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Rodrigo, el primer piloto comercial formado en el Valle del Conlara

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Rodrigo, el primer piloto comercial formado en el Valle del Conlara

Leo Kram

Es cordobés, tiene 26 años y  podrá comandar aviones comerciales, su sueño desde que es pequeño.

Un promedio de entre 900 y 1.000 kilómetros por hora y una altura de entre 10 mil y 12 mil metros. Eso sumado a que deben transportar, de la manera más antinatural para la especie humana, que es por el aire, a decenas de personas, comandando un mastodonte de acero que surca los cielos. Ser piloto comercial no es para nada fácil. Y por eso para Rodrigo Sagardia, un cordobés de 26 años, haberse recibido de esa carrera y ser el primero en hacerlo en el Centro de Instrucción de Vuelo del Valle del Conlara, fue un sueño hecho realidad.

Sagardia no recuerda el momento exacto en el que quiso ser piloto. Siente que es algo que tuvo como vocación desde siempre. Cuando era niño tenía aviones de juguete. Con el pasar de los años pasó a las maquetas y simuladores de computadora. A los 18 se encaminó a su sueño. Cursó y se recibió de Ingeniero Aeronáutico, en el Instituto Universitario de Aeronáutica de Córdoba.

El joven admitió que gastó entre 250 mil y 300 mil pesos para seguir su carrera, que le llevó en total una capacitación de 4 años. Sus padres lo ayudaron y él ya recibido de ingeniero comenzó a ahorrar por años. Luego obtuvo su licenciatura de piloto privado en un aeroclub.

En setiembre del año pasado se inscribió como piloto comercial en el Centro de Instrucción. "Las condiciones no pudieron ser mejores", aseguró el joven piloto. "Llegue a través de un instructor mío en Córdoba. Por la infraestructura, a nivel nacional, yo te diría que no hay ninguna como el del Valle”, remarcó. Que la escuela se encuentre en un aeropuerto le brindó ventajas únicas. “En el ambiente no es común que uno tenga la pista asfaltada y controladores con los que podés aprender. En los aeroclubes hay pistas de pasto y no es el mismo entrenamiento. Tenemos luces incluso para poder operar de noche”, detalló. A ello se le sumaron horas de teorías y prácticas en los simuladores electrónicos.

Sin embargo para Sagardia uno de los puntos principales por las que se recibió tuvo que ver con la “calidad humana” con la que se encontró en las escuelas puntanas. “No sólo son excelentes profesionales, sino que son buenas personas. El director de la escuela, Gustavo Ciarlo, es una persona de mucha experiencia. Él trabajó en Aerolíneas Argentinas, Latam y voló por Estados Unidos, Europa y el Caribe. Junto al resto de los instructores tienen un pasado interesante y mucho para dar”, detalló.

El título de Piloto Comercial le permitirá manejar aeronaves de 5.700 kilos, que suelen llevar a cerca de 10 pasajeros y copilotar aviones de 20 mil kilos, que tienen hasta 70 plazas y lo habilita para trabajar en el sector privado, en distintas líneas aéreas.

Para alcanzar el grado, tenía que tener 200 horas de vuelo registradas. Su pasión  lo llevó a las 250. En mayo de este año terminó el curso. Su prueba final fue volar una hora en el día y otra cuando cayó la noche. Se subió a un Cessna 172, el avión disponible en el centro. Superó el examen y el viernes pasado le dieron el título oficial. 

Para él, lo más difícil no fue aprender a volar. Estima que en 20 o 30 horas de práctica una persona puede agarrarle la mano. Sin embargo, la responsabilidad y el riesgo que implican llevar a decenas de personas por los cielos, el peligro constante de que exista una falla mecánica o humana hagan caer a la maquina, hacen que deba estar preparado para los peores escenarios. Y ahí entra la parte teórica. Aerodinámica, meteorología, reglamentos de vuelo, clases de supervivencia, formas de navegación de búsqueda y salvamento, primeros auxilios son la caja de herramientas que tiene el comandante para tomar decisiones en fracciones de segundo. “Hay que aprender a volar con mal clima, a volar sobre el agua, sobre áreas pobladas, evaluar y actuar rápido frente a una emergencia. Si se apaga el motor arriba de una ciudad, hay que saber a dónde ir. Básicamente hay que lograr el menor daño posible en  vos, la gente que transportás y los que están abajo”, detalló.

¿Su futuro? “Volar en alguna línea aérea. Es algo a lo que todos apuntamos. También seguir con la carrera de instructor, que requieren de 500 horas de vuelo”, adelantó. Quiere sobrevolar las arenas blancas y el mar esmeralda del Caribe, por los vuelos cortos entre isla e isla y el desafío que implica pasar por allí. Su “caballito de batalla” es el Boieng 737, por lo bello de su diseño y por sus condiciones de vuelo, que conoce por sus estudios en ingeniería.

Rodrigo simplemente no puede describir lo que siente cuando vuela. “Es algo único. Todo los que volamos lo hacemos porque nos gusta y se nota que hay pasión. Cuesta mucho tiempo y dinero. Si no te gusta, no lo elegís”, expresó.

Él admite que la mayor traba es la económica. Pero apunta que también el costo psicológico y físico es importante y si no se tiene vocación para atravesar el firmamento, es mejor no comenzar la carrera. “Cuando uno arranca se hacen exámenes psicológicos y físicos. Si lográs la licencia comercial hay que hacérselo cada un año y cuando comenzás a trabajar, cada 6 meses. No es sólo pasar el chequeo, si no saber que uno está bien. Todo depende de eso, de la frialdad que tenga uno al momento de tomar una decisión rápida y segura”, detalló. A ello se le suma evitar el alcohol, las drogas y cualquier otro vicio que altere los sentidos y la salud.

El piloto cuenta que muchas veces notó en distintos centros de estudio, como algunos de sus compañeros iban motivados por la presión de sus padres o familiares. “Uno se da cuenta rápido que no lo disfrutan. El ritmo de vida es difícil de llevar. No es de lunes a viernes, no hay feriados, ni horarios fijos. No es estar en una oficina sentado. Lo fundamental es estar convencido de que te gusta. A veces trabajás, dormís un poco y ahí nomás te vas a volar”, remarcó.

Una visita positiva

El viernes pasado, en el Centro de Instrucción de Vuelo fue el propio secretario de Transporte de la provincia, Enrique Cabrera, quien entregó el diploma no sólo a Rodrigo sino que también a otros 21 alumnos que se recibieron de despachantes de aeronaves, pilotos privados y comerciales de avión en la faz teórica. Cabrera aprovechó para reunirse con los alumnos y docentes, donde discutieron inquietudes y proyectos a futuro.

“Nos está prestando atención. Está interesado en que salga adelante la escuela y que se mejore lo que se está haciendo. Hablamos de proyectos a futuro y cuál es la idea para la institución: conseguir más aviones y que sea referente a nivel nacional”, afirmó Sagardia

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Rodrigo, el primer piloto comercial formado en el Valle del Conlara

Es cordobés, tiene 26 años y  podrá comandar aviones comerciales, su sueño desde que es pequeño.

A volar. Rodrigo trabajó de ingeniero y contó con ayuda de sus padres para costear su carrera. Foto: Gentileza Rodrigo Sagardia.

Un promedio de entre 900 y 1.000 kilómetros por hora y una altura de entre 10 mil y 12 mil metros. Eso sumado a que deben transportar, de la manera más antinatural para la especie humana, que es por el aire, a decenas de personas, comandando un mastodonte de acero que surca los cielos. Ser piloto comercial no es para nada fácil. Y por eso para Rodrigo Sagardia, un cordobés de 26 años, haberse recibido de esa carrera y ser el primero en hacerlo en el Centro de Instrucción de Vuelo del Valle del Conlara, fue un sueño hecho realidad.

Sagardia no recuerda el momento exacto en el que quiso ser piloto. Siente que es algo que tuvo como vocación desde siempre. Cuando era niño tenía aviones de juguete. Con el pasar de los años pasó a las maquetas y simuladores de computadora. A los 18 se encaminó a su sueño. Cursó y se recibió de Ingeniero Aeronáutico, en el Instituto Universitario de Aeronáutica de Córdoba.

El joven admitió que gastó entre 250 mil y 300 mil pesos para seguir su carrera, que le llevó en total una capacitación de 4 años. Sus padres lo ayudaron y él ya recibido de ingeniero comenzó a ahorrar por años. Luego obtuvo su licenciatura de piloto privado en un aeroclub.

En setiembre del año pasado se inscribió como piloto comercial en el Centro de Instrucción. "Las condiciones no pudieron ser mejores", aseguró el joven piloto. "Llegue a través de un instructor mío en Córdoba. Por la infraestructura, a nivel nacional, yo te diría que no hay ninguna como el del Valle”, remarcó. Que la escuela se encuentre en un aeropuerto le brindó ventajas únicas. “En el ambiente no es común que uno tenga la pista asfaltada y controladores con los que podés aprender. En los aeroclubes hay pistas de pasto y no es el mismo entrenamiento. Tenemos luces incluso para poder operar de noche”, detalló. A ello se le sumaron horas de teorías y prácticas en los simuladores electrónicos.

Sin embargo para Sagardia uno de los puntos principales por las que se recibió tuvo que ver con la “calidad humana” con la que se encontró en las escuelas puntanas. “No sólo son excelentes profesionales, sino que son buenas personas. El director de la escuela, Gustavo Ciarlo, es una persona de mucha experiencia. Él trabajó en Aerolíneas Argentinas, Latam y voló por Estados Unidos, Europa y el Caribe. Junto al resto de los instructores tienen un pasado interesante y mucho para dar”, detalló.

El título de Piloto Comercial le permitirá manejar aeronaves de 5.700 kilos, que suelen llevar a cerca de 10 pasajeros y copilotar aviones de 20 mil kilos, que tienen hasta 70 plazas y lo habilita para trabajar en el sector privado, en distintas líneas aéreas.

Para alcanzar el grado, tenía que tener 200 horas de vuelo registradas. Su pasión  lo llevó a las 250. En mayo de este año terminó el curso. Su prueba final fue volar una hora en el día y otra cuando cayó la noche. Se subió a un Cessna 172, el avión disponible en el centro. Superó el examen y el viernes pasado le dieron el título oficial. 

Para él, lo más difícil no fue aprender a volar. Estima que en 20 o 30 horas de práctica una persona puede agarrarle la mano. Sin embargo, la responsabilidad y el riesgo que implican llevar a decenas de personas por los cielos, el peligro constante de que exista una falla mecánica o humana hagan caer a la maquina, hacen que deba estar preparado para los peores escenarios. Y ahí entra la parte teórica. Aerodinámica, meteorología, reglamentos de vuelo, clases de supervivencia, formas de navegación de búsqueda y salvamento, primeros auxilios son la caja de herramientas que tiene el comandante para tomar decisiones en fracciones de segundo. “Hay que aprender a volar con mal clima, a volar sobre el agua, sobre áreas pobladas, evaluar y actuar rápido frente a una emergencia. Si se apaga el motor arriba de una ciudad, hay que saber a dónde ir. Básicamente hay que lograr el menor daño posible en  vos, la gente que transportás y los que están abajo”, detalló.

¿Su futuro? “Volar en alguna línea aérea. Es algo a lo que todos apuntamos. También seguir con la carrera de instructor, que requieren de 500 horas de vuelo”, adelantó. Quiere sobrevolar las arenas blancas y el mar esmeralda del Caribe, por los vuelos cortos entre isla e isla y el desafío que implica pasar por allí. Su “caballito de batalla” es el Boieng 737, por lo bello de su diseño y por sus condiciones de vuelo, que conoce por sus estudios en ingeniería.

Rodrigo simplemente no puede describir lo que siente cuando vuela. “Es algo único. Todo los que volamos lo hacemos porque nos gusta y se nota que hay pasión. Cuesta mucho tiempo y dinero. Si no te gusta, no lo elegís”, expresó.

Él admite que la mayor traba es la económica. Pero apunta que también el costo psicológico y físico es importante y si no se tiene vocación para atravesar el firmamento, es mejor no comenzar la carrera. “Cuando uno arranca se hacen exámenes psicológicos y físicos. Si lográs la licencia comercial hay que hacérselo cada un año y cuando comenzás a trabajar, cada 6 meses. No es sólo pasar el chequeo, si no saber que uno está bien. Todo depende de eso, de la frialdad que tenga uno al momento de tomar una decisión rápida y segura”, detalló. A ello se le suma evitar el alcohol, las drogas y cualquier otro vicio que altere los sentidos y la salud.

El piloto cuenta que muchas veces notó en distintos centros de estudio, como algunos de sus compañeros iban motivados por la presión de sus padres o familiares. “Uno se da cuenta rápido que no lo disfrutan. El ritmo de vida es difícil de llevar. No es de lunes a viernes, no hay feriados, ni horarios fijos. No es estar en una oficina sentado. Lo fundamental es estar convencido de que te gusta. A veces trabajás, dormís un poco y ahí nomás te vas a volar”, remarcó.

Una visita positiva

El viernes pasado, en el Centro de Instrucción de Vuelo fue el propio secretario de Transporte de la provincia, Enrique Cabrera, quien entregó el diploma no sólo a Rodrigo sino que también a otros 21 alumnos que se recibieron de despachantes de aeronaves, pilotos privados y comerciales de avión en la faz teórica. Cabrera aprovechó para reunirse con los alumnos y docentes, donde discutieron inquietudes y proyectos a futuro.

“Nos está prestando atención. Está interesado en que salga adelante la escuela y que se mejore lo que se está haciendo. Hablamos de proyectos a futuro y cuál es la idea para la institución: conseguir más aviones y que sea referente a nivel nacional”, afirmó Sagardia

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