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Cuanto más datos haya, mejores serán los rindes

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Cuanto más datos haya, mejores serán los rindes

La tecnología avanza con rapidez. Cada vez más productores usan mapeos de suelos, curvas de nivel y toda información útil para bajar costos y cosechar más.

La agricultura de precisión sumó una herramienta muy poderosa para producir de manera sustentable, cuidar los suelos, mejorar los rindes y evitar gastos superfluos. Un combo que en épocas de márgenes ajustadísimos, como la actual, le permite a los productores planificar con más tranquilidad una campaña, basados en datos certeros y administrando los recursos de manera racional, otorgando a cada sector del campo sólo lo que requiere, con la certeza de cuál va a ser la respuesta a la hora de la cosecha y la comercialización.

Cada vez más agricultores de San Luis agregan esta cuota de saber científico a sus cultivos, muchas veces influenciados por los asesores agrónomos que se encargan de sus campos. Además, luego de la cosecha, asisten a una reunión con la empresa que les acercó la agricultura de precisión, en la que les informan los rindes por lotes, los mapeos de ambiente y las prescripciones aconsejables de acuerdo a las investigaciones realizadas durante todo el período productivo.

La revista El Campo tuvo la oportunidad, gracias a la gentileza del ingeniero Ramiro Goncálvez, de participar de una reunión con dos productores que confían en sus servicios y pagaron el aporte de tecnología que realizó la empresa cordobesa A&T, que está establecida desde 1998 en Río Cuarto y de a poco va extendiendo su área de influencia dentro de San Luis. A&T realizó con ellos un pormenorizado análisis de la campaña gruesa 2016/2017, tanto en maíz como en soja, destacando los aspectos positivos respecto de años anteriores y los detalles que aún habría que mejorar para seguir creciendo en cuanto a rindes y márgenes brutos de ganancia. Aunque los números de esta primera campaña juntos arrojaron un saldo más que positivo.

Los involucrados, sobre los que en estas páginas no daremos los datos personales porque no son el motivo de la nota y además para resguardar su privacidad, tienen campos en la zona de Barranquitas, en la productiva zona serrana entre El Volcán y El Trapiche, y en las alturas de La Petra, sobre la autopista 20 que conduce desde Cuatro Esquinas a Saladillo, otra zona que con tecnología y buenas prácticas agrícolas demostró ser muy buena para el desarrollo del maíz y la soja, además de contener hacienda bovina de excelente genética.

De la reunión, que condujeron Martín Artigue y Federico Espina por la empresa cordobesa que provee el servicio, también participaron Alberto y Javier Balari, padre e hijo dueños de una empresa que provee sembradoras y voleadoras de precisión con equipos variables, partícipes necesarios de esta verdadera "revolución" que vive el campo. Ellos vieron ya hace años el negocio que implicaba modernizarse y brindar maquinaria con tecnología de punta para mejorar los rindes. Hicieron una importante inversión para comprar tres sembradoras nuevas, que trabajan a partir de datos georeferenciados para mejorar las condiciones de implantación y distinguir entre las parcelas más productivas  y las que no lo son tanto.

“Nosotros tenemos desde hace varios años experiencia en agricultura de precisión en otras zonas, distintas a San Luis, por lo que también vamos aprendiendo sobre la marcha”, advirtió Artigue en la presentación de parte de la empresa A&T, que por primera vez trabajó en los campos de San Luis, acercados por consejo de Goncálvez a los productores.

El técnico, que es ingeniero agrónomo, explicó que son necesarios los mapas de rendimiento, los de ambiente y las curvas de nivel para comenzar a trabajar. “Todo se ve por Google Heart, es de fácil acceso”, advirtió, al tiempo que dijo que “en San Luis tiene un alto peso la altimetría, porque hay muchas diferencias de altura debido a la topografía serrana. Hay zonas malas, como las crestas de loma, y otras buenas, que casi siempre coinciden con los bajos”.

La implementación de los procesos de agricultura de precisión incluye varios pasos. El primero es la recopilación y el ordenamiento de la información geográfica. Los métodos más eficientes de implementación de manejo variable de insumos tienen como punto de partida la conformación de una base de datos digital y georeferenciada de los campos. Toda la información disponible se ordena en un sistema GIS: imágenes satelitales, índices verdes, cartas de suelo, topografía, mapas de rendimiento anteriores, etc.

A partir de la información disponible sobre los campos, hay que reconocer la heterogeneidad ambiental, es decir, delimitar los ambientes o zonas productivas que se transformarán en las nuevas unidades de labor (en reemplazo del lote alambrado). La mejor manera de alcanzar este conocimiento es a través de la confección de mapas de productividad, en base a imágenes satelitales e índices verdes históricos. Estos mapas permiten identificar las diferencias relativas de productividad entre zonas del mismo lote, es lo que se denomina "análisis cluster" para identificar la ambientación.

“Nosotros determinamos de manera objetiva cinco tipos de ambientes: 1)  de muy baja producción, 2) baja producción en loma, 3) baja producción tendida, 4) producción promedio y 5) alta producción”, detallaron los expertos.

Se puede medir el nivel de las napas con un freatímetro, en cambio con un análisis clúster es más sencillo saber cómo fertilizar y cuáles son las áreas de ambientación sin agua. “Es una buena manera de definir factores de riesgo para una potencial inversión, aunque en San Luis la realidad es distinta a esta que describimos, que se dio en la zona de Pergamino, en una parte de la provincia de Buenos Aires muy afectada por las lluvias”, dijo Artigue.

“La prescripción requiere de un mapa de ambiente, que debe contener las necesidades que el productor tiene en conjunto con el sembrador, en este caso Balari. Y luego viene el mapeo de rendimiento, que sirve para hacer una evaluación y una retroalimentación para futuras campañas, ya que esos datos serán vitales para ver cómo planificamos lo que viene”, explicó Artigue  mientras mostraba imágenes satelitales donde las partes verdes indican que hay más biomasa (sinónimo de vigor y productividad), y las rojas un menor desarrollo, sobre todo ubicadas en lomas y bañados.

Las toman con distintos satélites como Modis, Lanzat o Centinel, que pasan por encima de los campos con distinta regularidad. “Los satélites antes eran grandes y costosos, hoy son nano satélites, que pueden medir agua en profundidad, salinidad, perfil del suelo. En pocos años serán una especie de ‘Gran hermano’ que todo lo verán”, anticipó Espina, quien dijo que “tanta información es difícil de procesar, por eso aparece la inteligencia artificial”.

Eso sí, las imágenes satélites revelaron no ser buenas para medir la producción porque ofrecen píxeles de 30 metros por 30, cuando la sembradora tiene la capacidad de cambiar por metro. Son mejores los mapeos de rendimiento. Otra medición importante es la de las curvas de nivel, para conocer las cotas y lograr más ambientación. “Lo hacemos con una camioneta que lleva un GPS de alta precisión, capaz de ajustar por pulgada”, contaron los responsables de A&T, quienes agregaron que “hay un mejoramiento genético notable, hoy en una meseta hay que apuntar al manejo por ambientes y los resultados son muy buenos”. Recomendaron una interpolación entre las curvas de nivel, los mapas de rendimiento y la altimetría.

La agricultura de precisión considera ilógico manejar todos los lotes de la misma manera. En maíz por ejemplo, hay variables insoslayables: la densidad, los niveles de nitrógeno, de fósforo y ahora también se suma el azufre. “La Argentina sigue teniendo el concepto de abundancia, gasta semillas de más, no canaliza el agua, piensa que todo es como cuando había riqueza y el mundo esperaba el trigo y el maíz nacional. Hoy el que no compite, se queda afuera. Por ejemplo, en la trilla de trigo hay que diferenciar por calidad, algo que ya está en estudio, pero también está el problema de que la cadena tampoco está preparada para recibir estos adelantos tecnológicos”, consideró Espina.

“Cada lote tiene su huella digital. Los colores son relativos a cada una. Las lomas o bajos no son iguales en cuanto a rendimiento, por lo que llevan distinta prescripción”, aseguró Artigue, quien reconoce que “hay un margen de error humano en la carga de datos. Si cosechás de noche con humedad no es lo mismo que hacerlo de día con sol, hacés una pasada sobre maíz volteado de ida y entonces a la vuelta rinde el doble, podés hacer una carga equivocada de la cantidad de surcos cuando enfrentás bordes con melgas centrales, si pasás por una loma que tenía un llorón sembrado con anterioridad también te suben los rindes, ya que tiene efecto durante 7 u 8 años esa pastura. Son ‘ruidos’ que hay que tener en cuenta y a veces pasan de largo”.

La fertilización es otro punto a tener en cuenta para producir con precisión. Los primeros estudios arrojaron que los campos con más fertilizantes tienen más estabilidad de rendimiento entre años buenos y malos. “La trilla con mapas de rendimiento permite ver el techo productivo y económico. Si la cosa no viene bien, puedo pasar el lote un año a ganadería y sembrar agropiro, eso lo sabemos con estos mapeos”, aconsejaron.

El maíz

Tras las consideraciones generales, pasaron a analizar cómo rindió el maíz en ambos establecimientos. Repasaron a través del mapeo de rendimiento cuál fue la caracterización de los ambientes, las hectáreas totales, el porcentaje de superficie y el análisis pre siembra, que incluyó profundidad, materia orgánica y tipo de suelo. Con el dato del rendimiento promedio (kilos por hectárea), describieron las estrategias de manejo: fertilización en siembra (dosificación, kilos por ambiente, kilos por lote) y la densidad (semillas por hectárea y la cantidad implantada cada 10 metros).

Luego pasaron al análisis económico, que incluye el gasto directo, el ingreso neto y el margen bruto. Todo también realizado por lote y por ambiente, para no generar "ruidos" en la información pura y final. La conclusión fue que se puede “reducir el gasto directo con menos insumos en lotes de baja productividad. En los lotes determinados como 2 (baja producción en loma) y 3 (baja producción tendida) hay más margen a menor inversión de insumos. Son todos datos útiles para futuras campañas.

Sobre la fertilización, llegaron a la conclusión de que en una rotación soja-maíz se necesitan entre 15 y 20 partes por millón y en trigo, de 20 a 22. “Si te sobra un mango, en San Luis lo tenés que usar en fósforo, no es un gasto, es una inversión”, fue la reflexión campera de Balari, más allá de los estudios tecnológicos. No pasa lo mismo con el nitrógeno: “Lo que ponés, lo perdés”, fue el resultado de los estudios. La recomendación en este aspecto fue la de “fertilizar para atrás y no para adelante, siempre tener  en cuenta desde dónde se partió”.

La presencia de un feedlot en cercanías de los campos agrícolas siempre representa un desafío interesante. Por un lado es “fertilización gratis”, según los especialistas de A&T, pero por otro hay un gran peligro de contaminación que hay que saber manejar. “La bosta es sensacional para fertilizar, una tonelada significan 140 kilos de MAP y 100 kilos de urea. También son buenas las camas de pollo y los efluentes líquidos de los tambos, pero hay que tener cuidado”, advirtieron.

La soja

En cuanto a la soja, lo que resaltó fue la variabilidad extrema de rendimiento, con picos de 4.500 kilos por hectárea y zonas que dieron apenas 1.500 kilos, por lo que el promedio se estableció en 3.116. “Se puede tener margen positivo aún con 1.500 kilos por hectárea”, fue la tajante definición de los técnicos de A&T, que apuntan a un manejo extremadamente cuidadoso para bajar los costos en insumos, que tienen un gran peso en la cuenta final. Y sobre la siembra, los resultados arrojaron que en San Luis no sirve hacer soja tardía por las heladas de marzo.

La empresa fijó en cada campo puntos fijos por ambiente, sobre los que hacen siempre los muestreos para tener bien georeferenciado cada lote. Y recomiendan confeccionar un índice topográfico compuesto: “Con vectores medimos la concentración de agua en lomas y bajos, y sus entradas y salidas de cada ambiente”, contaron.

Conclusiones

La agricultura por ambientes permite ampliar los márgenes económicos, otorga más rendimiento y baja  los costos, siempre y cuando haya un manejo de la heterogeneidad ambiental y un uso racional de los suelos y los insumos. “Es más rentable que la agricultura tradicional porque dejás de gastar donde no se necesita, pero hay que tener en cuenta que tiene una alta sensibilidad al diagnóstico y a las estrategias de manejo”, definieron.

Las imágenes satelitales sumadas a la altimetría brindan una alta correlación entre zonas y productividad, mientras que los mapas de rendimiento permiten ajustar y cuantificar, acumulando capas de información. Por eso reiteraron ante los productores que “cada ambiente tiene un manejo diferente” y también que “deben pensar en hacer ensayos para ser más precisos, medir todo el tiempo densidades, variedades de híbridos y rotaciones”.

Como es un concepto nuevo de producción, en San Luis es evidente que aún falta personal capacitado para llevar adelante tareas tan delicadas, donde una mala carga de datos puede derivar en un desastre productivo. Tampoco sobra la maquinaria especializada, aunque de a poco gente como Balari van satisfaciendo las necesidades de los productores más inquietos. “Se necesita gente que sepa manejar los monitores, las prescripciones. Y proveedores, hoy uno solo tiene una máquina para fertilizar por chorreado y ni hablar de lo que tarda en llegar un servicio técnico porque dependemos de Río Cuarto, que está a 200 kilómetros. Estos  inconvenientes te complican una cosecha”, resumió Goncálvez, quien tiene todos sus clientes en la provincia y conoce las limitaciones actuales.

La campaña arrojó otros datos útiles, como por ejemplo la falta de fósforo de los suelos de San Luis. Por eso recomendaron volear una buena cantidad ahora por los bajos niveles, más unos 60 kilos que habrá que agregar en la línea con arrancador a la siembra, más urea al costado y nitrógeno sobre la marcha. “Es para una previsión de 8.500 kilos y así evito perder nitrógeno. Si todo viene bien, con las lluvias en el perfil, agrego fertilización”, dijeron. Y sobre el maíz tardío, aconsejaron poner nitrógeno a la siembra, porque después el campo queda sin piso por las precipitaciones de primavera y verano.

Los herbicidas también hay que aplicarlos según el ambiente. “En loma descubrimos mucha fitotoxicidad debido al suelo arenoso, en cambio en bajos funciona bien, aunque hay malezas, sobre todo hortiga mansa”, prescribieron tras aconsejar que hay que “aplicarlos en forma diferencial, por ejemplo en lotes con roseta en el verano”. La tecnología ya permite ver en los campos pulverizadoras con cuatro tachos y agua por arriba, en las que se puede programar la aplicación y, con datos predeterminados, saber si un sector sólo requiere glifosato, o glifosato con dicamba, o bien cualquier otra receta adecuada según lo que decida el ingeniero agrónomo a cargo. “Hay otras con doble tanque, que por un lado fertilizan y por otro aplican fungicidas con una manguera que apunta justo al tercio medio del tallo, donde el herbicida es más efectivo”.

Nota: Marcelo Dettoni

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Cuanto más datos haya, mejores serán los rindes

La tecnología avanza con rapidez. Cada vez más productores usan mapeos de suelos, curvas de nivel y toda información útil para bajar costos y cosechar más.

Estadísticas: son vitales para corregir errores pasados y mejorar rendimientos.

La agricultura de precisión sumó una herramienta muy poderosa para producir de manera sustentable, cuidar los suelos, mejorar los rindes y evitar gastos superfluos. Un combo que en épocas de márgenes ajustadísimos, como la actual, le permite a los productores planificar con más tranquilidad una campaña, basados en datos certeros y administrando los recursos de manera racional, otorgando a cada sector del campo sólo lo que requiere, con la certeza de cuál va a ser la respuesta a la hora de la cosecha y la comercialización.

Cada vez más agricultores de San Luis agregan esta cuota de saber científico a sus cultivos, muchas veces influenciados por los asesores agrónomos que se encargan de sus campos. Además, luego de la cosecha, asisten a una reunión con la empresa que les acercó la agricultura de precisión, en la que les informan los rindes por lotes, los mapeos de ambiente y las prescripciones aconsejables de acuerdo a las investigaciones realizadas durante todo el período productivo.

La revista El Campo tuvo la oportunidad, gracias a la gentileza del ingeniero Ramiro Goncálvez, de participar de una reunión con dos productores que confían en sus servicios y pagaron el aporte de tecnología que realizó la empresa cordobesa A&T, que está establecida desde 1998 en Río Cuarto y de a poco va extendiendo su área de influencia dentro de San Luis. A&T realizó con ellos un pormenorizado análisis de la campaña gruesa 2016/2017, tanto en maíz como en soja, destacando los aspectos positivos respecto de años anteriores y los detalles que aún habría que mejorar para seguir creciendo en cuanto a rindes y márgenes brutos de ganancia. Aunque los números de esta primera campaña juntos arrojaron un saldo más que positivo.

Los involucrados, sobre los que en estas páginas no daremos los datos personales porque no son el motivo de la nota y además para resguardar su privacidad, tienen campos en la zona de Barranquitas, en la productiva zona serrana entre El Volcán y El Trapiche, y en las alturas de La Petra, sobre la autopista 20 que conduce desde Cuatro Esquinas a Saladillo, otra zona que con tecnología y buenas prácticas agrícolas demostró ser muy buena para el desarrollo del maíz y la soja, además de contener hacienda bovina de excelente genética.

De la reunión, que condujeron Martín Artigue y Federico Espina por la empresa cordobesa que provee el servicio, también participaron Alberto y Javier Balari, padre e hijo dueños de una empresa que provee sembradoras y voleadoras de precisión con equipos variables, partícipes necesarios de esta verdadera "revolución" que vive el campo. Ellos vieron ya hace años el negocio que implicaba modernizarse y brindar maquinaria con tecnología de punta para mejorar los rindes. Hicieron una importante inversión para comprar tres sembradoras nuevas, que trabajan a partir de datos georeferenciados para mejorar las condiciones de implantación y distinguir entre las parcelas más productivas  y las que no lo son tanto.

“Nosotros tenemos desde hace varios años experiencia en agricultura de precisión en otras zonas, distintas a San Luis, por lo que también vamos aprendiendo sobre la marcha”, advirtió Artigue en la presentación de parte de la empresa A&T, que por primera vez trabajó en los campos de San Luis, acercados por consejo de Goncálvez a los productores.

El técnico, que es ingeniero agrónomo, explicó que son necesarios los mapas de rendimiento, los de ambiente y las curvas de nivel para comenzar a trabajar. “Todo se ve por Google Heart, es de fácil acceso”, advirtió, al tiempo que dijo que “en San Luis tiene un alto peso la altimetría, porque hay muchas diferencias de altura debido a la topografía serrana. Hay zonas malas, como las crestas de loma, y otras buenas, que casi siempre coinciden con los bajos”.

La implementación de los procesos de agricultura de precisión incluye varios pasos. El primero es la recopilación y el ordenamiento de la información geográfica. Los métodos más eficientes de implementación de manejo variable de insumos tienen como punto de partida la conformación de una base de datos digital y georeferenciada de los campos. Toda la información disponible se ordena en un sistema GIS: imágenes satelitales, índices verdes, cartas de suelo, topografía, mapas de rendimiento anteriores, etc.

A partir de la información disponible sobre los campos, hay que reconocer la heterogeneidad ambiental, es decir, delimitar los ambientes o zonas productivas que se transformarán en las nuevas unidades de labor (en reemplazo del lote alambrado). La mejor manera de alcanzar este conocimiento es a través de la confección de mapas de productividad, en base a imágenes satelitales e índices verdes históricos. Estos mapas permiten identificar las diferencias relativas de productividad entre zonas del mismo lote, es lo que se denomina "análisis cluster" para identificar la ambientación.

“Nosotros determinamos de manera objetiva cinco tipos de ambientes: 1)  de muy baja producción, 2) baja producción en loma, 3) baja producción tendida, 4) producción promedio y 5) alta producción”, detallaron los expertos.

Se puede medir el nivel de las napas con un freatímetro, en cambio con un análisis clúster es más sencillo saber cómo fertilizar y cuáles son las áreas de ambientación sin agua. “Es una buena manera de definir factores de riesgo para una potencial inversión, aunque en San Luis la realidad es distinta a esta que describimos, que se dio en la zona de Pergamino, en una parte de la provincia de Buenos Aires muy afectada por las lluvias”, dijo Artigue.

“La prescripción requiere de un mapa de ambiente, que debe contener las necesidades que el productor tiene en conjunto con el sembrador, en este caso Balari. Y luego viene el mapeo de rendimiento, que sirve para hacer una evaluación y una retroalimentación para futuras campañas, ya que esos datos serán vitales para ver cómo planificamos lo que viene”, explicó Artigue  mientras mostraba imágenes satelitales donde las partes verdes indican que hay más biomasa (sinónimo de vigor y productividad), y las rojas un menor desarrollo, sobre todo ubicadas en lomas y bañados.

Las toman con distintos satélites como Modis, Lanzat o Centinel, que pasan por encima de los campos con distinta regularidad. “Los satélites antes eran grandes y costosos, hoy son nano satélites, que pueden medir agua en profundidad, salinidad, perfil del suelo. En pocos años serán una especie de ‘Gran hermano’ que todo lo verán”, anticipó Espina, quien dijo que “tanta información es difícil de procesar, por eso aparece la inteligencia artificial”.

Eso sí, las imágenes satélites revelaron no ser buenas para medir la producción porque ofrecen píxeles de 30 metros por 30, cuando la sembradora tiene la capacidad de cambiar por metro. Son mejores los mapeos de rendimiento. Otra medición importante es la de las curvas de nivel, para conocer las cotas y lograr más ambientación. “Lo hacemos con una camioneta que lleva un GPS de alta precisión, capaz de ajustar por pulgada”, contaron los responsables de A&T, quienes agregaron que “hay un mejoramiento genético notable, hoy en una meseta hay que apuntar al manejo por ambientes y los resultados son muy buenos”. Recomendaron una interpolación entre las curvas de nivel, los mapas de rendimiento y la altimetría.

La agricultura de precisión considera ilógico manejar todos los lotes de la misma manera. En maíz por ejemplo, hay variables insoslayables: la densidad, los niveles de nitrógeno, de fósforo y ahora también se suma el azufre. “La Argentina sigue teniendo el concepto de abundancia, gasta semillas de más, no canaliza el agua, piensa que todo es como cuando había riqueza y el mundo esperaba el trigo y el maíz nacional. Hoy el que no compite, se queda afuera. Por ejemplo, en la trilla de trigo hay que diferenciar por calidad, algo que ya está en estudio, pero también está el problema de que la cadena tampoco está preparada para recibir estos adelantos tecnológicos”, consideró Espina.

“Cada lote tiene su huella digital. Los colores son relativos a cada una. Las lomas o bajos no son iguales en cuanto a rendimiento, por lo que llevan distinta prescripción”, aseguró Artigue, quien reconoce que “hay un margen de error humano en la carga de datos. Si cosechás de noche con humedad no es lo mismo que hacerlo de día con sol, hacés una pasada sobre maíz volteado de ida y entonces a la vuelta rinde el doble, podés hacer una carga equivocada de la cantidad de surcos cuando enfrentás bordes con melgas centrales, si pasás por una loma que tenía un llorón sembrado con anterioridad también te suben los rindes, ya que tiene efecto durante 7 u 8 años esa pastura. Son ‘ruidos’ que hay que tener en cuenta y a veces pasan de largo”.

La fertilización es otro punto a tener en cuenta para producir con precisión. Los primeros estudios arrojaron que los campos con más fertilizantes tienen más estabilidad de rendimiento entre años buenos y malos. “La trilla con mapas de rendimiento permite ver el techo productivo y económico. Si la cosa no viene bien, puedo pasar el lote un año a ganadería y sembrar agropiro, eso lo sabemos con estos mapeos”, aconsejaron.

El maíz

Tras las consideraciones generales, pasaron a analizar cómo rindió el maíz en ambos establecimientos. Repasaron a través del mapeo de rendimiento cuál fue la caracterización de los ambientes, las hectáreas totales, el porcentaje de superficie y el análisis pre siembra, que incluyó profundidad, materia orgánica y tipo de suelo. Con el dato del rendimiento promedio (kilos por hectárea), describieron las estrategias de manejo: fertilización en siembra (dosificación, kilos por ambiente, kilos por lote) y la densidad (semillas por hectárea y la cantidad implantada cada 10 metros).

Luego pasaron al análisis económico, que incluye el gasto directo, el ingreso neto y el margen bruto. Todo también realizado por lote y por ambiente, para no generar "ruidos" en la información pura y final. La conclusión fue que se puede “reducir el gasto directo con menos insumos en lotes de baja productividad. En los lotes determinados como 2 (baja producción en loma) y 3 (baja producción tendida) hay más margen a menor inversión de insumos. Son todos datos útiles para futuras campañas.

Sobre la fertilización, llegaron a la conclusión de que en una rotación soja-maíz se necesitan entre 15 y 20 partes por millón y en trigo, de 20 a 22. “Si te sobra un mango, en San Luis lo tenés que usar en fósforo, no es un gasto, es una inversión”, fue la reflexión campera de Balari, más allá de los estudios tecnológicos. No pasa lo mismo con el nitrógeno: “Lo que ponés, lo perdés”, fue el resultado de los estudios. La recomendación en este aspecto fue la de “fertilizar para atrás y no para adelante, siempre tener  en cuenta desde dónde se partió”.

La presencia de un feedlot en cercanías de los campos agrícolas siempre representa un desafío interesante. Por un lado es “fertilización gratis”, según los especialistas de A&T, pero por otro hay un gran peligro de contaminación que hay que saber manejar. “La bosta es sensacional para fertilizar, una tonelada significan 140 kilos de MAP y 100 kilos de urea. También son buenas las camas de pollo y los efluentes líquidos de los tambos, pero hay que tener cuidado”, advirtieron.

La soja

En cuanto a la soja, lo que resaltó fue la variabilidad extrema de rendimiento, con picos de 4.500 kilos por hectárea y zonas que dieron apenas 1.500 kilos, por lo que el promedio se estableció en 3.116. “Se puede tener margen positivo aún con 1.500 kilos por hectárea”, fue la tajante definición de los técnicos de A&T, que apuntan a un manejo extremadamente cuidadoso para bajar los costos en insumos, que tienen un gran peso en la cuenta final. Y sobre la siembra, los resultados arrojaron que en San Luis no sirve hacer soja tardía por las heladas de marzo.

La empresa fijó en cada campo puntos fijos por ambiente, sobre los que hacen siempre los muestreos para tener bien georeferenciado cada lote. Y recomiendan confeccionar un índice topográfico compuesto: “Con vectores medimos la concentración de agua en lomas y bajos, y sus entradas y salidas de cada ambiente”, contaron.

Conclusiones

La agricultura por ambientes permite ampliar los márgenes económicos, otorga más rendimiento y baja  los costos, siempre y cuando haya un manejo de la heterogeneidad ambiental y un uso racional de los suelos y los insumos. “Es más rentable que la agricultura tradicional porque dejás de gastar donde no se necesita, pero hay que tener en cuenta que tiene una alta sensibilidad al diagnóstico y a las estrategias de manejo”, definieron.

Las imágenes satelitales sumadas a la altimetría brindan una alta correlación entre zonas y productividad, mientras que los mapas de rendimiento permiten ajustar y cuantificar, acumulando capas de información. Por eso reiteraron ante los productores que “cada ambiente tiene un manejo diferente” y también que “deben pensar en hacer ensayos para ser más precisos, medir todo el tiempo densidades, variedades de híbridos y rotaciones”.

Como es un concepto nuevo de producción, en San Luis es evidente que aún falta personal capacitado para llevar adelante tareas tan delicadas, donde una mala carga de datos puede derivar en un desastre productivo. Tampoco sobra la maquinaria especializada, aunque de a poco gente como Balari van satisfaciendo las necesidades de los productores más inquietos. “Se necesita gente que sepa manejar los monitores, las prescripciones. Y proveedores, hoy uno solo tiene una máquina para fertilizar por chorreado y ni hablar de lo que tarda en llegar un servicio técnico porque dependemos de Río Cuarto, que está a 200 kilómetros. Estos  inconvenientes te complican una cosecha”, resumió Goncálvez, quien tiene todos sus clientes en la provincia y conoce las limitaciones actuales.

La campaña arrojó otros datos útiles, como por ejemplo la falta de fósforo de los suelos de San Luis. Por eso recomendaron volear una buena cantidad ahora por los bajos niveles, más unos 60 kilos que habrá que agregar en la línea con arrancador a la siembra, más urea al costado y nitrógeno sobre la marcha. “Es para una previsión de 8.500 kilos y así evito perder nitrógeno. Si todo viene bien, con las lluvias en el perfil, agrego fertilización”, dijeron. Y sobre el maíz tardío, aconsejaron poner nitrógeno a la siembra, porque después el campo queda sin piso por las precipitaciones de primavera y verano.

Los herbicidas también hay que aplicarlos según el ambiente. “En loma descubrimos mucha fitotoxicidad debido al suelo arenoso, en cambio en bajos funciona bien, aunque hay malezas, sobre todo hortiga mansa”, prescribieron tras aconsejar que hay que “aplicarlos en forma diferencial, por ejemplo en lotes con roseta en el verano”. La tecnología ya permite ver en los campos pulverizadoras con cuatro tachos y agua por arriba, en las que se puede programar la aplicación y, con datos predeterminados, saber si un sector sólo requiere glifosato, o glifosato con dicamba, o bien cualquier otra receta adecuada según lo que decida el ingeniero agrónomo a cargo. “Hay otras con doble tanque, que por un lado fertilizan y por otro aplican fungicidas con una manguera que apunta justo al tercio medio del tallo, donde el herbicida es más efectivo”.

Nota: Marcelo Dettoni

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