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Juan Luna

La aviación agrícola gana terreno como alternativa para hacer más eficientes las fertilizaciones, las fumigaciones y las siembras. Pero a pesar de lo que se cree, su nivel de exigencia también es más alto: habilitaciones, condiciones climáticas y tipos de equipos y fitosanitarios, son parte de un gran paquete de variables que hay que tener en cuenta a la hora de emprender un vuelo.

Que las fertilizaciones, las fumigaciones y hasta las siembras puedan realizarse sin siquiera tocar el suelo era un hecho impensado hace algunas décadas atrás. Hoy, la aviación agrícola es una realidad y una posibilidad concreta para los productores en esa incesante búsqueda de hacer una agricultura cada vez más eficiente y precisa. Convencidas de las virtudes de las aplicaciones aéreas, dos empresas dictaron la primera de un ciclo de charlas con las que pretenden difundir los beneficios de la actividad y desterrar algunos de los mitos que giran en torno al uso de los aviones para la producción agrícola.

Alltec y Aero San Luis fueron las firmas que decidieron trabajar en conjunto para organizar las capacitaciones. La primera es una compañía con presencia internacional, que se especializa en la venta de coadyuvantes, que son todos aquellos aditivos que ayudan a que los fitosanitarios penetren más en los cultivos y tengan un mejor rendimiento. La segunda es la empresa de aviación agrícola que fundaron Marcelo Ellena y David Stiefel, que se convirtió en la primera de este tipo en operar en la provincia con bases en territorio puntano.

“El objetivo de estas jornadas es, más allá de ofrecer nuestros productos y servicios, llevarle tranquilidad al sector agropecuario y a la sociedad en general, de que hay una gran cantidad de tecnologías, responsabilidades y variables que se manejan permanentemente para cuidar los recursos naturales cuando se realizan las aplicaciones. Todo esto se resume en la sigla BPA, que significan Buenas Prácticas Agrícolas. Esto es, poder hacer las cosas a conciencia, sin impactar en el medio ambiente", explicó Ellena.

El lugar elegido para las charlas fue el predio donde está uno de los hangares que la empresa puntana usa para poder operar, ubicado a unos cuarenta kilómetros al sur de Villa Mercedes.

Quien estuvo a cargo de la disertación, al amparo del tinglado en una mañana calurosa, fue el ingeniero agrónomo Alexis Buffoni, gerente de Alltec. El especialista explicó con diapositivas y detalles el funcionamiento de la aviación agrícola y sus beneficios, pero también las exigencias que rigen para implementarla. "Tenemos el deber y la obligación de hacer aplicaciones sustentables y de ser responsables", advirtió al comienzo de su alocución.

A la charla llegaron algunos productores y docentes de la Universidad Nacional de San Luis, que escucharon con atención los consejos del agrónomo, quien alertó que "hoy en Argentina, los números son muy finos para la producción. Por eso hay que eficientizar al máximo los recursos. No nos podemos dar el lujo de fallar en una aplicación y tener que hacer gastos extras”.

En agronomía, el término aplicar remite a la acción de colocar un producto biológicamente activo sobre el cultivo o el suelo. “La gota que sale del aspersor debe llegar al blanco en la cantidad apropiada, de forma económica y con el mínimo riesgo de contaminación posible”, amplió el concepto.

Los productos que se colocan son distintos y responden a diferentes objetivos, desde fertilizantes para mejorar los nutrientes del terreno y fungicidas para combatir alguna maleza, hasta semillas para realizar siembras desde las alturas.

Los pulverizadores terrestres, arrastrados por tractores, son los más comunes y frecuentes. Pero la aviación agrícola se instala cada vez más como una alternativa a considerar debido a su eficiencia, la velocidad del trabajo, el gran ahorro de agua que suponen y porque no lastiman a los cultivos al no pisar los lotes. Además, los aviones suelen convertirse en aliados de la sanidad urbana para combatir plagas e incluso como apoyo en los incendios forestales por su capacidad de riego.

Buffoni aclaró que no hay un sistema que sea mejor que otro, sino que son “complementarios”. "Estamos en el momento de sembrar y antes tienen que estar los barbechos realizados. En nuestro país, hay pocas maquinarias. Por eso hay que tomarlas como un complemento", sostuvo.

Sin embargo, destacó que hay algunos aspectos que vuelven a los aviones una opción más eficiente. Uno es la mayor cantidad de hectáreas por hora que pueden cubrirse. "San Luis tiene un clima muy especial, que está muy al límite y no siempre tenemos las condiciones adecuadas para hacer los trabajos. Pero con las aplicaciones aéreas podemos hacerlas en el mejor horario y en menos tiempo. Con un avión cubrimos en un día lo que con una máquina terrestre nos lleva alrededor de una semana", indicó Ellena.

Otra de las virtudes radica en que “el propio principio de la aviación asegura que la pulverización sea un éxito”, planteó Buffoni. Es que las correntadas de aire que genera el vehículo, hacen que los cultivos se muevan y los fitosanitarios penetren mejor hasta la tierra.

Pero lo que también remarcó el técnico fueron las exigencias que recaen sobre los aplicadores, las empresas que ofrecen el servicio, sus bases de operación y los pilotos, Todos requisitos que vuelven "más profesional” a la actividad, y la alejan de los riesgos.

Ellena, uno de los socios fundadores de Aero San Luis que posee una habilitación del Ministerio de Agroindustria de la Nación para poder funcionar, contó que "hay una estadística a nivel nacional que revela que por cada avión hay 700 máquinas terrestres". Pero "sobre la aplicación aérea recaen exigencias en cadena, que si falla una se cae todo el programa. Por eso, cuando uno ve un avión, sabe que tiene un montón de respaldos. A excepción de la gente que trabaja sin estar inscripta y que está desregularizada, que también la hay", acusó.

Por eso aconsejaron a los productores que al momento de contratar una empresa deben exigir la habilitación del comercio y del piloto, y que el equipo de pulverización y el tanque estén en condiciones y limpios. De esa manera se evita la contaminación con otros productos o los residuos que pueden haber quedado en los depósitos.

Es que existen un conjunto de pasos que deben ser respetados y controlados antes, durante y después del proceso de aplicación. El primero es realizar un monitoreo del objetivo a controlar, el espacio y las condiciones climáticas que rigen. Ese examen le permite al aplicador elegir el momento adecuado para trabajar, escoger el fitosanitario indicado y calibrar de forma correcta el equipo de aspersión. Cuando esas variables no son respetadas, por lo general los trabajos incurren en ciertos 'fracasos' que obligan a repetir las introducciones por no ser lo suficientemente efectivas. Eso se traduce, inevitablemente, en mayores costos en la producción.

Otro factor muy importante a tener en cuenta es la formulación de la mezcla que se realiza en los tanques para ser dispersada por el lote. Antes de realizarla, hay que analizar la calidad del agua que se utilizará en el caldo, un hecho que no siempre se tiene en cuenta y que puede repercutir en el resultado. El PH (nivel de acidez o alcalinidad), dureza y turbidez son los componentes que hay que estudiar al menos dos veces por año, a la entrada del otoño y a la salida del invierno.

Luego, también hay que prestar especial atención a la lectura de los marbetes de los fitosanitarios para mezclarlos. “No todos los productos son compatibles. La mayoría de los fitosanitarios fueron desarrollados para aplicarse solos, pero esto no sucede en la práctica, ya sea por necesidad o para disminuir costos”, dijo. Por eso, sostuvo, lo ideal es hacer una prueba a escala en una botella, para ver cómo actúa el caldo antes de elaborar grandes cantidades.

A la hora de colocarlos, existen diferentes tipos de tecnologías de pulverización. La más utilizada en la actualidad es la de aspersores rotativos, que son los ideales para las aplicaciones más exigentes porque arrojan gotas muy parejas.

El tamaño de las gotas que se arrojan es una variable fundamental para el éxito de una aplicación. Las más recomendadas son las medianas y chicas, porque cuando se riega con gotas muy grandes, el producto queda en las hojas y en las partes altas de los cultivos y no llega a caer hacia las raíces, donde suelen estar los problemas. Para los herbicidas, insecticidas y fungicidas, por ejemplo, lo ideal es hacer gotas de entre 170 y 200 micrones.

Sucede que las gotas grandes tienen menor riesgo de deriva y evaporación, pero tienen una mala cobertura, una baja penetración y muchas posibilidades de ser lavadas por la lluvia. En cambio, las gotas más pequeñas corren con mayor peligro de deriva, pero cuentan con una excelente cobertura del terreno cultivado.

Es ahí donde entran a jugar otras condiciones importantes a la hora de realizar una aplicación aérea: las climáticas. La temperatura, la humedad relativa y el viento son los factores más determinantes para evitar que los líquidos se expandan más allá de los límites de los lotes a tratar.

El mejor viento para emprender una aplicación es el que corre entre 3 y 5 kilómetros por hora. Entre 5 y 15 kilómetros por hora hay que extremar los cuidados y cuando supera los 22, directamente no se puede volar.

Los momentos más críticos y en los que sería conveniente evitar la actividad es una hora después de la salida del sol y una hora antes de su puesta.

El caso de la humedad relativa también es determinante, porque cuando  el clima es demasiado seco las gotas también se secan y se evaporan sin lograr su efecto.

Por supuesto que también existen ciertos coadyuvantes que ayudan a reducir la evaporación, pero lo más aconsejable es hacer las aplicaciones en días de humedad.

La altura del vuelo estará determinada por la necesidad de la pulverización, pero por lo general se realiza a un promedio de entre dos y tres metros. Mientras más alto sea el vuelo, el ancho de franja que regará el avión será más grande, pero también será más impreciso y con mayor riesgo de deriva.

Ante la mirada de los asistentes, Buffoni siguió impartiendo consejos y enumerando la cantidad de variables que determinan si una aplicación es factible o no. "Nuestra intención es mostrarles a los productores y la sociedad que las cosas se hacen bien, que no somos los malos de la película. Sólo buscamos ser eficientes para producir los alimentos del mundo", cerró.

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La aviación agrícola gana terreno como alternativa para hacer más eficientes las fertilizaciones, las fumigaciones y las siembras. Pero a pesar de lo que se cree, su nivel de exigencia también es más alto: habilitaciones, condiciones climáticas y tipos de equipos y fitosanitarios, son parte de un gran paquete de variables que hay que tener en cuenta a la hora de emprender un vuelo.

Que las fertilizaciones, las fumigaciones y hasta las siembras puedan realizarse sin siquiera tocar el suelo era un hecho impensado hace algunas décadas atrás. Hoy, la aviación agrícola es una realidad y una posibilidad concreta para los productores en esa incesante búsqueda de hacer una agricultura cada vez más eficiente y precisa. Convencidas de las virtudes de las aplicaciones aéreas, dos empresas dictaron la primera de un ciclo de charlas con las que pretenden difundir los beneficios de la actividad y desterrar algunos de los mitos que giran en torno al uso de los aviones para la producción agrícola.

Alltec y Aero San Luis fueron las firmas que decidieron trabajar en conjunto para organizar las capacitaciones. La primera es una compañía con presencia internacional, que se especializa en la venta de coadyuvantes, que son todos aquellos aditivos que ayudan a que los fitosanitarios penetren más en los cultivos y tengan un mejor rendimiento. La segunda es la empresa de aviación agrícola que fundaron Marcelo Ellena y David Stiefel, que se convirtió en la primera de este tipo en operar en la provincia con bases en territorio puntano.

“El objetivo de estas jornadas es, más allá de ofrecer nuestros productos y servicios, llevarle tranquilidad al sector agropecuario y a la sociedad en general, de que hay una gran cantidad de tecnologías, responsabilidades y variables que se manejan permanentemente para cuidar los recursos naturales cuando se realizan las aplicaciones. Todo esto se resume en la sigla BPA, que significan Buenas Prácticas Agrícolas. Esto es, poder hacer las cosas a conciencia, sin impactar en el medio ambiente", explicó Ellena.

El lugar elegido para las charlas fue el predio donde está uno de los hangares que la empresa puntana usa para poder operar, ubicado a unos cuarenta kilómetros al sur de Villa Mercedes.

Quien estuvo a cargo de la disertación, al amparo del tinglado en una mañana calurosa, fue el ingeniero agrónomo Alexis Buffoni, gerente de Alltec. El especialista explicó con diapositivas y detalles el funcionamiento de la aviación agrícola y sus beneficios, pero también las exigencias que rigen para implementarla. "Tenemos el deber y la obligación de hacer aplicaciones sustentables y de ser responsables", advirtió al comienzo de su alocución.

A la charla llegaron algunos productores y docentes de la Universidad Nacional de San Luis, que escucharon con atención los consejos del agrónomo, quien alertó que "hoy en Argentina, los números son muy finos para la producción. Por eso hay que eficientizar al máximo los recursos. No nos podemos dar el lujo de fallar en una aplicación y tener que hacer gastos extras”.

En agronomía, el término aplicar remite a la acción de colocar un producto biológicamente activo sobre el cultivo o el suelo. “La gota que sale del aspersor debe llegar al blanco en la cantidad apropiada, de forma económica y con el mínimo riesgo de contaminación posible”, amplió el concepto.

Los productos que se colocan son distintos y responden a diferentes objetivos, desde fertilizantes para mejorar los nutrientes del terreno y fungicidas para combatir alguna maleza, hasta semillas para realizar siembras desde las alturas.

Los pulverizadores terrestres, arrastrados por tractores, son los más comunes y frecuentes. Pero la aviación agrícola se instala cada vez más como una alternativa a considerar debido a su eficiencia, la velocidad del trabajo, el gran ahorro de agua que suponen y porque no lastiman a los cultivos al no pisar los lotes. Además, los aviones suelen convertirse en aliados de la sanidad urbana para combatir plagas e incluso como apoyo en los incendios forestales por su capacidad de riego.

Buffoni aclaró que no hay un sistema que sea mejor que otro, sino que son “complementarios”. "Estamos en el momento de sembrar y antes tienen que estar los barbechos realizados. En nuestro país, hay pocas maquinarias. Por eso hay que tomarlas como un complemento", sostuvo.

Sin embargo, destacó que hay algunos aspectos que vuelven a los aviones una opción más eficiente. Uno es la mayor cantidad de hectáreas por hora que pueden cubrirse. "San Luis tiene un clima muy especial, que está muy al límite y no siempre tenemos las condiciones adecuadas para hacer los trabajos. Pero con las aplicaciones aéreas podemos hacerlas en el mejor horario y en menos tiempo. Con un avión cubrimos en un día lo que con una máquina terrestre nos lleva alrededor de una semana", indicó Ellena.

Otra de las virtudes radica en que “el propio principio de la aviación asegura que la pulverización sea un éxito”, planteó Buffoni. Es que las correntadas de aire que genera el vehículo, hacen que los cultivos se muevan y los fitosanitarios penetren mejor hasta la tierra.

Pero lo que también remarcó el técnico fueron las exigencias que recaen sobre los aplicadores, las empresas que ofrecen el servicio, sus bases de operación y los pilotos, Todos requisitos que vuelven "más profesional” a la actividad, y la alejan de los riesgos.

Ellena, uno de los socios fundadores de Aero San Luis que posee una habilitación del Ministerio de Agroindustria de la Nación para poder funcionar, contó que "hay una estadística a nivel nacional que revela que por cada avión hay 700 máquinas terrestres". Pero "sobre la aplicación aérea recaen exigencias en cadena, que si falla una se cae todo el programa. Por eso, cuando uno ve un avión, sabe que tiene un montón de respaldos. A excepción de la gente que trabaja sin estar inscripta y que está desregularizada, que también la hay", acusó.

Por eso aconsejaron a los productores que al momento de contratar una empresa deben exigir la habilitación del comercio y del piloto, y que el equipo de pulverización y el tanque estén en condiciones y limpios. De esa manera se evita la contaminación con otros productos o los residuos que pueden haber quedado en los depósitos.

Es que existen un conjunto de pasos que deben ser respetados y controlados antes, durante y después del proceso de aplicación. El primero es realizar un monitoreo del objetivo a controlar, el espacio y las condiciones climáticas que rigen. Ese examen le permite al aplicador elegir el momento adecuado para trabajar, escoger el fitosanitario indicado y calibrar de forma correcta el equipo de aspersión. Cuando esas variables no son respetadas, por lo general los trabajos incurren en ciertos 'fracasos' que obligan a repetir las introducciones por no ser lo suficientemente efectivas. Eso se traduce, inevitablemente, en mayores costos en la producción.

Otro factor muy importante a tener en cuenta es la formulación de la mezcla que se realiza en los tanques para ser dispersada por el lote. Antes de realizarla, hay que analizar la calidad del agua que se utilizará en el caldo, un hecho que no siempre se tiene en cuenta y que puede repercutir en el resultado. El PH (nivel de acidez o alcalinidad), dureza y turbidez son los componentes que hay que estudiar al menos dos veces por año, a la entrada del otoño y a la salida del invierno.

Luego, también hay que prestar especial atención a la lectura de los marbetes de los fitosanitarios para mezclarlos. “No todos los productos son compatibles. La mayoría de los fitosanitarios fueron desarrollados para aplicarse solos, pero esto no sucede en la práctica, ya sea por necesidad o para disminuir costos”, dijo. Por eso, sostuvo, lo ideal es hacer una prueba a escala en una botella, para ver cómo actúa el caldo antes de elaborar grandes cantidades.

A la hora de colocarlos, existen diferentes tipos de tecnologías de pulverización. La más utilizada en la actualidad es la de aspersores rotativos, que son los ideales para las aplicaciones más exigentes porque arrojan gotas muy parejas.

El tamaño de las gotas que se arrojan es una variable fundamental para el éxito de una aplicación. Las más recomendadas son las medianas y chicas, porque cuando se riega con gotas muy grandes, el producto queda en las hojas y en las partes altas de los cultivos y no llega a caer hacia las raíces, donde suelen estar los problemas. Para los herbicidas, insecticidas y fungicidas, por ejemplo, lo ideal es hacer gotas de entre 170 y 200 micrones.

Sucede que las gotas grandes tienen menor riesgo de deriva y evaporación, pero tienen una mala cobertura, una baja penetración y muchas posibilidades de ser lavadas por la lluvia. En cambio, las gotas más pequeñas corren con mayor peligro de deriva, pero cuentan con una excelente cobertura del terreno cultivado.

Es ahí donde entran a jugar otras condiciones importantes a la hora de realizar una aplicación aérea: las climáticas. La temperatura, la humedad relativa y el viento son los factores más determinantes para evitar que los líquidos se expandan más allá de los límites de los lotes a tratar.

El mejor viento para emprender una aplicación es el que corre entre 3 y 5 kilómetros por hora. Entre 5 y 15 kilómetros por hora hay que extremar los cuidados y cuando supera los 22, directamente no se puede volar.

Los momentos más críticos y en los que sería conveniente evitar la actividad es una hora después de la salida del sol y una hora antes de su puesta.

El caso de la humedad relativa también es determinante, porque cuando  el clima es demasiado seco las gotas también se secan y se evaporan sin lograr su efecto.

Por supuesto que también existen ciertos coadyuvantes que ayudan a reducir la evaporación, pero lo más aconsejable es hacer las aplicaciones en días de humedad.

La altura del vuelo estará determinada por la necesidad de la pulverización, pero por lo general se realiza a un promedio de entre dos y tres metros. Mientras más alto sea el vuelo, el ancho de franja que regará el avión será más grande, pero también será más impreciso y con mayor riesgo de deriva.

Ante la mirada de los asistentes, Buffoni siguió impartiendo consejos y enumerando la cantidad de variables que determinan si una aplicación es factible o no. "Nuestra intención es mostrarles a los productores y la sociedad que las cosas se hacen bien, que no somos los malos de la película. Sólo buscamos ser eficientes para producir los alimentos del mundo", cerró.

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