Viernes Scardulla

El gran timador argentino: un hombre llamado Viernes

Inventó el mayor cuento del tío que se conozca. Dijo que había descubierto el tesoro del Virrey Sobremonte. Engañó a todos. Fue preso por "curanderismo".  Se radicó en San Luis donde oficiaba de manosanta. Jugador empedernido. Fue uno de los más grandes estafadores argentinos. Murió en 1977.

Viernes Scardulla fue un enigmático personaje que hizo su fama en base a una monumental estafa que sacudió las entrañas del Senado de la Nación y que llegó hasta movilizar a la plana mayor de la Policía Federal. Nunca se sabrá si este personaje era un mitómano o un hábil estafador.

En 1948 y después de haber pasado un par de años tras las rejas, Scardulla -tenía 38 años- regresó a Venado Tuerto donde se dedicó al "curanderismo", hasta que lo condenaron a cuatro años de prisión por "ejercicio ilegal de la medicina".

En su mente ya tenía su futuro destino: San Luis. Según dicen, eligió la provincia porque acá tenía familiares y era una ciudad tranquila para vivir y seguir con su mentirosa vida de manosanta, actividad que desarrollaba, dada la excelente "llegada" que decía tener con la Virgen de Luján.

No sabía leer ni escribir, era amante de las cuadreras, lo que le permitió por algunos años dedicarse a la crianza de caballos. Le gustaban los juegos de barajas españolas, lo que lo llevó a ser un jugador compulsivo, pero además, le gustaba jugar a la taba, y era un excelente tirador de ese hueso con dos señales, "suerte y culo", un juego ancestral de los criollos argentinos. Esos gustos solo se los podía dar en base a la plata que manejaba, producto de sus supuestas curaciones, cuentos y al curanderismo que de una u otra forma ejercía.

Era tanto el poder adquisitivo que ostentaba, que instaló un consultorio privado en la calle Ituzaingó entre Tomás Jofré y avenida España. Cuentan que en la puerta había una placa que decía: "Doctor Juan Herrera".

Hoy su familia asegura que su visión para los negocios era extraordinaria, pero no era su única virtud. Dueño de una dialéctica envidiable conseguía envolver a cualquiera que se parara frente a él a discutir cualquier tema. 

Una de las costumbres que el manosanta tenía, era atender a sus pacientes colocando un vaso de agua sobre la cabeza y tapada por una toalla que caía por los costados de la cara como un turbante. El vapor que emanaban los elementos era, según Scardulla, los maleficios que se alejaban del cuerpo del enfermo. Sus medicamentos consistían en recetar jarabes para caballos que conocía muy bien por sus conocimientos sobre esos animales, yuyos del campo, flores de chañar, palo azul, palo santo y muchos más.

Scardulla rápidamente abrió las puertas de un sanatorio privado en Gobernador Alric llegando a avenida Sarmiento en la zona noreste de la ciudad de San Luis (hoy una popular barriada) donde día a día, concurrían cientos de personas de provincias vecinas, pero mayoritariamente del interior provincial a quienes prefería porque era más fácil sacarle el dinero.

Dicen que el tiempo es uno de los mayores tiranos que existen y debe ser cierto. Viernes Scardulla perdía clientela, fama y dinero. Lo primero por la falta de credibilidad y lo segundo por su gran adicción a los  juegos de azar. Por esa situación, se desesperaba. Pese a eso,  era generoso y una vez por semana, preferentemente los viernes después de las 15, "curaba" gratis a todos  quienes fueran hasta la puerta de su casa.

El manosanta, estaba desesperado por conseguir pacientes y al ver que tenía una gran oportunidad para reivindicarse, maquinó una acción para que le favoreciera y levantara su fama ante sus fieles seguidores: le dijo a su esposa "voy a llamar al doctor N.... (un prestigioso odontólogo de San Luis). para que te venga a ver, vos te hacés la enferma y después vemos".

Y así fue. Mandó a buscar al médico que llegó hasta la casa, la mujer se hizo revisar, lógicamente no tenía nada. Una vez terminada la consulta, Viernes acompañó al facultativo hasta la puerta, estrechó su mano y con voz fuerte y firme, le dijo: "Vaya tranquilo doctor, yo se que todo va a ir bien.!!". El gentío miraba asombrado lo que acaba de ver. Un profesional de la medicina visitaba a un manosanta. Scardulla, ni lerdo ni perezoso, se dio vuelta y mirando hacia sus vecinos, vociferó: "Vieron, hasta los médicos vienen a hacerse atender conmigo". Al tiempo que le decía adiós con la mano al profesional que se aleja en su auto.

En otra oportunidad, un hombre del campo a quien Viernes detectó como una buena presa para sacarle aunque sea algunos animales, llegó al consultorio por un problema de salud. El diagnóstico fue simple y estremecedor: "Su casa está embrujada", le dijo el curandero al paisano  que le indicó que era necesaria su presencia por dos días o más, en la casa para empezar su cura.

El hombre lo recibió con almuerzos y cenas exquisitas acompañadas de largas sobremesas donde los dueños de casa y su familia escuchaban asombrados los relatos del timador. Una noche, cuando todos dormían, el falso médico cavó en cercanías de la casa cuchillos, tijeras y otros elementos que serían parte de su farsa.

Luego de un tiempo de meditaciones y "conversaciones con el Altísimo", y de sacarle cuánto dinero pudo, Scardulla viajó nuevamente al campo del pobre hombre rural con una varilla que había cortado de un árbol en el camino. Ese elemento sería el que lo llevaría a encontrar la causa de las malas ondas que habitaban la vivienda. Y consideraba que la varilla en cuestión actuaba como detector de brujerías y hechizos malignos.

Junto a familiares del dueño de casa recorrieron varios lugares hasta que finalmente exclamó: "¡Miren cómo se mueve, aquí hay algo extraño. Alabado sea Dios!", gritaba exaltado cuando pasaba caminando con su varilla por el mismo lugar donde días antes había enterrado los elementos. Finalmente, Viernes concluyó que los problemas de salud del hombre se originaron por un gualicho que le hicieron sus enemigos. Con la promesa de que nada malo le pasaría en adelante, el manosanta se fue de la vivienda cargado de animales y dinero.

El nacido en 1903 llegó a San Luis con una pesada mochila que  no parecía pesarle mucho. Había estado preso en Buenos Aires y en Venado Tuerto por "curanderismo". En el libro de guardia de la división Defraudaciones y Estafa de Policía de la provincia de Buenos Aires se asentó, que el 5 de agosto de 1938, se había presentado un hombre que dijo llamarse Viernes Scardulla, de estatura baja, de andar firme, robusto y seguro en sus dichos. Vestía sobretodo gris con las solapas levantada y un sombrero de ala ancha que parecía más grande en su rostro anguloso. Venía a denunciar el robo de unos baúles que contenían, unos 100 kilos de oro, monedas y unos 33 de piedras preciosas, tesoro que había encontrado con su cuñado Santiago Trucco, un tiempo atrás en el campo "La Blanquita", cerca del arroyo Las Garzas en la zona de Pergamino y que le habrían pertenecido al virrey Rafael de Sobremonte cuando huía de los invasores ingleses a Córdoba, antes de la Revolución de Mayo. en 1806.

En esa denuncia, decía que un funcionario del Senado Nacional lo habían estafado cuando lo invitaron a llevarle a su despacho en la calle Victoria (hoy Hipólito Irigoyen 1920), el cofre con los lingotes, las piedras preciosas y las monedas de oro. "Lo hicieron abrir con un cerrajero y se llevaron todo el contenido. A mí me dieron 22 mil pesos, nunca más los volví a ver", dijo Scardulla mientras mostraba un documento firmado por el jerárquico empleado de apellido Monti.

A raíz de esa denuncia, la prensa nacional  hablaba del tema. Los diarios tenían dos títulos en sus tapas, la proximidad de la Segunda Guerra Mundial y el tesoro de Viernes Scardulla. Rápidamente la policía capturó a Roque Monti, de 52 años, quien resultó ser Carlos Valdivieso, un estafador chileno de frondoso prontuario.

Al día siguiente, en un descuido de los policías, Monti se arrojó al vacío del Departamento de Policía, se fracturó el cráneo y murió horas después. Entre sus ropas  se encontró un enorme anillo de oro que, según un orfebre de apellido Scarinchi, era obra de un gran artista y que se había realizado con prácticas muy antiguas y trabajado a cincel.

Al ver la nueva disyuntiva, la policía contrató a un especialista en heráldica (un campo de expresión artística, un elemento del derecho medieval y de las dinastías reales) que manifestó que el relieve que tenía mostraba un águila y sobre la parte superior tres estrellas, lo que hacía suponer una existencia centenaria, era muy antiguo. Eso  aumentó la creencia de que el relato de Viernes Scardulla fuera cierto.

El suicidio del chileno Valdivieso dio un poco de credibilidad a la versión. El periodismo se hacía una fiesta con el famoso "tesoro del virrey", tema que seguía  todo el país. Una comisión de la Policía Federal se trasladó a Pergamino, para inspeccionar el sitio del supuesto hallazgo. No encontraron nada.

Mientras tanto Pedro Bonfani, un herrero de Pergamino, denunciaba que Scardulla le había encargado que hiciera unos cofres y llenarlos de hierro viejo para que fueran más pesados y que los soldara, para que fuese difícil abrirlos. También aparecieron denunciantes de las cuantiosas deudas de juego de Scardulla, quien "debía a cada santo una vela ".

Finalmente, este singular personaje, confesó que había urdido ese cuento del tío, apremiado por el desfalco que había cometido contra su suegra, Catalina Giraldo de Trucco, a quien le debía 16 mil pesos y a su cuñado Santiago, 2.800, por lo que apremiado por sus familiares inventó el famoso relato. En 1967, El Diario de San Luis publicó un par de notas de sus fantástica vida denominado  "Memorias".

En los primeros años de la década del '70, y con la fama casi olvidada por todos, Viernes contaba una anécdota: "El 12 de mayo, me acosté temprano, la noche había dejado de interesarme, yo vivía la noche, aunque durante muchos años fue mi compañera, hoy no".

"Cuando me estaba dormitando, alcanzo a escuchar las primeras gotas de lluvia que caían como pesadas monedas de cobre al grueso techo de adobe. No sé cuánto tiempo pasó, lo que recuerdo es que el fulgor del relámpago, el estruendo del rayo y el seco temblor del piso, me hizo levantar como pude de mi cama y desordenadamente arrastré mis pies hasta la puerta de calle que estaba abierta y golpeaba. La lluvia empezó a caerme en la cara y el frío me estremeció. Retrocedí como pude hasta el comedor, busqué a tientas y ciegas, con decisión salí al patio de tierra que se confunden con un callejón y con el campo. Algo duro, oscuro, gigantesco me detuvo. No me atreví a disparar, por fin la luz de otro relámpago me descifró el misterio: el rayo había quemado el tronco del árbol como si fuera una espada flameante, el árbol se había derrumbado a pocos meros de mi casa. Uno metros más, hubiera sido mi fin".

A las semanas, detrás de su barba blanca, mal afeitada y sus ojos ocultos por los gruesos anteojos,  con risa chaplinesca recordaba: "Por primera vez tuve miedo, creí que el diablo me había venido a buscar".

Murió en San Luis en 1977 después de pasar unos años preso en medio de la indiferencia del pueblo que lo había idolatrado.

Al comienzo de esa década, Viernes había prometido escribir un libro con el nombre "Un Hombre llamado Viernes", en el que prometía relatar sus verdades. Nunca se supo si lo hizo porque no se editó.

 

*Datos del autor e información extraída  de los archivos de los diarios Crónica, La Prensa y El Diario de San Luis. Las revistas Ahora, El Tiempo y Caras y Caretas. Las novelas "El tesoro de Viernes", de Fabián Vernetti (Venado Tuerto) y "Scardulla y el tesoro de Sobremonte" (Hernán Ceres).

 

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