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El hombre que soñaba

Miguel Garro

En una de las últimas entrevistas que dio (un mes y medio antes de su muerte), Daniel Viglietti habló con Cooltura de política, de música cuyana y de su segunda infancia. Memorias consecuentes de un trovador al que lloran Pedro, María, Juan y José.

Hace 20 días, una de las voces más potentes de la canción latinoamericana se calló tristemente y para siempre. La vida y la obra de Daniel Viglietti fue un ejemplo de coherencia, activismo, militancia, ideales e igualdad que pocos artistas en esta parte del planeta sostuvieron en el tiempo y en sus actos.

Hombre de izquierda sin dobleces, manchas ni renunciamientos, si es verdad que alguien se define por sus amigos, Viglietti tuvo mil formas de mostrarse. Con Mario Benedetti compartió un espectáculo, con Julio Cortázar una lucha, con Joan Manuel Serrat varios escenarios, con José Mujica una ideología, con Alfredo Zitarrosa el exilio, con Jean Paul Sartre el pensamiento y con Chico Buarque una poesía.

La potencia de su voz se exportaba no solamente por el contenido de sus canciones. A la hora de cantar, el uruguayo exhibía, aún a los 78 años, una fuerza superior, similar a la que lo hizo conocido en todo el mundo cuando en la década del 70 pregonó por la aparición del hombre nuevo, reinvindicó la figura de Ernesto Guevara y abogó por el desalambrado de los campos patronales.

Los puntanos que el 16 de setiembre –apenas un mes y medio antes de su muerte- estuvieron en el recital que el trovador dio en el auditorio Mauricio López lo pudieron ver entero, activo en el que sería el penúltimo recital en Argentina, antes de uno en La Plata, y antes de viajar a Bolivia y Chile.

Estaba tan ajeno a las reglas del mercado que a la gira cuyana trajo un par de discos grabados de manera casera, envueltos en un nylon finito y con carátulas de papel fotocopiado. Un artista de izquierda ajeno a las multinacionales que le dio ejemplos a Calle 13, Gustavo Cordera y otros que firman con una mano y cobran con la otra.

La muerte se llevó a un Viglietti todavía dispuesto a librar algunas batallas, aunque con la palabra y la guitarra como armas. De hecho, el viernes previo a la operación donde perdió la vida había dado un concierto en Piriápolis y continuaba con su programa de radio en Montevideo.

El día posterior al recital puntano, en un hotel en el que casi ninguna estrella se aloja cuando visita la provincia (Viglietti no era una estrella, pero como parte de su ideología evitaba la pomposidad), el uruguayo recibió a Cooltura y tuvo una charla en la que tocó varios tópicos y que debió ser retrasada tres veces a raíz de unas de las actividades preferidas del cantor: dormir, sea la siesta, sea la continuidad de la mañana o sea el inicio de la noche.

Para muchos artistas del ambiente universitario puntano será inolvidable el almuerzo que pasaron en Suanny, el restaurante que está en calle Bolívar antes de llegar a San Martín, donde el cantante se quedó hasta las seis de la tarde, poco antes de la salida del avión. Marcelo Di Gennaro, otro de los artífices de la llegada a San Luis del charrúa, recordó que Viglietti tras un soberano plato de pastas pidió que le fueran a buscar la guitarra para cantarle una milonga a Germán Arias, el ex rector de la UNSL, y Eduardo Workosky, un docente que le recordó –ante la humilde incredulidad del uruguayo- , que cuando era estudiante se juntaba con un grupo de jóvenes en un bar frente al comedor universitario a recordar sus canciones.

Acompañado de Lourdes, su esposa mexicana, su representante y el promotor de la gira por Cuyo, Pablo Moyano, Viglietti dijo que la canción contestaria de hoy está en la realidad del día a día y “en la necesidad de planteos paralelos a los discursos políticos progresistas”.

“La canción –continuó- recurre a otros canales de sensibilidad y conciencia. Los políticos a veces olvidan, dejan de cumplir, y la canción sigue viva como un fosforito alumbrando la niebla. No resuelve nada, es cierto, pero ayuda a alumbrar el camino hacia esa otra sociedad más justa y humana que seguimos soñando”.

En eso soñaba Daniel, en un mundo más igual y menos lapidario. Y en la igualdad en todos sus estamentos, incluso en los que, tal vez, no le convenían personal y artísticamente, como la llegada de otros jóvenes al mundo de la canción.

Si bien nunca quiso dar un consejo, el autor de “A desalambrar” estimó que las próximas generaciones serían quienes ayuden a los artistas de su generación a “organizar otras brújulas”, una bella metáfora que utilizó para describir su actividad. Advirtió, no obstante, que esas nuevas voces tenían el desafío de emprender ese mensaje “sin olvidar los sacrificios del pasado y sin saltearse imaginar lo futuro”.

Con la noticia de su muerte ya conocida, Moyano, el responsable de la venida a San Luis, lo describió con cariño y nostalgia. “Era un hombre íntegro, un luchador por la Patria Grande. Nos duele tener la sensación de que toda su lucha ha sido en vano”, sostuvo.

Unas de las alegrías que tenía Viglietti aquel día era el regreso a Argentina, un país muy querido por él y al que no pudo venir el año pasado por razones de salud. “He retomado el contacto con el público de acá que es muy cálido, muy sensible y, aunque le tiene rabia al silencio, como cantaba Yupanqui, sabe escuchar atentamente la canción de autor, de opinión, o como quieran llamarla”.

En recital, con una guitarra, un vaso de agua, la silla y una pulcra vestimenta que lógicamente no dejó de lado su boina, el autor recordó que las primeras canciones que hizo fueron de 1957 y que las primeras giras por el país ocurrieron en el 68, “cuando el general de turno era Onganía”. El uruguayo fue partícipe de una época oscura de la que fue víctima preferida, sin embargo siempre priorizó cantar las penurias de otros (de una maestra detenida, de un delincuente abatido, de un niño abandonado, de un país devastado) antes que las suyas. Como si la vida de los otros valiera más o en todo caso fueran más interesantes que la propia.

En el concierto hizo sus clásicos, algunas canciones nuevas, dos de Atahualpa Yupanqui, una de Violeta Parra y “Puentecito de mi río”, un clásico indescriptible del sanjuanino Buenaventura Luna que hizo emocionar a todos.

La relación entre Viglietti y la música cuyana comenzó en Uruguay cuando Daniel era el pequeño hijo que tenían una concertista de piano y un guitarrista. A Cooltura el cantor le dijo que creció oyendo a Antonio Tormo, a quien consideró uno de los impulsores de que se dedicara al canto. “Escuchaba a Los trovadores de Cuyo, a los de la primera época, la de Hilario Cuadros, a los otros no. Admiraba a Buenaventura Luna y sus composiciones”.

Cuando regresó a Cuyo, el uruguayo fue guiado “por el siempre lúcido y generoso periodista Julio Rudman” y recolectó algunos materiales nuevos y viejos que se guardó “para oírlos en algunos momentos de calma de esta, digamos con humor, segunda infancia”.

Una de las manifestaciones populares y culturales más importantes del Uruguay es el carnaval, un género que Daniel visitó más como espectador que como explorador de un mundo festivo. “Me encanta el carnaval –afirmó- y aunque no compongo mucho en el género, tengo algunas canciones en mi disco “Esdrújulo” en que abordo ritmos carnavaleros”, dijo el autor, quien señaló que todos los febreros iba a los tablados a admirar a “Contrafarsa”, unas de sus murgas preferidas. “Acá en Argentina las más conocidas son Falta y Resto y Agarrate Catalina, muy valiosas las dos, pero hay muchas más que vale la pena conocer”.

Se espera, para el febrero montevideano de 2018, que las agrupaciones le rindan su merecido homenaje.

Sobre la notable proliferación de artistas que surgen de su país, Viglietti evitó caer en “el narcicismo patriotero” y señaló que todos los pueblos generan arte popular. “Hay buenos artistas y artistas mediocres en todos los mapas. Quizá lo que sorprenda, comparando los kilómetros de superficie, es que en un país pequeño como Uruguay, haya mucha música, muchos músicos circulando”, ahondó.

El día que se produjo la entrevista, el país oriental estaba todavía conmocionado por la renuncia del vicepresidente Raúl Sendic, hijo del tuparo homónimo. Era un tema que debido a su formación y a su estimada conducta de no guardarse sus opiniones, Daniel no lo podía evitar. Tampoco sus metáforas. “Fue doloroso y se demoraron las soluciones. Dada la evolución del caso, la renuncia fue la salida más conveniente. No hay que repetir errores y hay que saber que a la menor falla en el terreno de la mano izquierda, las tijeras de la mano derecha no perdonan, y encubren sus propios errores, que en muchos casos de nuestra historia han generado horrores”.

 “Hay mucho para hacer y hay que seguir sosteniendo un frente ante la impunidad de los represores y seguir buscando a nuestros desaparecidos, como se ha hecho también y mucho aquí en la Argentina de Julio López y Santiago Maldonado. Ojalá la izquierda no olvide sus raíces y puedan seguir existiendo en América Latina frentes progresistas o presidentes ejemplares, como Evo Morales, en Bolivia”.

 Ese progresismo tan latente en Uruguay fue el que lo convirtió en el primer país del mundo en dar un paso adelante en la legalización del consumo de marihuana, un ítem que el oriental consideró beneficioso como “todo lo que sirva para eliminar negocios sucios”. “Como con el alcohol, sobre el que en Uruguay se están planteando nuevas disposiciones, conviene manejar límites, sin prohibir ni reprimir”.

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El hombre que soñaba

En una de las últimas entrevistas que dio (un mes y medio antes de su muerte), Daniel Viglietti habló con Cooltura de política, de música cuyana y de su segunda infancia. Memorias consecuentes de un trovador al que lloran Pedro, María, Juan y José.

Foto: Martín Gómez

Hace 20 días, una de las voces más potentes de la canción latinoamericana se calló tristemente y para siempre. La vida y la obra de Daniel Viglietti fue un ejemplo de coherencia, activismo, militancia, ideales e igualdad que pocos artistas en esta parte del planeta sostuvieron en el tiempo y en sus actos.

Hombre de izquierda sin dobleces, manchas ni renunciamientos, si es verdad que alguien se define por sus amigos, Viglietti tuvo mil formas de mostrarse. Con Mario Benedetti compartió un espectáculo, con Julio Cortázar una lucha, con Joan Manuel Serrat varios escenarios, con José Mujica una ideología, con Alfredo Zitarrosa el exilio, con Jean Paul Sartre el pensamiento y con Chico Buarque una poesía.

La potencia de su voz se exportaba no solamente por el contenido de sus canciones. A la hora de cantar, el uruguayo exhibía, aún a los 78 años, una fuerza superior, similar a la que lo hizo conocido en todo el mundo cuando en la década del 70 pregonó por la aparición del hombre nuevo, reinvindicó la figura de Ernesto Guevara y abogó por el desalambrado de los campos patronales.

Los puntanos que el 16 de setiembre –apenas un mes y medio antes de su muerte- estuvieron en el recital que el trovador dio en el auditorio Mauricio López lo pudieron ver entero, activo en el que sería el penúltimo recital en Argentina, antes de uno en La Plata, y antes de viajar a Bolivia y Chile.

Estaba tan ajeno a las reglas del mercado que a la gira cuyana trajo un par de discos grabados de manera casera, envueltos en un nylon finito y con carátulas de papel fotocopiado. Un artista de izquierda ajeno a las multinacionales que le dio ejemplos a Calle 13, Gustavo Cordera y otros que firman con una mano y cobran con la otra.

La muerte se llevó a un Viglietti todavía dispuesto a librar algunas batallas, aunque con la palabra y la guitarra como armas. De hecho, el viernes previo a la operación donde perdió la vida había dado un concierto en Piriápolis y continuaba con su programa de radio en Montevideo.

El día posterior al recital puntano, en un hotel en el que casi ninguna estrella se aloja cuando visita la provincia (Viglietti no era una estrella, pero como parte de su ideología evitaba la pomposidad), el uruguayo recibió a Cooltura y tuvo una charla en la que tocó varios tópicos y que debió ser retrasada tres veces a raíz de unas de las actividades preferidas del cantor: dormir, sea la siesta, sea la continuidad de la mañana o sea el inicio de la noche.

Para muchos artistas del ambiente universitario puntano será inolvidable el almuerzo que pasaron en Suanny, el restaurante que está en calle Bolívar antes de llegar a San Martín, donde el cantante se quedó hasta las seis de la tarde, poco antes de la salida del avión. Marcelo Di Gennaro, otro de los artífices de la llegada a San Luis del charrúa, recordó que Viglietti tras un soberano plato de pastas pidió que le fueran a buscar la guitarra para cantarle una milonga a Germán Arias, el ex rector de la UNSL, y Eduardo Workosky, un docente que le recordó –ante la humilde incredulidad del uruguayo- , que cuando era estudiante se juntaba con un grupo de jóvenes en un bar frente al comedor universitario a recordar sus canciones.

Acompañado de Lourdes, su esposa mexicana, su representante y el promotor de la gira por Cuyo, Pablo Moyano, Viglietti dijo que la canción contestaria de hoy está en la realidad del día a día y “en la necesidad de planteos paralelos a los discursos políticos progresistas”.

“La canción –continuó- recurre a otros canales de sensibilidad y conciencia. Los políticos a veces olvidan, dejan de cumplir, y la canción sigue viva como un fosforito alumbrando la niebla. No resuelve nada, es cierto, pero ayuda a alumbrar el camino hacia esa otra sociedad más justa y humana que seguimos soñando”.

En eso soñaba Daniel, en un mundo más igual y menos lapidario. Y en la igualdad en todos sus estamentos, incluso en los que, tal vez, no le convenían personal y artísticamente, como la llegada de otros jóvenes al mundo de la canción.

Si bien nunca quiso dar un consejo, el autor de “A desalambrar” estimó que las próximas generaciones serían quienes ayuden a los artistas de su generación a “organizar otras brújulas”, una bella metáfora que utilizó para describir su actividad. Advirtió, no obstante, que esas nuevas voces tenían el desafío de emprender ese mensaje “sin olvidar los sacrificios del pasado y sin saltearse imaginar lo futuro”.

Con la noticia de su muerte ya conocida, Moyano, el responsable de la venida a San Luis, lo describió con cariño y nostalgia. “Era un hombre íntegro, un luchador por la Patria Grande. Nos duele tener la sensación de que toda su lucha ha sido en vano”, sostuvo.

Unas de las alegrías que tenía Viglietti aquel día era el regreso a Argentina, un país muy querido por él y al que no pudo venir el año pasado por razones de salud. “He retomado el contacto con el público de acá que es muy cálido, muy sensible y, aunque le tiene rabia al silencio, como cantaba Yupanqui, sabe escuchar atentamente la canción de autor, de opinión, o como quieran llamarla”.

En recital, con una guitarra, un vaso de agua, la silla y una pulcra vestimenta que lógicamente no dejó de lado su boina, el autor recordó que las primeras canciones que hizo fueron de 1957 y que las primeras giras por el país ocurrieron en el 68, “cuando el general de turno era Onganía”. El uruguayo fue partícipe de una época oscura de la que fue víctima preferida, sin embargo siempre priorizó cantar las penurias de otros (de una maestra detenida, de un delincuente abatido, de un niño abandonado, de un país devastado) antes que las suyas. Como si la vida de los otros valiera más o en todo caso fueran más interesantes que la propia.

En el concierto hizo sus clásicos, algunas canciones nuevas, dos de Atahualpa Yupanqui, una de Violeta Parra y “Puentecito de mi río”, un clásico indescriptible del sanjuanino Buenaventura Luna que hizo emocionar a todos.

La relación entre Viglietti y la música cuyana comenzó en Uruguay cuando Daniel era el pequeño hijo que tenían una concertista de piano y un guitarrista. A Cooltura el cantor le dijo que creció oyendo a Antonio Tormo, a quien consideró uno de los impulsores de que se dedicara al canto. “Escuchaba a Los trovadores de Cuyo, a los de la primera época, la de Hilario Cuadros, a los otros no. Admiraba a Buenaventura Luna y sus composiciones”.

Cuando regresó a Cuyo, el uruguayo fue guiado “por el siempre lúcido y generoso periodista Julio Rudman” y recolectó algunos materiales nuevos y viejos que se guardó “para oírlos en algunos momentos de calma de esta, digamos con humor, segunda infancia”.

Una de las manifestaciones populares y culturales más importantes del Uruguay es el carnaval, un género que Daniel visitó más como espectador que como explorador de un mundo festivo. “Me encanta el carnaval –afirmó- y aunque no compongo mucho en el género, tengo algunas canciones en mi disco “Esdrújulo” en que abordo ritmos carnavaleros”, dijo el autor, quien señaló que todos los febreros iba a los tablados a admirar a “Contrafarsa”, unas de sus murgas preferidas. “Acá en Argentina las más conocidas son Falta y Resto y Agarrate Catalina, muy valiosas las dos, pero hay muchas más que vale la pena conocer”.

Se espera, para el febrero montevideano de 2018, que las agrupaciones le rindan su merecido homenaje.

Sobre la notable proliferación de artistas que surgen de su país, Viglietti evitó caer en “el narcicismo patriotero” y señaló que todos los pueblos generan arte popular. “Hay buenos artistas y artistas mediocres en todos los mapas. Quizá lo que sorprenda, comparando los kilómetros de superficie, es que en un país pequeño como Uruguay, haya mucha música, muchos músicos circulando”, ahondó.

El día que se produjo la entrevista, el país oriental estaba todavía conmocionado por la renuncia del vicepresidente Raúl Sendic, hijo del tuparo homónimo. Era un tema que debido a su formación y a su estimada conducta de no guardarse sus opiniones, Daniel no lo podía evitar. Tampoco sus metáforas. “Fue doloroso y se demoraron las soluciones. Dada la evolución del caso, la renuncia fue la salida más conveniente. No hay que repetir errores y hay que saber que a la menor falla en el terreno de la mano izquierda, las tijeras de la mano derecha no perdonan, y encubren sus propios errores, que en muchos casos de nuestra historia han generado horrores”.

 “Hay mucho para hacer y hay que seguir sosteniendo un frente ante la impunidad de los represores y seguir buscando a nuestros desaparecidos, como se ha hecho también y mucho aquí en la Argentina de Julio López y Santiago Maldonado. Ojalá la izquierda no olvide sus raíces y puedan seguir existiendo en América Latina frentes progresistas o presidentes ejemplares, como Evo Morales, en Bolivia”.

 Ese progresismo tan latente en Uruguay fue el que lo convirtió en el primer país del mundo en dar un paso adelante en la legalización del consumo de marihuana, un ítem que el oriental consideró beneficioso como “todo lo que sirva para eliminar negocios sucios”. “Como con el alcohol, sobre el que en Uruguay se están planteando nuevas disposiciones, conviene manejar límites, sin prohibir ni reprimir”.

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