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Un cambio de mentalidad

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Un cambio de mentalidad


El Merlo que vivió Antonio Esteban Agüero es un pueblo que yo no existe. No tenía el desarrollo turístico de ahora ni la población tenía el acento aporteñado que se escucha en las calles ahora.


Por aquel entonces, la localidad era un rectángulo de seis cuadras por cinco que terminaba en la llamada “iglesia vieja” y que contenía a unos 1.400 habitantes.


El parque automotor no tenía más de 50 unidades, por lo que los niños podían andar por las calles de tierra sin temor. El sulky, el caballo y algunas bicicletas componían los vehículos que los habitantes dejaban estacionados en los alrededores de la plaza principal.


En aquellos años la población merlina vivía bajo la sombra de Santa Rosa del Conlara, cabecera de departamento y sede de bancos, instituciones, comercios, escuelas a las que muchos merlinos iban.


Por supuesto que el mayor empuje que recibió Santa Rosa fue el ferrocarril, un medio de transporte que Merlo no recibió.


Pero también hay otros aspectos que diferencian a la sociedad merlina de los 60 a la actual. Ricardo Torres, médico forense, nacido en Merlo, amigo y admirador de Agüero, contó una anécdota que pinta al merlino de aquellos años.


“Un empresario de Buenos Aires quería comprar un campo que pertenecía a un hombre de apellido Cuello. Eran varias hectáreas, desde la calle hasta el filo de la tierra”.


Como tenía contacto con el interesado, Torres le acercó a Cuello la oferta de un terreno que hoy cuesta una verdadera fortuna. “¿Pero qué puede costar este campo, si es todo paja y piedra?”, le respondió el propietario, desprevenido del desarrollo posterior.


Por entonces, la mayor actividad laboral del pueblo eran las minas. Ahora, cualquier merlino no tiene más que dedicarse a un emprendimiento turístico o gastronómico.


La instalación del casino fue un hito fundamental para el cambio de mentalidad. Impulsado por Julio Falco, por entonces diputado provincial, el proyecto era tan ambicioso que algunos empezaron a llamar al pueblo “Las Vegas” del interior. “En algún momento se corrió el rumor que el casino de Merlo era de Frank Sinatra, pero no es cierto”, dijo un viejo vecino.


El boom definitivo de la localidad empezó a mediados de los 70 gracias a Pepe Mercau, un ilustre vecino que desarrolló la teoría del tercer microclima del mundo. "Cheo" Mercau, hijo de Pepe, recordó que la profesión de meteorólogo de su padre lo llevó a mostrar a los Comechingones como una especie de purificador de los vientos fríos y cálidos y, por ende, a mejorar la ionización del aire.


Pepe no se quedó quieto con su plan de hacer de Merlo una plaza turística de nivel nacional. Se hizo amigo de Luis Landriscina que por entonces tenía su clásico radial “Tomando mate con Landiscina” y usó ese programa para hacer una columna semanal sobre las bondades de la localidad.


A partir de entonces, el pueblo dejó de tener mentalidad de tal y fue testigo de un crecimiento inusitado que ni en las invenciones más fantásticas de Agüero sería posible encontrar.


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Un cambio de mentalidad


El Merlo que vivió Antonio Esteban Agüero es un pueblo que yo no existe. No tenía el desarrollo turístico de ahora ni la población tenía el acento aporteñado que se escucha en las calles ahora.


Por aquel entonces, la localidad era un rectángulo de seis cuadras por cinco que terminaba en la llamada “iglesia vieja” y que contenía a unos 1.400 habitantes.


El parque automotor no tenía más de 50 unidades, por lo que los niños podían andar por las calles de tierra sin temor. El sulky, el caballo y algunas bicicletas componían los vehículos que los habitantes dejaban estacionados en los alrededores de la plaza principal.


En aquellos años la población merlina vivía bajo la sombra de Santa Rosa del Conlara, cabecera de departamento y sede de bancos, instituciones, comercios, escuelas a las que muchos merlinos iban.


Por supuesto que el mayor empuje que recibió Santa Rosa fue el ferrocarril, un medio de transporte que Merlo no recibió.


Pero también hay otros aspectos que diferencian a la sociedad merlina de los 60 a la actual. Ricardo Torres, médico forense, nacido en Merlo, amigo y admirador de Agüero, contó una anécdota que pinta al merlino de aquellos años.


“Un empresario de Buenos Aires quería comprar un campo que pertenecía a un hombre de apellido Cuello. Eran varias hectáreas, desde la calle hasta el filo de la tierra”.


Como tenía contacto con el interesado, Torres le acercó a Cuello la oferta de un terreno que hoy cuesta una verdadera fortuna. “¿Pero qué puede costar este campo, si es todo paja y piedra?”, le respondió el propietario, desprevenido del desarrollo posterior.


Por entonces, la mayor actividad laboral del pueblo eran las minas. Ahora, cualquier merlino no tiene más que dedicarse a un emprendimiento turístico o gastronómico.


La instalación del casino fue un hito fundamental para el cambio de mentalidad. Impulsado por Julio Falco, por entonces diputado provincial, el proyecto era tan ambicioso que algunos empezaron a llamar al pueblo “Las Vegas” del interior. “En algún momento se corrió el rumor que el casino de Merlo era de Frank Sinatra, pero no es cierto”, dijo un viejo vecino.


El boom definitivo de la localidad empezó a mediados de los 70 gracias a Pepe Mercau, un ilustre vecino que desarrolló la teoría del tercer microclima del mundo. "Cheo" Mercau, hijo de Pepe, recordó que la profesión de meteorólogo de su padre lo llevó a mostrar a los Comechingones como una especie de purificador de los vientos fríos y cálidos y, por ende, a mejorar la ionización del aire.


Pepe no se quedó quieto con su plan de hacer de Merlo una plaza turística de nivel nacional. Se hizo amigo de Luis Landriscina que por entonces tenía su clásico radial “Tomando mate con Landiscina” y usó ese programa para hacer una columna semanal sobre las bondades de la localidad.


A partir de entonces, el pueblo dejó de tener mentalidad de tal y fue testigo de un crecimiento inusitado que ni en las invenciones más fantásticas de Agüero sería posible encontrar.


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