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Mina Los Cóndores: camino a la oscuridad (II)

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Mina Los Cóndores: camino a la oscuridad (II)

Por Johnny Díaz

El declive de la mina después de la finalización los grandes conflictos bélicos. Los últimos años y el desmantelamiento. El campamento abandonado se convierte en una atracción turística.  Un recorrido por el nivel cero, con todas sus leyendas y anécdotas. Más de 800 metros de adrenalina pura. Una gran aventura. Los turistas visitan el lugar. (Segunda Parte)

 

Una vez que terminó el conflicto entre Estados Unidos y Corea, en la década del cincuenta, el yacimiento cerró nuevamente. Su destino parecía que estaba sentenciado. En 1965 Sominar -uno de los últimos dueños- le vendió la mina a Casde, una empresa mendocina que la desmanteló llevándose las máquinas. Posteriormente, llegó al campamento una pequeña empresa que la hizo funcionar hasta 1965, con el fin de abastecer al mercado argentino.

 

 

Hugo Ortiz, uno de los encargados de la mina en la actualidad,  habla con preocupación sobre su futuro y el de su familia, “Giménez, uno de los últimos dueños, nos dejó como encargados de todo, llevamos acá más de 20 años, es nuestra responsabilidad de que los turistas recorran el predio, les proveemos barbijos, bolsas de polietileno, (para cubrirse los pies antes de calzarse las botas), casco, linterna y guía. Tienen que pasar por la administración. Visitan el museo, bajan al nivel cero, todo con estrictas normas de seguridad. Se cobra un arancel que en su mayoría es volcado para la compra de insumos o en arreglar el acceso", señaló y agregó: “Giménez se fue y nunca más supimos de él, duele no saber qué va a pasar con nosotros en el futuro”.

 

 

 

 

El grupo de periodistas que recorrió la mina Los Cóndores conoció a los turistas José Riquelme, su señora Cintia y su hijo Valentín,  que venían de Córdoba. Además  estaba la familia Albarenque compuesta por Esteban, su esposa Graciela y su hijo Lucio, que llegaron de Buenos Aires atraídos por el misterio de la famosa mina. También estaba quien sería nuestro guía, Isaac Docman, que hace 17 años se desempeña en la tarea de explicar una y mil veces más todas las historias que encierra el campamento.

 

El sol caía a pleno los 43 grados de calor parecían muchos más, pero faltaba lo más espectacular. Acceder al nivel cero, unos 440 metros hasta donde estaban los ascensores y la oficina donde los mineros fichaban su ingreso a la mina. Todo una aventura, todo nuevo, todo excitante.

 

 

Hay que comenzar a caminar en bajada, pasar por la casa de los ingenieros, el club, el pabellón de los solteros y varios metros más hasta llegar al nivel cero. Allí Docman, cuyo apellido es de origen judío, da las indicaciones, a saber: caminar por el medio de las vías, nunca cerca de la pared de la galería, no sacarse el casco, llevar la linterna en la mano  y escuchar siempre con atención las indicaciones.

 

 

El grupo emprende el viaje por la galería, de unos 440 metros de longitud. Después de caminar por una zona inundada, el agua llega hasta las rodillas. El guía había advertido que eso ocurriría en los primeros tramos. Después de sortear el primer trayecto, casi en línea recta, y caminar sobre terreno seco, aparecen túneles de prueba, como así también depósitos de mineral dejados por los obreros que trabajaron en muy malas condiciones de seguridad.

 

 

En un momento el túnel gira a la izquierda y ya no se observa la luz natural del ingreso, quedando completamente a oscuras. El guía pide apagar las linternas por unos segundos y le dice al grupo que camine a ciegas. “Así se siente un no vidente”, afirmó. Los ojos se van acostumbrando a la falta de luz, aunque se pueden observar los pequeños orificios donde se colocaban los cartuchos de dinamita o los “tiros”.  

 

 

 “Una vez que se colocaban los explosivos, y se encendían la mechas, había que correr. A veces la onda expansiva los golpeaba tan fuerte como las piedras que salían catapultadas como verdaderos disparos de arma de fuego. Según se comenta, murieron más de 260 personas,  muchas de ellas quedaron en la mina, como por ejemplo los 40 rusos cuyos cadáveres nunca pudieron ser sacados.  Por eso buscaban a chilenos, bolivianos, polacos, paraguayos o personas sin documentos, gente que nadie reclamaría. Algunos eran sepultados en Concarán, nunca en la mina”.

 

 

Docman dice que la mina se compone de un túnel vertical y siete galerías horizontales, de unos dos mil metros cada una y varias secundarias de unos 100 metros cada una. Entre un túnel y otro hay unos 50 metros de separación. El nivel cero tiene 440 metros de longitud y va de la boca de la mina hasta donde estaban los ascensores que bajaban a los distintos niveles. Llevaban el personal, y cuando subían traían el mineral. Hoy esos túneles están inundados.

 

 

Poco a poco el grupo se fue adentrando en el viejo corredor. Cada paso era una nueva experiencia. De repente, la galería comenzó a cambiar de color, intensos azules, amarillos dorados, verdes increíbles y un sinfín de colores más aparecieron frente a nosotros. El guía se encargó de aclarar: "Transitamos un trayecto donde la galería va cambiando de colores por la cantidad de mineral existentes".

 

 

El túnel que por momentos  obligaba a caminar semiagachados, se hizo amplio, alto y ancho.  Era señal de que después de haber transitado cientos de metros se estaba llegando al punto final del recorrido. Allí estaba imponente la estructura de hierro y cemento que servía para elevar y bajar los ascensores.

 

 

Se podía contemplar el amplio espacio donde estaban los motores, los equipos de energía eléctrica trifásica, la oficina, el largo caño de escape de los motores de los ascensores. El agua es dueña y señora de la mina: inunda los siete niveles y  más de 16 kilómetros de túneles.

 

 

Había que emprender el regreso. Cada  metro recorrido hacia la superficie dejaba atrás la historia de la mina, cuyo cenit coincidió con los grandes conflictos bélicos del siglo XX.

 

 

 

 

Periodistas y turistas salieron en silencio, felices. Habían vuelto al mundo exterior, tras una aventura cargada de adrenalina y una experiencia inolvidable. Recorrieron lugares abandonados que alguna vez estuvieron llenos de vida y de voces en distintos idiomas. 

 

Afuera nos esperaban anécdotas, como por ejemplo que en el nivel 200, aparecía un hombre sin cabeza, o el famoso caballo blanco que aparecía en la tolva 37, o la de un cactus con forma de hombre que tenía los brazos extendidos como si ofreciera algo. Dicen que lo fotografiaron con celulares y cámaras, pero las fotos nunca salieron. Otros dicen que sobre el denominado Puente del Diablo aparecía una sombra que a todos llamaba por su nombre o que de noche se escuchaban incesantes golpes de martillo cuando todos habían dejado de trabajar. “Vaya uno a saber qué hay de cierto de todo eso. Muchos dicen que son las almas de los 40 rusos muertos en los túneles y que jamás pudieron rescatar”, dicen los lugareños que visitan la mina.

 

 

Afuera otro grupo de turistas pugnaba por saber y conocer., entre ellos los hermanos Molina; Carmen y Osvaldo que se criaron en las calles del campamento. Su padre había llegado en busca de trabajo. Era policía en Villa Dolores, pero la Revolución del ’55 lo dejó sin el sustento diario. Bernardo Leónides Molina, su esposa, y sus ocho hijos; Juan, Carmen, Jesús, Lino, Osvaldo, Benjamín, Félix Cantalicio, y Atilio, emprendieron viaje rumbo a la mina Los Cóndores. Llegaron en busca de trabajo y cuando se puso en la fila de los postulantes, al decir que había sido policía, quedó. Lo fue  por cinco años, su jefe era el comisario León Muñoz.

 

 

Osvaldo recuerda que fue alumno de primero inferior, superior, segundo y tercer grado en la Escuela 416, hasta que su padre se quedó sin trabajo. Se fueron a vivir en la zona y pusieron un bolichito donde comían algunos obreros, casi todos extranjeros.

 

 

 “Acá fuimos muy felices. Acá pasamos nuestra infancia. Había familias enteras, y señalan, allá estaba la cantina de don Sánchez de Concarán. Más acá vivía el señor Ocampo, uno de los cajeros  de la mina. Años después lo encontré como gerente de Galver de San Luis, también recuerdo a Juan Godoy, que trabajó en el Hotel de Turismo de San Luis”.

 

 

Los Molina están radicados en Buenos Aires. Llegaron acompañados de un grupo de amigos, que ansiosos recorrieron la mina y recordaron su infancia en tan agreste lugar.

 

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Mina Los Cóndores: camino a la oscuridad (II)

El declive de la mina después de la finalización los grandes conflictos bélicos. Los últimos años y el desmantelamiento. El campamento abandonado se convierte en una atracción turística.  Un recorrido por el nivel cero, con todas sus leyendas y anécdotas. Más de 800 metros de adrenalina pura. Una gran aventura. Los turistas visitan el lugar. (Segunda Parte)

Los Molina. Los hermanos Carmen y Osvaldo vivieron su infancia en el campamento minero. Su padre era policía.

 

Una vez que terminó el conflicto entre Estados Unidos y Corea, en la década del cincuenta, el yacimiento cerró nuevamente. Su destino parecía que estaba sentenciado. En 1965 Sominar -uno de los últimos dueños- le vendió la mina a Casde, una empresa mendocina que la desmanteló llevándose las máquinas. Posteriormente, llegó al campamento una pequeña empresa que la hizo funcionar hasta 1965, con el fin de abastecer al mercado argentino.

 

 

Hugo Ortiz, uno de los encargados de la mina en la actualidad,  habla con preocupación sobre su futuro y el de su familia, “Giménez, uno de los últimos dueños, nos dejó como encargados de todo, llevamos acá más de 20 años, es nuestra responsabilidad de que los turistas recorran el predio, les proveemos barbijos, bolsas de polietileno, (para cubrirse los pies antes de calzarse las botas), casco, linterna y guía. Tienen que pasar por la administración. Visitan el museo, bajan al nivel cero, todo con estrictas normas de seguridad. Se cobra un arancel que en su mayoría es volcado para la compra de insumos o en arreglar el acceso", señaló y agregó: “Giménez se fue y nunca más supimos de él, duele no saber qué va a pasar con nosotros en el futuro”.

 

 

 

 

El grupo de periodistas que recorrió la mina Los Cóndores conoció a los turistas José Riquelme, su señora Cintia y su hijo Valentín,  que venían de Córdoba. Además  estaba la familia Albarenque compuesta por Esteban, su esposa Graciela y su hijo Lucio, que llegaron de Buenos Aires atraídos por el misterio de la famosa mina. También estaba quien sería nuestro guía, Isaac Docman, que hace 17 años se desempeña en la tarea de explicar una y mil veces más todas las historias que encierra el campamento.

 

El sol caía a pleno los 43 grados de calor parecían muchos más, pero faltaba lo más espectacular. Acceder al nivel cero, unos 440 metros hasta donde estaban los ascensores y la oficina donde los mineros fichaban su ingreso a la mina. Todo una aventura, todo nuevo, todo excitante.

 

 

Hay que comenzar a caminar en bajada, pasar por la casa de los ingenieros, el club, el pabellón de los solteros y varios metros más hasta llegar al nivel cero. Allí Docman, cuyo apellido es de origen judío, da las indicaciones, a saber: caminar por el medio de las vías, nunca cerca de la pared de la galería, no sacarse el casco, llevar la linterna en la mano  y escuchar siempre con atención las indicaciones.

 

 

El grupo emprende el viaje por la galería, de unos 440 metros de longitud. Después de caminar por una zona inundada, el agua llega hasta las rodillas. El guía había advertido que eso ocurriría en los primeros tramos. Después de sortear el primer trayecto, casi en línea recta, y caminar sobre terreno seco, aparecen túneles de prueba, como así también depósitos de mineral dejados por los obreros que trabajaron en muy malas condiciones de seguridad.

 

 

En un momento el túnel gira a la izquierda y ya no se observa la luz natural del ingreso, quedando completamente a oscuras. El guía pide apagar las linternas por unos segundos y le dice al grupo que camine a ciegas. “Así se siente un no vidente”, afirmó. Los ojos se van acostumbrando a la falta de luz, aunque se pueden observar los pequeños orificios donde se colocaban los cartuchos de dinamita o los “tiros”.  

 

 

 “Una vez que se colocaban los explosivos, y se encendían la mechas, había que correr. A veces la onda expansiva los golpeaba tan fuerte como las piedras que salían catapultadas como verdaderos disparos de arma de fuego. Según se comenta, murieron más de 260 personas,  muchas de ellas quedaron en la mina, como por ejemplo los 40 rusos cuyos cadáveres nunca pudieron ser sacados.  Por eso buscaban a chilenos, bolivianos, polacos, paraguayos o personas sin documentos, gente que nadie reclamaría. Algunos eran sepultados en Concarán, nunca en la mina”.

 

 

Docman dice que la mina se compone de un túnel vertical y siete galerías horizontales, de unos dos mil metros cada una y varias secundarias de unos 100 metros cada una. Entre un túnel y otro hay unos 50 metros de separación. El nivel cero tiene 440 metros de longitud y va de la boca de la mina hasta donde estaban los ascensores que bajaban a los distintos niveles. Llevaban el personal, y cuando subían traían el mineral. Hoy esos túneles están inundados.

 

 

Poco a poco el grupo se fue adentrando en el viejo corredor. Cada paso era una nueva experiencia. De repente, la galería comenzó a cambiar de color, intensos azules, amarillos dorados, verdes increíbles y un sinfín de colores más aparecieron frente a nosotros. El guía se encargó de aclarar: "Transitamos un trayecto donde la galería va cambiando de colores por la cantidad de mineral existentes".

 

 

El túnel que por momentos  obligaba a caminar semiagachados, se hizo amplio, alto y ancho.  Era señal de que después de haber transitado cientos de metros se estaba llegando al punto final del recorrido. Allí estaba imponente la estructura de hierro y cemento que servía para elevar y bajar los ascensores.

 

 

Se podía contemplar el amplio espacio donde estaban los motores, los equipos de energía eléctrica trifásica, la oficina, el largo caño de escape de los motores de los ascensores. El agua es dueña y señora de la mina: inunda los siete niveles y  más de 16 kilómetros de túneles.

 

 

Había que emprender el regreso. Cada  metro recorrido hacia la superficie dejaba atrás la historia de la mina, cuyo cenit coincidió con los grandes conflictos bélicos del siglo XX.

 

 

 

 

Periodistas y turistas salieron en silencio, felices. Habían vuelto al mundo exterior, tras una aventura cargada de adrenalina y una experiencia inolvidable. Recorrieron lugares abandonados que alguna vez estuvieron llenos de vida y de voces en distintos idiomas. 

 

Afuera nos esperaban anécdotas, como por ejemplo que en el nivel 200, aparecía un hombre sin cabeza, o el famoso caballo blanco que aparecía en la tolva 37, o la de un cactus con forma de hombre que tenía los brazos extendidos como si ofreciera algo. Dicen que lo fotografiaron con celulares y cámaras, pero las fotos nunca salieron. Otros dicen que sobre el denominado Puente del Diablo aparecía una sombra que a todos llamaba por su nombre o que de noche se escuchaban incesantes golpes de martillo cuando todos habían dejado de trabajar. “Vaya uno a saber qué hay de cierto de todo eso. Muchos dicen que son las almas de los 40 rusos muertos en los túneles y que jamás pudieron rescatar”, dicen los lugareños que visitan la mina.

 

 

Afuera otro grupo de turistas pugnaba por saber y conocer., entre ellos los hermanos Molina; Carmen y Osvaldo que se criaron en las calles del campamento. Su padre había llegado en busca de trabajo. Era policía en Villa Dolores, pero la Revolución del ’55 lo dejó sin el sustento diario. Bernardo Leónides Molina, su esposa, y sus ocho hijos; Juan, Carmen, Jesús, Lino, Osvaldo, Benjamín, Félix Cantalicio, y Atilio, emprendieron viaje rumbo a la mina Los Cóndores. Llegaron en busca de trabajo y cuando se puso en la fila de los postulantes, al decir que había sido policía, quedó. Lo fue  por cinco años, su jefe era el comisario León Muñoz.

 

 

Osvaldo recuerda que fue alumno de primero inferior, superior, segundo y tercer grado en la Escuela 416, hasta que su padre se quedó sin trabajo. Se fueron a vivir en la zona y pusieron un bolichito donde comían algunos obreros, casi todos extranjeros.

 

 

 “Acá fuimos muy felices. Acá pasamos nuestra infancia. Había familias enteras, y señalan, allá estaba la cantina de don Sánchez de Concarán. Más acá vivía el señor Ocampo, uno de los cajeros  de la mina. Años después lo encontré como gerente de Galver de San Luis, también recuerdo a Juan Godoy, que trabajó en el Hotel de Turismo de San Luis”.

 

 

Los Molina están radicados en Buenos Aires. Llegaron acompañados de un grupo de amigos, que ansiosos recorrieron la mina y recordaron su infancia en tan agreste lugar.

 

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