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Vino a estudiar matemáticas, pero se "recibió" de puntana

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Vino a estudiar matemáticas, pero se "recibió" de puntana

Por Matías García Elorrio


A pesar de haber vivido 64 años en Argentina, Ámal todavía guarda un acento al hablar que delata que   no nació acá. Sin embargo, a los pocos minutos de empezada la charla cuenta que el día que llegó desde Mendoza en tren, para ir a la casa de sus tíos, se subió a un mateo, tirado por un caballo, para que le dejara en la esquina de Sucre y Tomás Jofré. Sólo ese detalle la transforma en una conocedora de San Luis como pocos nativos hoy pueden recordar.


-¿Por qué su familia decidió venir a la Argentina?


-Mi padre era un intelectual que trabajaba en una misión inglesa con refugiados palestinos en Jordania. Pero por desacuerdos con la  corona británica decide renunciar a esa tarea. Entonces le quedaban dos opciones: irse a Egipto y continuar en la misión en la que trabajaba o dejar todo y migrar a la Argentina, porque mi madre era de aquí. Además, como mi padre conocía mucho de política internacional, sabía que Argentina era un país abierto a los inmigrantes. Llegamos en diciembre de 1952 cuando yo tenía 4 años.


-¿Cuál fue el primer destino?


-Nos instalamos en Las Catitas  (Mendoza) por un año y medio donde estaba la familia de mi madre. Como ese lugar era muy pequeño, mi padre no podía ejercer su actividad ya que era licenciado en Teología, egresado de una universidad inglesa, y además era cristiano protestante. Pero él siempre tuvo claro que sus hijos debían estudiar por eso nos fuimos a Mendoza donde mi padre abrió un pequeño almacén con los últimos ahorros que tenía.


-¿Y cómo llegó a San Luis?


-Porque quería estudiar Matemáticas y en la única provincia que se podía era acá. Pero no fue sencillo, una vez que terminé el secundario me tuve que quedar un año más en Mendoza a trabajar de maestra, que era mi título habilitante. Y recuerdo que a fines de ese año mis padres me llamaron una tarde para avisarme que ellos me habían ahorrado todos los sueldos de maestra del año para que me pudiera ir a San Luis a estudiar. Y el 10 de enero de 1968 llegué en el tren a la estación de San Luis y me tomé un mateo que había en la entrada para llegar hasta la casa de uno de mis tíos, hermano de mi madre. En realidad yo conocí la existencia de San Luis porque la mayoría de mis profesores de Química, Física y Matemática que tuve en la escuela  habían estudiado acá. Me acuerdo de apellidos como la profesora Salas o el profesor Di Pascuali que me comentaban de esta ciudad y su universidad. Así fue que en mi cabeza quedó la idea de venirme a estudiar a San Luis.


 -¿Y cómo la recibieron?


-Muy bien, además yo tenía una prima que estudiaba Bioquímica y me acompañaba todos los días al edificio de Chacabuco y Pedernera a tomar clases. Aprobé el preuniversitario y enseguida empezaron las clases, por lo que la vida social quedó relegada. Incluso recuerdo que nos pasamos con una compañera encerradas estudiando para el examen en pleno carnaval cuando todos salían a festejar. También la señora que nos daba pensión a varias chicas estudiantes nos trataba como sus hijas y siempre nos decía que de su casa nos íbamos a ir casadas.


-¿Cómo era su relación con los otros estudiantes?


-Excelente porque la mayoría eran de otras provincias y por eso se armaba una comunidad donde todos teníamos en común ser de otro lugar. Estábamos juntos en las clases, en el comedor universitario y en las pensiones. Y nos acercábamos al otro por la necesidad de reemplazar a nuestras familias.


-Con el paso del tiempo, ¿encontró su lugar?


-El balance ha sido muy bueno y me siento muy contenta. Sin dudas fue una buena elección porque San Luis, al ser en aquel tiempo una ciudad chica, no tenía distracciones. Además podía manejarme caminando y el comedor universitario fue una gran ayuda económica. Eso me permitió estudiar y tener una profesión, porque en ciudades como Córdoba o Buenos Aires no lo hubiera podido hacer, porque era muy ajustada mi situación económica y por mi timidez creo que no lo hubiera superado. Pero San Luis me permitió manejarme sola, lejos de mi familia y con mucha soltura. Yo le agradezco a San Luis por su buena gente que hizo que mi vida aquí fuera muy sencilla.


-¿Qué cosas encontró aquí que la hayan recordado a su patria?


-Si hay algo que agradezco de la Argentina es haber encontrado universidades públicas de primer nivel donde pudimos estudiar. Porque mi hermano mayor estudió medicina, mi otra hermana hizo Filosofía y Letras, Periodismo y Enfermería y el tercero fue ingeniero Agrónomo. En eso es muy parecido a Siria porque allá la Educación y la Salud son estatales y se le brinda por igual al que puede pagarlo como al que no tiene cómo hacerlo.  


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Vino a estudiar matemáticas, pero se "recibió" de puntana

Adopción. Ámal se naturalizó argentina cuando cumplió los 18 años junto con su hermana mayor.

A pesar de haber vivido 64 años en Argentina, Ámal todavía guarda un acento al hablar que delata que   no nació acá. Sin embargo, a los pocos minutos de empezada la charla cuenta que el día que llegó desde Mendoza en tren, para ir a la casa de sus tíos, se subió a un mateo, tirado por un caballo, para que le dejara en la esquina de Sucre y Tomás Jofré. Sólo ese detalle la transforma en una conocedora de San Luis como pocos nativos hoy pueden recordar.


-¿Por qué su familia decidió venir a la Argentina?


-Mi padre era un intelectual que trabajaba en una misión inglesa con refugiados palestinos en Jordania. Pero por desacuerdos con la  corona británica decide renunciar a esa tarea. Entonces le quedaban dos opciones: irse a Egipto y continuar en la misión en la que trabajaba o dejar todo y migrar a la Argentina, porque mi madre era de aquí. Además, como mi padre conocía mucho de política internacional, sabía que Argentina era un país abierto a los inmigrantes. Llegamos en diciembre de 1952 cuando yo tenía 4 años.


-¿Cuál fue el primer destino?


-Nos instalamos en Las Catitas  (Mendoza) por un año y medio donde estaba la familia de mi madre. Como ese lugar era muy pequeño, mi padre no podía ejercer su actividad ya que era licenciado en Teología, egresado de una universidad inglesa, y además era cristiano protestante. Pero él siempre tuvo claro que sus hijos debían estudiar por eso nos fuimos a Mendoza donde mi padre abrió un pequeño almacén con los últimos ahorros que tenía.


-¿Y cómo llegó a San Luis?


-Porque quería estudiar Matemáticas y en la única provincia que se podía era acá. Pero no fue sencillo, una vez que terminé el secundario me tuve que quedar un año más en Mendoza a trabajar de maestra, que era mi título habilitante. Y recuerdo que a fines de ese año mis padres me llamaron una tarde para avisarme que ellos me habían ahorrado todos los sueldos de maestra del año para que me pudiera ir a San Luis a estudiar. Y el 10 de enero de 1968 llegué en el tren a la estación de San Luis y me tomé un mateo que había en la entrada para llegar hasta la casa de uno de mis tíos, hermano de mi madre. En realidad yo conocí la existencia de San Luis porque la mayoría de mis profesores de Química, Física y Matemática que tuve en la escuela  habían estudiado acá. Me acuerdo de apellidos como la profesora Salas o el profesor Di Pascuali que me comentaban de esta ciudad y su universidad. Así fue que en mi cabeza quedó la idea de venirme a estudiar a San Luis.


 -¿Y cómo la recibieron?


-Muy bien, además yo tenía una prima que estudiaba Bioquímica y me acompañaba todos los días al edificio de Chacabuco y Pedernera a tomar clases. Aprobé el preuniversitario y enseguida empezaron las clases, por lo que la vida social quedó relegada. Incluso recuerdo que nos pasamos con una compañera encerradas estudiando para el examen en pleno carnaval cuando todos salían a festejar. También la señora que nos daba pensión a varias chicas estudiantes nos trataba como sus hijas y siempre nos decía que de su casa nos íbamos a ir casadas.


-¿Cómo era su relación con los otros estudiantes?


-Excelente porque la mayoría eran de otras provincias y por eso se armaba una comunidad donde todos teníamos en común ser de otro lugar. Estábamos juntos en las clases, en el comedor universitario y en las pensiones. Y nos acercábamos al otro por la necesidad de reemplazar a nuestras familias.


-Con el paso del tiempo, ¿encontró su lugar?


-El balance ha sido muy bueno y me siento muy contenta. Sin dudas fue una buena elección porque San Luis, al ser en aquel tiempo una ciudad chica, no tenía distracciones. Además podía manejarme caminando y el comedor universitario fue una gran ayuda económica. Eso me permitió estudiar y tener una profesión, porque en ciudades como Córdoba o Buenos Aires no lo hubiera podido hacer, porque era muy ajustada mi situación económica y por mi timidez creo que no lo hubiera superado. Pero San Luis me permitió manejarme sola, lejos de mi familia y con mucha soltura. Yo le agradezco a San Luis por su buena gente que hizo que mi vida aquí fuera muy sencilla.


-¿Qué cosas encontró aquí que la hayan recordado a su patria?


-Si hay algo que agradezco de la Argentina es haber encontrado universidades públicas de primer nivel donde pudimos estudiar. Porque mi hermano mayor estudió medicina, mi otra hermana hizo Filosofía y Letras, Periodismo y Enfermería y el tercero fue ingeniero Agrónomo. En eso es muy parecido a Siria porque allá la Educación y la Salud son estatales y se le brinda por igual al que puede pagarlo como al que no tiene cómo hacerlo.  


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