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Radio y ficción, un divorcio que dejó secuelas en el dial

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Radio y ficción, un divorcio que dejó secuelas en el dial

Juan Luna

Tras el auge de los radioteatros, la llegada de la tv en los sesenta dejó a las emisoras sin elencos y sin historias para contar. Un vacío que todavía hoy tiene ecos.

Su romance fue como la mayoría de los amores de la juventud: intenso pero breve. La radio argentina y la ficción se tomaron de la mano en sus años más mozos, crecieron juntos y en el mayor apogeo de su relación, se separaron. Tras ese divorcio, en el que la televisión ocupó el rol de tercera en discordia, los diales se empobrecieron de historias y dejaron un vacío que todavía hoy tiene ecos.

Quien encienda hoy su trasmisor, a la hora que sea y en cualquier frecuencia, es muy probable que escuche una de estas tres cosas: música, información o un clásico programa de entretenimiento. Pero eso que nos llega del otro lado del parlante o de los auriculares, no siempre fue igual.

Después de su nacimiento, gracias a la prueba piloto que los llamados “locos de la azotea” hicieron desde un techo para transmitir una obra de Richard Wagner en 1920, la radio en Argentina se constituyó como un medio informativo y musical, un perfil muy similar al que predomina en la actualidad, casi un siglo después.

Pero tras su primera década de vida, entre los 30 y los 40, encontró su punto de mayor popularidad y desarrollo gracias a un género de ficción que se volvió el símbolo de una época: el radioteatro.

Las historias contadas a través de voces, música y sonidos marcaron a fuego a una generación, que aún recuerda su programa favorito con nostalgia. A la hora señalada, no faltaba nadie quien no dejara sus labores cotidianas y se sentara en su sillón favorito para escuchar los sucesos de “El Gaucho Solitario” o los problemas de “Los Pérez García”, sólo por citar dos casos emblemáticos.

Los avances que la ingeniería japonesa introdujo en los aparatos en esa época, conspiraron para que los radioteatros fueran escuchados de manera colectiva y hasta comunitaria. “Los primeros receptores se usaban con auriculares, por lo que era una escucha individual. Después se les incorporó un parlante externo y se volvió una escucha gregaria y familiar”, explicó Ricardo Haye, docente de la Universidad Nacional del Comahue y probablemente el investigador que mejor haya descripto el ocaso de la narrativa en la radio. Así, los viejos trasmisores de madera tallada y reluciente se ganaron un lugar privilegiado en los livings y se volvieron no sólo el centro de los hogares argentinos, sino también los reguladores de las actividades de la comunidad. Tan fuerte fue el impacto que tuvo el formato en la sociedad argenti na que “los pueblos y ciudades se detenían, literalmente”, comentó Daniel Toledo, docente de la carrera Producción de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de San Luis.

Los estudios de las emisoras contaban con sus propias orquestas estables y un batallón de guionistas, locutores, actores y directores. Las voces principales de los personajes se volvieron las grandes estrellas de la farándula de ese entonces y formaban compañías, que salían a hacer giras por los pueblos para conquistar las audiencias de todos los lugares a los que llegaban de dos formas distintas: a través del éter y sobre el escenario.

La expresividad de la radio fue tan poderosa que muchas veces la ficción terminaba confundiéndose con la realidad. Al famoso caso de “La guerra de los mundos” de Orson Welles, habría que sumarle las incontables experiencias de los diales argentinos, como la vez que una radio cordobesa inventó una Virgen que después los ciudadanos iban a venerar, o como las apedreadas que recibían los actores que interpretaban a los villanos en Villa Mercedes.

Toledo, quien ha estudiado los inicios de la radiofonía en San Luis, señaló que la provincia tuvo sus propias compañías de radioteatros. En la capital puntana se destacaron fundamentalmente dos grandes elencos. “En los 50, tuvo una incidencia la de Orlando de Luca, que trabajó obras muy interesante. Era un detallista de la performance escénica y radiofónica. Después José Luis Gatto, que supo ser ayudante de De Luca, funda su compañía ‘Candijelas’, que fue muy fuerte en los 60”, contó.

Fue por esos tiempos cuando el matrimonio que habían formado la ficción y la radio entró en una crisis de la que nunca se repondría. “Mucho tuvo que ver la llegada de un nuevo convidado a las casas de la familia que fue la televisión”, señaló Haye y amplió: “No simplemente porque la tele se instalara reemplazando a las radios, sino porque le arrebató sus cuerpos de actores y guionistas, que se fueron tentados por salarios mejores y por la posibilidad de mostrarse tal cual eran, causando algún que otro desasosiego en los oyentes que los imaginaban altos y bellos”, expresó.

Con las compañías desbaratadas, el dinero de la publicidad también se fue detrás del nuevo atractivo que despertaba pasiones y se volvía el medio ideal para promocionar los productos de moda. Los radioteatros fueron desapareciendo de a poco. En las populosas emisoras quedaron las sillas vacías y la radio no sólo se empobreció económicamente, sino que también quedó, como ha dicho el propio investigador, “desnuda de arte”.

Desde ahí en adelante, las estaciones se tuvieron que amoldar para sobrevivir a su nueva realidad y se recluyeron en las fronteras de lo periodístico. “No sólo renunciaron a la ficción, sino fundamentalmente al acto de narrar y contar historias”, dijo.

Hasta el día de hoy, esa tendencia no se revirtió y no hizo más que acrecentarse. El magazine de la mañana, el informativo del mediodía, el deportivo de la tarde y los románticos de la noche, se volvió la fórmula repetida en la mayoría de las grillas de programación del país, matizadas por interminables lista de temas musicales.

La publicidad y las campañas de acción social, advirtió Toledo, fueron los únicos espacios que supieron interpretar la potencia de la narrativa para despertar la atención de los oyentes, y que siguen utilizando dramatizaciones como un recurso sonoro valioso.

Por otra parte, los nuevos avances en la tecnología volvieron a generar modificaciones en la manera de escuchar radio. La posibilidad de utilizar auriculares, como en los inicios, y tener receptores cada vez más pequeños y transportables, hicieron que el oyente pueda encender su frecuencia mientras maneja su auto o limpia su casa. No parece ser ese el terreno más propicio para la ficción, que necesita de un oyente atento que se predisponga a dejarse encantar por la historia e imaginar lo que los sonidos le sugiere. Pero Internet se ha vuelto “una luz de esperanza” para recuperar el potencial expresivo del medio.

Paradójicamente, la televisión tradicional, que fue el verdugo de la radio, hoy también está en jaque por los nuevos modos de ver productos audiovisuales con plataformas como Netflix. Lo curioso es que es justamente a través de las posibilidades que ofrece el streaming, que la ficción radiofónica puede resucitar.

Los “Podcast” son productos radiofónicos envasados que están en la nube y que pueden ser escuchados por quien quiera, cuantas veces quiera y cuando quiera. Como un delivery virtual, los relatos pueden ser descargados o reproducidos online por un usuario que elige el momento oportuno para escuchar un programa.

Ahí puede estar la respuesta para quienes apuestan a producir ficción de manera independiente. Porque los contados casos de programas de este género (el radioteatro no es el único) se deben más a propuestas individuales que a políticas empresariales de las emisoras. Porque si de contar historias se trata, la radio está más que calificada. La magia que supo encantar a toda una generación, todavía puede despertarse para llenar este vacío que retumba.

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Radio y ficción, un divorcio que dejó secuelas en el dial

Tras el auge de los radioteatros, la llegada de la tv en los sesenta dejó a las emisoras sin elencos y sin historias para contar. Un vacío que todavía hoy tiene ecos.

Su romance fue como la mayoría de los amores de la juventud: intenso pero breve. La radio argentina y la ficción se tomaron de la mano en sus años más mozos, crecieron juntos y en el mayor apogeo de su relación, se separaron. Tras ese divorcio, en el que la televisión ocupó el rol de tercera en discordia, los diales se empobrecieron de historias y dejaron un vacío que todavía hoy tiene ecos.

Quien encienda hoy su trasmisor, a la hora que sea y en cualquier frecuencia, es muy probable que escuche una de estas tres cosas: música, información o un clásico programa de entretenimiento. Pero eso que nos llega del otro lado del parlante o de los auriculares, no siempre fue igual.

Después de su nacimiento, gracias a la prueba piloto que los llamados “locos de la azotea” hicieron desde un techo para transmitir una obra de Richard Wagner en 1920, la radio en Argentina se constituyó como un medio informativo y musical, un perfil muy similar al que predomina en la actualidad, casi un siglo después.

Pero tras su primera década de vida, entre los 30 y los 40, encontró su punto de mayor popularidad y desarrollo gracias a un género de ficción que se volvió el símbolo de una época: el radioteatro.

Las historias contadas a través de voces, música y sonidos marcaron a fuego a una generación, que aún recuerda su programa favorito con nostalgia. A la hora señalada, no faltaba nadie quien no dejara sus labores cotidianas y se sentara en su sillón favorito para escuchar los sucesos de “El Gaucho Solitario” o los problemas de “Los Pérez García”, sólo por citar dos casos emblemáticos.

Los avances que la ingeniería japonesa introdujo en los aparatos en esa época, conspiraron para que los radioteatros fueran escuchados de manera colectiva y hasta comunitaria. “Los primeros receptores se usaban con auriculares, por lo que era una escucha individual. Después se les incorporó un parlante externo y se volvió una escucha gregaria y familiar”, explicó Ricardo Haye, docente de la Universidad Nacional del Comahue y probablemente el investigador que mejor haya descripto el ocaso de la narrativa en la radio. Así, los viejos trasmisores de madera tallada y reluciente se ganaron un lugar privilegiado en los livings y se volvieron no sólo el centro de los hogares argentinos, sino también los reguladores de las actividades de la comunidad. Tan fuerte fue el impacto que tuvo el formato en la sociedad argenti na que “los pueblos y ciudades se detenían, literalmente”, comentó Daniel Toledo, docente de la carrera Producción de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de San Luis.

Los estudios de las emisoras contaban con sus propias orquestas estables y un batallón de guionistas, locutores, actores y directores. Las voces principales de los personajes se volvieron las grandes estrellas de la farándula de ese entonces y formaban compañías, que salían a hacer giras por los pueblos para conquistar las audiencias de todos los lugares a los que llegaban de dos formas distintas: a través del éter y sobre el escenario.

La expresividad de la radio fue tan poderosa que muchas veces la ficción terminaba confundiéndose con la realidad. Al famoso caso de “La guerra de los mundos” de Orson Welles, habría que sumarle las incontables experiencias de los diales argentinos, como la vez que una radio cordobesa inventó una Virgen que después los ciudadanos iban a venerar, o como las apedreadas que recibían los actores que interpretaban a los villanos en Villa Mercedes.

Toledo, quien ha estudiado los inicios de la radiofonía en San Luis, señaló que la provincia tuvo sus propias compañías de radioteatros. En la capital puntana se destacaron fundamentalmente dos grandes elencos. “En los 50, tuvo una incidencia la de Orlando de Luca, que trabajó obras muy interesante. Era un detallista de la performance escénica y radiofónica. Después José Luis Gatto, que supo ser ayudante de De Luca, funda su compañía ‘Candijelas’, que fue muy fuerte en los 60”, contó.

Fue por esos tiempos cuando el matrimonio que habían formado la ficción y la radio entró en una crisis de la que nunca se repondría. “Mucho tuvo que ver la llegada de un nuevo convidado a las casas de la familia que fue la televisión”, señaló Haye y amplió: “No simplemente porque la tele se instalara reemplazando a las radios, sino porque le arrebató sus cuerpos de actores y guionistas, que se fueron tentados por salarios mejores y por la posibilidad de mostrarse tal cual eran, causando algún que otro desasosiego en los oyentes que los imaginaban altos y bellos”, expresó.

Con las compañías desbaratadas, el dinero de la publicidad también se fue detrás del nuevo atractivo que despertaba pasiones y se volvía el medio ideal para promocionar los productos de moda. Los radioteatros fueron desapareciendo de a poco. En las populosas emisoras quedaron las sillas vacías y la radio no sólo se empobreció económicamente, sino que también quedó, como ha dicho el propio investigador, “desnuda de arte”.

Desde ahí en adelante, las estaciones se tuvieron que amoldar para sobrevivir a su nueva realidad y se recluyeron en las fronteras de lo periodístico. “No sólo renunciaron a la ficción, sino fundamentalmente al acto de narrar y contar historias”, dijo.

Hasta el día de hoy, esa tendencia no se revirtió y no hizo más que acrecentarse. El magazine de la mañana, el informativo del mediodía, el deportivo de la tarde y los románticos de la noche, se volvió la fórmula repetida en la mayoría de las grillas de programación del país, matizadas por interminables lista de temas musicales.

La publicidad y las campañas de acción social, advirtió Toledo, fueron los únicos espacios que supieron interpretar la potencia de la narrativa para despertar la atención de los oyentes, y que siguen utilizando dramatizaciones como un recurso sonoro valioso.

Por otra parte, los nuevos avances en la tecnología volvieron a generar modificaciones en la manera de escuchar radio. La posibilidad de utilizar auriculares, como en los inicios, y tener receptores cada vez más pequeños y transportables, hicieron que el oyente pueda encender su frecuencia mientras maneja su auto o limpia su casa. No parece ser ese el terreno más propicio para la ficción, que necesita de un oyente atento que se predisponga a dejarse encantar por la historia e imaginar lo que los sonidos le sugiere. Pero Internet se ha vuelto “una luz de esperanza” para recuperar el potencial expresivo del medio.

Paradójicamente, la televisión tradicional, que fue el verdugo de la radio, hoy también está en jaque por los nuevos modos de ver productos audiovisuales con plataformas como Netflix. Lo curioso es que es justamente a través de las posibilidades que ofrece el streaming, que la ficción radiofónica puede resucitar.

Los “Podcast” son productos radiofónicos envasados que están en la nube y que pueden ser escuchados por quien quiera, cuantas veces quiera y cuando quiera. Como un delivery virtual, los relatos pueden ser descargados o reproducidos online por un usuario que elige el momento oportuno para escuchar un programa.

Ahí puede estar la respuesta para quienes apuestan a producir ficción de manera independiente. Porque los contados casos de programas de este género (el radioteatro no es el único) se deben más a propuestas individuales que a políticas empresariales de las emisoras. Porque si de contar historias se trata, la radio está más que calificada. La magia que supo encantar a toda una generación, todavía puede despertarse para llenar este vacío que retumba.

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