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El carnaval y el pueblo

El carnaval es una celebración, un encuentro del pueblo con el pueblo, una explosión de colores, una oportunidad de mostrar el trabajo de todo un año, la excusa perfecta para liberarse de sinsabores. Es todo eso, multiplicado por un millón. Pero, sobre todo, y siempre, es el refugio que encuentran los oprimidos, los desplazados, los indignados; para que alzar la voz y que se escuche. 

“La codicia viste traje y corbata”, “patria amada, donde andarás, sus hijos ya no soportan más”, dice la canción de la escuela de samba Beija-flor que clausuró el desfile de carnaval en la ciudad brasileña de Río de Janeiro. El carnaval más grande del mundo.

“La esperanza sucumbió”, dice asimismo la protesta cantada por la multitud presente. Un ratón gigantesco en una carroza alegórica señala la corrupción. Muchos espectadores bajaron de las tribunas a la pista para incorporarse al desfile a gritar el estribillo.

Fue un carnaval de protestas en Río de Janeiro, con otras escuelas de samba criticando el gobierno del presidente Michel Temer y las injusticias derivadas de la esclavitud negra. Pero también hubo escuelas que, para huir de la deprimente realidad local, escogieron como tema a las lejanas China e India.

El carnaval de este año, reflejó de manera categórica la desilusión que hace algunos años crece en el alma de los brasileños y degeneró en metástasis en las últimas semanas. A la convicción de que los poderes Ejecutivo y Legislativo actuales son controlados por corruptos, se desnudó ahora que una corrupción legal enferma las instituciones judiciales, incluyendo algunos héroes, que muchos creían ser salvadores de la patria.

El juez Sergio Moro, líder de la operación Lava Jato, una investigación que ya ordenó la detención de más de 200 acusados de corrupción y condenó 118 procesados a 1.809 años de cárcel, también cayó en la máquina de triturar reputaciones en que se transformó la vida pública en Brasil.

Se difundió que gana una remuneración adicional de 4.377 reales (1.330 dólares) mensuales, como “auxilio-vivienda”, aunque vive en un inmueble de su propiedad en Curitiba, capital del meridional estado de Paraná.

Compensa la falta de corrección salarial, que debería ser anual, desde 2015, justificó. Pero él recibe el “auxilio” desde octubre de 2014, según el diario “Folha de São Paulo”. Y le agrega un bono de alimentación por el equivalente a 270 dólares.

El escándalo empezó con la revelación, en el mismo diario, el 29 de enero, de que el juez Marcelo Bretas, coordinador de la Operación Lava Jato en Río de Janeiro, sumó su “auxilio” al de la esposa, que también es jueza y lo recibe. Y eso pese a que ambos viven en una residencia de su propiedad.

El caso ganó notoriedad porque la Defensoría de la Justicia Federal cuestionó el doble beneficio a la pareja, por ser un privilegio prohibido según una resolución del Consejo Nacional de Justicia, órgano regulador de la actividad judicial.

Bretas, otro “héroe popular” por encarcelar varios ex gobernadores del estado de Río de Janeiro fue alcanzado por la desconfianza y el desencanto. El bono de vivienda equivale a cinco salarios mínimos nacionales, en un país donde la mayoría vive con un salario mínimo o incluso menos, en gran parte de un país de 208 millones de personas.

Lo concreto es que todos los jueces cobran el “auxilio” de la vivienda, ya que se trata de una ley. Lo que molesta en el pueblo, en ese pueblo que desfiló al ritmo inconfundible del carnaval, es haber “descubierto” la actitud corporativa de los jueces, que dejan de lado su “cruzada” anticorrupción, cuando se trata de beneficios propios. 

Beneficios que el pueblo espera que no existan en momentos en que la salud republicana del país está en juego. Por eso el pueblo se refugia en el carnaval para que su voz se escuche muy fuerte.

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El carnaval y el pueblo

El carnaval es una celebración, un encuentro del pueblo con el pueblo, una explosión de colores, una oportunidad de mostrar el trabajo de todo un año, la excusa perfecta para liberarse de sinsabores. Es todo eso, multiplicado por un millón. Pero, sobre todo, y siempre, es el refugio que encuentran los oprimidos, los desplazados, los indignados; para que alzar la voz y que se escuche. 

“La codicia viste traje y corbata”, “patria amada, donde andarás, sus hijos ya no soportan más”, dice la canción de la escuela de samba Beija-flor que clausuró el desfile de carnaval en la ciudad brasileña de Río de Janeiro. El carnaval más grande del mundo.

“La esperanza sucumbió”, dice asimismo la protesta cantada por la multitud presente. Un ratón gigantesco en una carroza alegórica señala la corrupción. Muchos espectadores bajaron de las tribunas a la pista para incorporarse al desfile a gritar el estribillo.

Fue un carnaval de protestas en Río de Janeiro, con otras escuelas de samba criticando el gobierno del presidente Michel Temer y las injusticias derivadas de la esclavitud negra. Pero también hubo escuelas que, para huir de la deprimente realidad local, escogieron como tema a las lejanas China e India.

El carnaval de este año, reflejó de manera categórica la desilusión que hace algunos años crece en el alma de los brasileños y degeneró en metástasis en las últimas semanas. A la convicción de que los poderes Ejecutivo y Legislativo actuales son controlados por corruptos, se desnudó ahora que una corrupción legal enferma las instituciones judiciales, incluyendo algunos héroes, que muchos creían ser salvadores de la patria.

El juez Sergio Moro, líder de la operación Lava Jato, una investigación que ya ordenó la detención de más de 200 acusados de corrupción y condenó 118 procesados a 1.809 años de cárcel, también cayó en la máquina de triturar reputaciones en que se transformó la vida pública en Brasil.

Se difundió que gana una remuneración adicional de 4.377 reales (1.330 dólares) mensuales, como “auxilio-vivienda”, aunque vive en un inmueble de su propiedad en Curitiba, capital del meridional estado de Paraná.

Compensa la falta de corrección salarial, que debería ser anual, desde 2015, justificó. Pero él recibe el “auxilio” desde octubre de 2014, según el diario “Folha de São Paulo”. Y le agrega un bono de alimentación por el equivalente a 270 dólares.

El escándalo empezó con la revelación, en el mismo diario, el 29 de enero, de que el juez Marcelo Bretas, coordinador de la Operación Lava Jato en Río de Janeiro, sumó su “auxilio” al de la esposa, que también es jueza y lo recibe. Y eso pese a que ambos viven en una residencia de su propiedad.

El caso ganó notoriedad porque la Defensoría de la Justicia Federal cuestionó el doble beneficio a la pareja, por ser un privilegio prohibido según una resolución del Consejo Nacional de Justicia, órgano regulador de la actividad judicial.

Bretas, otro “héroe popular” por encarcelar varios ex gobernadores del estado de Río de Janeiro fue alcanzado por la desconfianza y el desencanto. El bono de vivienda equivale a cinco salarios mínimos nacionales, en un país donde la mayoría vive con un salario mínimo o incluso menos, en gran parte de un país de 208 millones de personas.

Lo concreto es que todos los jueces cobran el “auxilio” de la vivienda, ya que se trata de una ley. Lo que molesta en el pueblo, en ese pueblo que desfiló al ritmo inconfundible del carnaval, es haber “descubierto” la actitud corporativa de los jueces, que dejan de lado su “cruzada” anticorrupción, cuando se trata de beneficios propios. 

Beneficios que el pueblo espera que no existan en momentos en que la salud republicana del país está en juego. Por eso el pueblo se refugia en el carnaval para que su voz se escuche muy fuerte.

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