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“Pasar de San Luis a la pensión de Boca fue un cambio tremendo”

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“Pasar de San Luis a la pensión de Boca fue un cambio tremendo”

Marcelo Dettoni

El futbolista es un claro ejemplo de que para llegar a vivir del fútbol hay que sacrificarse mucho. Pasó por una lesión grave, el ninguneo de varios técnicos y por países tan distintos como Ecuador y Austria, o Uruguay e Italia. Hoy triunfa en la Universidad de Chile, pero no se olvida de sus orígenes, ni de todo lo que sufrió su familia.

La cita con Matías Rodríguez es en uno de los íconos del consumismo chileno, el mall Costanera Center. Y no es un lugar casual: en un negocio de ropa deportiva que viste a su club, la Universidad de Chile, por lo que aprovecha para llevarse algunas prendas y botines. El futbolista puntano de mayor proyección internacional llega acompañado por Lucía, su compañera desde hace 16 años. Él tiene 31, así que ya lleva más de la mitad de su vida junto a la mamá de sus hijos, Felicitas (8 años) y Juan Martín (7).

Se nota que Santiago es como su segundo hogar. Matías se mueve con soltura, firma autógrafos, posa para las fotos que le piden los hinchas de la U y hasta recibe el respeto y los saludos de los del Colo Colo, el clásico rival. La revista Cooltura llegó hasta Santiago para conversar con él y repasar su vida de trotamundos del fútbol, porque no todo lo que brilla es oro y porque ya lo dice el tango: para gozar, primero hay que saber sufrir.

—¿Dónde fueron tus comienzos en el fútbol?

—Empecé a jugar a la pelota por la familia, que es muy futbolera. El que más lejos había llegado era mi tío, pero todos se prendieron siempre en los partidos. Empecé a jugar en San Lorenzo de Puente Blanco, a los 6 años. No me gustaba tanto, pero a medida que pasaron los años me fui enganchando más y más. Y aquí estoy.

—¿A qué edad te vas a Boca?

—La primera prueba fue a los 12 años. Vinieron enviados de Boca de Buenos Aires para hacer una prueba colectiva en la cancha de Estudiantes. Me seleccionó el “Cordero” Torres, fui uno de los cuatro que eligieron. Jugaba de volante por derecha y si bien no fue el mejor partido esa prueba, la persona que fue a ver me seleccionó. Estaba entre nervioso e ilusionado, aunque en realidad no sabía la magnitud de lo que estaba por vivir. Lo tomé como un partido más y gracias a Dios quedé junto con la “Rata” Fernández, Smargiassi y no me acuerdo quién era el cuarto. Nos hicieron viajar a Buenos Aires, yo con 12 años era el más chico. Fuimos y me probaron con los más grandes, obvio que no agarré una pelota. Ahí se dieron cuenta de que se notaba la diferencia de edad y me hicieron ir un mes después con chicos de mi categoría, 36 pibes de todo el país. Hicimos fútbol una semana entera, pero no te decían si quedabas o no. Volví a San Luis, pasó el tiempo y en diciembre me llamaron para otra prueba en Casa Amarilla. Otra semana, iba con mi mamá, que se tenía que pagar todos los gastos. El último día, el 18 de diciembre, dijeron los que quedaban seleccionados y ahí estaba yo.

—Un momento inolvidable.

—Pará, que no fue tan sencillo. Nombraron a los que quedaban en la pensión con todo pago y yo no estaba. Sí en el segundo grupo, que eran los que quedaban pero sin lugar. Había una pensión a dos cuadras de la Bombonera, pero la tenía que pagar cada familia. Era una decisión difícil. Otro puntano, Diego Lucero, estaba en la misma situación que yo. Salía 250 pesos me acuerdo y mi viejo cobraba 1.500. Era mucha plata, pero estaba mi sueño en juego.

—¿Vivieron juntos?

—El 15 de enero me fueron a dejar mis viejos y fueron los Lucero también. Cuando estamos ahí, mi papá firma los documentos, la planilla de entrada, todo para quedarme. Yo estaba feliz, porque me quedaba con Diego. Cuando estaba dejando las cosas en la pieza viene él y me dice que no se quedaba, que el papá no se lo podía pagar. Fue un baldazo. Mis viejos pagaron, tomaron un taxi y se fueron. Y yo al instante me puse a llorar. La señora de la pensión me quería consolar, pero no quería saber nada. Me ayudaron los chicos más grandes a levantarme el ánimo. Fue la única vez que lloré de tristeza.

—¿Quiénes de esa camada llegaron a la Primera División?

—Fernando Gago, Nery Cardozo, Leandro Díaz, Luis Escalada, Ariel Cólzera, Enzo Gutiérrez y Nicolás Bertolo que llegó un poquito después y sería muy importante en mi vida.

—¿Y técnicos?

—El primero fue Roberto Mouzo, que me ayudó un montón a sobrevivir a Buenos Aires. Hasta el día de hoy me acuerdo el teléfono de su casa.

—Muchos puntanos no aguantaron eso, vivir en Buenos Aires.

—El cambio es muy duro. La provincia es muy tranquila, segura, todo a ritmo lento. Te vas a un lugar totalmente diferente y encima a Boca, donde la exposición es tremenda. Empiezan las reglas, los horarios. Te levantás a las 7, el colegio, el almuerzo y a la tarde a entrenar.

—¿Terminaste el secundario?

 —No, es una cuenta pendiente para mi familia.

—La otra es jugar en la Primera de Boca.

—Sí, estuve a punto de volver en 2015. Me llamó el Vasco Arruabarrena, que me quería. Estaba todo armado para ir, pero por un tema contractual no pude. Estaba en Gremio, había que rescindir y que Sampdoria, el dueño de mi pase, aceptara prestarme sin cargo a Boca. Era muy difícil, Gremio no me quería dejar ir y me quedé con las ganas.

—¿Cómo fue la experiencia en la Selección?

—Fue en 2012, en mi mejor momento en la Universidad de Chile, cuando ganamos la Copa Sudamericana. Es difícil explicarlo. Es una sensación increíble compartir los días con Messi, Higuaín, Agüero. Ahí me reencontré con Gago, que me hizo la entrada más fácil.

—¿Son tipos accesibles?

 —Sí, uno se imagina que están en otro mundo, pero son gente normal. Se manejan de la misma manera que cualquiera. La experiencia fue buenísima, me queda en el recuerdo para siempre.

—Repasemos los viajes…

—A los 19 años, en Boca estaba con un DT que sabía que no me iba a poner nunca. Entonces decidí irme a Juventud Antoniana de Salta, donde estaba el Negro Zamora como técnico. Tenía 19 años y empecé a jugar enseguida, le tomé el gustito a ser titular. Pero cuando llegué, el Negro no me conocía y no me quería mucho, pero me bancó el presidente y me quedé. Jugué de lateral, volante central, por izquierda, doble cinco. Le torcí el brazo a Zamora, porque después me quiso llevar a otro club.

—Después llegó el momento de irte al exterior.

—Sí, mi representante me llevó a Ecuador. Firmé contrato con el Barcelona, pero como no tenía cupo de extranjero terminé en Aucas. Lo único que me importaba era jugar, en el puesto que sea. Después de 6 meses volví al Barcelona, pero pasé 4 meses sin jugar ni cobrar. Lo llamé a un gerente de Boca para decirle que la estaba pasando mal y me dijo que pegara la vuelta.

—¿Y entonces?

—Estaba Miguel Russo como DT. Un día faltó un lateral de Reserva y había que hacer fútbol con Primera. Me llevaron y jugué bárbaro, tanto que Russo me llevó a entrenar con Primera. Como Boca jugaba Libertadores, los jueves hacía fútbol con los que no estaban en la lista de la Copa. Un jueves nos llamó a mí y a Facundo Roncaglia para avisarnos que uno iba a jugar el domingo en Primera y otro en Reserva. Me tocó el partido preliminar y a los 20 minutos me fracturé la tibia. Fue el 13 de mayo de 2007, no me olvido más.

—Estaba claro que tu futuro no iba a estar en Boca.

—Y… sí. Fueron 6 meses durísimos de recuperación. Yo quería dejar todo, sentía que había pasado el momento clave. Pero en diciembre ya estaba listo y me llegó una oferta para probarme en Austria, en el Linz.

—¿Y cómo te fue?

—Fuimos con Mariano Torres y Luisito Ibáñez. Quedamos con Torres y mirá lo que son las cosas, a Ibáñez lo mandaron de vuelta y debutó en Boca. Increíble. Pasé en Austria todo el invierno. La primera práctica no usé guantes y después tuve una picazón terrible cuando comenzó de nuevo a circularme la sangre. Jugué poco, un partido como titular y uno en el que entré de suplente. Fue dura la vida, no entendía el idioma.

—¿Volviste a Boca?

—Sí, pero me dejaron libre a los 22 años. Estaba Carlos Ischia y consideró que era grande ya. Quedé sin club, sin pensión, sin departamento y sin nada. Me quedé entrenando por mi cuenta y viviendo en la casa de mis suegros. Si queríamos ir al cine tenía que pagar Lucía, yo no tenía un mango.

—¿No te llamaba nadie?

—De todos lados, pero no de Primera, de todo el ascenso. Yo quería agarrar pero mis representantes, Danilo y Fernando Méndez, me dijeron que aguantara, que algo iba a salir. Al final, por un contacto nos salió una prueba en Olimpia de Paraguay, donde estaba Gustavo Costas de DT. Estuve un mes, Costas me quería, así que fui a arreglar el contrato. Lo que me ofrecieron me parecía que estaba bien, pero mi representante dijo que no, que semejante club tenía que pagar más. Así que me pidió que volviera.

—Y a empezar otra vez de cero…

—A entrenar por mi cuenta y mirar el teléfono, fueron días desesperantes. Una vez me llamó Patronato, y otra vez los Méndez me pidieron que no sea ansioso. A los tres días me mandaron a Uruguay, a una prueba en Nacional. Estaban Gerardo Pelusso de entrenador y Nico Bertolo, que la rompió. Él me recomendó, lo conocía de Boca. Así que fui, no tenía nada que perder.

—Ahí cambió tu suerte.

—Entrené una semana y terminé firmando por un año y medio. Arranqué de titular y jugué 16 partidos seguidos. Salimos campeones del Apertura y del Anual, y al año siguiente ganamos el Clausura. Me cambió todo en dos semanas gracias a que Bertolo me recomendó, después te lo tenés que ganar en la cancha, pero me dio una gran mano.

—¿Qué pasó cuando terminó el contrato?

—Querían renovar por tres años y les pedimos que compren el 50% del pase, que se la jugaran porque yo había rendido. Pero me dijeron que no podían comprometerse a hacer la inversión porque no tenían la plata. Pelusso ya se había ido de Nacional a la Universidad de Chile y justo le venden el lateral derecho. Yo quedo libre y él me ponía en ese puesto. Me pidió, me compraron ese famoso 50% y firmé por tres años.

—Ahí llegó el despegue internacional.

—Llegamos a semifinales de Libertadores, que perdimos con Chivas de Guadalajara en 2010. Cumplí mis tres años de contrato, ganamos la Copa Sudamericana en 2011 ya con Sampaoli y perdimos otra semifinal con Boca.

—¿Cómo es Sampaoli?

—Un loquito lindo que trabaja mucho en cada detalle. Desde el lunes pone videos individuales, está encima del jugador toda la semana, analiza los rivales.

—¿Tiene llegada al jugador?

 —Mientras estás entrenando sí, después no se mete en nada de tu vida privada.

—Cuando lo llaman a la Selección, ¿pensaste que tenías una chance?

 —No, para nada. Yo sé que es difícil. Hay jugadores en Argentina que están en un gran nivel.

—Pero no hay laterales.

—A mí hay dos que me gustan, Bustos, el de Independiente, y Gómez de Lanús. Son jóvenes y tienen mucha proyección, saben atacar y defender. Jorge ya los citó y les vio el potencial.

—¿Hay que correr mucho con él?

—Cuando conocí cómo le gusta presentar los partidos, me di cuenta de que la Selección iba a arriesgar mucho y a sufrir atrás.

—¿Qué jugadores admirabas en tu puesto?

—Primero Javier Zanetti. Por supuesto también al Negro Ibarra cuando estaba en Boca. Y del exterior, me encanta Dani Alves, que está siempre pensando en atacar. Es como yo, me gusta más ir para adelante y me cuesta un poco defender.

—¿Cómo es la vida en Chile?

—Muy tranquila. Vivimos en Las Condes, un barrio lindo. Llevo los chicos al colegio y después me voy temprano al entrenamiento, porque me queda lejos. Los chicos salen entre las 3 y las 4 de la tarde, después compartimos en familia. Salimos poco, tenemos una rutina muy marcada. Tratamos de que cenen a las 8 y media, y a dormir.

—Volvamos para atrás. Tuviste una experiencia en Italia también.

—Sí, me costó bastante. Cuando llegué no era del agrado del técnico. Además tuve problemas para adaptarme al juego porque la Sampdoria jugaba de manera defensiva y yo estaba acostumbrado a atacar. No me dejaban pasar la mitad de la cancha. Y además llegué con un dolor en una pierna y nunca se me fue del todo, eso también me jugó en contra.

—¿Y la vida en Génova?

—Ahí ya fui con toda la familia. Ellos fueron al colegio, Juan Martín aprendió el español junto con el italiano y Felicitas se adaptó bien. Tuve mucha ayuda de mis compañeros, Chiquito Romero y el paraguayo Estigarribia. Nos sentimos muy acogidos cuando llegamos, fue fácil lo que no era fútbol, lo que no se ve. Y adentro de la cancha, no voy a meter excusas, capaz que no estuve a la altura o no era del gusto de Delio Rossi, el entrenador.

—Después se fue Rossi y llegó Sinisa Mihailovic.

—Ahí tuve la chance de ser titular en un partido y pensé que me cambiaba la suerte. Pero debuté contra la Roma, Gervinho me dio un baile bárbaro y no jugué más. Me buscaron Roma y Boca, pero Sampdoria no me largó. Con la Roma por algo personal, y con Boca porque no quería que volviera a Sudamérica para no desvalorizarme. Entrené seis meses como loco sin tocar la cancha. Esa fue mi fortaleza, jamás puse mala cara. Pero al final me cansé y quería irme a préstamo. El problema era que no tenía pasaporte comunitario.

—¿Ahí apareció Gremio?

—Sí, los convencí de que estaban perdiendo plata conmigo. Buscaron ubicarme en Europa, no lo consiguieron y me vine a Porto Alegre. Yo sabía que si me iba de Europa, iba a ser difícil volver. Pero era una apuesta, yo quería jugar. La plata no era lo más importante, yo amo el fútbol. La familia quería quedarse en Italia, pero yo no era feliz.

—¿Tuviste más chances en Brasil?

—El técnico me puso en el primer partido en el segundo tiempo, anduve bastante bien. Pero lo echaron y llegó Luiz Felipe Scolari, que me ponía sólo de local, de visitante ni concentraba porque decía que no marcaba. Al final, entré un día contra el Inter en el clásico, me fue bien y terminé consolidado como titular todos los fines de semana.

—¿Por qué volviste a Chile?

—Porque terminó el contrato, Sampdoria no me quería de vuelta y acá en Chile pasé los mejores momentos de mi carrera. La U es mi segunda casa. Tuve una negociación dura con los italianos, porque tenía dos años de contrato, finalmente me pagaron uno completo y volví a Santiago.

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“Pasar de San Luis a la pensión de Boca fue un cambio tremendo”

El futbolista es un claro ejemplo de que para llegar a vivir del fútbol hay que sacrificarse mucho. Pasó por una lesión grave, el ninguneo de varios técnicos y por países tan distintos como Ecuador y Austria, o Uruguay e Italia. Hoy triunfa en la Universidad de Chile, pero no se olvida de sus orígenes, ni de todo lo que sufrió su familia.

La cita con Matías Rodríguez es en uno de los íconos del consumismo chileno, el mall Costanera Center. Y no es un lugar casual: en un negocio de ropa deportiva que viste a su club, la Universidad de Chile, por lo que aprovecha para llevarse algunas prendas y botines. El futbolista puntano de mayor proyección internacional llega acompañado por Lucía, su compañera desde hace 16 años. Él tiene 31, así que ya lleva más de la mitad de su vida junto a la mamá de sus hijos, Felicitas (8 años) y Juan Martín (7).

Se nota que Santiago es como su segundo hogar. Matías se mueve con soltura, firma autógrafos, posa para las fotos que le piden los hinchas de la U y hasta recibe el respeto y los saludos de los del Colo Colo, el clásico rival. La revista Cooltura llegó hasta Santiago para conversar con él y repasar su vida de trotamundos del fútbol, porque no todo lo que brilla es oro y porque ya lo dice el tango: para gozar, primero hay que saber sufrir.

—¿Dónde fueron tus comienzos en el fútbol?

—Empecé a jugar a la pelota por la familia, que es muy futbolera. El que más lejos había llegado era mi tío, pero todos se prendieron siempre en los partidos. Empecé a jugar en San Lorenzo de Puente Blanco, a los 6 años. No me gustaba tanto, pero a medida que pasaron los años me fui enganchando más y más. Y aquí estoy.

—¿A qué edad te vas a Boca?

—La primera prueba fue a los 12 años. Vinieron enviados de Boca de Buenos Aires para hacer una prueba colectiva en la cancha de Estudiantes. Me seleccionó el “Cordero” Torres, fui uno de los cuatro que eligieron. Jugaba de volante por derecha y si bien no fue el mejor partido esa prueba, la persona que fue a ver me seleccionó. Estaba entre nervioso e ilusionado, aunque en realidad no sabía la magnitud de lo que estaba por vivir. Lo tomé como un partido más y gracias a Dios quedé junto con la “Rata” Fernández, Smargiassi y no me acuerdo quién era el cuarto. Nos hicieron viajar a Buenos Aires, yo con 12 años era el más chico. Fuimos y me probaron con los más grandes, obvio que no agarré una pelota. Ahí se dieron cuenta de que se notaba la diferencia de edad y me hicieron ir un mes después con chicos de mi categoría, 36 pibes de todo el país. Hicimos fútbol una semana entera, pero no te decían si quedabas o no. Volví a San Luis, pasó el tiempo y en diciembre me llamaron para otra prueba en Casa Amarilla. Otra semana, iba con mi mamá, que se tenía que pagar todos los gastos. El último día, el 18 de diciembre, dijeron los que quedaban seleccionados y ahí estaba yo.

—Un momento inolvidable.

—Pará, que no fue tan sencillo. Nombraron a los que quedaban en la pensión con todo pago y yo no estaba. Sí en el segundo grupo, que eran los que quedaban pero sin lugar. Había una pensión a dos cuadras de la Bombonera, pero la tenía que pagar cada familia. Era una decisión difícil. Otro puntano, Diego Lucero, estaba en la misma situación que yo. Salía 250 pesos me acuerdo y mi viejo cobraba 1.500. Era mucha plata, pero estaba mi sueño en juego.

—¿Vivieron juntos?

—El 15 de enero me fueron a dejar mis viejos y fueron los Lucero también. Cuando estamos ahí, mi papá firma los documentos, la planilla de entrada, todo para quedarme. Yo estaba feliz, porque me quedaba con Diego. Cuando estaba dejando las cosas en la pieza viene él y me dice que no se quedaba, que el papá no se lo podía pagar. Fue un baldazo. Mis viejos pagaron, tomaron un taxi y se fueron. Y yo al instante me puse a llorar. La señora de la pensión me quería consolar, pero no quería saber nada. Me ayudaron los chicos más grandes a levantarme el ánimo. Fue la única vez que lloré de tristeza.

—¿Quiénes de esa camada llegaron a la Primera División?

—Fernando Gago, Nery Cardozo, Leandro Díaz, Luis Escalada, Ariel Cólzera, Enzo Gutiérrez y Nicolás Bertolo que llegó un poquito después y sería muy importante en mi vida.

—¿Y técnicos?

—El primero fue Roberto Mouzo, que me ayudó un montón a sobrevivir a Buenos Aires. Hasta el día de hoy me acuerdo el teléfono de su casa.

—Muchos puntanos no aguantaron eso, vivir en Buenos Aires.

—El cambio es muy duro. La provincia es muy tranquila, segura, todo a ritmo lento. Te vas a un lugar totalmente diferente y encima a Boca, donde la exposición es tremenda. Empiezan las reglas, los horarios. Te levantás a las 7, el colegio, el almuerzo y a la tarde a entrenar.

—¿Terminaste el secundario?

 —No, es una cuenta pendiente para mi familia.

—La otra es jugar en la Primera de Boca.

—Sí, estuve a punto de volver en 2015. Me llamó el Vasco Arruabarrena, que me quería. Estaba todo armado para ir, pero por un tema contractual no pude. Estaba en Gremio, había que rescindir y que Sampdoria, el dueño de mi pase, aceptara prestarme sin cargo a Boca. Era muy difícil, Gremio no me quería dejar ir y me quedé con las ganas.

—¿Cómo fue la experiencia en la Selección?

—Fue en 2012, en mi mejor momento en la Universidad de Chile, cuando ganamos la Copa Sudamericana. Es difícil explicarlo. Es una sensación increíble compartir los días con Messi, Higuaín, Agüero. Ahí me reencontré con Gago, que me hizo la entrada más fácil.

—¿Son tipos accesibles?

 —Sí, uno se imagina que están en otro mundo, pero son gente normal. Se manejan de la misma manera que cualquiera. La experiencia fue buenísima, me queda en el recuerdo para siempre.

—Repasemos los viajes…

—A los 19 años, en Boca estaba con un DT que sabía que no me iba a poner nunca. Entonces decidí irme a Juventud Antoniana de Salta, donde estaba el Negro Zamora como técnico. Tenía 19 años y empecé a jugar enseguida, le tomé el gustito a ser titular. Pero cuando llegué, el Negro no me conocía y no me quería mucho, pero me bancó el presidente y me quedé. Jugué de lateral, volante central, por izquierda, doble cinco. Le torcí el brazo a Zamora, porque después me quiso llevar a otro club.

—Después llegó el momento de irte al exterior.

—Sí, mi representante me llevó a Ecuador. Firmé contrato con el Barcelona, pero como no tenía cupo de extranjero terminé en Aucas. Lo único que me importaba era jugar, en el puesto que sea. Después de 6 meses volví al Barcelona, pero pasé 4 meses sin jugar ni cobrar. Lo llamé a un gerente de Boca para decirle que la estaba pasando mal y me dijo que pegara la vuelta.

—¿Y entonces?

—Estaba Miguel Russo como DT. Un día faltó un lateral de Reserva y había que hacer fútbol con Primera. Me llevaron y jugué bárbaro, tanto que Russo me llevó a entrenar con Primera. Como Boca jugaba Libertadores, los jueves hacía fútbol con los que no estaban en la lista de la Copa. Un jueves nos llamó a mí y a Facundo Roncaglia para avisarnos que uno iba a jugar el domingo en Primera y otro en Reserva. Me tocó el partido preliminar y a los 20 minutos me fracturé la tibia. Fue el 13 de mayo de 2007, no me olvido más.

—Estaba claro que tu futuro no iba a estar en Boca.

—Y… sí. Fueron 6 meses durísimos de recuperación. Yo quería dejar todo, sentía que había pasado el momento clave. Pero en diciembre ya estaba listo y me llegó una oferta para probarme en Austria, en el Linz.

—¿Y cómo te fue?

—Fuimos con Mariano Torres y Luisito Ibáñez. Quedamos con Torres y mirá lo que son las cosas, a Ibáñez lo mandaron de vuelta y debutó en Boca. Increíble. Pasé en Austria todo el invierno. La primera práctica no usé guantes y después tuve una picazón terrible cuando comenzó de nuevo a circularme la sangre. Jugué poco, un partido como titular y uno en el que entré de suplente. Fue dura la vida, no entendía el idioma.

—¿Volviste a Boca?

—Sí, pero me dejaron libre a los 22 años. Estaba Carlos Ischia y consideró que era grande ya. Quedé sin club, sin pensión, sin departamento y sin nada. Me quedé entrenando por mi cuenta y viviendo en la casa de mis suegros. Si queríamos ir al cine tenía que pagar Lucía, yo no tenía un mango.

—¿No te llamaba nadie?

—De todos lados, pero no de Primera, de todo el ascenso. Yo quería agarrar pero mis representantes, Danilo y Fernando Méndez, me dijeron que aguantara, que algo iba a salir. Al final, por un contacto nos salió una prueba en Olimpia de Paraguay, donde estaba Gustavo Costas de DT. Estuve un mes, Costas me quería, así que fui a arreglar el contrato. Lo que me ofrecieron me parecía que estaba bien, pero mi representante dijo que no, que semejante club tenía que pagar más. Así que me pidió que volviera.

—Y a empezar otra vez de cero…

—A entrenar por mi cuenta y mirar el teléfono, fueron días desesperantes. Una vez me llamó Patronato, y otra vez los Méndez me pidieron que no sea ansioso. A los tres días me mandaron a Uruguay, a una prueba en Nacional. Estaban Gerardo Pelusso de entrenador y Nico Bertolo, que la rompió. Él me recomendó, lo conocía de Boca. Así que fui, no tenía nada que perder.

—Ahí cambió tu suerte.

—Entrené una semana y terminé firmando por un año y medio. Arranqué de titular y jugué 16 partidos seguidos. Salimos campeones del Apertura y del Anual, y al año siguiente ganamos el Clausura. Me cambió todo en dos semanas gracias a que Bertolo me recomendó, después te lo tenés que ganar en la cancha, pero me dio una gran mano.

—¿Qué pasó cuando terminó el contrato?

—Querían renovar por tres años y les pedimos que compren el 50% del pase, que se la jugaran porque yo había rendido. Pero me dijeron que no podían comprometerse a hacer la inversión porque no tenían la plata. Pelusso ya se había ido de Nacional a la Universidad de Chile y justo le venden el lateral derecho. Yo quedo libre y él me ponía en ese puesto. Me pidió, me compraron ese famoso 50% y firmé por tres años.

—Ahí llegó el despegue internacional.

—Llegamos a semifinales de Libertadores, que perdimos con Chivas de Guadalajara en 2010. Cumplí mis tres años de contrato, ganamos la Copa Sudamericana en 2011 ya con Sampaoli y perdimos otra semifinal con Boca.

—¿Cómo es Sampaoli?

—Un loquito lindo que trabaja mucho en cada detalle. Desde el lunes pone videos individuales, está encima del jugador toda la semana, analiza los rivales.

—¿Tiene llegada al jugador?

 —Mientras estás entrenando sí, después no se mete en nada de tu vida privada.

—Cuando lo llaman a la Selección, ¿pensaste que tenías una chance?

 —No, para nada. Yo sé que es difícil. Hay jugadores en Argentina que están en un gran nivel.

—Pero no hay laterales.

—A mí hay dos que me gustan, Bustos, el de Independiente, y Gómez de Lanús. Son jóvenes y tienen mucha proyección, saben atacar y defender. Jorge ya los citó y les vio el potencial.

—¿Hay que correr mucho con él?

—Cuando conocí cómo le gusta presentar los partidos, me di cuenta de que la Selección iba a arriesgar mucho y a sufrir atrás.

—¿Qué jugadores admirabas en tu puesto?

—Primero Javier Zanetti. Por supuesto también al Negro Ibarra cuando estaba en Boca. Y del exterior, me encanta Dani Alves, que está siempre pensando en atacar. Es como yo, me gusta más ir para adelante y me cuesta un poco defender.

—¿Cómo es la vida en Chile?

—Muy tranquila. Vivimos en Las Condes, un barrio lindo. Llevo los chicos al colegio y después me voy temprano al entrenamiento, porque me queda lejos. Los chicos salen entre las 3 y las 4 de la tarde, después compartimos en familia. Salimos poco, tenemos una rutina muy marcada. Tratamos de que cenen a las 8 y media, y a dormir.

—Volvamos para atrás. Tuviste una experiencia en Italia también.

—Sí, me costó bastante. Cuando llegué no era del agrado del técnico. Además tuve problemas para adaptarme al juego porque la Sampdoria jugaba de manera defensiva y yo estaba acostumbrado a atacar. No me dejaban pasar la mitad de la cancha. Y además llegué con un dolor en una pierna y nunca se me fue del todo, eso también me jugó en contra.

—¿Y la vida en Génova?

—Ahí ya fui con toda la familia. Ellos fueron al colegio, Juan Martín aprendió el español junto con el italiano y Felicitas se adaptó bien. Tuve mucha ayuda de mis compañeros, Chiquito Romero y el paraguayo Estigarribia. Nos sentimos muy acogidos cuando llegamos, fue fácil lo que no era fútbol, lo que no se ve. Y adentro de la cancha, no voy a meter excusas, capaz que no estuve a la altura o no era del gusto de Delio Rossi, el entrenador.

—Después se fue Rossi y llegó Sinisa Mihailovic.

—Ahí tuve la chance de ser titular en un partido y pensé que me cambiaba la suerte. Pero debuté contra la Roma, Gervinho me dio un baile bárbaro y no jugué más. Me buscaron Roma y Boca, pero Sampdoria no me largó. Con la Roma por algo personal, y con Boca porque no quería que volviera a Sudamérica para no desvalorizarme. Entrené seis meses como loco sin tocar la cancha. Esa fue mi fortaleza, jamás puse mala cara. Pero al final me cansé y quería irme a préstamo. El problema era que no tenía pasaporte comunitario.

—¿Ahí apareció Gremio?

—Sí, los convencí de que estaban perdiendo plata conmigo. Buscaron ubicarme en Europa, no lo consiguieron y me vine a Porto Alegre. Yo sabía que si me iba de Europa, iba a ser difícil volver. Pero era una apuesta, yo quería jugar. La plata no era lo más importante, yo amo el fútbol. La familia quería quedarse en Italia, pero yo no era feliz.

—¿Tuviste más chances en Brasil?

—El técnico me puso en el primer partido en el segundo tiempo, anduve bastante bien. Pero lo echaron y llegó Luiz Felipe Scolari, que me ponía sólo de local, de visitante ni concentraba porque decía que no marcaba. Al final, entré un día contra el Inter en el clásico, me fue bien y terminé consolidado como titular todos los fines de semana.

—¿Por qué volviste a Chile?

—Porque terminó el contrato, Sampdoria no me quería de vuelta y acá en Chile pasé los mejores momentos de mi carrera. La U es mi segunda casa. Tuve una negociación dura con los italianos, porque tenía dos años de contrato, finalmente me pagaron uno completo y volví a Santiago.

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