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La soledad del gigante

Previo a la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, los analistas internacionales coincidían en que el mayor “riesgo” de que el magnate ocupara el Poder Ejecutivo de la nación más poderosa del mundo, residía en su impulsiva, y para nada diplomática, manera de entender los acuerdos internacionales y los foros de cooperación en los que Estados Unidos estaba, no sólo presente, sino en muchos casos, como un “garante de la efectividad” de esos organismos.

Y Trump no decepcionó a sus detractores, porque desde que asumió el poder en enero, Washington abandonó o amenazó con dejar varios acuerdos internacionales bajo su política de “Estados Unidos primero”, a la que quizás haya que renombrar bajo un lema más realista: “Estados Unidos, solo”.

La misión estadounidense ante la ONU anunció que ponía fin a su participación en el Pacto Mundial sobre Migración por estimar que incluye “disposiciones que son incompatibles con las políticas” del presidente en materia de inmigración y refugiados.

En setiembre de 2016 los 193 miembros de la Asamblea General de la ONU aprobaron por unanimidad la Declaración de Nueva York para los refugiados y los migrantes, que busca mejorar en el futuro su gestión internacional (acogida, ayudas).

Sobre la base de esta Declaración, el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados fue mandatado para proponer en su informe anual a la Asamblea General en 2018 un Pacto Mundial sobre los Migrantes y Refugiados. Ese pacto debe reposar en dos ejes: definición de un marco de respuestas al problema y un programa de acción.

Estados Unidos anunció el 12 de octubre que se retiraba de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), a la que acusa de ser “anti- israelí”. Conservará el estatus de observador hasta su retiro efectivo a fines de 2018.

El 1º de junio Trump anunció el retiro del acuerdo de París al que llegaron 195 países en 2015, y su intención de buscar “un nuevo acuerdo” mundial sobre cambio climático. Calificó al acuerdo de París de “muy injusto” para su país, aduciendo que permitirá a otras naciones sacar ventaja sobre la industria estadounidense. El retiro efectivo no ocurrirá antes de noviembre de 2020.

Trump reiteró a su país de la Asociación TransPacífico (TPP), firmada en 2015 con once países de Asia-Pacífico -entre los que no estaba China- y que representan el 40% de la economía mundial.

Asimismo, se comprometió a “destrozar” el acuerdo nuclear firmado en 2015 entre Irán y el grupo 5+1 (Estados Unidos, Reino Unido, Rusia, China, Francia y Alemania). Finalmente, sólo se negó a “certificar” que Teherán respeta sus compromisos, a pesar de las garantías de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), y dejó en manos del Congreso la decisión sobre el futuro del acuerdo.

También emprendió nuevas negociaciones sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan) que une desde 1994 a Estados Unidos, Canadá y México.

Pidió también una reforma de la ONU cuya “burocracia” y “mala gestión” es crítica. Washington es el primer financista de las Naciones Unidas.

Llegó a calificar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de “obsoleta”. Luego rectificó y pidió a sus aliados que aumenten sus presupuestos militares. En mayo no dio su apoyo explícito al “artículo 5”, que prevé que los aliados le den su apoyo a uno de sus miembros en caso de agresión exterior.

La Organización Mundial de Comercio también está en su mira. En la reunión del G20 en julio en Hamburgo, el secretario del Tesoro norteamericano, Steven Mnuchin, no descartó renegociar los acuerdos multilaterales que el organismo prevé poner en vigor.

El presidente de la primera potencia mundial ha sido estrictamente coherente con su propuesta de campaña. No es por lo tanto una “excepción” su llegada al poder y las decisiones que tomó. Representa a una mayoría estadounidense que piensa así, que lo apoyó y lo apoya. Es la soledad del gigante, pero una soledad anunciada.

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La soledad del gigante

Previo a la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, los analistas internacionales coincidían en que el mayor “riesgo” de que el magnate ocupara el Poder Ejecutivo de la nación más poderosa del mundo, residía en su impulsiva, y para nada diplomática, manera de entender los acuerdos internacionales y los foros de cooperación en los que Estados Unidos estaba, no sólo presente, sino en muchos casos, como un “garante de la efectividad” de esos organismos.

Y Trump no decepcionó a sus detractores, porque desde que asumió el poder en enero, Washington abandonó o amenazó con dejar varios acuerdos internacionales bajo su política de “Estados Unidos primero”, a la que quizás haya que renombrar bajo un lema más realista: “Estados Unidos, solo”.

La misión estadounidense ante la ONU anunció que ponía fin a su participación en el Pacto Mundial sobre Migración por estimar que incluye “disposiciones que son incompatibles con las políticas” del presidente en materia de inmigración y refugiados.

En setiembre de 2016 los 193 miembros de la Asamblea General de la ONU aprobaron por unanimidad la Declaración de Nueva York para los refugiados y los migrantes, que busca mejorar en el futuro su gestión internacional (acogida, ayudas).

Sobre la base de esta Declaración, el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados fue mandatado para proponer en su informe anual a la Asamblea General en 2018 un Pacto Mundial sobre los Migrantes y Refugiados. Ese pacto debe reposar en dos ejes: definición de un marco de respuestas al problema y un programa de acción.

Estados Unidos anunció el 12 de octubre que se retiraba de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), a la que acusa de ser “anti- israelí”. Conservará el estatus de observador hasta su retiro efectivo a fines de 2018.

El 1º de junio Trump anunció el retiro del acuerdo de París al que llegaron 195 países en 2015, y su intención de buscar “un nuevo acuerdo” mundial sobre cambio climático. Calificó al acuerdo de París de “muy injusto” para su país, aduciendo que permitirá a otras naciones sacar ventaja sobre la industria estadounidense. El retiro efectivo no ocurrirá antes de noviembre de 2020.

Trump reiteró a su país de la Asociación TransPacífico (TPP), firmada en 2015 con once países de Asia-Pacífico -entre los que no estaba China- y que representan el 40% de la economía mundial.

Asimismo, se comprometió a “destrozar” el acuerdo nuclear firmado en 2015 entre Irán y el grupo 5+1 (Estados Unidos, Reino Unido, Rusia, China, Francia y Alemania). Finalmente, sólo se negó a “certificar” que Teherán respeta sus compromisos, a pesar de las garantías de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), y dejó en manos del Congreso la decisión sobre el futuro del acuerdo.

También emprendió nuevas negociaciones sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan) que une desde 1994 a Estados Unidos, Canadá y México.

Pidió también una reforma de la ONU cuya “burocracia” y “mala gestión” es crítica. Washington es el primer financista de las Naciones Unidas.

Llegó a calificar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de “obsoleta”. Luego rectificó y pidió a sus aliados que aumenten sus presupuestos militares. En mayo no dio su apoyo explícito al “artículo 5”, que prevé que los aliados le den su apoyo a uno de sus miembros en caso de agresión exterior.

La Organización Mundial de Comercio también está en su mira. En la reunión del G20 en julio en Hamburgo, el secretario del Tesoro norteamericano, Steven Mnuchin, no descartó renegociar los acuerdos multilaterales que el organismo prevé poner en vigor.

El presidente de la primera potencia mundial ha sido estrictamente coherente con su propuesta de campaña. No es por lo tanto una “excepción” su llegada al poder y las decisiones que tomó. Representa a una mayoría estadounidense que piensa así, que lo apoyó y lo apoya. Es la soledad del gigante, pero una soledad anunciada.

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