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Desde hace casi 40 años, su patio es como una ensalada

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Desde hace casi 40 años, su patio es como una ensalada

Aprendió el oficio de su abuelo y su padre y siguió el legado como una buena vía para escaparle al estrés.

Víctor Miloni recorre las franjas verdes de su patio, señala las plantas y enumera cada uno de sus nombres y variedades. En el trémulo de su voz y en el ancho de su sonrisa, el orgullo que siente es evidente. Durante casi cuarenta años de sudores derramados en la huerta que tiene en su hogar de Villa Mercedes, el hombre ha cosechado mucho más que hortalizas. Con el trabajo de la tierra, ha ganado la calma para escapar al estrés diario, y la posibilidad de mantener vivo un oficio que aprendió de su padre y su abuelo.

Tiene 66 años y toda una vida al amparo de los huertos. “Yo tenía cinco años y andaba detrás del arado de mi papá, para verificar la humedad de la tierra”, recordó. Primero su abuelo y luego su padre se ganaban el pan con los cultivos que realizaban en una quinta de ocho hectáreas, ubicada en esa zona productiva que existía donde hoy se extiende la calle Betbeder y se levanta un coqueto barrio. Allí, y en otras veinte hectáreas alquiladas a un vecino, sembraban todo tipo de especies. “Teníamos una producción muy grande, vendíamos hasta en Mendoza”, añoró.

Hasta los 22 años el joven Víctor colaboró con esa empresa familiar, a la par de su empleo en un frigorífico. Sin embargo, en la década del '70 el esplendor de las quintas mercedinas tuvo su ocaso. “Se sacaron las plantaciones de frutas, las verduras se marchitaban. El agua no era buena, regabas y al otro día no quedaba nada. Ahí se terminaron las quintas, no sólo la nuestra sino la mayoría de la ciudad”, lamentó.

Miloni tuvo otros trabajos. Durante casi treinta años fue empleado de la fábrica Bagley, pero nunca abandonó su impronta de huertero. Cuando en 1978 se instaló en su actual casa de la calle Centenario, en el barrio El Criollo, no dudó en aprovechar su amplio terreno y sus conocimientos. En el patio tiene un lote de cinco metros por cinco, y otro del mismo ancho pero con el doble de largo. Allí ha plantado lechugas, achicorias, perejil, ajo, cebolla de verdeo. En otras épocas del año, le abundan toda clase de zapallos, tomates, batatas y berenjenas, entre otras.

“Cultivo de todo un poco. Hay mucha gente que dice que acá no se dan todas las especies pero yo lo que planto, nace. Es obvio, si no producís, no cosechás nada. Pero si lo sembrás, sale”, aconsejó, otra vez con un tono de orgullo.

Además tiene otro espacio, de unos seis metros por seis, que convirtió un frondoso jardín, donde tiene plantas ornamentales y una gran variedad de flores que vende como plantines. En la colorida ensalada que es su patio, tampoco faltan frutas. Tiene enlistados dos árboles de naranja, ocho durazneros, siete ciruelos, seis higueras, cinco plantas de granadas, cinco limoneros, siete perales, tres manzanos, cinco membrillos, un pomelo y dos damascos.

Las cosechas siempre le valieron un ingreso de dinero extra. Muchos vecinos se acercan hasta su casa para comprarle verduras frescas y orgánicas (no utiliza productos químicos) y aprovecha las ferias que organiza el Municipio para ofrecer su producción (Ver "Las ferias..."). Pero Miloni asegura que si mantiene vivo ese rincón verde en su hogar, es por gusto y para el consumo propio, de familiares y amigos.

Ahora Víctor está jubilado. Pero todavía la huerta es como una usina de tranquilidad en los avatares de lo cotidiano. "Yo salía a las once de la noche de la fábrica, comía algo y antes de dormir, me ponía a regar las plantas. Eso me tranquilizaba de todo el estrés del trabajo. Es una calma única", dijo.

 

Las ferias comunitarias

Desde 2014, el Municipio organiza una serie de ferias comunitarias para ayudar a los huerteros con uno de los principales dificultades con las que se enfrentan: vender lo que producen.

Los encuentros se hacen de forma ambulatoria. Se mueven por los diferentes barrios de la ciudad y, en plazas o predios públicos, los productores exponen sus cosechas, sus frutos o sus derivados, en stands.

La iniciativa tiene la virtud de poner cara a cara a los clientes con quienes trabajan la tierra. De esa forma, los consumidores pueden adquirir productos frescos, sanos y con sello local, mientras que los productores logran posicionarse, vender y relacionarse con sus pares.

Después de dos años de muy buenos resultados, en 2017 la feria ha sido más intermitente. Algo que lamentan las dos partes.

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Desde hace casi 40 años, su patio es como una ensalada

Aprendió el oficio de su abuelo y su padre y siguió el legado como una buena vía para escaparle al estrés.

No falta nada. El hombre de 66 años siembra de todo un poco: hortalizas, verduras, frutas y flores. Foto: Héctor Portela.

Víctor Miloni recorre las franjas verdes de su patio, señala las plantas y enumera cada uno de sus nombres y variedades. En el trémulo de su voz y en el ancho de su sonrisa, el orgullo que siente es evidente. Durante casi cuarenta años de sudores derramados en la huerta que tiene en su hogar de Villa Mercedes, el hombre ha cosechado mucho más que hortalizas. Con el trabajo de la tierra, ha ganado la calma para escapar al estrés diario, y la posibilidad de mantener vivo un oficio que aprendió de su padre y su abuelo.

Tiene 66 años y toda una vida al amparo de los huertos. “Yo tenía cinco años y andaba detrás del arado de mi papá, para verificar la humedad de la tierra”, recordó. Primero su abuelo y luego su padre se ganaban el pan con los cultivos que realizaban en una quinta de ocho hectáreas, ubicada en esa zona productiva que existía donde hoy se extiende la calle Betbeder y se levanta un coqueto barrio. Allí, y en otras veinte hectáreas alquiladas a un vecino, sembraban todo tipo de especies. “Teníamos una producción muy grande, vendíamos hasta en Mendoza”, añoró.

Hasta los 22 años el joven Víctor colaboró con esa empresa familiar, a la par de su empleo en un frigorífico. Sin embargo, en la década del '70 el esplendor de las quintas mercedinas tuvo su ocaso. “Se sacaron las plantaciones de frutas, las verduras se marchitaban. El agua no era buena, regabas y al otro día no quedaba nada. Ahí se terminaron las quintas, no sólo la nuestra sino la mayoría de la ciudad”, lamentó.

Miloni tuvo otros trabajos. Durante casi treinta años fue empleado de la fábrica Bagley, pero nunca abandonó su impronta de huertero. Cuando en 1978 se instaló en su actual casa de la calle Centenario, en el barrio El Criollo, no dudó en aprovechar su amplio terreno y sus conocimientos. En el patio tiene un lote de cinco metros por cinco, y otro del mismo ancho pero con el doble de largo. Allí ha plantado lechugas, achicorias, perejil, ajo, cebolla de verdeo. En otras épocas del año, le abundan toda clase de zapallos, tomates, batatas y berenjenas, entre otras.

“Cultivo de todo un poco. Hay mucha gente que dice que acá no se dan todas las especies pero yo lo que planto, nace. Es obvio, si no producís, no cosechás nada. Pero si lo sembrás, sale”, aconsejó, otra vez con un tono de orgullo.

Además tiene otro espacio, de unos seis metros por seis, que convirtió un frondoso jardín, donde tiene plantas ornamentales y una gran variedad de flores que vende como plantines. En la colorida ensalada que es su patio, tampoco faltan frutas. Tiene enlistados dos árboles de naranja, ocho durazneros, siete ciruelos, seis higueras, cinco plantas de granadas, cinco limoneros, siete perales, tres manzanos, cinco membrillos, un pomelo y dos damascos.

Las cosechas siempre le valieron un ingreso de dinero extra. Muchos vecinos se acercan hasta su casa para comprarle verduras frescas y orgánicas (no utiliza productos químicos) y aprovecha las ferias que organiza el Municipio para ofrecer su producción (Ver "Las ferias..."). Pero Miloni asegura que si mantiene vivo ese rincón verde en su hogar, es por gusto y para el consumo propio, de familiares y amigos.

Ahora Víctor está jubilado. Pero todavía la huerta es como una usina de tranquilidad en los avatares de lo cotidiano. "Yo salía a las once de la noche de la fábrica, comía algo y antes de dormir, me ponía a regar las plantas. Eso me tranquilizaba de todo el estrés del trabajo. Es una calma única", dijo.

 

Las ferias comunitarias

Desde 2014, el Municipio organiza una serie de ferias comunitarias para ayudar a los huerteros con uno de los principales dificultades con las que se enfrentan: vender lo que producen.

Los encuentros se hacen de forma ambulatoria. Se mueven por los diferentes barrios de la ciudad y, en plazas o predios públicos, los productores exponen sus cosechas, sus frutos o sus derivados, en stands.

La iniciativa tiene la virtud de poner cara a cara a los clientes con quienes trabajan la tierra. De esa forma, los consumidores pueden adquirir productos frescos, sanos y con sello local, mientras que los productores logran posicionarse, vender y relacionarse con sus pares.

Después de dos años de muy buenos resultados, en 2017 la feria ha sido más intermitente. Algo que lamentan las dos partes.

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