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Un libro del que todos hablan, pero nadie lee

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Un libro del que todos hablan, pero nadie lee

El creciente movimiento de personas, ya sean migrantes o refugiados, del que todo el mundo habla, choca de frente con la falta de acción de autoridades y dirigentes políticos, que no atienden las causas que empujan a millones de personas a abandonar sus hogares.

El aumento de la migración internacional de los últimos años movilizó a unos 244 millones de personas en 2015. Los desplazamientos forzados también alcanzaron un máximo con 65,3 millones de personas desplazadas en el mundo a fines de ese año, entre ellas refugiados, desplazados internos y solicitantes de asilo.

La migración causada por el cambio climático alcanzó una proporción crítica, escribió Robert Glasser, representante especial para la reducción del riesgo de desastres del secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En los últimos 18 meses, unos 20 países se declararon en situación de emergencia por la sequía, lo que expulsó a millones de personas fuera de sus tierras.

Desde hace por lo menos dos años se han visto más personas expulsadas de sus hogares por eventos climáticos extremos que por conflictos. Y según el Centro de Monitoreo de Desplazamientos Internos, más de 40 millones de personas fueron desplazadas por inundaciones, tormentas y, en algunos casos, terremotos, erupciones volcánicas y deslizamientos de terreno en 2015 y 2016. Esos datos no toman en cuenta a las personas obligadas a mudarse cada año por desastres lentos como la sequía y la degradación ambiental. Los flujos migratorios pueden verse fuertemente influenciados por eventos climáticos extremos, geofísicos e hidrológicos.

Otro de los grandes dramas es que los países con el mayor grado de inseguridad alimentaria, asociada a conflictos armados, tienen la mayor emigración de refugiados. Además, cuando se suma la pobreza, la inseguridad alimentaria aumenta la probabilidad y la intensidad de conflictos armados, algo que tiene claras implicaciones para el flujo de refugiados.

Pero, además, el propio hecho de emigrar genera inseguridad alimentaria, dada la falta de oportunidades y de las condiciones adversas del desplazamiento y del recorrido, sumado al posible agobiante costo del tránsito. Eso tiene claras consecuencias para las autoridades que procuran frenar las peligrosas travesías por tierra y por mar que muchos migrantes se ven obligados a emprender.

Entre los migrantes de Bangladesh y de África occidental y oriental, la inseguridad alimentaria y las limitaciones de recursos son determinantes claros de la emigración, mientras que la falta de seguridad y protección son responsables de la emigración de Afganistán y Siria.

La cooperación internacional debe atender los factores estructurales detrás de los grandes movimientos de personas y crear condiciones que permitan a las comunidades vivir en paz y prosperidad en sus países.

La agricultura y el desarrollo rural pueden contribuir a atender las causas de la emigración y a fortalecer la resiliencia de las comunidades desplazadas y receptoras, lo que sienta las bases para una recuperación a largo plazo.

También protege el derecho a la alimentación de las personas que se desplazan, al tiempo que promueve su integración y fortalece la resiliencia social y económica de las comunidades anfitrionas.

Las causas de los actuales desplazamientos masivos de personas son bien conocidas: por la flagrante falta de sensatez de las autoridades y de capacidad de los dirigentes políticos de hacer frente a esas causas, en vez de quejarse y alarmar a sus poblaciones.

Hace muy poco tiempo, la ONU publicó un informe cuyo título era más que elocuente: ¿Realmente creen que construyendo muros y vallas podrán frenar el cambio climático, la inseguridad alimentaria, la pobreza y los conflictos? No era un tiro por elevación a la política de Donald Trump, era claramente un llamado a la cordura. Un llamado que no fue escuchado.

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Un libro del que todos hablan, pero nadie lee

El creciente movimiento de personas, ya sean migrantes o refugiados, del que todo el mundo habla, choca de frente con la falta de acción de autoridades y dirigentes políticos, que no atienden las causas que empujan a millones de personas a abandonar sus hogares.

El aumento de la migración internacional de los últimos años movilizó a unos 244 millones de personas en 2015. Los desplazamientos forzados también alcanzaron un máximo con 65,3 millones de personas desplazadas en el mundo a fines de ese año, entre ellas refugiados, desplazados internos y solicitantes de asilo.

La migración causada por el cambio climático alcanzó una proporción crítica, escribió Robert Glasser, representante especial para la reducción del riesgo de desastres del secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En los últimos 18 meses, unos 20 países se declararon en situación de emergencia por la sequía, lo que expulsó a millones de personas fuera de sus tierras.

Desde hace por lo menos dos años se han visto más personas expulsadas de sus hogares por eventos climáticos extremos que por conflictos. Y según el Centro de Monitoreo de Desplazamientos Internos, más de 40 millones de personas fueron desplazadas por inundaciones, tormentas y, en algunos casos, terremotos, erupciones volcánicas y deslizamientos de terreno en 2015 y 2016. Esos datos no toman en cuenta a las personas obligadas a mudarse cada año por desastres lentos como la sequía y la degradación ambiental. Los flujos migratorios pueden verse fuertemente influenciados por eventos climáticos extremos, geofísicos e hidrológicos.

Otro de los grandes dramas es que los países con el mayor grado de inseguridad alimentaria, asociada a conflictos armados, tienen la mayor emigración de refugiados. Además, cuando se suma la pobreza, la inseguridad alimentaria aumenta la probabilidad y la intensidad de conflictos armados, algo que tiene claras implicaciones para el flujo de refugiados.

Pero, además, el propio hecho de emigrar genera inseguridad alimentaria, dada la falta de oportunidades y de las condiciones adversas del desplazamiento y del recorrido, sumado al posible agobiante costo del tránsito. Eso tiene claras consecuencias para las autoridades que procuran frenar las peligrosas travesías por tierra y por mar que muchos migrantes se ven obligados a emprender.

Entre los migrantes de Bangladesh y de África occidental y oriental, la inseguridad alimentaria y las limitaciones de recursos son determinantes claros de la emigración, mientras que la falta de seguridad y protección son responsables de la emigración de Afganistán y Siria.

La cooperación internacional debe atender los factores estructurales detrás de los grandes movimientos de personas y crear condiciones que permitan a las comunidades vivir en paz y prosperidad en sus países.

La agricultura y el desarrollo rural pueden contribuir a atender las causas de la emigración y a fortalecer la resiliencia de las comunidades desplazadas y receptoras, lo que sienta las bases para una recuperación a largo plazo.

También protege el derecho a la alimentación de las personas que se desplazan, al tiempo que promueve su integración y fortalece la resiliencia social y económica de las comunidades anfitrionas.

Las causas de los actuales desplazamientos masivos de personas son bien conocidas: por la flagrante falta de sensatez de las autoridades y de capacidad de los dirigentes políticos de hacer frente a esas causas, en vez de quejarse y alarmar a sus poblaciones.

Hace muy poco tiempo, la ONU publicó un informe cuyo título era más que elocuente: ¿Realmente creen que construyendo muros y vallas podrán frenar el cambio climático, la inseguridad alimentaria, la pobreza y los conflictos? No era un tiro por elevación a la política de Donald Trump, era claramente un llamado a la cordura. Un llamado que no fue escuchado.

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