Editorial

Lo bueno, lo malo, lo opinable

El mundo de los medios establece de manera constante una dicotomía entre el bien y el mal; como estrategia para generar interés porque “vende”, porque tiene sentido, o porque sencillamente es lo correcto. Dilucidar y tamizar, qué es el bien y qué es el mal, respecto de la mirada de cada uno, siempre fue una tarea de cada individuo.

El arte, a modo de ejemplo, en sus múltiples formas, ha hecho triunfar el bien, por motivos ideológicos, morales o políticos. La sociología, la economía, la psicología y la filosofía, se moldearon asimismo con una mirada condescendiente respecto de qué debe ocurrir con ese equilibrio ancestral.

La irrupción del cine en el Siglo XX, le puso imagen y sonido a lo que antes sólo estaba expresado en las palabras de los libros. La discusión, entonces llegó al plano del entretenimiento, con el riesgo de perder la profundidad del planteo. Pero también con excepciones artísticas y conceptuales, notables.

En “Crimen y Castigo”, de Fiodor Dostoievsky, la lucha entre el mal (un crimen absurdo y brutal) y el bien (el castigo moral que siente el homicida, hasta el punto de entregarse) está manifestado por la formación moral del protagonista: Rodion Raskolnikov. Dostoievsky libera de culpa al protagonista, antes que el propio protagonista lo haga. Eso “explica” el absurdo de que el lector encuentre cierta “tranquilidad” cuando Raskolnikov vaya a ser castigado, en contra de lo que ese lector desea en lo más profundo.

Cuando Aquiles mata a Héctor a las puertas de Troya, hay dos fuerzas “benevolentes” en franco choque. Homero deja en manos de los dioses la decisión final. Héctor es la imagen del valor, la prudencia y la inteligencia. Aquiles representa el coraje, matizado en un conflicto interno entre una muerte “joven y gloriosa”, o una larga y anónima vida. Aquiles mata a Héctor para adelantar su propia muerte. “Ocasiona el mal” para obtener su propio bien. Su bien es la muerte.

En “Los Miserables” de Víctor Hugo, la moral atraviesa centenares de páginas en las que el autor somete a lo indecible a Jean Valjean y Cosette, mientras el brazo de la ley (¿realmente bueno?) en la figura de Javert, persigue a un hombre noble, por haber robado un mendrugo de pan. Porque tenía hambre. Javert es lo bueno, al límite con lo malo, en tanto que Valjean es ¿lo malo? en el límite con lo bueno. Triunfa lo que el lector quiere. Porque los libros morales así son concebidos.

En “Matrix”, la maldad adquiere las formas de la tecnología y las máquinas, el mismo argumento que ocurre en “Terminator”, sólo que los/las hermanos/as Wachowski, llevan el planteo a la genialidad visual basada en un fuerte concepto de trascendencia. En Harry Potter, que marcó a una generación, el mal se llama Voldemort. El bien es ese niño con cara de bueno y aplicado, capaz de mostrar ferocidad en la defensa del bien. 

Narrada por el arte, la épica del bien y el mal siempre termina de la misma manera. Pero en la vida real las cosas están mucho más repartidas. Se trate de política, economía, derechos humanos, defensa del medio ambiente o relaciones entre las personas. Los presidentes no siempre son buenos, las medidas económicas suelen ser por definición más exclusivas que inclusivas, no conmueven millones de personas desplazadas por las guerras y la chica de la película elige lo que le conviene cuando le conviene.

En la antigua lucha el final está inconcluso, aunque escritores, guionistas y hasta los propios actores pretendan que ya está escrito. La realidad siempre superará a cualquier ficción y hay que entenderlo de una vez por todas.

Editorial