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Sobre lugares, hábitos y declaraciones

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Sobre lugares, hábitos y declaraciones

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Se trata de un tiempo en el que resulta gravitante lo que se manifiesta. Entonces resulta un ejercicio interesante, observar la repetición de hábitos, costumbres y palabras, en personas y personalidades que ocupan diferentes estructuras y diferentes espacios, pero que conservan métodos y procedimientos, aún cuando resultan extraños, improcedentes, o sencillamente innecesarios.
Jorge Capitanich, nuevo Jefe de Gabinete, obtuvo algún crédito en el inicio de su gestión con el sencillo recurso de manifestarse frente a los medios. Por supuesto que el idilio que elogió sus formas, duró poco. De inmediato los juicios duros contra los contenidos tensaron la relación. Y ya comienza a ser criticado por hablar demasiado. Es justo reconocer que “palo porque bogas, palo porque no bogas”. Al que no habla, porque no habla; y al que habla mucho porque habla mucho. Costará encontrar el justo equilibrio, si es que existe
En otros ámbitos, en más de una oportunidad resulta engorroso y hasta incómodo, compartir un almuerzo, una cena o un simple café, con aquellos personajes, que iluminados, vaya a saber uno porqué afán de ser escuchados, convierten cualquier reunión en un aula con oyentes, y a sus ocasionales y distraídos interlocutores, en alumnos de algo que no desean escuchar, ni discutir. El academicismo fuera de la academia resulta confuso, innecesario y hasta agobiante. De la misma forma que el lenguaje prosaico pierde su encanto en un ámbito de reflexión y precisión en el lenguaje.
La comunicación entonces, se convierte en un desafío donde no sólo es importante escuchar al otro, sino que además debe hacerse un esfuerzo para tratar de interpretar los motivos que llevan a tal o cual persona, a expresarse de una manera inconveniente, en un lugar equivocado. Y a esto hay que agregarle los fanatismos condicionantes: aquellas disciplinas y trabajos que requieren un lenguaje técnico específico y que sus cultores no abandonan bajo ninguna circunstancia, obligando al otro a pedir una traducción, casi simultánea.
Sucede que aunque el mundo se haya vuelto cada vez más dinámico y exista una confluencia permanente de personas en el abordaje de múltiples temas, cada ámbito requiere una postura, un lenguaje y un pensamiento específicos, más allá de la indivisibilidad de quien pronuncia el discurso. De ninguna manera el lenguaje “tribunero” es apto para las instituciones, sean estas de carácter académico, ejecutivo o legislativo. Existen códigos no escritos respecto de lo que se espera en cada caso, porque lo que está en juego es la credibilidad y el juicio del receptor del mensaje suele ser impiadoso para con aquellos que se saltean esos códigos alegre e impunemente. De un periodista deportivo se espera un análisis deportivo, no un pontificado de un gobierno, como se ve cada fin de semana desde la pantalla de Fútbol para Todos, o la broma berreta y de mal gusto sobre los agrados femeninos del jugador de turno, independientemente del deseo del relator, de manifestar sus preferencias ideológicas. Parece gracioso, pero resulta vergonzoso y molesto para quien sólo tiene pretensiones de observar un partido de fútbol.
En la Argentina actual todos opinan de todos los temas, se trate de políticos, deportistas, actores, académicos o gente de la calle. Esta conducta compulsiva respecto de la opinión, sin importar los lugares y las formas, es una marca registrada en cada ámbito que se frecuente y el resultado de todo ello es que cuesta cada vez más discernir entre lo importante y lo banal, lo interesante y lo superficial, lo trascendente y lo prosaico; no sólo por el imperio de los que hablan, sino y fundamentalmente, de los que escuchan.
Blasberg

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Sobre lugares, hábitos y declaraciones


Se trata de un tiempo en el que resulta gravitante lo que se manifiesta. Entonces resulta un ejercicio interesante, observar la repetición de hábitos, costumbres y palabras, en personas y personalidades que ocupan diferentes estructuras y diferentes espacios, pero que conservan métodos y procedimientos, aún cuando resultan extraños, improcedentes, o sencillamente innecesarios.
Jorge Capitanich, nuevo Jefe de Gabinete, obtuvo algún crédito en el inicio de su gestión con el sencillo recurso de manifestarse frente a los medios. Por supuesto que el idilio que elogió sus formas, duró poco. De inmediato los juicios duros contra los contenidos tensaron la relación. Y ya comienza a ser criticado por hablar demasiado. Es justo reconocer que “palo porque bogas, palo porque no bogas”. Al que no habla, porque no habla; y al que habla mucho porque habla mucho. Costará encontrar el justo equilibrio, si es que existe
En otros ámbitos, en más de una oportunidad resulta engorroso y hasta incómodo, compartir un almuerzo, una cena o un simple café, con aquellos personajes, que iluminados, vaya a saber uno porqué afán de ser escuchados, convierten cualquier reunión en un aula con oyentes, y a sus ocasionales y distraídos interlocutores, en alumnos de algo que no desean escuchar, ni discutir. El academicismo fuera de la academia resulta confuso, innecesario y hasta agobiante. De la misma forma que el lenguaje prosaico pierde su encanto en un ámbito de reflexión y precisión en el lenguaje.
La comunicación entonces, se convierte en un desafío donde no sólo es importante escuchar al otro, sino que además debe hacerse un esfuerzo para tratar de interpretar los motivos que llevan a tal o cual persona, a expresarse de una manera inconveniente, en un lugar equivocado. Y a esto hay que agregarle los fanatismos condicionantes: aquellas disciplinas y trabajos que requieren un lenguaje técnico específico y que sus cultores no abandonan bajo ninguna circunstancia, obligando al otro a pedir una traducción, casi simultánea.
Sucede que aunque el mundo se haya vuelto cada vez más dinámico y exista una confluencia permanente de personas en el abordaje de múltiples temas, cada ámbito requiere una postura, un lenguaje y un pensamiento específicos, más allá de la indivisibilidad de quien pronuncia el discurso. De ninguna manera el lenguaje “tribunero” es apto para las instituciones, sean estas de carácter académico, ejecutivo o legislativo. Existen códigos no escritos respecto de lo que se espera en cada caso, porque lo que está en juego es la credibilidad y el juicio del receptor del mensaje suele ser impiadoso para con aquellos que se saltean esos códigos alegre e impunemente. De un periodista deportivo se espera un análisis deportivo, no un pontificado de un gobierno, como se ve cada fin de semana desde la pantalla de Fútbol para Todos, o la broma berreta y de mal gusto sobre los agrados femeninos del jugador de turno, independientemente del deseo del relator, de manifestar sus preferencias ideológicas. Parece gracioso, pero resulta vergonzoso y molesto para quien sólo tiene pretensiones de observar un partido de fútbol.
En la Argentina actual todos opinan de todos los temas, se trate de políticos, deportistas, actores, académicos o gente de la calle. Esta conducta compulsiva respecto de la opinión, sin importar los lugares y las formas, es una marca registrada en cada ámbito que se frecuente y el resultado de todo ello es que cuesta cada vez más discernir entre lo importante y lo banal, lo interesante y lo superficial, lo trascendente y lo prosaico; no sólo por el imperio de los que hablan, sino y fundamentalmente, de los que escuchan.
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