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La compleja identificación de los ciudadanos

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La compleja identificación de los ciudadanos

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Un atributo fundamental de cualquier persona es su nombre. Si se trata de personas jurídicas tendrán una razón social, un nombre que las identifique. Las personas físicas portan nombre y apellido. Incluso más de un nombre o doble apellido. Desde su nacimiento tienen un documento que prueba su identidad, que además tiene un número único que inequívocamente los identifica. No se hará alusión a documentos mellizos, o la extraña situación de dos personas con el mismo número. Que los hay, los hay, pero no hacen al tema.
La realidad del mundo: la inseguridad, la superpoblación de cuestiones administrativas, la necesidad o el simple deseo de viajar, la propiedad privada, y otras tantas instituciones generan una demanda permanente de la exhibición del documento de identidad para poder movilizarse sin contratiempos. Hubo, incluso momentos nefastos de la historia reciente de los argentinos donde la fuerza pública y sus sucedáneos ilegales los exigían de un modo casi permanente.
Lo cierto es que, más allá de situaciones particulares o muy coyunturales, todos los hombres y las mujeres de este país sabían cómo y cuándo debían presentar qué documento. No sucede en la actualidad. Y lo que es peor, hay funcionarios que lo desconocen o que manifiestan inconcebibles dudas a la hora de precisar la documentación necesaria en cada lugar y en cada momento. “Sí es válido, pero hay algunas oficinas de Migraciones qué hum…se complica un poco”. Esa respuesta en boca de un funcionario del área es inadmisible. Hay leyes, hay normas, hay procedimientos. Deben ser conocidos, públicos, explícitos e iguales para todos. Que el verde, que el celeste, que el bordó. Que la cédula del Mercosur, o la otra. Que la Libreta de Enrolamiento, la Libreta Cívica o el Documento Nacional de Identidad. Que la renovación de tal o de cual edad. Que el celestito sirve, pero la tarjetita, no. Para votar es una cosa, en el banco otra y si se desea salir del país, habrá que aclarar si es por tierra, vía fluvial, marítima o aérea. En todos los espacios hay quienes se permiten aclarar que si bien el documento es válido, su organización no lo considera suficiente. Todo cambia además, si es a países limítrofes o al resto del mundo. En rigor, esta diferencia existió siempre, al igual que la presentación o no de un visado para ingresar a determinados países. Además ahora los documentos vencen, y hay que estar atento a su vigencia.
Si se sale con menores todo se complica de un modo tal que no alcanza este humilde espacio para aclarar la situación. Las nuevas versiones de “familia” que proliferan en la sociedad moderna atraen densos nubarrones sobre un firmamento de por sí complicado.
Lo que no resulta admisible es que los cambios sean permanentes, o que muchas cuestiones queden reservadas a la discrecionalidad de funcionarios de turno, que aplicarán la norma que conozcan, quieran, puedan o el humor y la presencia del demandante les sugiera. Si se sospecha que todos estos cambios tienen que ver con acercar las mejores tecnologías del mundo en la materia, con la historia clínica digital, con un chip, o algo parecido, se incurre en un serio error. Y pareciera haber buena voluntad, registros civiles móviles, otra velocidad en la ejecución. Y parecieran no alcanzar. No está claro. Por alguna razón se siguen publicando infinitos artículos al respecto. Por algo esta cuestión es motivo de discusión permanente. No se explica que haya individuos que digan tener “la precisa” en un tema, que absolutamente todos los ciudadanos debieran tener más que claro.
Luego se pretende hablar de seguridad en las fronteras, de normas efectivas de identificación inmediata y otras consignas que se desbaratan en su sola mención. Será que algunos funcionarios nunca comprendieron que si los usuarios no saben con precisión a qué atenerse en cada circunstancia, todos los procedimientos fracasan. Acaso en la Argentina actual, se complican hasta las cuestiones más elementales.
Blasberg
 

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La compleja identificación de los ciudadanos


Un atributo fundamental de cualquier persona es su nombre. Si se trata de personas jurídicas tendrán una razón social, un nombre que las identifique. Las personas físicas portan nombre y apellido. Incluso más de un nombre o doble apellido. Desde su nacimiento tienen un documento que prueba su identidad, que además tiene un número único que inequívocamente los identifica. No se hará alusión a documentos mellizos, o la extraña situación de dos personas con el mismo número. Que los hay, los hay, pero no hacen al tema.
La realidad del mundo: la inseguridad, la superpoblación de cuestiones administrativas, la necesidad o el simple deseo de viajar, la propiedad privada, y otras tantas instituciones generan una demanda permanente de la exhibición del documento de identidad para poder movilizarse sin contratiempos. Hubo, incluso momentos nefastos de la historia reciente de los argentinos donde la fuerza pública y sus sucedáneos ilegales los exigían de un modo casi permanente.
Lo cierto es que, más allá de situaciones particulares o muy coyunturales, todos los hombres y las mujeres de este país sabían cómo y cuándo debían presentar qué documento. No sucede en la actualidad. Y lo que es peor, hay funcionarios que lo desconocen o que manifiestan inconcebibles dudas a la hora de precisar la documentación necesaria en cada lugar y en cada momento. “Sí es válido, pero hay algunas oficinas de Migraciones qué hum…se complica un poco”. Esa respuesta en boca de un funcionario del área es inadmisible. Hay leyes, hay normas, hay procedimientos. Deben ser conocidos, públicos, explícitos e iguales para todos. Que el verde, que el celeste, que el bordó. Que la cédula del Mercosur, o la otra. Que la Libreta de Enrolamiento, la Libreta Cívica o el Documento Nacional de Identidad. Que la renovación de tal o de cual edad. Que el celestito sirve, pero la tarjetita, no. Para votar es una cosa, en el banco otra y si se desea salir del país, habrá que aclarar si es por tierra, vía fluvial, marítima o aérea. En todos los espacios hay quienes se permiten aclarar que si bien el documento es válido, su organización no lo considera suficiente. Todo cambia además, si es a países limítrofes o al resto del mundo. En rigor, esta diferencia existió siempre, al igual que la presentación o no de un visado para ingresar a determinados países. Además ahora los documentos vencen, y hay que estar atento a su vigencia.
Si se sale con menores todo se complica de un modo tal que no alcanza este humilde espacio para aclarar la situación. Las nuevas versiones de “familia” que proliferan en la sociedad moderna atraen densos nubarrones sobre un firmamento de por sí complicado.
Lo que no resulta admisible es que los cambios sean permanentes, o que muchas cuestiones queden reservadas a la discrecionalidad de funcionarios de turno, que aplicarán la norma que conozcan, quieran, puedan o el humor y la presencia del demandante les sugiera. Si se sospecha que todos estos cambios tienen que ver con acercar las mejores tecnologías del mundo en la materia, con la historia clínica digital, con un chip, o algo parecido, se incurre en un serio error. Y pareciera haber buena voluntad, registros civiles móviles, otra velocidad en la ejecución. Y parecieran no alcanzar. No está claro. Por alguna razón se siguen publicando infinitos artículos al respecto. Por algo esta cuestión es motivo de discusión permanente. No se explica que haya individuos que digan tener “la precisa” en un tema, que absolutamente todos los ciudadanos debieran tener más que claro.
Luego se pretende hablar de seguridad en las fronteras, de normas efectivas de identificación inmediata y otras consignas que se desbaratan en su sola mención. Será que algunos funcionarios nunca comprendieron que si los usuarios no saben con precisión a qué atenerse en cada circunstancia, todos los procedimientos fracasan. Acaso en la Argentina actual, se complican hasta las cuestiones más elementales.
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