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¿Qué elegimos primero, la comida o el vino?

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¿Qué elegimos primero, la comida o el vino?

Sergio Tognelli

Una escena muy repetida en nuestra vida cotidiana es la que sucede cada vez que nos disponemos, ya sea en familia o con amigos, a ir a comer afuera. La pregunta que dispara la reunión es: ¿qué tienen ganas de comer hoy? Y por suerte las respuestas siempre son variadas, algunos  dirán, “tengo ganas de comer salmón”, otros “una carne grillada” o “yo voy por las pastas”.

Nuestros deseos generalmente están impulsados por las imágenes que se nos representan en la memoria, y que por supuesto, en su momento nos resultaron agradables.

Tengo muy presente, casi como si fuera hoy, a mi abuela Matilde sacando del horno de barro una lata con las empanadas más exquisitas que jamás volví a comer en mi vida. Entre mis hermanos y mis primos éramos más de veinte nietos en el patio de tierra de Mendoza de principio de los `70, y vigilábamos con recelo la salida de cada tanda que sólo duraba un instante. Les puedo asegurar que esas “empanadas” eran una obra de arte y también de amor.

Hecha esta digresión personal, pero muy ilustrativa, vuelvo al punto de partida diciendo: “Yo elijo primero el vino”. Cuando dejamos de “sólo beber el vino” para comenzar a “degustarlo”, momento en que nos graduamos de enófilos, nos sucede que sentimos deseos de tomar un varietal específico según la ocasión.

Entonces bien podríamos preguntar al inicio de la reunión, ¿qué vino tienen ganas de tomar hoy? Y también aquí las respuestas irán desde un “cabernet franc o sauvignon”, un “pinot noir”, un “chardonay”, un “torrontes” o un “malbec”.

Ahora bien, una vez consensuado el vino que vamos a degustar, conviene consultar primero la carta de vinos del restaurante, ya que puede resultar una experiencia algo frustrante que el varietal elegido no esté incluido en la misma.

Elegir primero el vino, antes de mirar el menú, es una experiencia provocadora y desafiante para nuestros sentidos. Seguramente habrá ensaladas, carnes, pollos, pescados y pastas, y entonces nos quedará por develar si fue armonioso el maridaje que resultó de nuestra elección.

Mi abuela Matilde siempre nos decía: “Probar no cuesta nada” y disfrutó su vida hasta los 96.

Anímense queridos enófilos y en la próxima elijan primero el vino, y después cuenten orgullosos lo grata y placentera que resultó la reunión. ¡Salud!

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¿Qué elegimos primero, la comida o el vino?

Una escena muy repetida en nuestra vida cotidiana es la que sucede cada vez que nos disponemos, ya sea en familia o con amigos, a ir a comer afuera. La pregunta que dispara la reunión es: ¿qué tienen ganas de comer hoy? Y por suerte las respuestas siempre son variadas, algunos  dirán, “tengo ganas de comer salmón”, otros “una carne grillada” o “yo voy por las pastas”.

Nuestros deseos generalmente están impulsados por las imágenes que se nos representan en la memoria, y que por supuesto, en su momento nos resultaron agradables.

Tengo muy presente, casi como si fuera hoy, a mi abuela Matilde sacando del horno de barro una lata con las empanadas más exquisitas que jamás volví a comer en mi vida. Entre mis hermanos y mis primos éramos más de veinte nietos en el patio de tierra de Mendoza de principio de los `70, y vigilábamos con recelo la salida de cada tanda que sólo duraba un instante. Les puedo asegurar que esas “empanadas” eran una obra de arte y también de amor.

Hecha esta digresión personal, pero muy ilustrativa, vuelvo al punto de partida diciendo: “Yo elijo primero el vino”. Cuando dejamos de “sólo beber el vino” para comenzar a “degustarlo”, momento en que nos graduamos de enófilos, nos sucede que sentimos deseos de tomar un varietal específico según la ocasión.

Entonces bien podríamos preguntar al inicio de la reunión, ¿qué vino tienen ganas de tomar hoy? Y también aquí las respuestas irán desde un “cabernet franc o sauvignon”, un “pinot noir”, un “chardonay”, un “torrontes” o un “malbec”.

Ahora bien, una vez consensuado el vino que vamos a degustar, conviene consultar primero la carta de vinos del restaurante, ya que puede resultar una experiencia algo frustrante que el varietal elegido no esté incluido en la misma.

Elegir primero el vino, antes de mirar el menú, es una experiencia provocadora y desafiante para nuestros sentidos. Seguramente habrá ensaladas, carnes, pollos, pescados y pastas, y entonces nos quedará por develar si fue armonioso el maridaje que resultó de nuestra elección.

Mi abuela Matilde siempre nos decía: “Probar no cuesta nada” y disfrutó su vida hasta los 96.

Anímense queridos enófilos y en la próxima elijan primero el vino, y después cuenten orgullosos lo grata y placentera que resultó la reunión. ¡Salud!

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