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Jorge Eduardo Perroni: el amigo de Agüero

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Jorge Eduardo Perroni: el amigo de Agüero

Johnny Díaz

Fue taxista y también panadero. Chofer preferido del gran poeta merlino, con el que hizo viajes a la actual villa turística en un Chevrolet '39. Todavía conserva el primer ejemplar de El Diario de San Luis, autografiado por el escritor. El regalo de José la Vía, una foto inédita de Juan Domingo Perón en San Luis.

A este ejemplar de El Diario de San Luis, me lo autografió el poeta sanluiseño Antonio Esteban Agüero, el mismo día que salió a la calle el primer ejemplar del diario”, dice Jorge Perroni, que muestra orgulloso entre sus manos un viejo y raído diario del 2 de mayo de 1966, la edición inaugural del matutino local.

“La historia fue así... —cuenta Jorge, hoy sentado en su cómodo y amplio living de su casa del pasaje Remedios de Escalada, mientras mira atenta su señora Dorotea "Doroty" Rastrilla—. Yo era taxista, y con Antonio Esteban Agüero había nacido una linda amistad, producto de que él frecuentaba mucho los taxis o autos de alquiler, desconozco por qué lo hacía pero es la verdad. Cuando él necesitaba un auto, me venía a buscar a la parada que estaba ubicada frente a la plaza Pringles por calle San Martín".

La noche del 2 de mayo, Agüero lo esperaba en la vieja terminal de ómnibus, en el restaurante principal de don Rosario Furnari. Allí el poeta tenía una mesa separada del resto. "Le gustaba la soledad, recuerdo que llegué y estaba tomando una ginebra marca Llave, la que viene en botella verde”, relata.

Perroni dice que en ese momento el poeta se acordó que debía asistir al acto inaugural del diario, tenía en sus manos una invitación que había recibido de su amigo Mario Hernando Pérez, dueño del periódico. El hombre de las letras no escatimaba esfuerzos ni presencia. La ceremonia estaba atrasada porque no terminaban de ensamblar bien el tiraje y entre prueba y prueba se había hecho más de la una de la mañana. No demoró en subirse al taxi hasta Pedernera 1212. Después de las disculpas del caso, junto al gobernador Santiago Besso, monseñor José María Caferatta y varios funcionarios, familiares, público y canillitas, salió el esperado diario, que pasó de mano en mano y cada uno opinaba. Agüero fue el último en dar su veredicto y con el periódico en su mano, dijo que se lo dedicaba a su amigo Jorge, ése era yo”, expresa orgulloso.

“Hoy, 51 años después, nunca imaginé que este ejemplar del diario fuera tan importante”, asevera. De profesión taxista, amigo de los amigos, hombre de una sola palabra y de una memoria que asombra a sus 70 años, vivió durante años arriba del taxi, su herramienta de trabajo, hasta que un día dijo basta y se dedicó a la fabricación de pan.

El jubilado taxista recuerda que en la parada de San Martín y Pringles, se sumaban entre otros colegas don Godino, don D’Agata y don Chiritegui, que manejaba un Chevrolet '34 cuadrado con llantas de rayos y era dueño de un almacén en avenida Sarmiento y Belgrano, (hoy Felipe Velázquez).

A Perroni se le amontonan los recuerdos, la charla va y viene en el living de su casa, como los sanguchitos y el café. Tiene cientos de anécdotas y vivencias atrás del volante. Como dijera Alcides y Los Playeros en la década del ’80.

“Por las calles va pasando el taximetrero/ recorriendo a toda hora la ciudad/

“Meditando el pasajero va tranquilo /va admirando su manera de girar /al volante de los techos amarillos /lo manejan con ardor profesional”.

“Allá va el taximetrero /del volante es un señor /que trabaja con desvelo /por su hogar de corazón”.

“Allá va el taximetrero /del volante es un señor /allá va sin pasajeros /la jornada terminó”.

Jorge recuerda con afecto miles de cosas que vivió y sintió en la butaca izquierda de su primer auto, un Chevrolet '39. Después condujo uno del ’46 para terminar manejando siete Ford Falcon en distintas épocas recorriendo las calles de San Luis. Al fin y al cabo los taxistas son los psicólogos de cuanto pasajero sube al auto.

Se considera uno de los grandes amigos del famoso poeta. Agüero había sido ministro de Gobierno en los años 1958 y 1959 y anteriormente había ocupado la cartera de Previsión Social y Educación. Jorge dice que el “Toño” Agüero lo prefería a él antes que otros choferes de la céntrica parada.

Rememora que en varias oportunidades, pasó por la plaza donde hacían fila los autos de alquiler para que lo trasladara a distintas partes de la ciudad en un recorrido por casa de amigos, algo muy habitual en él. “Era un verdadero bohemio muy amigo del diputado Abraham Sirur Flores de Santa Rosa del Conlara, cuyo padre tenía una fábrica de gorras en su pueblo y con quien compartía horas de charlas e interminables    reuniones sociales”.

"En uno de los tantos viajes que le hice, Agüero me comentó que se había comprado en Villa Dolores, un auto Ford A y que lo tenía en el taller de un amigo, por lo que quería que lo trasladara a esa ciudad. Usted se imagina ‑me dice‑ un viaje de esas características no sale todos los días y no se puede despreciar'. Y para allá partimos".

“Agüero me aclaró que antes de seguir viaje a Villa Dolores, teníamos que pasar por su casa paterna, donde hoy es el museo, y visitar a su madre a quien él le decía cariñosamente "La Flaca". Armamos el viaje y salimos. La ruta estaba asfaltada hasta pasando río Quinto. De allí en adelante el camino era malo, lleno de serruchos, pozos y guadaloso. El auto sufrió en demasía el trajín, nos fuimos quedando sin luz a medida que avanzábamos. Por esos años ver una luz en el camino era como ver a Dios en medio del desierto, no andaba nadie", narra como si fuera ayer.

"Al llegar a Concarán ‑continúa‑ teníamos una sola luz, de tantas vibraciones, las lámparas quemaron sus filamentos. A duras penas llegamos a Merlo, al vernos, su madre se puso muy contenta e inmediatamente nos sirvió un plato de mazamorra, su plato preferido, al que le gustaba con locura. Una vez recuperados del agotador  viaje, fuimos a la heladería Yungulo después de charlar un rato se armó una gran guitarreada, seguimos hasta el mediodía. Agüero me llevó a conocer una pequeña porción de campo, una herencia que le había dejado su abuelo, cerca de Piedra Blanca, después de sortear un alambrado vimos imponente el hoy ‘Algarrobo Abuelo’. No se podía creer. El poeta me dijo: 'Mira, tiene como 700 años, es increíble que aun se mantenga en pie'. Hoy, en 2017 sigue siendo una de las más grandes atracciones turísticas de la Villa de Merlo”.

Parecía que el viaje a Villa Dolores había sido una excusa del gran poeta para ir a ver a su madre en Merlo. Algo que nunca se sabrá, lo cierto es que nunca fueron a conocer el famoso auto Ford A que se había comprado. “Y el auto seguramente pasó a ser propiedad del mecánico que lo tenía. Más allá de que era un secreto, porque no quería que se enterara su esposa, Agüero se quedó sin poder disfrutar de ese auto”, agrega Perroni.

“Agüero era una persona muy querida y respetada, le gustaba mucho la noche, pero además era un solitario, era muy difícil que se lo viera acompañado por amigos y mucho menos por allegados, escribía o anotaba en una libreta. La verdad nunca supe ni me mostró lo que anotaba”.

Perroni dice que cuando el poeta hablaba, su voz se hacia oír, imponía respeto y educación en quien lo quisiera escuchar. "Tenía una manera tan distinta en decir las cosas, que todo el mundo lo escuchaba, y le prestaba mucha atención, era como si su palabra fuera sagrada”, dice su amigo y ex conductor.

El ex taxista va desgranando su amistad con el gran poeta, cuenta ciento de vivencias, unas las puede graficar y justificar y otras simplemente quedarán en su historia, ésas que no cuenta por orgullo y  respeto.

La charla transcurre entre risas y una picada servida por su señora "Doroty" que asiente con la cabeza y una pícara sonrisa lo que su marido dice y que no deja nada librado al azar. Jorge retoma el diálogo y dice: “En una oportunidad, llamó a la parada (en esos tiempos tenían teléfono) uno de mis colegas me transmitió el mensaje donde me decía que me esperaba en la terminal de ómnibus, nos juntamos en el bar. Agüero elegía un lugar apartado de los demás, le gustaba estar solo, mirando la gente pasar, apurada con rumbo desconocido, o fundirse en un abrazo interminable cargado de lágrimas y emociones mientras él permanecía absorto con sus pensamientos y sus anotaciones".

Jorge detalla que entre copa y copa Agüero le explicó que la mejor ginebra para deleitar era la de marca Llave, que tenía una botella cuadrada y de color verde. La otra era la Bols, cuya botella era marrón y redonda. "Él se fijaba siempre en esos detalles, le gustaba comer bien y beber de lo mejor. Era una persona muy cuidadosa”, lo pinta de cuerpo entero.

"Un día mientras estábamos charlando recordó que su esposa se molestaba porque era muy ‘salidor’ Perroni imitando la voz del poeta dice: mi mujer está enojada conmigo, se ‘encula' porque yo me pierdo en la noche y vuelvo de madrugada…”. Agüero reconocía que le gustaba la noche y muchos lo catalogaban como un hombre de la noche puntana.

Jorge tiene en sus manos una vieja foto en blanco y negro tamaño 18x24 en papel doble peso tal vez un TTX2. En ella se ve claramente a Juan Domingo Perón en la vieja estación de trenes rodeado de las principales autoridades de San Luis. "A esta foto me la regaló La Vía, no creo que haya otra igual", señala sobre otro de sus tesoros.

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Jorge Eduardo Perroni: el amigo de Agüero

Fue taxista y también panadero. Chofer preferido del gran poeta merlino, con el que hizo viajes a la actual villa turística en un Chevrolet '39. Todavía conserva el primer ejemplar de El Diario de San Luis, autografiado por el escritor. El regalo de José la Vía, una foto inédita de Juan Domingo Perón en San Luis.

Jorge Perrini. "Aguero me dijo que podía llamarlo 'Toño' porque él me consideraba su amigo, y yo lo trasladaba por toda la ciudad en mi taxi. Era muy solitario".

A este ejemplar de El Diario de San Luis, me lo autografió el poeta sanluiseño Antonio Esteban Agüero, el mismo día que salió a la calle el primer ejemplar del diario”, dice Jorge Perroni, que muestra orgulloso entre sus manos un viejo y raído diario del 2 de mayo de 1966, la edición inaugural del matutino local.

“La historia fue así... —cuenta Jorge, hoy sentado en su cómodo y amplio living de su casa del pasaje Remedios de Escalada, mientras mira atenta su señora Dorotea "Doroty" Rastrilla—. Yo era taxista, y con Antonio Esteban Agüero había nacido una linda amistad, producto de que él frecuentaba mucho los taxis o autos de alquiler, desconozco por qué lo hacía pero es la verdad. Cuando él necesitaba un auto, me venía a buscar a la parada que estaba ubicada frente a la plaza Pringles por calle San Martín".

La noche del 2 de mayo, Agüero lo esperaba en la vieja terminal de ómnibus, en el restaurante principal de don Rosario Furnari. Allí el poeta tenía una mesa separada del resto. "Le gustaba la soledad, recuerdo que llegué y estaba tomando una ginebra marca Llave, la que viene en botella verde”, relata.

Perroni dice que en ese momento el poeta se acordó que debía asistir al acto inaugural del diario, tenía en sus manos una invitación que había recibido de su amigo Mario Hernando Pérez, dueño del periódico. El hombre de las letras no escatimaba esfuerzos ni presencia. La ceremonia estaba atrasada porque no terminaban de ensamblar bien el tiraje y entre prueba y prueba se había hecho más de la una de la mañana. No demoró en subirse al taxi hasta Pedernera 1212. Después de las disculpas del caso, junto al gobernador Santiago Besso, monseñor José María Caferatta y varios funcionarios, familiares, público y canillitas, salió el esperado diario, que pasó de mano en mano y cada uno opinaba. Agüero fue el último en dar su veredicto y con el periódico en su mano, dijo que se lo dedicaba a su amigo Jorge, ése era yo”, expresa orgulloso.

“Hoy, 51 años después, nunca imaginé que este ejemplar del diario fuera tan importante”, asevera. De profesión taxista, amigo de los amigos, hombre de una sola palabra y de una memoria que asombra a sus 70 años, vivió durante años arriba del taxi, su herramienta de trabajo, hasta que un día dijo basta y se dedicó a la fabricación de pan.

El jubilado taxista recuerda que en la parada de San Martín y Pringles, se sumaban entre otros colegas don Godino, don D’Agata y don Chiritegui, que manejaba un Chevrolet '34 cuadrado con llantas de rayos y era dueño de un almacén en avenida Sarmiento y Belgrano, (hoy Felipe Velázquez).

A Perroni se le amontonan los recuerdos, la charla va y viene en el living de su casa, como los sanguchitos y el café. Tiene cientos de anécdotas y vivencias atrás del volante. Como dijera Alcides y Los Playeros en la década del ’80.

“Por las calles va pasando el taximetrero/ recorriendo a toda hora la ciudad/

“Meditando el pasajero va tranquilo /va admirando su manera de girar /al volante de los techos amarillos /lo manejan con ardor profesional”.

“Allá va el taximetrero /del volante es un señor /que trabaja con desvelo /por su hogar de corazón”.

“Allá va el taximetrero /del volante es un señor /allá va sin pasajeros /la jornada terminó”.

Jorge recuerda con afecto miles de cosas que vivió y sintió en la butaca izquierda de su primer auto, un Chevrolet '39. Después condujo uno del ’46 para terminar manejando siete Ford Falcon en distintas épocas recorriendo las calles de San Luis. Al fin y al cabo los taxistas son los psicólogos de cuanto pasajero sube al auto.

Se considera uno de los grandes amigos del famoso poeta. Agüero había sido ministro de Gobierno en los años 1958 y 1959 y anteriormente había ocupado la cartera de Previsión Social y Educación. Jorge dice que el “Toño” Agüero lo prefería a él antes que otros choferes de la céntrica parada.

Rememora que en varias oportunidades, pasó por la plaza donde hacían fila los autos de alquiler para que lo trasladara a distintas partes de la ciudad en un recorrido por casa de amigos, algo muy habitual en él. “Era un verdadero bohemio muy amigo del diputado Abraham Sirur Flores de Santa Rosa del Conlara, cuyo padre tenía una fábrica de gorras en su pueblo y con quien compartía horas de charlas e interminables    reuniones sociales”.

"En uno de los tantos viajes que le hice, Agüero me comentó que se había comprado en Villa Dolores, un auto Ford A y que lo tenía en el taller de un amigo, por lo que quería que lo trasladara a esa ciudad. Usted se imagina ‑me dice‑ un viaje de esas características no sale todos los días y no se puede despreciar'. Y para allá partimos".

“Agüero me aclaró que antes de seguir viaje a Villa Dolores, teníamos que pasar por su casa paterna, donde hoy es el museo, y visitar a su madre a quien él le decía cariñosamente "La Flaca". Armamos el viaje y salimos. La ruta estaba asfaltada hasta pasando río Quinto. De allí en adelante el camino era malo, lleno de serruchos, pozos y guadaloso. El auto sufrió en demasía el trajín, nos fuimos quedando sin luz a medida que avanzábamos. Por esos años ver una luz en el camino era como ver a Dios en medio del desierto, no andaba nadie", narra como si fuera ayer.

"Al llegar a Concarán ‑continúa‑ teníamos una sola luz, de tantas vibraciones, las lámparas quemaron sus filamentos. A duras penas llegamos a Merlo, al vernos, su madre se puso muy contenta e inmediatamente nos sirvió un plato de mazamorra, su plato preferido, al que le gustaba con locura. Una vez recuperados del agotador  viaje, fuimos a la heladería Yungulo después de charlar un rato se armó una gran guitarreada, seguimos hasta el mediodía. Agüero me llevó a conocer una pequeña porción de campo, una herencia que le había dejado su abuelo, cerca de Piedra Blanca, después de sortear un alambrado vimos imponente el hoy ‘Algarrobo Abuelo’. No se podía creer. El poeta me dijo: 'Mira, tiene como 700 años, es increíble que aun se mantenga en pie'. Hoy, en 2017 sigue siendo una de las más grandes atracciones turísticas de la Villa de Merlo”.

Parecía que el viaje a Villa Dolores había sido una excusa del gran poeta para ir a ver a su madre en Merlo. Algo que nunca se sabrá, lo cierto es que nunca fueron a conocer el famoso auto Ford A que se había comprado. “Y el auto seguramente pasó a ser propiedad del mecánico que lo tenía. Más allá de que era un secreto, porque no quería que se enterara su esposa, Agüero se quedó sin poder disfrutar de ese auto”, agrega Perroni.

“Agüero era una persona muy querida y respetada, le gustaba mucho la noche, pero además era un solitario, era muy difícil que se lo viera acompañado por amigos y mucho menos por allegados, escribía o anotaba en una libreta. La verdad nunca supe ni me mostró lo que anotaba”.

Perroni dice que cuando el poeta hablaba, su voz se hacia oír, imponía respeto y educación en quien lo quisiera escuchar. "Tenía una manera tan distinta en decir las cosas, que todo el mundo lo escuchaba, y le prestaba mucha atención, era como si su palabra fuera sagrada”, dice su amigo y ex conductor.

El ex taxista va desgranando su amistad con el gran poeta, cuenta ciento de vivencias, unas las puede graficar y justificar y otras simplemente quedarán en su historia, ésas que no cuenta por orgullo y  respeto.

La charla transcurre entre risas y una picada servida por su señora "Doroty" que asiente con la cabeza y una pícara sonrisa lo que su marido dice y que no deja nada librado al azar. Jorge retoma el diálogo y dice: “En una oportunidad, llamó a la parada (en esos tiempos tenían teléfono) uno de mis colegas me transmitió el mensaje donde me decía que me esperaba en la terminal de ómnibus, nos juntamos en el bar. Agüero elegía un lugar apartado de los demás, le gustaba estar solo, mirando la gente pasar, apurada con rumbo desconocido, o fundirse en un abrazo interminable cargado de lágrimas y emociones mientras él permanecía absorto con sus pensamientos y sus anotaciones".

Jorge detalla que entre copa y copa Agüero le explicó que la mejor ginebra para deleitar era la de marca Llave, que tenía una botella cuadrada y de color verde. La otra era la Bols, cuya botella era marrón y redonda. "Él se fijaba siempre en esos detalles, le gustaba comer bien y beber de lo mejor. Era una persona muy cuidadosa”, lo pinta de cuerpo entero.

"Un día mientras estábamos charlando recordó que su esposa se molestaba porque era muy ‘salidor’ Perroni imitando la voz del poeta dice: mi mujer está enojada conmigo, se ‘encula' porque yo me pierdo en la noche y vuelvo de madrugada…”. Agüero reconocía que le gustaba la noche y muchos lo catalogaban como un hombre de la noche puntana.

Jorge tiene en sus manos una vieja foto en blanco y negro tamaño 18x24 en papel doble peso tal vez un TTX2. En ella se ve claramente a Juan Domingo Perón en la vieja estación de trenes rodeado de las principales autoridades de San Luis. "A esta foto me la regaló La Vía, no creo que haya otra igual", señala sobre otro de sus tesoros.

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