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Los Abdallah, una familia con historia

Por Marcelo Dettoni


Del Líbano a San Luis hay un largo camino, pero los Abdallah lo recorrieron con fe y mucho esfuerzo a fines del siglo XIX, cuando cambiaron aquellas lejanas tierras de Medio Oriente para instalarse en Cuyo en busca de paz y prosperidad. Fiel al estilo que caracteriza a estas familias de inmigrantes, iniciaron los negocios bajo un férreo control de sus mayores. Si hoy Ganadera del Sur es una empresa pujante y reconocida en manos de Musa y su hijo Lucas, es porque antes existieron abuelos y padres que supieron conducir las cosas y progresar con trabajo y sacrificio.


“Los primeros antepasados que llegaron a San Luis, hace 113 años, eran vendedores ambulantes. Después instalaron un comercio de ramos generales en Justo Daract y Ejército de Los Andes, donde todavía hoy funcionan las oficinas de Ganadera del Sur”, cuenta Musa en un alto del trabajo en San Luis Feria, donde es incesante el movimiento de camiones de hacienda que entran llenos y se van vacíos. Y es lógico, estamos a un día de uno de sus tradicionales remates y hay que estar atentos a muchos detalles para que todo salga como siempre.


Por eso Musa Abdallah casi no se despega del teléfono. Coordina la llegada de hacienda, se da una vuelta por los corrales en medio del polvo que levantan los animales ante la falta de lluvias del invierno puntano, va hasta los bretes donde se controla el ingreso de los lotes y el peso de cada uno y reparte directivas a todos.


Igual, se hace tiempo para sentarse un rato en la oficina y compartir la tarde con la Revista El Campo junto a su hijo Lucas, fiel escudero y quien le otorga los toques de "modernidad" a una empresa que ya tiene 102 años de vida y es sinónimo de tradición y seriedad en el ambiente ganadero de Cuyo.


“Yo tomé el control de Ganadera del Sur en 1994, antes estaba en la actividad industrial porque estudié Administración de Empresas”, recuerda Abdallah padre, quien de todos modos está relacionado con las subastas y las actividades del campo de toda la vida. “Antes no había vacaciones, terminaba el año escolar y tenías que ir a trabajar. La familia tenía muchas ramificaciones comerciales, una elaboradora y envasadora de agua mineral, una empresa productora de cal en Quines. A los 15 años ya andaba recorriendo las ferias, porque mi abuelo Miguel y su hermano Jorge habían fundado Abdallah Hermanos SRL en 1913”, agrega.


Tiempos lejanos


A Musa se le pierde la mirada más allá de las paredes de la oficina cuando recuerda aquellos años pintados en sepia. “Llegaban los arreos desde distintas localidades y entraban por las calles de tierra de San Luis levantando una nube de polvo. Algunos tardaban hasta seis días en llegar y hacían su entrada por lo que hoy es avenida España, para internarse hasta Europa. La ventaja de esos terrenos era que estaban al lado de las vías, entonces mandaban trenes especiales con vagones jaula desde Justo Daract y Villa Mercedes. Se hacía el remate, la hacienda cambiaba de manos y se llevaban en ferrocarril a los campos de los compradores”.


Miguel, aquel pionero que vino de la ciudad libanesa de Fih (adonde sueña con ir alguna vez Lucas), tuvo seis hijos, tres varones y tres mujeres, entre ellas Amalia, la mamá de Musa, una de las continuadoras de la tradición ganadera junto con Lucía y Bartolomé, el papá de quien hoy conduce los destinos del fútbol de San Luis. “Esto se fue transfiriendo de generación en generación, pero a no todos les gustaba, entonces se encargaban los que sí estaban interesados, pero siempre el núcleo familiar fue muy fuerte”, remarca Musa. Incluso hoy todo continúa igual, porque él tiene una compañera de fierro en su esposa Ana María Flitd y su hijo Lucas está cada día más preparado para hacerse cargo en el futuro, ya con su título de administrador de empresas, más el de contador público conseguidos en Córdoba y mucha experiencia encima a pesar de su juventud. Los otros dos hijos de Musa y Ana María eligieron otros caminos, porque Nicolás es ingeniero industrial y Natalia, médica psiquiátrica.


“Con mi viejo tenemos mucha compatibilidad porque me gusta la actividad ganadera”, dice Lucas, siempre atento a las necesidades de la empresa, capaz de encargarse de las relaciones con los clientes, subir y bajar mil veces de la tarima del rematador, sumergirse en el complicado mundo de la facturación o cambiar de mesa en los asados para abrochar nuevos negocios. El papá devuelve el afecto enseguida: “Tenemos buena relación con Lucas, pretende aprender y captar las experiencias que se presentan día a día. Y yo estoy dispuesto a delegar, somos un equipo, pero no sólo con mi familia directa, sino también con todo el personal, porque hay gente que hace muchos años que está a mi lado”.


“Nos conocimos muy jóvenes. Ya llevamos 40 años juntos, estamos desde los 18. Cuando llegó el momento de hacerse cargo de Ganadera del Sur tomamos la decisión de seguir con esto que a los dos nos encanta. Tuve que aprender todo porque a pesar de haber estado cerca, yo estaba dedicada a mis niños.


Era todo un desafío, años difíciles a comienzos de los 2000. Tenemos tres hijos, en aquel momento se habían ido dos a estudiar a Córdoba, tenía más tiempo. Nos pusimos juntos y comenzamos el desafío de seguir lo que hicieron las generaciones anteriores”, relata Ana María, otra pata importante de Ganadera del Sur. “Yo soy una empresaria mujer. Le pongo mi visión desde ese lado, tal vez no siento la adrenalina como ellos, la comparto porque es mi vida diaria. Pero pongo la gota necesaria de calma. Cuando las cosas se desbordan sé cómo hacer que vuelvan a sus carriles”, asegura.


El negocio fue cambiando con los años, pero los Abdallah supieron adaptarse a los nuevos tiempos. “Antes la gente traía hacienda o retiraba mercadería y pagaba con animales. Era un negocio sin plazos y con compensaciones anuales”, recuerda Musa, quien resalta algo que permaneció inalterable: “La palabra. Eso sigue teniendo el mismo valor, la gente confía en el acto de la consignación. Acá se mueve mucho dinero con sólo levantar una mano y hacer una oferta, el vendedor confía en nosotros y el comprador también, es muy delicado el trabajo del rematador, pero nos respalda un siglo de historia”.


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Los Abdallah, una familia con historia

Lucas y Musa Abdallah, hoy comandan Ganadera del Sur, una firma que nació hace 102 años con la llegada de inmigrantes libaneses.

Del Líbano a San Luis hay un largo camino, pero los Abdallah lo recorrieron con fe y mucho esfuerzo a fines del siglo XIX, cuando cambiaron aquellas lejanas tierras de Medio Oriente para instalarse en Cuyo en busca de paz y prosperidad. Fiel al estilo que caracteriza a estas familias de inmigrantes, iniciaron los negocios bajo un férreo control de sus mayores. Si hoy Ganadera del Sur es una empresa pujante y reconocida en manos de Musa y su hijo Lucas, es porque antes existieron abuelos y padres que supieron conducir las cosas y progresar con trabajo y sacrificio.


“Los primeros antepasados que llegaron a San Luis, hace 113 años, eran vendedores ambulantes. Después instalaron un comercio de ramos generales en Justo Daract y Ejército de Los Andes, donde todavía hoy funcionan las oficinas de Ganadera del Sur”, cuenta Musa en un alto del trabajo en San Luis Feria, donde es incesante el movimiento de camiones de hacienda que entran llenos y se van vacíos. Y es lógico, estamos a un día de uno de sus tradicionales remates y hay que estar atentos a muchos detalles para que todo salga como siempre.


Por eso Musa Abdallah casi no se despega del teléfono. Coordina la llegada de hacienda, se da una vuelta por los corrales en medio del polvo que levantan los animales ante la falta de lluvias del invierno puntano, va hasta los bretes donde se controla el ingreso de los lotes y el peso de cada uno y reparte directivas a todos.


Igual, se hace tiempo para sentarse un rato en la oficina y compartir la tarde con la Revista El Campo junto a su hijo Lucas, fiel escudero y quien le otorga los toques de "modernidad" a una empresa que ya tiene 102 años de vida y es sinónimo de tradición y seriedad en el ambiente ganadero de Cuyo.


“Yo tomé el control de Ganadera del Sur en 1994, antes estaba en la actividad industrial porque estudié Administración de Empresas”, recuerda Abdallah padre, quien de todos modos está relacionado con las subastas y las actividades del campo de toda la vida. “Antes no había vacaciones, terminaba el año escolar y tenías que ir a trabajar. La familia tenía muchas ramificaciones comerciales, una elaboradora y envasadora de agua mineral, una empresa productora de cal en Quines. A los 15 años ya andaba recorriendo las ferias, porque mi abuelo Miguel y su hermano Jorge habían fundado Abdallah Hermanos SRL en 1913”, agrega.


Tiempos lejanos


A Musa se le pierde la mirada más allá de las paredes de la oficina cuando recuerda aquellos años pintados en sepia. “Llegaban los arreos desde distintas localidades y entraban por las calles de tierra de San Luis levantando una nube de polvo. Algunos tardaban hasta seis días en llegar y hacían su entrada por lo que hoy es avenida España, para internarse hasta Europa. La ventaja de esos terrenos era que estaban al lado de las vías, entonces mandaban trenes especiales con vagones jaula desde Justo Daract y Villa Mercedes. Se hacía el remate, la hacienda cambiaba de manos y se llevaban en ferrocarril a los campos de los compradores”.


Miguel, aquel pionero que vino de la ciudad libanesa de Fih (adonde sueña con ir alguna vez Lucas), tuvo seis hijos, tres varones y tres mujeres, entre ellas Amalia, la mamá de Musa, una de las continuadoras de la tradición ganadera junto con Lucía y Bartolomé, el papá de quien hoy conduce los destinos del fútbol de San Luis. “Esto se fue transfiriendo de generación en generación, pero a no todos les gustaba, entonces se encargaban los que sí estaban interesados, pero siempre el núcleo familiar fue muy fuerte”, remarca Musa. Incluso hoy todo continúa igual, porque él tiene una compañera de fierro en su esposa Ana María Flitd y su hijo Lucas está cada día más preparado para hacerse cargo en el futuro, ya con su título de administrador de empresas, más el de contador público conseguidos en Córdoba y mucha experiencia encima a pesar de su juventud. Los otros dos hijos de Musa y Ana María eligieron otros caminos, porque Nicolás es ingeniero industrial y Natalia, médica psiquiátrica.


“Con mi viejo tenemos mucha compatibilidad porque me gusta la actividad ganadera”, dice Lucas, siempre atento a las necesidades de la empresa, capaz de encargarse de las relaciones con los clientes, subir y bajar mil veces de la tarima del rematador, sumergirse en el complicado mundo de la facturación o cambiar de mesa en los asados para abrochar nuevos negocios. El papá devuelve el afecto enseguida: “Tenemos buena relación con Lucas, pretende aprender y captar las experiencias que se presentan día a día. Y yo estoy dispuesto a delegar, somos un equipo, pero no sólo con mi familia directa, sino también con todo el personal, porque hay gente que hace muchos años que está a mi lado”.


“Nos conocimos muy jóvenes. Ya llevamos 40 años juntos, estamos desde los 18. Cuando llegó el momento de hacerse cargo de Ganadera del Sur tomamos la decisión de seguir con esto que a los dos nos encanta. Tuve que aprender todo porque a pesar de haber estado cerca, yo estaba dedicada a mis niños.


Era todo un desafío, años difíciles a comienzos de los 2000. Tenemos tres hijos, en aquel momento se habían ido dos a estudiar a Córdoba, tenía más tiempo. Nos pusimos juntos y comenzamos el desafío de seguir lo que hicieron las generaciones anteriores”, relata Ana María, otra pata importante de Ganadera del Sur. “Yo soy una empresaria mujer. Le pongo mi visión desde ese lado, tal vez no siento la adrenalina como ellos, la comparto porque es mi vida diaria. Pero pongo la gota necesaria de calma. Cuando las cosas se desbordan sé cómo hacer que vuelvan a sus carriles”, asegura.


El negocio fue cambiando con los años, pero los Abdallah supieron adaptarse a los nuevos tiempos. “Antes la gente traía hacienda o retiraba mercadería y pagaba con animales. Era un negocio sin plazos y con compensaciones anuales”, recuerda Musa, quien resalta algo que permaneció inalterable: “La palabra. Eso sigue teniendo el mismo valor, la gente confía en el acto de la consignación. Acá se mueve mucho dinero con sólo levantar una mano y hacer una oferta, el vendedor confía en nosotros y el comprador también, es muy delicado el trabajo del rematador, pero nos respalda un siglo de historia”.


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