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Cada vez resulta más curioso, lo que sucede con las múltiples muestras de exhibicionismo que realizan las personas en la agitada segunda década del Siglo XXI. Desde la publicación personal de fotos y videos privados, hasta la necesidad de contar en un paso a paso de centenares de caracteres, la vida y la obra de cualquier personaje, público o desconocido.
El exhibicionismo hoy, es real, concreto y palpable, lo que no alcanza a dilucidarse son las razones por las que se produce. Una primera respuesta podría encontrarse en la disponibilidad de herramientas, que hoy “permiten” el exhibicionismo, pero sólo el uso de los dispositivos electrónicos de última generación, no basta para explicar los alcances de un hábito que ya se ha vuelto multitudinario. Todo se comparte, todo se muestra, todo se comenta y se discute con la inmediatez y la liviandad que exige la época.
La superficialidad de la conducta puede atribuirse a las demandas de la sociedad actual, donde cada hecho notorio es reemplazado de inmediato por un hecho más reciente y más notorio. Esta generalización del exhibicionismo termina por castigar a aquellas personas, que genuinamente pudorosas, genuinamente defensoras de su intimidad, se ven avasalladas por la futilidad de quienes consideran la vida privada de los otros, como parte de un show mediático, apto para mostrarse, discutirse y comentarse. Es el imperio de la difusión, la consagración de lo poco relevante, la pérdida de cierto sentido común, sacrificado en la banalidad de las fotografías y los videos.
Una vez más se cumple la premisa que Jorge Luis Borges instaló, en su cuento “Utopía de un hombre que está cansado”, hace 35 años en “El libro de arena”, cuando dijo que “Ser, es ser retratado”. Desde situaciones de notoria ligereza, hasta hechos de una gravedad potencial, todo se mezcla en el afán de ser mostrado, pero esencialmente, en la necesidad de ser percibidos por los otros. Hace algunos días, un corredor de autos profesional y un personaje de la farándula vernácula, manifestaron circular por la Panamericana a la irracional velocidad de 285 kilómetros por hora, en un vehículo de calle importado y muy potente. El sinsentido de esa carrera hacia la nada, fue comentado por uno de los protagonistas, (como una de las tantas trivialidades que a diario comenta de su vida privada) y subido a una red social. Luego llegaron, obviamente, negaciones, disculpas y desmentidas.
La reacción de la gente se dividió entre los que lógicamente se escandalizaron, por el riesgo innecesario al que se exponían, y los que insólitamente los consideraban una reencarnación de “Rebelde sin causa”, como si se tratara de émulos de James Dean del subdesarrollo. Al mismo tiempo y a través de la misma red social, a diario se asiste a los cruces de altos dirigentes de la política argentina, que alejados del protocolo, escriben comentarios, para dispensarles distinto trato a sus ocasionales rivales virtuales/reales. Pero una cosa es asumir el compromiso y hacerse cargo de la responsabilidad que implica escribir un comentario con nombre y apellido, o “subir” una foto personal, y otra cosa muy distinta es el avasallamiento de la intimidad propia a través de las acciones de los otros, sin razón aparente y con la “única regla establecida” de que se trata de lo usual.
Con este fenómeno de manera evidente hay que convivir, ignorarlo carece de sentido, porque se trata de una realidad de la época. Los más cautos deberán extremar medidas de precaución para evitar que sus actividades privadas aparezcan reflejadas, contra su voluntad, en determinados espacios. En todas las épocas aparecen quienes obtienen más deleite con la exhibición y la descripción de sus acciones que con el propio ejercicio de las mismas.