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Reminiscencias de una historia que se acaba

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Reminiscencias de una historia que se acaba

Noelia Barroso

A 80 kilómetros de la Ciudad de San Luis se erige una construcción única, el Castillo de La Toma. Un casco histórico construido en el Siglo XIX que alberga en sus paredes la génesis de un pueblo, historias, leyendas y mitos que afrontan la desidia y el riesgo de desaparecer para siempre.

El sol de verano ilumina radiante el rostro de tres niños en bicicleta. Esa tarde lo habían decidido, irían hasta El Castillo de La Toma Vieja. Las hipótesis sobre maldiciones, tumbas ancestrales, trágicas historias de amor y el inminente derrumbe de la propiedad hacen que sus mentes expulsen de inmediato el desafío mayor: entrar al lugar pero de noche.

Esa es una imagen repetida en la localidad de La Toma por cientos de niños que hoy, ya adultos, recuerdan esas épocas y ven con nostalgia esa construcción olvidada.

Tres kilómetros separan el pueblo de La Toma de El Castillo, donde a unos cuantos metros está el Río del Rosario con su balneario y un poco más al norte, el embalse con el cerro que da nombre al río como imponente fondo.

Por décadas, el camino que une el pueblo con su río fue de tierra, sólo hace unos años se colocó pavimento y las visitas al balneario ahora son más fáciles y asiduas. Cuentan los mayores que ese camino sin asfalto en aquella época estaba adornado por cientos de rosas a ambos lados de la vía y acompañaban el hermoso paisaje.

El origen

La primera vez que se ve El Castillo la sensación es de perplejidad, tanto por su estructura como por su esencia. ¿Cómo es que en San Luis hay semejante construcción? Se estima que la residencia se erigió aproximadamente a mediados del siglo XIX (1850) y tuvo varios due- ños. Algunos cuentan que se levantó a modo de fuerte para los indios, como refugio ante los españoles.

Lo cierto es que perteneció a Carlos Bett, fundador de la localidad de La Toma, pueblo que adquirió su nombre porque él había instalado una toma de agua para regar sus propiedades.

Más adelante fue el hogar de Darío David, un español que compró tierras en esa zona y según algunos testimonios también perteneció a Hipólito Yrigoyen. Más tarde lo compraría Pedro Miguel Mariano Graciarena junto con otras tierras y donó 100 hectáreas para lo que es la actual población de La Toma.

El Castillo ha sido por muchos años escenario de fabulosas versiones sobre sus primeros dueños, historias trágicas y leyendas que los pobladores se encargan de alimentar con el tiempo.

La historia de amor

En esas épocas de mensajería y correo a caballo, abarrotes a lomo de mula y cortejos amorosos interminables, El Castillo fue testigo de una trágica historia de amor. Según relata en su libro “Boquitas cerradas” la autora y sobrina de la protagonista, Beby Torres de Mugnani, entre 1914 y 1915, Bonifacio Campos, un encargado de la contabilidad de un negocio de ramos generales era el pretendiente de Julia, hija de Antonio Fernández, dueño de las tierras que rodeaban al castillo.

La familia de la dama en cuestión desconfiaba que el enamorado quisiera quedarse con las tierras. Ante esta situación, Campos le pidió matrimonio a Julia y le ofrece llevársela a España pero ella rechaza su propuesta. Bonifacio, con el corazón destrozado, decide quitarse la vida en el lecho del río del Rosario. Julia, al enterarse de semejante tragedia, culpa a sus hermanos sentenciándolos a una vida solitaria como la que tendría ella. La historia confirma que todos murieron en soledad.

La leyenda del primer piso

Es sabido que las historias en los pueblos se vuelven sombrías y un tanto exuberantes. Algunos comentaban que en la planta superior se habían repartido las cenizas de los dueños originales, otros, que sus ataúdes estaban posados en lo más alto del edificio. Muchos quisieron comprobarlo, pero nadie pudo hacerlo por completo.

Miles de huellas dejaron su infausta impronta y hoy las únicas que se posan en ese piso son las pocas aves que llegan hasta ese mítico lugar en busca de refugio o un hogar.

Los años apocalípticos

Las ánimas que se mecen dentro de El Castillo debieron permanecer inmutables ante el paso del tiempo y de cada obstinado visitante. La propiedad no tuvo renovaciones y aún conserva la pintura original, vejada por años de vandalismo. Deudas, sucesiones, robos, y la absoluta falta de mantenimiento hacen que hoy el histórico casco se haya dado por vencido.

Los tablones que adornaban el piso de toda la construcción denotaban el lujo en el que vivían sus dueños a mediados del siglo XIX. Hoy quedan apenas vestigios de ese instante dorado. Se robaron y destrozaron gran parte de ese esplendor.

La escalera que llevaba al primer piso está totalmente desmantelada, hasta hace no mucho tiempo se podía ascender, aunque con inmensa precaución, a las habitaciones superiores para apreciar el horizonte como lo hubiera hecho otrora Julia, sus hermanos o el mismísimo Carlos Bett.

Apenas quedan vestigios de las puertas y ventanas, y su estructura tambalea, en un solo pie.

¿El final?

El Castillo quedará en cada uno de los que lo vieron, de lejos, por dentro o en pinturas, fotos, maquetas, o en algún rincón olvidado de su memoria.

El Castillo pasó de dueño en dueño, pero siempre permaneció en manos privadas. Finalmente el patrimonio quedó bajo la tutela de la familia Fernández, semilla de tradicionales generaciones de La Toma, hasta el día de hoy.

Esos niños que se jugaban el valor al trepar sus paredes de noche, o aquellos jóvenes que sin tomar consciencia destruyeron el lugar, hoy quizás lamenten el hecho de haber contribuido a la muerte de un patrimonio histórico.

Seguramente alguien logrará darle una nueva vida, si ya el sol lo acaricia como una madre a su niño y la lluvia se posa con total piedad, cómo no la humanidad se compadecerá de esta historia.

Los tomenses esperan verlo como una gran atracción turística respetando sus orígenes y que cada visitante se lleve una parte de él, esta vez sólo en su memoria.

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Reminiscencias de una historia que se acaba

A 80 kilómetros de la Ciudad de San Luis se erige una construcción única, el Castillo de La Toma. Un casco histórico construido en el Siglo XIX que alberga en sus paredes la génesis de un pueblo, historias, leyendas y mitos que afrontan la desidia y el riesgo de desaparecer para siempre.

El sol de verano ilumina radiante el rostro de tres niños en bicicleta. Esa tarde lo habían decidido, irían hasta El Castillo de La Toma Vieja. Las hipótesis sobre maldiciones, tumbas ancestrales, trágicas historias de amor y el inminente derrumbe de la propiedad hacen que sus mentes expulsen de inmediato el desafío mayor: entrar al lugar pero de noche.

Esa es una imagen repetida en la localidad de La Toma por cientos de niños que hoy, ya adultos, recuerdan esas épocas y ven con nostalgia esa construcción olvidada.

Tres kilómetros separan el pueblo de La Toma de El Castillo, donde a unos cuantos metros está el Río del Rosario con su balneario y un poco más al norte, el embalse con el cerro que da nombre al río como imponente fondo.

Por décadas, el camino que une el pueblo con su río fue de tierra, sólo hace unos años se colocó pavimento y las visitas al balneario ahora son más fáciles y asiduas. Cuentan los mayores que ese camino sin asfalto en aquella época estaba adornado por cientos de rosas a ambos lados de la vía y acompañaban el hermoso paisaje.

El origen

La primera vez que se ve El Castillo la sensación es de perplejidad, tanto por su estructura como por su esencia. ¿Cómo es que en San Luis hay semejante construcción? Se estima que la residencia se erigió aproximadamente a mediados del siglo XIX (1850) y tuvo varios due- ños. Algunos cuentan que se levantó a modo de fuerte para los indios, como refugio ante los españoles.

Lo cierto es que perteneció a Carlos Bett, fundador de la localidad de La Toma, pueblo que adquirió su nombre porque él había instalado una toma de agua para regar sus propiedades.

Más adelante fue el hogar de Darío David, un español que compró tierras en esa zona y según algunos testimonios también perteneció a Hipólito Yrigoyen. Más tarde lo compraría Pedro Miguel Mariano Graciarena junto con otras tierras y donó 100 hectáreas para lo que es la actual población de La Toma.

El Castillo ha sido por muchos años escenario de fabulosas versiones sobre sus primeros dueños, historias trágicas y leyendas que los pobladores se encargan de alimentar con el tiempo.

La historia de amor

En esas épocas de mensajería y correo a caballo, abarrotes a lomo de mula y cortejos amorosos interminables, El Castillo fue testigo de una trágica historia de amor. Según relata en su libro “Boquitas cerradas” la autora y sobrina de la protagonista, Beby Torres de Mugnani, entre 1914 y 1915, Bonifacio Campos, un encargado de la contabilidad de un negocio de ramos generales era el pretendiente de Julia, hija de Antonio Fernández, dueño de las tierras que rodeaban al castillo.

La familia de la dama en cuestión desconfiaba que el enamorado quisiera quedarse con las tierras. Ante esta situación, Campos le pidió matrimonio a Julia y le ofrece llevársela a España pero ella rechaza su propuesta. Bonifacio, con el corazón destrozado, decide quitarse la vida en el lecho del río del Rosario. Julia, al enterarse de semejante tragedia, culpa a sus hermanos sentenciándolos a una vida solitaria como la que tendría ella. La historia confirma que todos murieron en soledad.

La leyenda del primer piso

Es sabido que las historias en los pueblos se vuelven sombrías y un tanto exuberantes. Algunos comentaban que en la planta superior se habían repartido las cenizas de los dueños originales, otros, que sus ataúdes estaban posados en lo más alto del edificio. Muchos quisieron comprobarlo, pero nadie pudo hacerlo por completo.

Miles de huellas dejaron su infausta impronta y hoy las únicas que se posan en ese piso son las pocas aves que llegan hasta ese mítico lugar en busca de refugio o un hogar.

Los años apocalípticos

Las ánimas que se mecen dentro de El Castillo debieron permanecer inmutables ante el paso del tiempo y de cada obstinado visitante. La propiedad no tuvo renovaciones y aún conserva la pintura original, vejada por años de vandalismo. Deudas, sucesiones, robos, y la absoluta falta de mantenimiento hacen que hoy el histórico casco se haya dado por vencido.

Los tablones que adornaban el piso de toda la construcción denotaban el lujo en el que vivían sus dueños a mediados del siglo XIX. Hoy quedan apenas vestigios de ese instante dorado. Se robaron y destrozaron gran parte de ese esplendor.

La escalera que llevaba al primer piso está totalmente desmantelada, hasta hace no mucho tiempo se podía ascender, aunque con inmensa precaución, a las habitaciones superiores para apreciar el horizonte como lo hubiera hecho otrora Julia, sus hermanos o el mismísimo Carlos Bett.

Apenas quedan vestigios de las puertas y ventanas, y su estructura tambalea, en un solo pie.

¿El final?

El Castillo quedará en cada uno de los que lo vieron, de lejos, por dentro o en pinturas, fotos, maquetas, o en algún rincón olvidado de su memoria.

El Castillo pasó de dueño en dueño, pero siempre permaneció en manos privadas. Finalmente el patrimonio quedó bajo la tutela de la familia Fernández, semilla de tradicionales generaciones de La Toma, hasta el día de hoy.

Esos niños que se jugaban el valor al trepar sus paredes de noche, o aquellos jóvenes que sin tomar consciencia destruyeron el lugar, hoy quizás lamenten el hecho de haber contribuido a la muerte de un patrimonio histórico.

Seguramente alguien logrará darle una nueva vida, si ya el sol lo acaricia como una madre a su niño y la lluvia se posa con total piedad, cómo no la humanidad se compadecerá de esta historia.

Los tomenses esperan verlo como una gran atracción turística respetando sus orígenes y que cada visitante se lleve una parte de él, esta vez sólo en su memoria.

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