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La inseguridad azota Venezuela

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La inseguridad azota Venezuela

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A cualquier nación del mundo el desarrollo se le dificultará si alguno de los atributos esenciales que definen a un Estado, por cualquier causa no se cumple, o se cumple a medias. En definitiva, una nación, por más riquezas que albergue su tierra, no podrá desarrollarse en plenitud sin educación, sin salud, sin trabajo, sin seguridad. Lo pone de manifiesto la historia a lo largo de los siglos, pero también lo muestran con una expresión que hiere, los indicadores cotidianos.
El asesinato a mansalva de la reina de belleza Mónica Spear y su marido, en un asalto en el que también resultó herida su hija de cinco años, estremeció a una Venezuela sumida en una espiral de inseguridad ciudadana que cobra más de 20.000 vidas cada año, con los pobres como víctimas mayoritarias. “Vine por los huérfanos de los 150.000 asesinados de los últimos 15 años, porque anhelo que estas muertes no sean dos más, sino que signifiquen una inflexión hacia la reconstrucción de nuestros valores colectivos”, dijo a los medios la arquitecta Idalia Lovera, cuando participaba en una acto convocado por las redes sociales.
Centenares de personas se congregaron en la Plaza Venezuela de Caracas, para rechazar la violencia delictiva y depositar una flor en recuerdo de la modelo y actriz Spear, y su esposo Thomas Berry. Actos similares se produjeron en otras ciudades del país. “Asesinatos así son diarios. El año pasado unos zagaletones (adolescentes) nos mataron a un sobrino para robarle la moto y no agarraron a ninguno. Esta vez le tocó a una muchacha famosa y Dios quiera que castiguen a los que lo hicieron”, comentó la cocinera Ana Rubio, cerca de La Yaguara, el populoso barrio del sudoeste capitalino donde vive. El albañil Julio Ardila, habitante de una empinada barriada pobre del este de Caracas, con casas sin frisar casi apiladas frente a callejas de toscos escalones, dijo que “aquí un montón de carajitos (jovencitos) andan armados y hay días cuando no salgo a trabajar porque escaleras abajo amanecen uno o dos cadáveres”.
Nueve de cada diez venezolanos confesaron en recientes encuestas, que sienten miedo de andar por las calles, tal como sostiene el sociólogo Roberto Briceño-León, del no gubernamental Observatorio Venezolano de la Violencia. La violencia no la padecen sólo las ciudades grandes, sino que se extiende hasta pequeños pueblos y sume en el temor a usuarios de carreteras y autopistas. Las terminales de autobuses están pobladas de historias sobre asaltos a colectivos interurbanos y hay tramos reconocidos por la acción de delincuentes, que arrojan objetos a la vía para descontrolar a los conductores, provocar accidentes y asaltar con comodidad a los ocupantes.
Eso fue lo que lo que les ocurrió la noche del 6 de enero a Berry, Spear y Maya, cuando transitaban por un área carente de alumbrado en la autopista que une las ciudades de Puerto Cabello y Valencia, a unos 150 kilómetros al oeste de Caracas. Su automóvil impactó un objeto contundente en la vía, se dobló una rueda y una grúa llegó para auxiliarlos. Cuando subían el vehículo a la plataforma, un grupo de jóvenes armados apareció entre los matorrales que rodeaban la carretera.
Los operarios de la grúa huyeron, mientras Berry y Spear se refugiaron en el vehículo donde dormía la niña. Presuntamente, uno de los asaltantes, Jean Colina, de 19 años, disparó contra la pareja a mansalva, según la investigación policial. Berry y Spear recibieron impactos letales y Maya fue herida en una pierna. Los delincuentes robaron apenas una cámara fotográfica, antes de huir en una camioneta. La noticia conmocionó al país, y generó un estallido de indignación ciudadana a través de las redes sociales, que forzó al gobierno y a la oposición a modificar su agenda y encarar el tema de la inseguridad, durante los siguientes días. La saña y banalidad del suceso, junto a la notoriedad de las víctimas, avivó la conmoción y el entierro del matrimonio se convirtió en una gran manifestación de duelo.
Venezuela se debate ante el estigma de la violencia diaria, mientras bajo la corteza de su suelo, el invalorable petróleo no alcanza para restallar las heridas de un pueblo que siente que el verdadero progreso queda cada día, un poco más lejos.
 

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A cualquier nación del mundo el desarrollo se le dificultará si alguno de los atributos esenciales que definen a un Estado, por cualquier causa no se cumple, o se cumple a medias. En definitiva, una nación, por más riquezas que albergue su tierra, no podrá desarrollarse en plenitud sin educación, sin salud, sin trabajo, sin seguridad. Lo pone de manifiesto la historia a lo largo de los siglos, pero también lo muestran con una expresión que hiere, los indicadores cotidianos.
El asesinato a mansalva de la reina de belleza Mónica Spear y su marido, en un asalto en el que también resultó herida su hija de cinco años, estremeció a una Venezuela sumida en una espiral de inseguridad ciudadana que cobra más de 20.000 vidas cada año, con los pobres como víctimas mayoritarias. “Vine por los huérfanos de los 150.000 asesinados de los últimos 15 años, porque anhelo que estas muertes no sean dos más, sino que signifiquen una inflexión hacia la reconstrucción de nuestros valores colectivos”, dijo a los medios la arquitecta Idalia Lovera, cuando participaba en una acto convocado por las redes sociales.
Centenares de personas se congregaron en la Plaza Venezuela de Caracas, para rechazar la violencia delictiva y depositar una flor en recuerdo de la modelo y actriz Spear, y su esposo Thomas Berry. Actos similares se produjeron en otras ciudades del país. “Asesinatos así son diarios. El año pasado unos zagaletones (adolescentes) nos mataron a un sobrino para robarle la moto y no agarraron a ninguno. Esta vez le tocó a una muchacha famosa y Dios quiera que castiguen a los que lo hicieron”, comentó la cocinera Ana Rubio, cerca de La Yaguara, el populoso barrio del sudoeste capitalino donde vive. El albañil Julio Ardila, habitante de una empinada barriada pobre del este de Caracas, con casas sin frisar casi apiladas frente a callejas de toscos escalones, dijo que “aquí un montón de carajitos (jovencitos) andan armados y hay días cuando no salgo a trabajar porque escaleras abajo amanecen uno o dos cadáveres”.
Nueve de cada diez venezolanos confesaron en recientes encuestas, que sienten miedo de andar por las calles, tal como sostiene el sociólogo Roberto Briceño-León, del no gubernamental Observatorio Venezolano de la Violencia. La violencia no la padecen sólo las ciudades grandes, sino que se extiende hasta pequeños pueblos y sume en el temor a usuarios de carreteras y autopistas. Las terminales de autobuses están pobladas de historias sobre asaltos a colectivos interurbanos y hay tramos reconocidos por la acción de delincuentes, que arrojan objetos a la vía para descontrolar a los conductores, provocar accidentes y asaltar con comodidad a los ocupantes.
Eso fue lo que lo que les ocurrió la noche del 6 de enero a Berry, Spear y Maya, cuando transitaban por un área carente de alumbrado en la autopista que une las ciudades de Puerto Cabello y Valencia, a unos 150 kilómetros al oeste de Caracas. Su automóvil impactó un objeto contundente en la vía, se dobló una rueda y una grúa llegó para auxiliarlos. Cuando subían el vehículo a la plataforma, un grupo de jóvenes armados apareció entre los matorrales que rodeaban la carretera.
Los operarios de la grúa huyeron, mientras Berry y Spear se refugiaron en el vehículo donde dormía la niña. Presuntamente, uno de los asaltantes, Jean Colina, de 19 años, disparó contra la pareja a mansalva, según la investigación policial. Berry y Spear recibieron impactos letales y Maya fue herida en una pierna. Los delincuentes robaron apenas una cámara fotográfica, antes de huir en una camioneta. La noticia conmocionó al país, y generó un estallido de indignación ciudadana a través de las redes sociales, que forzó al gobierno y a la oposición a modificar su agenda y encarar el tema de la inseguridad, durante los siguientes días. La saña y banalidad del suceso, junto a la notoriedad de las víctimas, avivó la conmoción y el entierro del matrimonio se convirtió en una gran manifestación de duelo.
Venezuela se debate ante el estigma de la violencia diaria, mientras bajo la corteza de su suelo, el invalorable petróleo no alcanza para restallar las heridas de un pueblo que siente que el verdadero progreso queda cada día, un poco más lejos.
 

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