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Trece años en el paraíso

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Trece años en el paraíso

Noelia Barroso

Marisa y Jorge traspasaron líneas geográficas y de sangre y se enamoraron, en el mismo instante en que se vieron. Después de atravesar algunas barreras, formaron una familia en San Luis. La historia de un amor que duró poco, pero que será eterna.

El amor no entiende de fronteras ni de líneas de sangre, mucho menos se resiste a una sonrisa completa. Esta es la historia de Elena y Youssef, dos seres humanos separados por una distancia increíble que se conocieron en Oriente. En ese punto del mundo coincidieron sus miradas y a partir de ese mismo instante la atracción fue inmediata.

Los padres de Elena, que vivían en Buenos Aires, decidieron visitar a unos familiares al otro lado del mundo. Ella (quien optó por preservar su imagen y prefirió no tomarse fotos para la nota) tenía 22 años y ya había vivido una temporada en Europa. Apenas llegó a la casa de esos parientes, conoció a Youssef. “Él era de la familia pero yo no lo vi como de la familia. Me deslumbró su inteligencia, primero lo admiré y después lo amé”, reveló Elena. Él tenía casi treinta, estaba soltero y sin novia. Su doctorado en Filosofía lo había llevado por decenas de países, había dado conferencias y charlas por muchos lugares pero nunca había sentido el verdadero amor.

“Él era una enciclopedia”, dice Elena mientras quita unas migas de arriba de la mesa del comedor de su casa y la mirada se cristaliza reteniendo ese recuerdo a más no poder. El idioma no fue una gran barrera, ya que ella lograba comunicarse.

Durante ese mes en aquel país, Elena y Youssef recorrieron monumentos, lugares históricos, compartieron paseos y sonrisas cómplices. El amor estaba en el aire y en las estructuras que hasta el momento sólo había tocado el tiempo. Las guerras en aquellos países destruyeron hasta los más históricos momentos, pero conservaron las risas, las miradas y las pocas palabras que lograron intercambiar.

Exactamente ocho meses después de ese primer encuentro, Youssef vino a Argentina a “devolver la visita”. Aunque no se habían visto, siguieron en contacto. Todos los días ella recibía una carta de él. Se reencontraron en la capital del país y confirmaron que eso que habían sentido estaba intacto. A pesar de los miedos, nervios y contravenciones, nunca dudaron de que estar juntos era su destino. Quizás el hecho de tratar con alguien más grande y con muchos conocimientos, un hombre de mundo sumamente inteligente hizo que Elena se enamorara aún más.

 Un año después de la visita, Youssef se radicó en Buenos Aires, aunque no pudo ejercer su profesión, comenzó a aprender castellano con una profesora particular. Después vino a San Luis, donde Elena estudiaba Ciencias Exactas. “Logró aprender el idioma, aunque lo hablaba más o menos, metía la pata siempre. Pero esos seis meses en Buenos Aires le sirvieron bastante”, contó ella. La distancia quería seguir entrometiéndose, pero ellos no le dieron lugar. Youssef llegó a San Luis para estar con ella, aunque la idea principal era irse a su país una vez que Elena se recibiera. La situación política de su patria no le permitió volver, es que Youssef había sido candidato y en ese momento reinaba el partido opositor.

Era agosto de 1976 y ya no importaba dónde se establecieran, harían su hogar en cualquier parte del mundo, pero juntos. Así decidieron casarse cinco meses después. Era verano y la ceremonia fue por rito oriental y un sacerdote del pueblo de Youssef vino especialmente para celebrarla.

Elena entendía el ritual, pero no el idioma, ya que se esos ritos se hacen en arameo. La familia entera llegó para ver cómo ese amor que al principio no era muy aceptado, se unía para siempre. Los recuerdos de Youssef le bailan en las manos, en los ojos y la mirada se congela con cada recuerdo. Elena lo conmemora cada vez que puede: “Él era una persona que te decía ‘vamos a Río IV’ y terminábamos en Mendoza. Era impredecible, ocurrente, simpático y de mucha facilidad para llegar a la gente. Increíblemente agradable”.

Cuando llegó a San Luis estuvo trabajando primero en una fábrica y después abrieron un comercio. Las barreras no sólo eran idiomáticas, sino culturales y sociales. Cuando llegó al país no sabía lo que era un cheque, por ejemplo, ya que en su país los impuestos se pagan una vez al año, y él tuvo que adaptarse a un nuevo mundo y fue todo un éxito. Ese amor significó trece años y cuatro hijos. Juntos eligieron sus nombres, su educación, y les dieron mucho amor. Hasta que un fatídico día Youssef se fue de este mundo sabiéndose amado y con una familia de hijos pequeños, ahora adultos, que siempre lo recuerdan con el más perfecto amor y respeto.

Como padre era muy obstinado con la educación de sus hijos. “Con los chicos era un espectáculo, fueron muy pocos años pero muy bien vividos. Pasaba Reyes y ya los ponía a estudiar. Él decía que la base de todo es el estudio y acá es gratis, él admiraba eso y le sorprendía que la gente no tuviera un 100 por ciento de alfabetismo. Allá cuesta una fortuna, tienen que trabajar para poder estudiar”, dijo Elena.

Él amaba escribir, en su patria tenía un periódico y acá escribía mucho, pero para él. “Tenía muy buenos trabajos aunque está todo en su idioma. Era muy agradable cuando traducía los textos. Daba charlas sobre cómo era la educación en Oriente, cómo surge; le gustaba mucho Gustave Le Bon (filósofo francés), que hablaba sobre la filosofía de Oriente. Hablaba varios idiomas, incluso Persa, era sumamente culto, él abría la boca y vos lo admirabas”, dice Elena con los ojos en otras épocas.

Ella nunca dudó de que Youssef fuera el amor de su vida. “Yo lo vi y era alguien muy especial. De joven me preguntaba cómo haría y si Dios me daría alguna señal que diga ‘es esta la persona', pero cuando lo vi no necesité ninguna señal”, el flechazo fue certero.

Cuarenta y un años después, ese amor sigue intacto y aunque duró muy poco fue hermoso. El sueño de Youssef era que cuando los hijos crecieran, pudiera sentarse a escribir mientas Elena cebara mates… y aunque ella ya no toma más mates, sigue escribiendo cartas en su mente, contándole aventuras de sus hijos y nietos dirigidas a mes yeux (mis ojos).

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Trece años en el paraíso

Marisa y Jorge traspasaron líneas geográficas y de sangre y se enamoraron, en el mismo instante en que se vieron. Después de atravesar algunas barreras, formaron una familia en San Luis. La historia de un amor que duró poco, pero que será eterna.

El amor no entiende de fronteras ni de líneas de sangre, mucho menos se resiste a una sonrisa completa. Esta es la historia de Elena y Youssef, dos seres humanos separados por una distancia increíble que se conocieron en Oriente. En ese punto del mundo coincidieron sus miradas y a partir de ese mismo instante la atracción fue inmediata.

Los padres de Elena, que vivían en Buenos Aires, decidieron visitar a unos familiares al otro lado del mundo. Ella (quien optó por preservar su imagen y prefirió no tomarse fotos para la nota) tenía 22 años y ya había vivido una temporada en Europa. Apenas llegó a la casa de esos parientes, conoció a Youssef. “Él era de la familia pero yo no lo vi como de la familia. Me deslumbró su inteligencia, primero lo admiré y después lo amé”, reveló Elena. Él tenía casi treinta, estaba soltero y sin novia. Su doctorado en Filosofía lo había llevado por decenas de países, había dado conferencias y charlas por muchos lugares pero nunca había sentido el verdadero amor.

“Él era una enciclopedia”, dice Elena mientras quita unas migas de arriba de la mesa del comedor de su casa y la mirada se cristaliza reteniendo ese recuerdo a más no poder. El idioma no fue una gran barrera, ya que ella lograba comunicarse.

Durante ese mes en aquel país, Elena y Youssef recorrieron monumentos, lugares históricos, compartieron paseos y sonrisas cómplices. El amor estaba en el aire y en las estructuras que hasta el momento sólo había tocado el tiempo. Las guerras en aquellos países destruyeron hasta los más históricos momentos, pero conservaron las risas, las miradas y las pocas palabras que lograron intercambiar.

Exactamente ocho meses después de ese primer encuentro, Youssef vino a Argentina a “devolver la visita”. Aunque no se habían visto, siguieron en contacto. Todos los días ella recibía una carta de él. Se reencontraron en la capital del país y confirmaron que eso que habían sentido estaba intacto. A pesar de los miedos, nervios y contravenciones, nunca dudaron de que estar juntos era su destino. Quizás el hecho de tratar con alguien más grande y con muchos conocimientos, un hombre de mundo sumamente inteligente hizo que Elena se enamorara aún más.

 Un año después de la visita, Youssef se radicó en Buenos Aires, aunque no pudo ejercer su profesión, comenzó a aprender castellano con una profesora particular. Después vino a San Luis, donde Elena estudiaba Ciencias Exactas. “Logró aprender el idioma, aunque lo hablaba más o menos, metía la pata siempre. Pero esos seis meses en Buenos Aires le sirvieron bastante”, contó ella. La distancia quería seguir entrometiéndose, pero ellos no le dieron lugar. Youssef llegó a San Luis para estar con ella, aunque la idea principal era irse a su país una vez que Elena se recibiera. La situación política de su patria no le permitió volver, es que Youssef había sido candidato y en ese momento reinaba el partido opositor.

Era agosto de 1976 y ya no importaba dónde se establecieran, harían su hogar en cualquier parte del mundo, pero juntos. Así decidieron casarse cinco meses después. Era verano y la ceremonia fue por rito oriental y un sacerdote del pueblo de Youssef vino especialmente para celebrarla.

Elena entendía el ritual, pero no el idioma, ya que se esos ritos se hacen en arameo. La familia entera llegó para ver cómo ese amor que al principio no era muy aceptado, se unía para siempre. Los recuerdos de Youssef le bailan en las manos, en los ojos y la mirada se congela con cada recuerdo. Elena lo conmemora cada vez que puede: “Él era una persona que te decía ‘vamos a Río IV’ y terminábamos en Mendoza. Era impredecible, ocurrente, simpático y de mucha facilidad para llegar a la gente. Increíblemente agradable”.

Cuando llegó a San Luis estuvo trabajando primero en una fábrica y después abrieron un comercio. Las barreras no sólo eran idiomáticas, sino culturales y sociales. Cuando llegó al país no sabía lo que era un cheque, por ejemplo, ya que en su país los impuestos se pagan una vez al año, y él tuvo que adaptarse a un nuevo mundo y fue todo un éxito. Ese amor significó trece años y cuatro hijos. Juntos eligieron sus nombres, su educación, y les dieron mucho amor. Hasta que un fatídico día Youssef se fue de este mundo sabiéndose amado y con una familia de hijos pequeños, ahora adultos, que siempre lo recuerdan con el más perfecto amor y respeto.

Como padre era muy obstinado con la educación de sus hijos. “Con los chicos era un espectáculo, fueron muy pocos años pero muy bien vividos. Pasaba Reyes y ya los ponía a estudiar. Él decía que la base de todo es el estudio y acá es gratis, él admiraba eso y le sorprendía que la gente no tuviera un 100 por ciento de alfabetismo. Allá cuesta una fortuna, tienen que trabajar para poder estudiar”, dijo Elena.

Él amaba escribir, en su patria tenía un periódico y acá escribía mucho, pero para él. “Tenía muy buenos trabajos aunque está todo en su idioma. Era muy agradable cuando traducía los textos. Daba charlas sobre cómo era la educación en Oriente, cómo surge; le gustaba mucho Gustave Le Bon (filósofo francés), que hablaba sobre la filosofía de Oriente. Hablaba varios idiomas, incluso Persa, era sumamente culto, él abría la boca y vos lo admirabas”, dice Elena con los ojos en otras épocas.

Ella nunca dudó de que Youssef fuera el amor de su vida. “Yo lo vi y era alguien muy especial. De joven me preguntaba cómo haría y si Dios me daría alguna señal que diga ‘es esta la persona', pero cuando lo vi no necesité ninguna señal”, el flechazo fue certero.

Cuarenta y un años después, ese amor sigue intacto y aunque duró muy poco fue hermoso. El sueño de Youssef era que cuando los hijos crecieran, pudiera sentarse a escribir mientas Elena cebara mates… y aunque ella ya no toma más mates, sigue escribiendo cartas en su mente, contándole aventuras de sus hijos y nietos dirigidas a mes yeux (mis ojos).

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