eldiariodelarepublica.com
Aliar la producción agropecuaria a la bioenergía

Escuchanos EN VIVO!

Escuchanos EN VIVO!
X

Aliar la producción agropecuaria a la bioenergía

Por Carlos Etchepare – columnista


Conocida la nueva situación del mercado mundial de granos, en el cual la oferta viene abasteciendo por encima de las necesidades de la demanda con el efecto lógico sobre los precios; y la nueva realidad de nuestro país en la cual la política aplicada al sector ha tenido un giro positivo, es imprescindible insistir en la necesidad de generar condiciones que permitan agregar valor a nuestros productos primarios.


Esta aseveración es particularmente aplicable para las producciones que se encuentran lejos de los centros de consumo y que necesitan agregar valor en origen. La producción de energía sigue siendo una de las alternativas más viables para canalizar esta nueva situación global.



Situación energética argentina


El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) presentó un excelente informe sobre la potencialidad de la Argentina como productor de bioenergía. Fue realizada por los ingenieros Méndez, Sosa, Bragachini y Mathier; y la resumimos en las líneas siguientes.


Nuestro país presenta una marcada dependencia de los combustibles fósiles (petróleo, carbón y gas natural), que representan alrededor del 86,5% de la matriz energética primaria nacional. De estos combustibles el gas natural representa el 52,4%.


En lo que respecta a la matriz secundaria, la oferta interna también se encuentra dominada por los combustibles fósiles. Los biocombustibles aportan, en el caso del bioetanol, un 0,4%; y del biodiésel un 2,8% de la oferta total y 1,2% de la oferta interna. Esto último demuestra que todo el etanol producido se consume en el mercado interno para el corte de naftas, en cambio en el caso del biodiésel una gran parte se exporta y el resto se consume para el corte de gasoil.


Además, la balanza comercial energética del país desde 2010-2011 es negativa (importaciones mayores a exportaciones), alcanzando en el año 2015 un déficit de alrededor de 5.000 millones de dólares, con un gran costo y fuga de divisas para el país.


Por otro lado, las redes de transporte y distribución de energía eléctrica no se encuentran homogéneamente dispuestas, con lo cual existen zonas del país sin acceso o con uno de menor calidad.


En lo que respecta a la distribución de gas natural a nivel nacional, al igual que para el caso de la energía eléctrica existen grandes sectores del país que carecen de una red de distribución que permita acceder a este tipo de energía.


Resumiendo, nuestro país energéticamente posee una alta dependencia de recursos fósiles, que parte de ellos son adquiridos en el mercado externo y con una distribución muy poco federal.



Potencial de la bioenergía


A nivel mundial, anualmente se producen 200.000 millones de toneladas de materia orgánica seca, con un contenido calórico equivalente a 68.000 millones de TEP (toneladas equivalentes de petróleo) (Castellanos, P. 2005). Esta valorización energética equivale a cinco veces la demanda energética mundial. A pesar de esto, su enorme dispersión hace que sólo se aproveche una mínima parte.


Entre las formas de biomasa más importantes para su aprovechamiento energético se destacan los cultivos (maíz, sorgo, remolacha azucarera, soja, colza) y los residuos (agrícolas, forestales, ganaderos, urbanos, agroindustriales).


En este contexto, Argentina cuenta con una gran superficie agrícola (36,8 millones de hectáreas), con una producción de granos que supera los 100 millones de toneladas. Un 85-90% de los granos que se producen se exportan como commodities (o con una muy pobre industrialización), generalmente a un bajo valor por tonelada si lo comparamos con los bienes que importamos.


Este crecimiento de la superficie destinada a la agricultura se produjo en alguna medida como consecuencia, entre otros factores, de la liberación de tierras por parte de la actividad pecuaria, fundamentalmente la bovina, pasando ésta, en numerosos casos, a sistemas más intensificados en los cuales se aumenta considerablemente el grado de confinamiento.


Esto trae aparejado la aparición de nuevos problemas debido fundamentalmente a la concentración de animales en menor superficie, entre los cuales se destaca la generación de una mayor cantidad de efluentes que si no son adecuadamente tratados pueden ocasionar contaminación ambiental.


Los técnicos del INTA hacen mención a que por otro lado en numerosos territorios contamos con una agroindustria (industrias lácteas, frigoríficos, etc.) que genera, luego de su proceso industrial, una serie de residuos que en muchos casos no son debidamente gestionados y se liberan al medio, ocasionando serios problemas de contaminación ambiental. O no se han valorizado desde el punto de vista energético (industrias forestales, del maní, etc.). Se los subestima y se los trata como un residuo que "molesta”. Llevando el problema a zonas urbanas podemos afirmar que en general en cada ciudad, pueblo o localidad el tema de los residuos sólidos urbanos es realmente un problema serio y que, en general, en cada gestión de gobierno de estas comunidades no se trata en profundidad, tomando medidas transitorias como “para pasar el momento”. No se hace un plan ordenado y duradero en el tiempo como para dar una solución definitiva a este grave problema.


A esta altura y atendiendo a las tecnologías que hacen uso de las distintas biomasas (cultivos energéticos, residuos urbanos, pecuarios y agroindustriales) que se utilizan en otras partes del mundo -y que en nuestro país tímidamente están apareciendo para la producción de bioenergía distribuida- cabe preguntarse: ¿qué estamos haciendo?


Tenemos una mala o no apropiada distribución de las redes de energía y un déficit económico significativo al tener que importar energía del exterior, limitando a numerosas regiones a no poder acceder a procesos agroindustriales o, peor aún, a no disponer de determinados parámetros que influyen sobre la calidad de vida de sus habitantes.


Por otro lado tenemos los recursos (que los vendemos sin ningún agregado de valor o los subestimamos ocasionando en numerosos casos problemas ambientales) y la tecnología para generarla en Argentina. Y además, algo no menor, esta generación de energía a nivel de la región, demanda y/o genera una gran cantidad de puestos de trabajo.


Es claro que el potencial con el que cuenta nuestro país en materia de generación de energías renovables y fundamentalmente bioenergía es elevado y tiene un futuro muy prometedor. Y más teniendo en cuenta el compromiso propuesto por Argentina en la COP21 en diciembre de 2015 de reducir las emisiones en un 15% comparado con el escenario BAU2030 (siempre continuando con las tendencias actuales); y por otro lado, un objetivo condicionado de incrementar esta reducción en un 15% adicional con ayuda internacional. Es decir, el primer objetivo es uno que la Argentina se compromete firmemente a emprender.


El segundo depende de variables fuera de su control, que aspirarán a fijar como oportunidades, por ejemplo de financiamiento externo y ayuda internacional para la innovación.  A nivel mundial se pierde o desperdicia un tercio de los alimentos producidos (alrededor de 1.300 millones de toneladas anuales) que se producen y no llegan a ser consumidos por un ser humano. Esto representa una oportunidad no utilizada para alimentar a una población creciente y trae aparejado un desperdicio de energía, nutrientes y agua utilizados en la producción de estos alimentos que no llegan al consumidor o se desperdician. Por eso se deben considerar 3 áreas temáticas:


1) Eficiencia energética.


2) Diversificación energética a través de las energías renovables.


3) Mejora del acceso a la energía y de la seguridad alimentaria mediante la integración de la producción alimentaria y la bioenergía.


“Sin acceso a la electricidad y a fuentes de energía sostenibles, las comunidades tienen pocas posibilidades de alcanzar la seguridad alimentaria, y ninguna oportunidad de asegurar medios de vida productivos que puedan sacarles de la pobreza”, dice la FAO.


La bioenergía como fuente de provisión de energía para la producción de alimentos será un ingrediente de agregado de valor de relevancia que limitará la competitividad de los productos agroindustrializados. Un razonamiento lógico indica que la dirección va hacia una agroindustria energéticamente inteligente, basada en una bioenergía eficazmente distribuida, que considera el cambio climático, los mercados, balanza comercial energética, huella de carbono, huella hídrica, normativa y marco legal, financiamiento, inversiones en temas referidos a la distribución e investigación, que en su conjunto promueven el desarrollo territorial.


Para lograr un sistema sustentable, los nutrientes que contiene la biomasa utilizada para la generación de bioenergía deberían ser restituidos a los lotes de producción de los que fueron extraídos (digerido, biochar, otros) para ser utilizados nuevamente por los cultivos. Ejemplos de generación de bioenergía y alimento son la industria del bioetanol de maíz, donde se genera un subproducto (burlanda) que es utilizado como ingrediente en dietas de consumo animal para producción de carne o leche; o la industria del biodiésel a partir de grano de soja, del cual se extrae aceite para producción del biocombustible y expeller o harina de soja que, al igual que la burlanda, se utiliza para consumo animal.



La bioenergía es vital para el agregado de valor en origen


Ante la creciente necesidad de agregar valor a la producción agropecuaria en origen con la integración vertical del productor agropecuario en forma asociativa, incrementando su competitividad y favoreciendo el desarrollo local (INTA viene trabajando en eso desde el año 2007) requiere de la disponibilidad de energía en cantidad y calidad, la cual en algunos casos escasea actualmente en la zona requerida por la agroindustria. En estas situaciones la bioenergía adquiere un rol importante como una de las alternativas para suplir esta demanda o, al menos, parte de ella; ya que donde estén disponibles los recursos tierra, agua y luz se puede generar biomasa potencialmente transformable en un biocombustible sólido, líquido o gaseoso, que a la vez pueden ser transformados en energía eléctrica, térmica (calor o frío) y/o mecánica. Es necesario hacer un relevamiento de la provisión de energía eléctrica, gas y otras fuentes en cuanto a cantidad y calidad para establecer un programa de desarrollo energético que será fundamental para el agregado de valor en origen. Sin energía no es posible ningún tipo de crecimiento agroindustrial ni desarrollo social.


Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
TAGS
COMENTARIOS

Aliar la producción agropecuaria a la bioenergía


Conocida la nueva situación del mercado mundial de granos, en el cual la oferta viene abasteciendo por encima de las necesidades de la demanda con el efecto lógico sobre los precios; y la nueva realidad de nuestro país en la cual la política aplicada al sector ha tenido un giro positivo, es imprescindible insistir en la necesidad de generar condiciones que permitan agregar valor a nuestros productos primarios.


Esta aseveración es particularmente aplicable para las producciones que se encuentran lejos de los centros de consumo y que necesitan agregar valor en origen. La producción de energía sigue siendo una de las alternativas más viables para canalizar esta nueva situación global.



Situación energética argentina


El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) presentó un excelente informe sobre la potencialidad de la Argentina como productor de bioenergía. Fue realizada por los ingenieros Méndez, Sosa, Bragachini y Mathier; y la resumimos en las líneas siguientes.


Nuestro país presenta una marcada dependencia de los combustibles fósiles (petróleo, carbón y gas natural), que representan alrededor del 86,5% de la matriz energética primaria nacional. De estos combustibles el gas natural representa el 52,4%.


En lo que respecta a la matriz secundaria, la oferta interna también se encuentra dominada por los combustibles fósiles. Los biocombustibles aportan, en el caso del bioetanol, un 0,4%; y del biodiésel un 2,8% de la oferta total y 1,2% de la oferta interna. Esto último demuestra que todo el etanol producido se consume en el mercado interno para el corte de naftas, en cambio en el caso del biodiésel una gran parte se exporta y el resto se consume para el corte de gasoil.


Además, la balanza comercial energética del país desde 2010-2011 es negativa (importaciones mayores a exportaciones), alcanzando en el año 2015 un déficit de alrededor de 5.000 millones de dólares, con un gran costo y fuga de divisas para el país.


Por otro lado, las redes de transporte y distribución de energía eléctrica no se encuentran homogéneamente dispuestas, con lo cual existen zonas del país sin acceso o con uno de menor calidad.


En lo que respecta a la distribución de gas natural a nivel nacional, al igual que para el caso de la energía eléctrica existen grandes sectores del país que carecen de una red de distribución que permita acceder a este tipo de energía.


Resumiendo, nuestro país energéticamente posee una alta dependencia de recursos fósiles, que parte de ellos son adquiridos en el mercado externo y con una distribución muy poco federal.



Potencial de la bioenergía


A nivel mundial, anualmente se producen 200.000 millones de toneladas de materia orgánica seca, con un contenido calórico equivalente a 68.000 millones de TEP (toneladas equivalentes de petróleo) (Castellanos, P. 2005). Esta valorización energética equivale a cinco veces la demanda energética mundial. A pesar de esto, su enorme dispersión hace que sólo se aproveche una mínima parte.


Entre las formas de biomasa más importantes para su aprovechamiento energético se destacan los cultivos (maíz, sorgo, remolacha azucarera, soja, colza) y los residuos (agrícolas, forestales, ganaderos, urbanos, agroindustriales).


En este contexto, Argentina cuenta con una gran superficie agrícola (36,8 millones de hectáreas), con una producción de granos que supera los 100 millones de toneladas. Un 85-90% de los granos que se producen se exportan como commodities (o con una muy pobre industrialización), generalmente a un bajo valor por tonelada si lo comparamos con los bienes que importamos.


Este crecimiento de la superficie destinada a la agricultura se produjo en alguna medida como consecuencia, entre otros factores, de la liberación de tierras por parte de la actividad pecuaria, fundamentalmente la bovina, pasando ésta, en numerosos casos, a sistemas más intensificados en los cuales se aumenta considerablemente el grado de confinamiento.


Esto trae aparejado la aparición de nuevos problemas debido fundamentalmente a la concentración de animales en menor superficie, entre los cuales se destaca la generación de una mayor cantidad de efluentes que si no son adecuadamente tratados pueden ocasionar contaminación ambiental.


Los técnicos del INTA hacen mención a que por otro lado en numerosos territorios contamos con una agroindustria (industrias lácteas, frigoríficos, etc.) que genera, luego de su proceso industrial, una serie de residuos que en muchos casos no son debidamente gestionados y se liberan al medio, ocasionando serios problemas de contaminación ambiental. O no se han valorizado desde el punto de vista energético (industrias forestales, del maní, etc.). Se los subestima y se los trata como un residuo que "molesta”. Llevando el problema a zonas urbanas podemos afirmar que en general en cada ciudad, pueblo o localidad el tema de los residuos sólidos urbanos es realmente un problema serio y que, en general, en cada gestión de gobierno de estas comunidades no se trata en profundidad, tomando medidas transitorias como “para pasar el momento”. No se hace un plan ordenado y duradero en el tiempo como para dar una solución definitiva a este grave problema.


A esta altura y atendiendo a las tecnologías que hacen uso de las distintas biomasas (cultivos energéticos, residuos urbanos, pecuarios y agroindustriales) que se utilizan en otras partes del mundo -y que en nuestro país tímidamente están apareciendo para la producción de bioenergía distribuida- cabe preguntarse: ¿qué estamos haciendo?


Tenemos una mala o no apropiada distribución de las redes de energía y un déficit económico significativo al tener que importar energía del exterior, limitando a numerosas regiones a no poder acceder a procesos agroindustriales o, peor aún, a no disponer de determinados parámetros que influyen sobre la calidad de vida de sus habitantes.


Por otro lado tenemos los recursos (que los vendemos sin ningún agregado de valor o los subestimamos ocasionando en numerosos casos problemas ambientales) y la tecnología para generarla en Argentina. Y además, algo no menor, esta generación de energía a nivel de la región, demanda y/o genera una gran cantidad de puestos de trabajo.


Es claro que el potencial con el que cuenta nuestro país en materia de generación de energías renovables y fundamentalmente bioenergía es elevado y tiene un futuro muy prometedor. Y más teniendo en cuenta el compromiso propuesto por Argentina en la COP21 en diciembre de 2015 de reducir las emisiones en un 15% comparado con el escenario BAU2030 (siempre continuando con las tendencias actuales); y por otro lado, un objetivo condicionado de incrementar esta reducción en un 15% adicional con ayuda internacional. Es decir, el primer objetivo es uno que la Argentina se compromete firmemente a emprender.


El segundo depende de variables fuera de su control, que aspirarán a fijar como oportunidades, por ejemplo de financiamiento externo y ayuda internacional para la innovación.  A nivel mundial se pierde o desperdicia un tercio de los alimentos producidos (alrededor de 1.300 millones de toneladas anuales) que se producen y no llegan a ser consumidos por un ser humano. Esto representa una oportunidad no utilizada para alimentar a una población creciente y trae aparejado un desperdicio de energía, nutrientes y agua utilizados en la producción de estos alimentos que no llegan al consumidor o se desperdician. Por eso se deben considerar 3 áreas temáticas:


1) Eficiencia energética.


2) Diversificación energética a través de las energías renovables.


3) Mejora del acceso a la energía y de la seguridad alimentaria mediante la integración de la producción alimentaria y la bioenergía.


“Sin acceso a la electricidad y a fuentes de energía sostenibles, las comunidades tienen pocas posibilidades de alcanzar la seguridad alimentaria, y ninguna oportunidad de asegurar medios de vida productivos que puedan sacarles de la pobreza”, dice la FAO.


La bioenergía como fuente de provisión de energía para la producción de alimentos será un ingrediente de agregado de valor de relevancia que limitará la competitividad de los productos agroindustrializados. Un razonamiento lógico indica que la dirección va hacia una agroindustria energéticamente inteligente, basada en una bioenergía eficazmente distribuida, que considera el cambio climático, los mercados, balanza comercial energética, huella de carbono, huella hídrica, normativa y marco legal, financiamiento, inversiones en temas referidos a la distribución e investigación, que en su conjunto promueven el desarrollo territorial.


Para lograr un sistema sustentable, los nutrientes que contiene la biomasa utilizada para la generación de bioenergía deberían ser restituidos a los lotes de producción de los que fueron extraídos (digerido, biochar, otros) para ser utilizados nuevamente por los cultivos. Ejemplos de generación de bioenergía y alimento son la industria del bioetanol de maíz, donde se genera un subproducto (burlanda) que es utilizado como ingrediente en dietas de consumo animal para producción de carne o leche; o la industria del biodiésel a partir de grano de soja, del cual se extrae aceite para producción del biocombustible y expeller o harina de soja que, al igual que la burlanda, se utiliza para consumo animal.



La bioenergía es vital para el agregado de valor en origen


Ante la creciente necesidad de agregar valor a la producción agropecuaria en origen con la integración vertical del productor agropecuario en forma asociativa, incrementando su competitividad y favoreciendo el desarrollo local (INTA viene trabajando en eso desde el año 2007) requiere de la disponibilidad de energía en cantidad y calidad, la cual en algunos casos escasea actualmente en la zona requerida por la agroindustria. En estas situaciones la bioenergía adquiere un rol importante como una de las alternativas para suplir esta demanda o, al menos, parte de ella; ya que donde estén disponibles los recursos tierra, agua y luz se puede generar biomasa potencialmente transformable en un biocombustible sólido, líquido o gaseoso, que a la vez pueden ser transformados en energía eléctrica, térmica (calor o frío) y/o mecánica. Es necesario hacer un relevamiento de la provisión de energía eléctrica, gas y otras fuentes en cuanto a cantidad y calidad para establecer un programa de desarrollo energético que será fundamental para el agregado de valor en origen. Sin energía no es posible ningún tipo de crecimiento agroindustrial ni desarrollo social.


Logín