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“Mis personajes siempre salen a la calle y se encuentran con lo que hay”

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“Mis personajes siempre salen a la calle y se encuentran con lo que hay”

Natalia Olguín

En su nueva novela, “Las Maldiciones”, la escritora se mete en el mundo de la política pero no pierde su pluma literaria. Opiniones, consejos y miradas de una mujer de Burzaco que nunca creyó que iba a convertirse en Best Seller.

Claudia Piñeiro lleva más de una década creando historias atrapantes repletas de personajes tan argentinos como reales. Oriunda de Burzaco, en Buenos Aires, escribió una decena de libros y cosechó galardones como el Premio Clarín Alfaguara de Novela en 2005, el Premio de literatura infantil y juvenil Fundalectura-Norma de Colombia y el premio ACE.

En su más reciente trabajo, Piñeiro desmenuza las oscuras tradiciones que pueden envolver al mundo de la política y las fusiona con las historias de dos personajes, muy diferentes entre sí, pero que protagonizan una trama apasionante a lo largo de sus más de trescientas páginas.

De ese libro, de los anteriores, de la capacidad para llevar sus historias al cine y de la litera - tura nacional habló Claudia en una charla extensa y distendida con Cooltura.

—¿Cuál es la trama de “Las maldiciones”?

—Se puede entrar por distintos lugares pero es una road novel o roadmovie en la que hay un personaje principal, Roman Sabaté, que es un joven que trabaja para un partido político y, cuando arranca la novela, aparece en la estación de Retiro con un nene de tres años, escapando, no sabemos de qué ni por qué. Y toda la novela es esta huida. En principio decimos que escapa del mal. Él trabaja para un partido político para el otro protagonista, Fernando Rovira. Entre ellos hay una dialéctica de amo y esclavo, de alguien que tiene poder sobre otro y maneja su vida, de alguna manera empieza a trabajar en ese partido sin saber mucho por qué y, finalmente, se devela por qué este hombre lo tomó para trabajar en el partido y cuál es el sacrificio que debería hacer.

La novela tiene mucho que ver con los partidos políticos armados desde el marketing, el discurso, y con una maldición que hay en la provincia de Buenos Aires que dice que ningún gobernador bonaerense será presidente de la República Argentina. Rovira cree en esa maldición y está haciendo un proyecto de ley para dividir la provincia y quiere hacer creer al pueblo que será beneficioso para la demografía, para la representación en el Senado pero en realidad es por su superstición porque cree que debe sacarse la ciudad de La Plata de encima para que la maldición no le pese y poder ser presidente.

—¿Cree que tiene muchos condimentos de la sociedad actual que parecer estar más interesada en la política?

—Mis personajes siempre salen a la calle y se encuentran con lo que hay. Viajo mucho pero en ningún otro país oigo hablar tanto de política como en Argentina. Cuando va a la panadería, en el colectivo, los programas que se ven en la televisión de cable son políticos, estamos todo el tiempo con eso dando vuelta. Eso por un lado. Y después, quería que transcurriera donde la dialéctica de quien manda y quien obedece fuera muy potente y me parece que ese ámbito es así. También hay cosas que van surgiendo du rante la escritura. Yo imagino la primera escena y de ahí empiezo a tirar la cuerda y ver qué hay en ese amasijo de cosas. Y encontrar la historia y esa primera escena tenía que ver con una conversación donde el líder le plantea esto al joven. Pero no sabía mucho más, sólo que iba a haber algo con la maldición de Alsina pero no los detalles. Me puse a investigarla, sobre la bruja tolosana y otros más, trabajé con la brujería en relación con el poder, tantos líderes de distintos lugares del mundo que tienen brujos muy cerca. Cómo la magia influye en las elecciones; qué tan cerca están los gurúes del marketing de convencer que algo va a funcionar. Cuando me metí con la ciudad de La Plata había tanta riqueza sobre cómo se creó, estudios que dicen que ese plano viene de una novela de Julio Verne; empezaron a aparecer cosas que ninguna me las quería perder para la novela, quería compartirlas.

Escribirla le demandó dos años. Y el resultado no decepcionó a los seguidores. Y es que Piñeiro transita por los prados literarios desde hace décadas y sabe cómo manejar la atención y tensión de sus lectores. Dos de sus obras más reconocidas, “Las viudas de los jueves” y “Betibú” lograron meterse en las carteleras de los cines y la posicionaron como una escritora destacada.

—¿Cómo fue llevar “Las viudas de los jueves” al cine?

—Siempre es una sorpresa porque cuando uno escribe una novela, en ese momento que nadie me conocía sólo había publicado en una editorial chiquita, después gané el premio Clarín, pero “Las viudas..." se hizo muy famosa y se hizo la película. Estaba absolutamente por fuera de mi imaginación, ni siquiera sabía que la iban a publicar y terminó siendo filmada. Me interesa mucho ver cómo el director lee ese relato. Marcelo Piñeyro (quien dirigió el film) se quedó con la parte personal. En cambio, Miguel Cohan, el director de “Betibú", se paró más en la parte policial. Es como que cada uno hace una lectura porque no se puede hacer una trasposición de una novela a una película igual. A veces la gente se queja de eso pero es lo que tiene que hacer el director.

De muy joven, Claudia abrazó bien fuerte su pasión por las letras y cuando tuvo que descifrar su futuro laboral, allá por el ’78, en plena dictadura militar, cuando quería estudiar alguna de las carreras humanísticas debió optar por Contador Público, como sus padres. Ni así perdió el gusto por la escritura.

—¿Qué es lo que más disfruta de escribir?

—El sentarse y escribir es casi una cuestión ontológica, parte del ser, los que somos escritores no podríamos no serlo, no importa si lo hacemos bien o mal. Escribir te centra en tu eje y eso te hace diferenciar lo importante y lo que no. En esos últimos años se nos dieron otras tareas como venir a ferias, hacer reportajes que acompañan al oficio. Lo más importante es leer porque si no, no podés escribir. La corrección también me gusta mucho, retrabajar los textos hasta que salen, una vez que salieron no los miro más.

—¿Está leyendo algo en particular?

—El de Fernanda García Lagos, “Nación vacuna”. Voy a leer con mucho placer la de Reynaldo Sietecase, “No pidas nada” (que presentó a mediados de setiembre). Tengo pendiente una novela española, de Aramburu, “Patria”, que es una novela que tiene que ver con la grieta en los países vascos con el tema de la ETA.

—¿En qué le parece que se destaca la literatura nacional del resto de los países?

—Hay mucha efervescencia, hay mucha gente escribiendo. Quizás en otros países también pasa, porque quizás uno no lo advierte en los demás lugares porque va de visita, no tiene un panorama tan acabado como el del lugar en el que vivís. Me interesa mucho leer nuevos autores, como Marcelo Guerrieri que presentó hace poco “Farmacia”. Si bien no puedo leer todo lo que sale, pero estoy atenta a las cosas nuevas, me gusta saber por dónde andan los escritores que están empezando a aparecer.

—Y de esos autores nuevos, ¿cuál podría recomendar?

—Recomiendo mucho el libro de Martín Sivak, “El salto de papá”, que es un periodista y escritor. Está escrito en clave de crónica familiar, es la historia de su padre, un banquero comunista que terminó sus días tirándose de un edificio, se suicidó, y al recrear la historia de su padre te cuenta la Argentina de esos años, la época posterior a la dictadura, los primeros años de la democracia. Al tío de Martín lo secuestró mano de obra desocupada, ex militares y policías, y cómo se vivían esos años. Es una crónica novelada que está escrita extraordinaria mente y que no solamente cuenta su angustia sino también la Argentina de esa época.

—¿Cree que los argentinos preferimos la novela?

—Dicen que se lee más, pero Argentina tiene una gran tradición de cuentistas. Nuestros grandes escritores, Borges, Cortázar, son cuentistas y hoy, dos escritoras que tienen mucho éxito en el mundo, Samantha Shibley o Mariana Enriquez también los son. Desde el punto de vista económico empresarial de la editorial te van a decir “se lee más novelas y los cuentos los eligen a cuentagotas”. Sin embargo, los grandes escritores que se han destacado muchas veces son cuentistas. Quizás las editoriales deberían reflexionar sobre esto.

—¿Qué tan cierto es que los chicos no leen tanto?

—No hay estadísticas confiables, entonces uno no sabe cuánto se lee y qué se lee. Me pasa que estoy rodeada de gente y chicos que leen, pero debe haber muchos que no lo hacen. La oportunidad de lectura está en el colegio porque no todos los chicos tienen padres lectores. Si en una casa hay una biblioteca y los padres son lectores, a la larga o a la corta, aunque no los obligues, tienen más posibilidades de serlo que si nunca vieron leer. Una vez iba en el auto con mi hijo, yo siempre llevaba un libro apoyado en la luneta porque vivía lejos, entonces mi nene lo agarró y me dijo: “¿qué hay acá adentro que lo llevas a todas partes?”. Y yo pensé que ojalá que esa inquietud sea lo que después lo haga lector. Me parece que quienes ven a sus padres leer con satisfacción tienen más posibilidades. Pero hay muchos otros que tienen que ser introducidos en el colegio y es muy importante qué se elija para leer porque si no perdés a ese lector.

También hay mucha hipocresía. Muchos dicen tienen que leer, no tanta Play Station pero ellos no lo hacen. Graciela Montes dice que la lectura se convirtió en ese mueble antiguo de la abuela que todo el mundo dice “qué lindo” pero lo va corriendo porque molesta en el living. A mí me parece que es extraordinario leer y que es una pena el que se lo pierde. Desde las políticas públicas se puede hacer más, dar más espacios en las currículas a la lectura placentera porque muchas veces los maestros se dedican a lo que dice el programa y eso a los chicos no les gusta y los perdiste. El acceso a libros más baratos, la incentivación a la lectura placentera, la formación docente porque si él no es lector difícilmente contagie la lectura.

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“Mis personajes siempre salen a la calle y se encuentran con lo que hay”

En su nueva novela, “Las Maldiciones”, la escritora se mete en el mundo de la política pero no pierde su pluma literaria. Opiniones, consejos y miradas de una mujer de Burzaco que nunca creyó que iba a convertirse en Best Seller.

Fotos: Juan Andrés Galli

Claudia Piñeiro lleva más de una década creando historias atrapantes repletas de personajes tan argentinos como reales. Oriunda de Burzaco, en Buenos Aires, escribió una decena de libros y cosechó galardones como el Premio Clarín Alfaguara de Novela en 2005, el Premio de literatura infantil y juvenil Fundalectura-Norma de Colombia y el premio ACE.

En su más reciente trabajo, Piñeiro desmenuza las oscuras tradiciones que pueden envolver al mundo de la política y las fusiona con las historias de dos personajes, muy diferentes entre sí, pero que protagonizan una trama apasionante a lo largo de sus más de trescientas páginas.

De ese libro, de los anteriores, de la capacidad para llevar sus historias al cine y de la litera - tura nacional habló Claudia en una charla extensa y distendida con Cooltura.

—¿Cuál es la trama de “Las maldiciones”?

—Se puede entrar por distintos lugares pero es una road novel o roadmovie en la que hay un personaje principal, Roman Sabaté, que es un joven que trabaja para un partido político y, cuando arranca la novela, aparece en la estación de Retiro con un nene de tres años, escapando, no sabemos de qué ni por qué. Y toda la novela es esta huida. En principio decimos que escapa del mal. Él trabaja para un partido político para el otro protagonista, Fernando Rovira. Entre ellos hay una dialéctica de amo y esclavo, de alguien que tiene poder sobre otro y maneja su vida, de alguna manera empieza a trabajar en ese partido sin saber mucho por qué y, finalmente, se devela por qué este hombre lo tomó para trabajar en el partido y cuál es el sacrificio que debería hacer.

La novela tiene mucho que ver con los partidos políticos armados desde el marketing, el discurso, y con una maldición que hay en la provincia de Buenos Aires que dice que ningún gobernador bonaerense será presidente de la República Argentina. Rovira cree en esa maldición y está haciendo un proyecto de ley para dividir la provincia y quiere hacer creer al pueblo que será beneficioso para la demografía, para la representación en el Senado pero en realidad es por su superstición porque cree que debe sacarse la ciudad de La Plata de encima para que la maldición no le pese y poder ser presidente.

—¿Cree que tiene muchos condimentos de la sociedad actual que parecer estar más interesada en la política?

—Mis personajes siempre salen a la calle y se encuentran con lo que hay. Viajo mucho pero en ningún otro país oigo hablar tanto de política como en Argentina. Cuando va a la panadería, en el colectivo, los programas que se ven en la televisión de cable son políticos, estamos todo el tiempo con eso dando vuelta. Eso por un lado. Y después, quería que transcurriera donde la dialéctica de quien manda y quien obedece fuera muy potente y me parece que ese ámbito es así. También hay cosas que van surgiendo du rante la escritura. Yo imagino la primera escena y de ahí empiezo a tirar la cuerda y ver qué hay en ese amasijo de cosas. Y encontrar la historia y esa primera escena tenía que ver con una conversación donde el líder le plantea esto al joven. Pero no sabía mucho más, sólo que iba a haber algo con la maldición de Alsina pero no los detalles. Me puse a investigarla, sobre la bruja tolosana y otros más, trabajé con la brujería en relación con el poder, tantos líderes de distintos lugares del mundo que tienen brujos muy cerca. Cómo la magia influye en las elecciones; qué tan cerca están los gurúes del marketing de convencer que algo va a funcionar. Cuando me metí con la ciudad de La Plata había tanta riqueza sobre cómo se creó, estudios que dicen que ese plano viene de una novela de Julio Verne; empezaron a aparecer cosas que ninguna me las quería perder para la novela, quería compartirlas.

Escribirla le demandó dos años. Y el resultado no decepcionó a los seguidores. Y es que Piñeiro transita por los prados literarios desde hace décadas y sabe cómo manejar la atención y tensión de sus lectores. Dos de sus obras más reconocidas, “Las viudas de los jueves” y “Betibú” lograron meterse en las carteleras de los cines y la posicionaron como una escritora destacada.

—¿Cómo fue llevar “Las viudas de los jueves” al cine?

—Siempre es una sorpresa porque cuando uno escribe una novela, en ese momento que nadie me conocía sólo había publicado en una editorial chiquita, después gané el premio Clarín, pero “Las viudas..." se hizo muy famosa y se hizo la película. Estaba absolutamente por fuera de mi imaginación, ni siquiera sabía que la iban a publicar y terminó siendo filmada. Me interesa mucho ver cómo el director lee ese relato. Marcelo Piñeyro (quien dirigió el film) se quedó con la parte personal. En cambio, Miguel Cohan, el director de “Betibú", se paró más en la parte policial. Es como que cada uno hace una lectura porque no se puede hacer una trasposición de una novela a una película igual. A veces la gente se queja de eso pero es lo que tiene que hacer el director.

De muy joven, Claudia abrazó bien fuerte su pasión por las letras y cuando tuvo que descifrar su futuro laboral, allá por el ’78, en plena dictadura militar, cuando quería estudiar alguna de las carreras humanísticas debió optar por Contador Público, como sus padres. Ni así perdió el gusto por la escritura.

—¿Qué es lo que más disfruta de escribir?

—El sentarse y escribir es casi una cuestión ontológica, parte del ser, los que somos escritores no podríamos no serlo, no importa si lo hacemos bien o mal. Escribir te centra en tu eje y eso te hace diferenciar lo importante y lo que no. En esos últimos años se nos dieron otras tareas como venir a ferias, hacer reportajes que acompañan al oficio. Lo más importante es leer porque si no, no podés escribir. La corrección también me gusta mucho, retrabajar los textos hasta que salen, una vez que salieron no los miro más.

—¿Está leyendo algo en particular?

—El de Fernanda García Lagos, “Nación vacuna”. Voy a leer con mucho placer la de Reynaldo Sietecase, “No pidas nada” (que presentó a mediados de setiembre). Tengo pendiente una novela española, de Aramburu, “Patria”, que es una novela que tiene que ver con la grieta en los países vascos con el tema de la ETA.

—¿En qué le parece que se destaca la literatura nacional del resto de los países?

—Hay mucha efervescencia, hay mucha gente escribiendo. Quizás en otros países también pasa, porque quizás uno no lo advierte en los demás lugares porque va de visita, no tiene un panorama tan acabado como el del lugar en el que vivís. Me interesa mucho leer nuevos autores, como Marcelo Guerrieri que presentó hace poco “Farmacia”. Si bien no puedo leer todo lo que sale, pero estoy atenta a las cosas nuevas, me gusta saber por dónde andan los escritores que están empezando a aparecer.

—Y de esos autores nuevos, ¿cuál podría recomendar?

—Recomiendo mucho el libro de Martín Sivak, “El salto de papá”, que es un periodista y escritor. Está escrito en clave de crónica familiar, es la historia de su padre, un banquero comunista que terminó sus días tirándose de un edificio, se suicidó, y al recrear la historia de su padre te cuenta la Argentina de esos años, la época posterior a la dictadura, los primeros años de la democracia. Al tío de Martín lo secuestró mano de obra desocupada, ex militares y policías, y cómo se vivían esos años. Es una crónica novelada que está escrita extraordinaria mente y que no solamente cuenta su angustia sino también la Argentina de esa época.

—¿Cree que los argentinos preferimos la novela?

—Dicen que se lee más, pero Argentina tiene una gran tradición de cuentistas. Nuestros grandes escritores, Borges, Cortázar, son cuentistas y hoy, dos escritoras que tienen mucho éxito en el mundo, Samantha Shibley o Mariana Enriquez también los son. Desde el punto de vista económico empresarial de la editorial te van a decir “se lee más novelas y los cuentos los eligen a cuentagotas”. Sin embargo, los grandes escritores que se han destacado muchas veces son cuentistas. Quizás las editoriales deberían reflexionar sobre esto.

—¿Qué tan cierto es que los chicos no leen tanto?

—No hay estadísticas confiables, entonces uno no sabe cuánto se lee y qué se lee. Me pasa que estoy rodeada de gente y chicos que leen, pero debe haber muchos que no lo hacen. La oportunidad de lectura está en el colegio porque no todos los chicos tienen padres lectores. Si en una casa hay una biblioteca y los padres son lectores, a la larga o a la corta, aunque no los obligues, tienen más posibilidades de serlo que si nunca vieron leer. Una vez iba en el auto con mi hijo, yo siempre llevaba un libro apoyado en la luneta porque vivía lejos, entonces mi nene lo agarró y me dijo: “¿qué hay acá adentro que lo llevas a todas partes?”. Y yo pensé que ojalá que esa inquietud sea lo que después lo haga lector. Me parece que quienes ven a sus padres leer con satisfacción tienen más posibilidades. Pero hay muchos otros que tienen que ser introducidos en el colegio y es muy importante qué se elija para leer porque si no perdés a ese lector.

También hay mucha hipocresía. Muchos dicen tienen que leer, no tanta Play Station pero ellos no lo hacen. Graciela Montes dice que la lectura se convirtió en ese mueble antiguo de la abuela que todo el mundo dice “qué lindo” pero lo va corriendo porque molesta en el living. A mí me parece que es extraordinario leer y que es una pena el que se lo pierde. Desde las políticas públicas se puede hacer más, dar más espacios en las currículas a la lectura placentera porque muchas veces los maestros se dedican a lo que dice el programa y eso a los chicos no les gusta y los perdiste. El acceso a libros más baratos, la incentivación a la lectura placentera, la formación docente porque si él no es lector difícilmente contagie la lectura.

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