Editorial

La Antártida, testigo del cambio climático

Diez años atrás, una gruesa capa de hielo cubría el glaciar Collins en la Isla Rey Jorge en la Antártida. Hoy la roca está expuesta, en medio del paisaje de una región afectada por el cambio climático, que además es un gran laboratorio para combatirlo.

En menos de quince años, tiempo normal en el transcurso de una vida humana, ya pueden reconocerse los cambios que produce el calentamiento global, sostiene el Instituto Antártico Chileno (Inach).

El deshielo ha dejado a la vista rocas y muchas especies han retrocedido hacia el interior de la Antártida. También pueden verse cambios en la composición de los ecosistemas terrestres. Al mismo tiempo, atraídos por temperaturas más cálidas, especies que nunca vivieron en la Antártida como la centolla -un depredador de fondos marinos habitual en el sur de Chile- comenzaron a aparecer en aguas del continente blanco.

Según mediciones realizadas el año pasado por científicos chilenos en la isla de Doumer, la temperatura del agua llegó a los 2,5ºC, cuando lo normal es que tenga entre 0ºC y 1,5°C. A 40 metros de profundidad se registraron 2ºC. Muy elevada para la región.

 

Estudios de la NASA, realizados entre 2002 y 2016, aseguran que la Antártida perdió aproximadamente 125 giga toneladas de hielo por año, lo que provocó a su vez un aumento del nivel global del mar de 0,35 milímetros por año.

El norte de la península antártica y la región occidental del mar de Amundsen son los más afectados por el deshielo.

Pero el cambio climático no sólo afecta la temperatura, es un cambio global. Con el 62% de las reservas de agua dulce del planeta, un deshielo de la Antártica contribuirá a la desalinización de los mares, alterará la solubilidad del oxígeno en el agua, la anoxia (falta de oxígeno), modificará el intercambio de nutrientes, los microorganismos que regulan varios ciclos geoquímicos o el PH que condiciona la existencia de organismos calcáreos.

Este calentamiento del agua provocó asimismo la proliferación de algas verdes, lo que puede influir en la cadena alimenticia de la fauna marina, en particular los crustáceos. A pesar de que se ven pequeñas, las algas, microalgas y macroalgas son muy importantes para un componente grande de la trama trófica, pues se encargan de proveer alimentos al resto del ecosistema.

La cantidad y variedad de especies de un ecosistema es muy importante para que se mantenga sano, y la Antártida no es la excepción. El gran temor de los científicos es que se pierdan especies que ni siquiera se sabe que existen.

En ese contexto la Antártida se está convirtiendo en laboratorio del cambio climático y del desarrollo de herramientas que permitan la adaptación de la flora y la fauna en las nuevas temperaturas del planeta.

La resistencia a la radiación ultravioleta y a las condiciones climáticas extremas convierten a las plantas antárticas en excelentes herramientas de la biotecnología para desarrollar protectores solares, antioxidantes, azúcares naturales o mejorar cultivos más frágiles.

Si algo han demostrado las plantas antárticas es su adaptación al medio para sobrevivir a condiciones extremas. Y eso lo hacen gracias a la acumulación de azúcares que las protegen y las alimentan durante los duros meses de invierno bajo la nieve.

La tolerancia que tienen plantas como la Deschampsia antárctica para resistir al ambiente extremo podría transferirse a cultivos como el trigo, el arroz, el maíz o la avena para sobrevivir al cambio climático, investigan los científicos.

La Antártida, el gigante y aún misterioso continente blanco, sufre las variaciones del cambio climático, mientras se convierte en testigo y banco de pruebas de la resistencia del planeta.

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