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El romance del prisionero y la hermana del patriota

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El romance del prisionero y la hermana del patriota

Gustavo Luna

Una hermana de Juan Pascual Pringles y un soldado español fueron los protagonistas de la dramática historia, en la aldea que hace doscientos años no conocía más convulsiones que la de la Guerra por la Independencia.

Los separaba una calle, la actual 9 de Julio de la ciudad de San Luis, y el hecho de que ella era hermana de un patriota y él, un prisionero español. No era una época cualquiera para sortear ese último obstáculo, sino el período más candente de la lucha de los americanos por emanciparse, y de los realistas por conservar el poder del rey en estas tierras. Su historia de amor no estuvo exenta de dramatismo, porque a él lo condenaron a muerte y estuvieron a punto de fusilarlo dos veces. No es apelar al romanticismo sino a una probabilidad histórica afirmar que a Juan Ruiz Ordoñez le salvó la vida estar en amores con Melchora Pringles, hermana menor de Juan Pascual, el futuro héroe de Chancay, que fue nada menos que uno de los criollos que sofocaron el levantamiento de prisioneros españoles por el cual casi ajusticiaron a su futuro cuñado.

Las primeras señales habrán sido miradas, discretas, como correspondía a una jovencita de la época. Luego, tal vez, una esquela, el concierto para un encuentro en apariencia casual, una coincidencia en un lugar, en una hora, acaso a la salida de la misa. Hasta que el pretendiente lograra el consentimiento de los padres de ella para una visita en forma, a la luz del día, para desactivar los fisgoneos, las habladurías. Todo habrá marchado bien, pese a los obstáculos. Hasta que la agitación de los tiempos revolucionarios se coló en su historia de amor. Ellos pertenecían a bandos opuestos.

Juan Ruiz Ordoñez llegó a San Luis con 17 años, como prisionero español caído en manos del ejército independentista que comandaba José de San Martín. Como los patriotas toman prisioneros en las batallas en la Banda Oriental, primero, y en Chile, después, su número aumenta y el problema de dónde alojarlos, también. Hay que mantenerlos alejados del teatro de operaciones de la guerra, evitar el riesgo de que confabulen, que tomen las armas, que escapen y se unan otra vez al ejército realista. San Luis es un buen lugar para confinarlos. Aquí estarán lejos de todo.

La ciudad está hecha de casas de adobe cortados por presos que trabajan bajo la amigable vigilancia de los carceleros, con quienes cruzan chanzas mientras trabajan en la misma Plaza Mayor. La actual Independencia, en cuyas cercanías se levanta el solar de la familia que don Gabriel Pringles, mendocino, ha formado en segundas nupcias con Andrea Sosa, puntana y aparente descendiente de Arosena, la hija del cacique Koslay, que pasará a la historia rebautizada con el castellano Juana.

Según algunos testimonios, por caso el de José Eusebio Gutiérrez, casado con Úrsula Pringles, hermana de Juan Pascual, la casa paterna del prócer habría estado en la vereda norte de 9 de Julio, a mitad de cuadra entre Rivadavia y Colón –calles que, por cierto, no tenían esos nombres entonces–, “frente a la puerta traviesa o falsa de la iglesia matriz”, la de la Inmaculada Concepción, erigida en la ochava sureste de Rivadavia y 9 de Julio.

Para el historiador Gilberto Sosa Loyola, esa mención es inexacta. Apoyado en documentos legales de la herencia de los Pringles, cree zanjar la cuestión con la afirmación de que en realidad el solar familiar habría estado emplazado en la ochava noroeste de 9 de Julio y Colón, es decir, media cuadra más al este.

La aldea tiene cárcel. Está emplazada en la ochava suroeste de la esquina de San Martín y 9 de Julio. Pero no tiene espacio suficiente para albergar el aluvión de prisioneros, sobre todo los llegados después de la batalla de Maipú (5 de abril de 1818), victoria decisiva para la independencia de Chile.

Además, una cosa es ser un delincuente común, preso por matar a alguien, robar un caballo o pelear a cuchillo en la pulpería, y otra, muy diferente, ser prisionero de guerra. Las autoridades –el porteño Vicente Dupuy, amigo de San Martín, tiene el gobierno como delegado del gobernador de Cuyo, y por eso su título es el de teniente de gobernador– entienden que no cabe darles el mismo trato. Muchos soldados realistas, entonces, son alojados en casas de familia.

El brigadier José Ordóñez es hospedado en una casa de la ochava suroeste de 9 de Julio y Colón junto al coronel Joaquín Primo de Rivera y su sobrino, Ruiz Ordoñez. Enfrente está la casa de los Pringles. Seguro esa proximidad despertó el interés mutuo entre el joven soldado español y su vecina. Y el acercamiento lo permite el hecho de que los prisioneros son tratados con deferencia, casi como huéspedes, y comparten tertulias con sus anfitriones y vecinos. Gozan de un régimen de semi libertad.

Hasta que trasciende el rumor de que planean un levantamiento y un escape. Dupuy ordena ceñir la vigilancia, pero el conato ya está en marcha. La mañana del lunes 8 de febrero de 1819 los prisioneros toman las armas.

 

 

A matar o morir

Han concertado dividirse en cuatro grupos y atacar, cada uno, un punto estratégico. El primero debe tomar el cuartel de milicias (ochava noroeste de Pringles y San Martín) y apoderarse del depósito de armas; el segundo, copar la cárcel, tomar las armas que hubiera, liberar a 52 montoneros presos e invitarlos a plegarse al levantamiento; el tercero debe atacar la casa del gobernador –donde hoy está la Catedral– y capturar a Dupuy; y el cuarto tiene la misión de detener, en la casa donde se alojaba, al patriota Bernardo de Monteagudo, que había llegado a San Luis, confinado, el 3 de noviembre de 1818.

La rebelión será un completo fracaso. Treinta y dos sublevados -23 prisioneros y 9 confinados políticos– mueren durante los enfrentamientos, entre ellos varios de los cabecillas, como el brigadier Ordóñez. El coronel Primo de Rivera se mata de un balazo con la carabina de Dupuy, el gobernador degüella al coronel Antonio Morgado. Apenas cinco días después, ocho de los sobrevivientes son condenados a muerte, entre ellos, el adolescente soldado Juan Ruiz Ordoñez, sobrino del brigadier Ordóñez. Un paisano puntano, colaborador del levantamiento, es sentenciado a prisión perpetua.

Del lado de los defensores de la ciudad, en la recuperación del cuartel las bajas son un muerto y dos heridos graves. El enfrentamiento produce un saldo trágico extra, cuenta el historiador Gabriel Gutiérrez, en “San Luis, caliente febrero de 1819”: ante el temor de que treinta montoneros presos intenten plegarse al levantamiento de los prisioneros españoles, el encargado de la cárcel ordena encerrarlos en el sótano de la prisión. Por la tarde, cuando ya la ciudad ha vuelto a la calma, van a sacarlos, pero veintinueve de ellos han muerto asfixiados.

La sublevación ha sido sofocada por la reacción no sólo de las milicias de la ciudad, sino de los vecinos comunes, de ambos sexos, que empuñan armas. La historia rescata el nombre de una mujer, Juana Chilota, que mata con una piedra a un sublevado que yace herido en la calle, a cuadras del cuartel. Y la leyenda, antes de esfumarse de la memoria de los puntanos de la época, le pone otro ingrediente a esa temeraria determinación de “La Chilota”, como la nombra Eleodoro Lobos en un artículo que publica en 1880, en el periódico literario “El Democrático”, de Buenos Aires: sostiene que, al parecer, al darle muerte al español no sólo vengó el levantamiento, sino un despecho amoroso.

Por lo visto, los asuntos del corazón buscan colarse por todas partes en los relatos sobre el fallido amotinamiento. Porque al buscar las causas de la rebelión de los prisioneros, algunos autores han citado que el motivo fue el encono personal surgido entre Bernardo de Monteagudo y el brigadier José Ordóñez, ya que se disputaban el amor de Margarita Pringles, otra hermana de Juan Pascual, a quien los cronistas le atribuyen gran belleza.

Otros investigadores han sostenido que por encima de la hipotética rivalidad sentimental entre dos protagonistas del drama están las causas políticas que motivaron a los soldados del rey a intentar un escape, para reunirse con sus camaradas y reanudar, de manera activa, su servicio a la causa realista.

Aquel episodio de la lucha por la emancipación, que tuvo a San Luis como escenario y a sus vecinos como protagonistas, depara aún otro detalle fascinante y revelador de los vaivenes de los tiempos convulsos. En el bando que combate contra los sublevados pelean el puntano Pringles y el riojano Juan Facundo Quiroga, que estaba en San Luis en calidad de confinado político y protagoniza un acto épico, ya que, ante la falta de un arma de fuego o sable, corre con un chifle o asta de buey a uno de los amotinados.

Diez años después, el fraticidio entre unitarios y federales tornará enemigos mortales a Pringles y Quiroga. El primero morirá a manos de los soldados del segundo, en 1831. Y apenas cuatro años después, “El Tigre de los Llanos” también será asesinado. Junto a él caerá, en Barranca Yaco, otro insigne puntano, José Santos Ortiz, el primer gobernador autónomo de San Luis.

Dos veces salvado

El motín que enfrenta a prisioneros huéspedes con vecinos, drama que envuelve a todos en la aldea, encierra otros dramas personales. Para cuando cae detenido, es acusado de participar en el alzamiento y condenado a muerte, el ayudante 2° del ejército realista Juan Ruiz Ordoñez ya está en amores con Melchora Pringles, que a la sazón tiene 18 años.

En un juicio sumarísimo, el 13 de febrero, Bernardo de Monteagudo ya tiene un dictamen, con la pena que le corresponde a cada uno de los implicados. A pedido de Dupuy, el 14 emite el dictamen definitivo y el lunes 15 llevan a cabo las ejecuciones, en la plaza Independencia. Pero Ruiz Ordoñez y otro sublevado, de apellido Moya, no son ajusticiados ese día. El día anterior Dupuy había ordenado suspender sus fusilamientos. Hasta ahora no se conoce el motivo por el cual el teniente de gobernador les concedió esa gracia, dice el historiador Gutiérrez.

La suspensión no dura demasiado. El 18 Dupuy ordena fusilarlos. Pero la medida se cumple sólo con Moya. El juvenil oficial Ruiz Ordoñez le había enviado una carta al gobernador, en la que le pedía clemencia, denostaba el levantamiento y ofrecía renunciar a su patria y a su familia. En “San Luis, caliente febrero…”, Gutiérrez duda de que el verdadero autor de la misiva sea Ruiz Ordoñez y cree ver en ella la influencia de la familia Pringles y la mano y la prosa de Monteagudo, que tenía cercanía con Margarita Pringles, hermana de la novia de Ruiz Ordoñez.

“El Teniente Juan Ruiz Ordoñez, con la debida sumisión, represento a VD., que en este momento se me acaba de intimar la sentencia a muerte que debo sufrir a las nueve de la mañana de este día, y aunque conozco la justicia de ella por haber sido cómplice de la conjuración que dirigió mi tío José Ordoñez, imploro toda la clemencia propia en el carácter americano para que se me conceda la vida; al menos en consideración a mi corta edad, y a que estoy seguro que nadie me habrá visto hacer armas contra el pueblo”, dice un tramo de la carta.

Dupuy suspende la ejecución y le pide dictamen a Monteagudo, que el 19 de abril le tiende la mano al prisionero por él mismo condenado: “Él interpone una sú- plica, que atendida la gravedad del crimen es inadmisible, pero que su corta edad, la distancia con que le miraba su tío, y el no resultar en todo el proceso que el suplicante hubiese tenido la menor parte activa en el complot, inclinan a ejercitar con él, un acto de misericordia que haga resaltar más la justicia con que han sido castigados los conspiradores”.

Propone que indulten a Ruiz Ordoñez y lo mantengan detenido hasta que se expida el general San Martín. El Libertador lo entrevista semanas después. Impresionado por el estado en que se hallaba, ordena quitarle las pesadas cadenas que lo sujetaban de los pies y la cintura, según le contó años después el propio soldado español, en una carta, al yerno de San Martín, Mariano Balcarce.

La misiva está fechada en Barcelona, el 25 de noviembre de 1867. Allá residía Ruiz Ordoñez desde 1834, cuando se trasladó junto a quien entonces era ya su esposa, la hermana de Juan Pascual Pringles.

No hay documentos que registren el perdón definitivo al soldado español, pero su supervivencia es la mejor prueba de que lo obtuvo. El ex prisionero murió el 31 de enero de 1873. Entonces Melchora volvió a su patria, con Rosario, la única hija que habían tenido y que, según las definiciones de la época, era demente. La viuda se instaló con su hija en Buenos Aires, en la casa de su comprovinciana Tránsito de Lucero, y murió en 1884.

Con su muerte se cerró la historia de un amor que tuvo a San Luis, la modesta aldea de entonces, como escenario. Y fue puesto a prueba por el fuego y la sangre de la revolución.

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El romance del prisionero y la hermana del patriota

Una hermana de Juan Pascual Pringles y un soldado español fueron los protagonistas de la dramática historia, en la aldea que hace doscientos años no conocía más convulsiones que la de la Guerra por la Independencia.

Solar histórico. Una placa indica dónde estaba emplazada la vivienda de la familia Pringles, en 9 de Julio casi Colón.

Los separaba una calle, la actual 9 de Julio de la ciudad de San Luis, y el hecho de que ella era hermana de un patriota y él, un prisionero español. No era una época cualquiera para sortear ese último obstáculo, sino el período más candente de la lucha de los americanos por emanciparse, y de los realistas por conservar el poder del rey en estas tierras. Su historia de amor no estuvo exenta de dramatismo, porque a él lo condenaron a muerte y estuvieron a punto de fusilarlo dos veces. No es apelar al romanticismo sino a una probabilidad histórica afirmar que a Juan Ruiz Ordoñez le salvó la vida estar en amores con Melchora Pringles, hermana menor de Juan Pascual, el futuro héroe de Chancay, que fue nada menos que uno de los criollos que sofocaron el levantamiento de prisioneros españoles por el cual casi ajusticiaron a su futuro cuñado.

Las primeras señales habrán sido miradas, discretas, como correspondía a una jovencita de la época. Luego, tal vez, una esquela, el concierto para un encuentro en apariencia casual, una coincidencia en un lugar, en una hora, acaso a la salida de la misa. Hasta que el pretendiente lograra el consentimiento de los padres de ella para una visita en forma, a la luz del día, para desactivar los fisgoneos, las habladurías. Todo habrá marchado bien, pese a los obstáculos. Hasta que la agitación de los tiempos revolucionarios se coló en su historia de amor. Ellos pertenecían a bandos opuestos.

Juan Ruiz Ordoñez llegó a San Luis con 17 años, como prisionero español caído en manos del ejército independentista que comandaba José de San Martín. Como los patriotas toman prisioneros en las batallas en la Banda Oriental, primero, y en Chile, después, su número aumenta y el problema de dónde alojarlos, también. Hay que mantenerlos alejados del teatro de operaciones de la guerra, evitar el riesgo de que confabulen, que tomen las armas, que escapen y se unan otra vez al ejército realista. San Luis es un buen lugar para confinarlos. Aquí estarán lejos de todo.

La ciudad está hecha de casas de adobe cortados por presos que trabajan bajo la amigable vigilancia de los carceleros, con quienes cruzan chanzas mientras trabajan en la misma Plaza Mayor. La actual Independencia, en cuyas cercanías se levanta el solar de la familia que don Gabriel Pringles, mendocino, ha formado en segundas nupcias con Andrea Sosa, puntana y aparente descendiente de Arosena, la hija del cacique Koslay, que pasará a la historia rebautizada con el castellano Juana.

Según algunos testimonios, por caso el de José Eusebio Gutiérrez, casado con Úrsula Pringles, hermana de Juan Pascual, la casa paterna del prócer habría estado en la vereda norte de 9 de Julio, a mitad de cuadra entre Rivadavia y Colón –calles que, por cierto, no tenían esos nombres entonces–, “frente a la puerta traviesa o falsa de la iglesia matriz”, la de la Inmaculada Concepción, erigida en la ochava sureste de Rivadavia y 9 de Julio.

Para el historiador Gilberto Sosa Loyola, esa mención es inexacta. Apoyado en documentos legales de la herencia de los Pringles, cree zanjar la cuestión con la afirmación de que en realidad el solar familiar habría estado emplazado en la ochava noroeste de 9 de Julio y Colón, es decir, media cuadra más al este.

La aldea tiene cárcel. Está emplazada en la ochava suroeste de la esquina de San Martín y 9 de Julio. Pero no tiene espacio suficiente para albergar el aluvión de prisioneros, sobre todo los llegados después de la batalla de Maipú (5 de abril de 1818), victoria decisiva para la independencia de Chile.

Además, una cosa es ser un delincuente común, preso por matar a alguien, robar un caballo o pelear a cuchillo en la pulpería, y otra, muy diferente, ser prisionero de guerra. Las autoridades –el porteño Vicente Dupuy, amigo de San Martín, tiene el gobierno como delegado del gobernador de Cuyo, y por eso su título es el de teniente de gobernador– entienden que no cabe darles el mismo trato. Muchos soldados realistas, entonces, son alojados en casas de familia.

El brigadier José Ordóñez es hospedado en una casa de la ochava suroeste de 9 de Julio y Colón junto al coronel Joaquín Primo de Rivera y su sobrino, Ruiz Ordoñez. Enfrente está la casa de los Pringles. Seguro esa proximidad despertó el interés mutuo entre el joven soldado español y su vecina. Y el acercamiento lo permite el hecho de que los prisioneros son tratados con deferencia, casi como huéspedes, y comparten tertulias con sus anfitriones y vecinos. Gozan de un régimen de semi libertad.

Hasta que trasciende el rumor de que planean un levantamiento y un escape. Dupuy ordena ceñir la vigilancia, pero el conato ya está en marcha. La mañana del lunes 8 de febrero de 1819 los prisioneros toman las armas.

 

 

A matar o morir

Han concertado dividirse en cuatro grupos y atacar, cada uno, un punto estratégico. El primero debe tomar el cuartel de milicias (ochava noroeste de Pringles y San Martín) y apoderarse del depósito de armas; el segundo, copar la cárcel, tomar las armas que hubiera, liberar a 52 montoneros presos e invitarlos a plegarse al levantamiento; el tercero debe atacar la casa del gobernador –donde hoy está la Catedral– y capturar a Dupuy; y el cuarto tiene la misión de detener, en la casa donde se alojaba, al patriota Bernardo de Monteagudo, que había llegado a San Luis, confinado, el 3 de noviembre de 1818.

La rebelión será un completo fracaso. Treinta y dos sublevados -23 prisioneros y 9 confinados políticos– mueren durante los enfrentamientos, entre ellos varios de los cabecillas, como el brigadier Ordóñez. El coronel Primo de Rivera se mata de un balazo con la carabina de Dupuy, el gobernador degüella al coronel Antonio Morgado. Apenas cinco días después, ocho de los sobrevivientes son condenados a muerte, entre ellos, el adolescente soldado Juan Ruiz Ordoñez, sobrino del brigadier Ordóñez. Un paisano puntano, colaborador del levantamiento, es sentenciado a prisión perpetua.

Del lado de los defensores de la ciudad, en la recuperación del cuartel las bajas son un muerto y dos heridos graves. El enfrentamiento produce un saldo trágico extra, cuenta el historiador Gabriel Gutiérrez, en “San Luis, caliente febrero de 1819”: ante el temor de que treinta montoneros presos intenten plegarse al levantamiento de los prisioneros españoles, el encargado de la cárcel ordena encerrarlos en el sótano de la prisión. Por la tarde, cuando ya la ciudad ha vuelto a la calma, van a sacarlos, pero veintinueve de ellos han muerto asfixiados.

La sublevación ha sido sofocada por la reacción no sólo de las milicias de la ciudad, sino de los vecinos comunes, de ambos sexos, que empuñan armas. La historia rescata el nombre de una mujer, Juana Chilota, que mata con una piedra a un sublevado que yace herido en la calle, a cuadras del cuartel. Y la leyenda, antes de esfumarse de la memoria de los puntanos de la época, le pone otro ingrediente a esa temeraria determinación de “La Chilota”, como la nombra Eleodoro Lobos en un artículo que publica en 1880, en el periódico literario “El Democrático”, de Buenos Aires: sostiene que, al parecer, al darle muerte al español no sólo vengó el levantamiento, sino un despecho amoroso.

Por lo visto, los asuntos del corazón buscan colarse por todas partes en los relatos sobre el fallido amotinamiento. Porque al buscar las causas de la rebelión de los prisioneros, algunos autores han citado que el motivo fue el encono personal surgido entre Bernardo de Monteagudo y el brigadier José Ordóñez, ya que se disputaban el amor de Margarita Pringles, otra hermana de Juan Pascual, a quien los cronistas le atribuyen gran belleza.

Otros investigadores han sostenido que por encima de la hipotética rivalidad sentimental entre dos protagonistas del drama están las causas políticas que motivaron a los soldados del rey a intentar un escape, para reunirse con sus camaradas y reanudar, de manera activa, su servicio a la causa realista.

Aquel episodio de la lucha por la emancipación, que tuvo a San Luis como escenario y a sus vecinos como protagonistas, depara aún otro detalle fascinante y revelador de los vaivenes de los tiempos convulsos. En el bando que combate contra los sublevados pelean el puntano Pringles y el riojano Juan Facundo Quiroga, que estaba en San Luis en calidad de confinado político y protagoniza un acto épico, ya que, ante la falta de un arma de fuego o sable, corre con un chifle o asta de buey a uno de los amotinados.

Diez años después, el fraticidio entre unitarios y federales tornará enemigos mortales a Pringles y Quiroga. El primero morirá a manos de los soldados del segundo, en 1831. Y apenas cuatro años después, “El Tigre de los Llanos” también será asesinado. Junto a él caerá, en Barranca Yaco, otro insigne puntano, José Santos Ortiz, el primer gobernador autónomo de San Luis.

Dos veces salvado

El motín que enfrenta a prisioneros huéspedes con vecinos, drama que envuelve a todos en la aldea, encierra otros dramas personales. Para cuando cae detenido, es acusado de participar en el alzamiento y condenado a muerte, el ayudante 2° del ejército realista Juan Ruiz Ordoñez ya está en amores con Melchora Pringles, que a la sazón tiene 18 años.

En un juicio sumarísimo, el 13 de febrero, Bernardo de Monteagudo ya tiene un dictamen, con la pena que le corresponde a cada uno de los implicados. A pedido de Dupuy, el 14 emite el dictamen definitivo y el lunes 15 llevan a cabo las ejecuciones, en la plaza Independencia. Pero Ruiz Ordoñez y otro sublevado, de apellido Moya, no son ajusticiados ese día. El día anterior Dupuy había ordenado suspender sus fusilamientos. Hasta ahora no se conoce el motivo por el cual el teniente de gobernador les concedió esa gracia, dice el historiador Gutiérrez.

La suspensión no dura demasiado. El 18 Dupuy ordena fusilarlos. Pero la medida se cumple sólo con Moya. El juvenil oficial Ruiz Ordoñez le había enviado una carta al gobernador, en la que le pedía clemencia, denostaba el levantamiento y ofrecía renunciar a su patria y a su familia. En “San Luis, caliente febrero…”, Gutiérrez duda de que el verdadero autor de la misiva sea Ruiz Ordoñez y cree ver en ella la influencia de la familia Pringles y la mano y la prosa de Monteagudo, que tenía cercanía con Margarita Pringles, hermana de la novia de Ruiz Ordoñez.

“El Teniente Juan Ruiz Ordoñez, con la debida sumisión, represento a VD., que en este momento se me acaba de intimar la sentencia a muerte que debo sufrir a las nueve de la mañana de este día, y aunque conozco la justicia de ella por haber sido cómplice de la conjuración que dirigió mi tío José Ordoñez, imploro toda la clemencia propia en el carácter americano para que se me conceda la vida; al menos en consideración a mi corta edad, y a que estoy seguro que nadie me habrá visto hacer armas contra el pueblo”, dice un tramo de la carta.

Dupuy suspende la ejecución y le pide dictamen a Monteagudo, que el 19 de abril le tiende la mano al prisionero por él mismo condenado: “Él interpone una sú- plica, que atendida la gravedad del crimen es inadmisible, pero que su corta edad, la distancia con que le miraba su tío, y el no resultar en todo el proceso que el suplicante hubiese tenido la menor parte activa en el complot, inclinan a ejercitar con él, un acto de misericordia que haga resaltar más la justicia con que han sido castigados los conspiradores”.

Propone que indulten a Ruiz Ordoñez y lo mantengan detenido hasta que se expida el general San Martín. El Libertador lo entrevista semanas después. Impresionado por el estado en que se hallaba, ordena quitarle las pesadas cadenas que lo sujetaban de los pies y la cintura, según le contó años después el propio soldado español, en una carta, al yerno de San Martín, Mariano Balcarce.

La misiva está fechada en Barcelona, el 25 de noviembre de 1867. Allá residía Ruiz Ordoñez desde 1834, cuando se trasladó junto a quien entonces era ya su esposa, la hermana de Juan Pascual Pringles.

No hay documentos que registren el perdón definitivo al soldado español, pero su supervivencia es la mejor prueba de que lo obtuvo. El ex prisionero murió el 31 de enero de 1873. Entonces Melchora volvió a su patria, con Rosario, la única hija que habían tenido y que, según las definiciones de la época, era demente. La viuda se instaló con su hija en Buenos Aires, en la casa de su comprovinciana Tránsito de Lucero, y murió en 1884.

Con su muerte se cerró la historia de un amor que tuvo a San Luis, la modesta aldea de entonces, como escenario. Y fue puesto a prueba por el fuego y la sangre de la revolución.

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