intervengan en situaciones como las que plantearon los cortes de luz en distintos lugares del país, aparece como imprudente. Hay causas de fondo, hay situaciones de presencia impostergable de algunos sectores. Hay niveles de irritación que algunos grupos ni pueden ni deben controlar. Se aprecia y se valora el suministro de insumos mínimos, la ayuda espontánea, la resolución de algunas situaciones de verdadero apremio, hasta acercar atisbos de calma y de consuelo. Pero las autoridades deben tomar el toro por las astas y hacerse cargo de lo que les corresponde, más allá del inmenso valor de la elogiable cooperación recibida desde distintos sectores.
 Editorial

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En todos los rubros se verifican algunos excesos, o se detectan pretensiones demasiado exageradas. Terminan resultando abusos injustificables. Terminan volviendo ineficaz, lo que pudo resultar útil en algunas circunstancias. Con la tremenda dureza de la crisis económica y financiera que se abatió sobre la Argentina afloraron algunas expresiones que debieran ser debidamente consideradas. No fueron pocas las personas y las organizaciones que realizaron una tarea solidaria y desinteresada que contribuyó a que los sectores más vulnerables soportaran lo insoportable. Su existencia es, en muchos casos, muy anterior al 2000 pero es a partir de ese momento donde pareciera que su trabajo adquiere una mayor importancia. Cuando los problemas más elementales se agudizan y las necesidades básicas quedan insatisfechas, otras cuestiones pierden espacio. Muchas instituciones se encargan permanentemente de recordar la importancia de estos temas y la necesidad impostergable de atenderlos. Problemas referidos al medio ambiente, a la atención de distintas enfermedades y catástrofes, a tareas imprescindibles de prevención, la atención de las adicciones, las tareas de investigación y de renovación de los conocimientos. Mucho se trabajó entonces, con la satisfacción de las necesidades más elementales y con la apelación a muchos aspectos trascendentes. Es muy complejo suplir a un Estado ausente, tan sólo con la buena voluntad y el empeño de los particulares. Sin embargo, la labor comunitaria hizo mucho en este sentido. Es muy difícil encontrar un equilibrio. Las doctrinas que adjudicaban roles sobresalientes al mercado e indicaban que a partir de su imperio todas las carencias encontrarían solución, se desvanecieron antes de probar su ineficacia. Tampoco se debe esperar todo de los mecanismos oficiales. Sin embargo en esta puja muchas funciones básicas quedaron desatendidas y los niveles de exclusión resultan alarmantes. Lamentablemente el primero que excluye es el Estado. A los mayores, a los niños, a las personas con capacidades diferentes, a los sectores de bajos ingresos, a quienes viven alejados de las grandes urbes, a los enfermos, a los adictos. La excusa es colocar unas carencias antes que otras, y la realidad es que no se resuelve ninguna. Muchas organizaciones no gubernamentales merecerían otro reconocimiento. Su trabajo ha sostenido muchas estructuras del tejido social. Son muchos los ciudadanos que en forma anónima realizan tareas dignas de ser conocidas, valoradas y apoyadas. En la educación, en la salud, en la investigación científica, en la tecnología. Muchos estudiosos permiten la inserción de Argentina en foros internacionales que apoyan a técnicos y profesionales, y permiten el uso de muchas herramientas de diagnóstico e investigación que permiten mejorar las condiciones de vida de muchas personas. Muchos argentinos han demostrado una tremenda conciencia social que no se detuvo en el reclamo de una actividad estatal, sino que prescindió de ella y tomó por mano propia la resolución de más de una dificultad. Esto muestra, sin dudas, las reservas morales de una sociedad y denuncia la necesidad de un Estado mucho más activo y mucho más eficiente a la hora de atender serios problemas de exclusión.
Ahora, pretender que algunos de estos grupos intervengan en situaciones como las que plantearon los cortes de luz en distintos lugares del país, aparece como imprudente. Hay causas de fondo, hay situaciones de presencia impostergable de algunos sectores. Hay niveles de irritación que algunos grupos ni pueden ni deben controlar. Se aprecia y se valora el suministro de insumos mínimos, la ayuda espontánea, la resolución de algunas situaciones de verdadero apremio, hasta acercar atisbos de calma y de consuelo. Pero las autoridades deben tomar el toro por las astas y hacerse cargo de lo que les corresponde, más allá del inmenso valor de la elogiable cooperación recibida desde distintos sectores.
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