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La odisea de encontrar refugio

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La odisea de encontrar refugio

Durante siglos, el desarraigo y el exilio forzado por diferentes motivos formaron parte de la historia y del mundo que hoy conocemos. Pero, en los últimos años, la situación de los refugiados fue definida por la Organización de las Naciones Unidas como “la peor crisis humanitaria de nuestra generación”. ¿Por qué ahora? Puertas cerradas, falta de solidaridad, burocracia y olvido son reflejados en cifras que no dejan de sorprender.

Un promedio de 20 personas por minuto debieron abandonar sus hogares de manera forzada durante el 2016, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Cada historia individual se convirtió en 65,6 millones de personas desplazadas por la fuerza de sus hogares y repartidas en diferentes regiones del mundo. De esa cifra, 22,5 millones fueron ya reconocidos como refugiados, 40,3 millones son desplazados internos (tuvieron que huir dentro de sus fronteras) y 2,8 millones solicitaron asilo en otros países.

De todos los refugiados del mundo, el 55% proviene de Siria en primer lugar, y de Afganistán y Sudán del Sur en segundo y tercero.

En el primero de estos casos, y con 650 desplazados forzosos cada 1.000 habitantes, Siria se convirtió en el primer país del mundo en el que la cantidad de desplazados es la mayoría de su población.

Esas cifras, visiblemente alarmantes, no reflejan sin embargo las historias invisibles: aquellas que no aparecen en las estadísticas.

Piedras en el camino

Luego de tomar la difícil decisión de abandonar no sólo su país, sino también su vida, los desplazados comienzan un camino más complicado aún. Un peligroso viaje por mar o por tierra los espera. Un viaje en el que no sólo deben sortear los peligros de la naturaleza, sino también los creados por el hombre que se aprovecha de su desesperación. La travesía tampoco concluye con la llegada a un destino “seguro”. La burocracia es un gran obstáculo para lograr que la asistencia internacional llegue a quienes más la necesitan.

Según la Convención de Refugiados de 1951, un refugiado es “cualquier persona que, debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social u opinión política, se encuentra fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, por causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país”. En definitiva, un refugiado debe huir de su país porque sus derechos fundamentales ya no pueden ser ejercidos dentro de su nación.

Sin embargo, para acceder a la asistencia a la que tiene derecho un refugiado, los desplazados deben a veces “certificar” su condición solicitando primero el asilo. Cada nación determina la manera en la que se legaliza esa condición y se consigue lo que se llama “estatus de refugiado”, algo que le otorga a los desplazados mayores derechos y beneficios.

El caso es aún más traumático cuando se trata de menores de edad. Muchos de ellos, sin compañía de un adulto (alrededor de 75.000 según cifras oficiales) deben demostrar su edad a través de exá- menes médicos poco fiables para garantizarse, de obtener resultados positivos, el asilo y el resguardo que por derecho deberían tener de inmediato. A los 18 años ya pueden ser deportados, o terminar en las calles mendigando la irrenunciable responsabilidad de los estados.

¿Quién recibe a los refugiados?

Según los datos de la ACNUR, Turquía es el país que alberga la mayor cantidad de refugiados en el mundo (2,9 millones). Le siguen Pakistán, Líbano, Irán, Uganda y Etiopía. Las condiciones socioeconómicas de estos países, sin embargo, no les permiten dar una solución real a la crisis de los refugiados.

Al mismo tiempo que aumenta la cantidad de personas que necesitan asilo en todo el mundo, aumentan también los controles y los blindajes en las fronteras de las principales potencias europeas, salvo en el caso de Alemania, el país que más refugiados recibió dentro de este grupo.

A pesar de asumir el compromiso ante diferentes organizaciones internacionales de recibir a los desplazados en su territorio, la Unión Europea firmó recientemente un acuerdo con Turquía que endureció su política de recepción de refugiados.

Esas políticas migratorias lo único que han generado hasta ahora es la apertura de nuevos caminos clandestinos, cada vez más inseguros. El caudal de personas no se redujo, pero sí aumentaron los gastos en las fronteras y las muertes en el trayecto. ¿Por qué seguir insistiendo entonces en esta política migratoria?

El negocio del refugio

El tema de la seguridad de su población, luego de los recientes atentados terroristas, es un motivo válido que los países esgrimen para justificar el cierre de sus fronteras. El tema económico y los gastos de asistencia a los refugiados es otra razón que pone en peligro la llegada de desplazados a algunos países europeos.

Sin embargo, hay quienes ven en lo económico la conveniencia de que las cosas queden tal cual están. Las nuevas tecnologías de vigilancia y todo lo que implica el control de las fronteras, también suponen importantes ganancias para los sectores dedicados a este rubro.

Los gobiernos no son los únicos en aprovechar la desesperación para hacer negocios. Cientos de personas viajan en precarias embarcaciones manejadas por traficantes que, además de poner en riesgo la vida de los desplazados, cobran una importante suma por el traslado.

Una vez que llegan a un destino en apariencia más seguro, la precariedad y clandestinidad en la que están condenados a vivir hasta tener la suerte de conseguir el estatus de refugiados, los llevan muchas veces a ser explotados por grandes empresas como mano de obra barata o peor aún, a caer en manos de traficantes de órganos, un “negocio” que floreció en países como Turquía.

La condena primero de los gobiernos nacionales, luego del mundo, de la burocracia y del olvido, se multiplica por millones. Estas cifras que parecen números no lo son: hombres, mujeres y niños a los que no identificamos pero que están, pierden su identidad a cada minuto.

 

Nota: Agustina Bordigoni

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La odisea de encontrar refugio

Durante siglos, el desarraigo y el exilio forzado por diferentes motivos formaron parte de la historia y del mundo que hoy conocemos. Pero, en los últimos años, la situación de los refugiados fue definida por la Organización de las Naciones Unidas como “la peor crisis humanitaria de nuestra generación”. ¿Por qué ahora? Puertas cerradas, falta de solidaridad, burocracia y olvido son reflejados en cifras que no dejan de sorprender.

Un promedio de 20 personas por minuto debieron abandonar sus hogares de manera forzada durante el 2016, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Cada historia individual se convirtió en 65,6 millones de personas desplazadas por la fuerza de sus hogares y repartidas en diferentes regiones del mundo. De esa cifra, 22,5 millones fueron ya reconocidos como refugiados, 40,3 millones son desplazados internos (tuvieron que huir dentro de sus fronteras) y 2,8 millones solicitaron asilo en otros países.

De todos los refugiados del mundo, el 55% proviene de Siria en primer lugar, y de Afganistán y Sudán del Sur en segundo y tercero.

En el primero de estos casos, y con 650 desplazados forzosos cada 1.000 habitantes, Siria se convirtió en el primer país del mundo en el que la cantidad de desplazados es la mayoría de su población.

Esas cifras, visiblemente alarmantes, no reflejan sin embargo las historias invisibles: aquellas que no aparecen en las estadísticas.

Piedras en el camino

Luego de tomar la difícil decisión de abandonar no sólo su país, sino también su vida, los desplazados comienzan un camino más complicado aún. Un peligroso viaje por mar o por tierra los espera. Un viaje en el que no sólo deben sortear los peligros de la naturaleza, sino también los creados por el hombre que se aprovecha de su desesperación. La travesía tampoco concluye con la llegada a un destino “seguro”. La burocracia es un gran obstáculo para lograr que la asistencia internacional llegue a quienes más la necesitan.

Según la Convención de Refugiados de 1951, un refugiado es “cualquier persona que, debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social u opinión política, se encuentra fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, por causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país”. En definitiva, un refugiado debe huir de su país porque sus derechos fundamentales ya no pueden ser ejercidos dentro de su nación.

Sin embargo, para acceder a la asistencia a la que tiene derecho un refugiado, los desplazados deben a veces “certificar” su condición solicitando primero el asilo. Cada nación determina la manera en la que se legaliza esa condición y se consigue lo que se llama “estatus de refugiado”, algo que le otorga a los desplazados mayores derechos y beneficios.

El caso es aún más traumático cuando se trata de menores de edad. Muchos de ellos, sin compañía de un adulto (alrededor de 75.000 según cifras oficiales) deben demostrar su edad a través de exá- menes médicos poco fiables para garantizarse, de obtener resultados positivos, el asilo y el resguardo que por derecho deberían tener de inmediato. A los 18 años ya pueden ser deportados, o terminar en las calles mendigando la irrenunciable responsabilidad de los estados.

¿Quién recibe a los refugiados?

Según los datos de la ACNUR, Turquía es el país que alberga la mayor cantidad de refugiados en el mundo (2,9 millones). Le siguen Pakistán, Líbano, Irán, Uganda y Etiopía. Las condiciones socioeconómicas de estos países, sin embargo, no les permiten dar una solución real a la crisis de los refugiados.

Al mismo tiempo que aumenta la cantidad de personas que necesitan asilo en todo el mundo, aumentan también los controles y los blindajes en las fronteras de las principales potencias europeas, salvo en el caso de Alemania, el país que más refugiados recibió dentro de este grupo.

A pesar de asumir el compromiso ante diferentes organizaciones internacionales de recibir a los desplazados en su territorio, la Unión Europea firmó recientemente un acuerdo con Turquía que endureció su política de recepción de refugiados.

Esas políticas migratorias lo único que han generado hasta ahora es la apertura de nuevos caminos clandestinos, cada vez más inseguros. El caudal de personas no se redujo, pero sí aumentaron los gastos en las fronteras y las muertes en el trayecto. ¿Por qué seguir insistiendo entonces en esta política migratoria?

El negocio del refugio

El tema de la seguridad de su población, luego de los recientes atentados terroristas, es un motivo válido que los países esgrimen para justificar el cierre de sus fronteras. El tema económico y los gastos de asistencia a los refugiados es otra razón que pone en peligro la llegada de desplazados a algunos países europeos.

Sin embargo, hay quienes ven en lo económico la conveniencia de que las cosas queden tal cual están. Las nuevas tecnologías de vigilancia y todo lo que implica el control de las fronteras, también suponen importantes ganancias para los sectores dedicados a este rubro.

Los gobiernos no son los únicos en aprovechar la desesperación para hacer negocios. Cientos de personas viajan en precarias embarcaciones manejadas por traficantes que, además de poner en riesgo la vida de los desplazados, cobran una importante suma por el traslado.

Una vez que llegan a un destino en apariencia más seguro, la precariedad y clandestinidad en la que están condenados a vivir hasta tener la suerte de conseguir el estatus de refugiados, los llevan muchas veces a ser explotados por grandes empresas como mano de obra barata o peor aún, a caer en manos de traficantes de órganos, un “negocio” que floreció en países como Turquía.

La condena primero de los gobiernos nacionales, luego del mundo, de la burocracia y del olvido, se multiplica por millones. Estas cifras que parecen números no lo son: hombres, mujeres y niños a los que no identificamos pero que están, pierden su identidad a cada minuto.

 

Nota: Agustina Bordigoni

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