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El arte de criar cabras en las alturas

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El arte de criar cabras en las alturas

Marcelo Dettoni
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Ramón Luján tiene una majada con 200 cabezas en medio de las sierras, en Puertas del Sol. Con 140 madres en producción, se las arregla para vivir dignamente con su familia.

Ramón Luján dice con una media sonrisa que él y su familia viven “en el techo de San Luis”. Quizá habría que recurrir a un atlas geográfico para saber si técnicamente está en lo cierto, si el paraje Puertas del Sol del Departamento San Martín es el punto más alto de la provincia. Es posible que no, que El Amago o el filo de Los Comechingones estén más cerca de ese celeste radiante que ilumina como un faro las planicies pedregosas e irregulares, típicas del paisaje serrano.

Pero Ramón no está para detalles nimios, ni tampoco conoce el Amago ni el filo de Los Comechingones. Él siente orgullo de su pertenencia histórica a ese paraje aislado, donde cría cabras y la pelea día a día para ganarse el sustento y criar a Horacio (16 años), Claudio (15), Luciano (9) y Santino (5).

“No me salió la nena”, aporta con resignación y una leve encogida de hombros Rosa Blanco, su mujer, que al igual que el productor es de pocas palabras, un rasgo típico de quienes viven lejos de todo, sin muchos semejantes para comunicarse en el día a día. Ella es ama de casa, se encarga de que los chicos no falten al colegio y de dar una mano con lo que haga falta en la cría de los animalitos, que justo cuando la revista El Campo está de visita comenzaron con las pariciones que ellos llaman “de invierno”, aunque el otoño recién se esté desperezando. Es un espectáculo pleno de vida.

Puertas del Sol está enclavado en las Sierras Centrales, en el límite difuso entre San Martín y Ayacucho. Tanto que si bien pertenece a San Martín, es más fácil el acceso por Quines. Uno deja la ruta 20 luego de pasar la ciudad rumbo a Villa Dolores y debe doblar a la derecha en la ruta 2 que va a Las Chacras y San Martín.

Luego de pasar la Quebrada de San Vicente, en medio de un paisaje majestuoso y un río que baja caudaloso desde la cuenca alta, un camino de ripio que sale a la derecha indica que es momento de dejar los autos particulares y treparse a las camionetas. Allí es donde realmente empieza la aventura.

El cronista no va solo, toda una comitiva es la que enfila hacia lo alto de las sierras. Son tres camionetas del Ministerio de Medio Ambiente, Campo y Producción más un camión flamante que adquirió el gobierno provincial para llevar adelante las entregas de kits del Plan de Fomento Productivo. El chofer, Arturo, advierte una y otra vez que él va a acelerar “mientras el camino lo permita”. Claro, va cargado con postes, chapas y alambrados porque debe entregar 13 kits de asistencia caprina del Plan de Fomento Productivo. A eso hay que sumarle las heladeras solares para las 13 familias que esperan ansiosas este adelanto que las ayuda a mantener el arraigo a su terruño.

Pero los inconvenientes habían empezado temprano, mucho antes de llegar a los valles y quebradas. A la altura de El Amparo, todavía sobre la ruta 146, el carrito que cargaba las heladeras detrás de la rendidora Isuzu de Stefan Siebt, el colocador de los artefactos, rompió un eje y terminó con las tuercas de una rueda completamente destruidas. Las camionetas cargaron lo que pudieron (cada heladera lleva una pantalla solar que es la que capta la energía) y siguieron viaje, pero Siebt tuvo que volver a la ciudad para buscar los repuestos que vuelvan a poner en marcha el carrito y seguir con las heladeras restantes. Llegará, porque Stefan siempre llega, y cada uno tendrá su heladera solar instalada y lista para usar.

El camión nos esperaba en la entrada al camino de ripio. Bastó una seña para que se pusiera en marcha y cerrara la fila india en la subida. El paisaje nos fue envolviendo, a veces con una hilera de palmeras caranday, en otras con vegetación de monte, enormes desfiladeros de piedra y hasta un río que hay que cruzar con precaución, porque en los últimos días la lluvia había dejado sus marcas. La primera detención es ante un guardaganado enorme, que se nota que había sido reforzado con cemento en los laterales. Aún así, todos dudan de que el pesado camión pueda cruzar sin doblar sus sostenes de hierro. Entonces los funcionarios bajan de los vehículos, el cronista incluido, para rellenar el hueco con piedras y hacer más llevadero el paso del gigante. Tras varias señas del tipo de las que hacen los banderilleros de los aeropuertos, el camión encara con decisión y pasa sin problemas. Los rostros de alivio lo dicen todo: prueba superada.

Las camionetas dejan de propalar música y publicidad de las radios de San Luis. Allí arriban, mandan las potentes emisoras cordobesas con su cuarteto, pero nadie presta atención, el hermoso contorno serrano lo absorbe todo. A los 20 minutos llegamos a la Escuela Nº 284 "Santa Bárbara", de Los Piquillines, el paraje que antecede a Puertas del Sol. Santa Bárbara era el viejo nombre de lo que hoy se conoce como San Martín. La escuela está cerrada, porque en estos parajes se trabaja de lunes a jueves y nosotros pasamos un viernes. Un caserío se divisa a lo lejos, donde seguramente viven algunos de los niños que estudian allí. Otros vendrán cada día a lomo de burro desde mucho más lejos.

La camioneta a veces patina en primera cuando tiene que encarar alguna curva cerrada, porque ya el ripio le dejó lugar a la piedra desnuda, desgastada por el paso de los vehículos, el viento y el agua que baja por vertientes. Los que sufren de vértigo piden cambiarse al lado izquierdo, para no ver el precipicio que acompaña la trepada. Las cabras, desde sus miradores en las alturas de las piedras, parecen mirar con fastidio la intrusión en sus territorios y algunos burros asoman entre la vegetación, con su habitual cara de ausentes, más entretenidos en mordisquear la vegetación espinosa y achaparrada que en averiguar de qué se trata la excursión.

“Éste es el último tramo complicado, después vamos a ir por lugares más llanos”, tranquiliza Miguel Rodríguez, el jefe del Subprograma Arraigo Rural, quien maneja la camioneta en la que va el enviado de la revista El Campo. Otro río se presenta con un desafío, porque no tiene badén, entonces hay que cruzarlo medio fuerte por las piedras. Las gotas que salpican dan de lleno en los plásticos de las heladeras que van en la parte de atrás, pero no hay mayores contratiempos.

Una parcela a la vera del río llama la atención por su verdor y la ausencia de vegetación autóctona. Se nota que está trabajada y eso es lo raro, porque la agricultura casi no existe en esta zona.

“Son unos muchachos que vinieron de Santa Fe, empezaron como contratistas rurales, pero no les fue bien. Ahora están probando con la siembra de zapallos de la variedad Anco, piensan sacar unas 10 toneladas al año. Ojalá les vaya bien, se enamoraron de San Luis y son muy laburantes”, cuenta Miguel, quien conoce la zona al dedillo porque hizo el relevamiento previo a la entrega de heladeras y ya lleva varios viajes sobre el lomo.

Después de la última curva cerrada y en subida paramos a esperar que llegue el camión, que a esa altura es un punto blanco allá abajo, entre chañares, breas y espinillos. “Si sube acá, zafamos para todo el viaje”, reza Juan Pablo Rey, el jefe del área Sanidad Animal, otro que se conoce de memoria cada paraje de la escarpada geografía de San Martín. Está orgulloso del estatus sanitario de la zona: “No tuvimos ni un positivo por brucelosis”, cuenta.

Mientras aguardamos al mastodonte que maneja Arturo, un grupo de jotes danzan en las alturas con las alas desplegadas. Alrededor asoman varias cuevas en las piedras y es entonces cuando aparecen las leyendas rurales. Alguien comenta que por estos parajes anduvo el mítico bandido rural Juan Bautista Bairoletto (algunas crónicas policiales lo sindican como Vairoletto) escapando de la policía en los años ’30. “Por eso aquella cueva, la más grande, se conoce como ‘la de los bandidos”, aporta Rodríguez señalando un inmenso hueco en las sierras, donde nadie descarta que haya pumas, pero mejor no llamarlos…

El camión llega sin problemas, seguimos un trecho más y, tras pasar la cancha de fútbol más curiosa que se haya visto, desembocamos en Puertas del Sol. La cancha es especial porque su condición de "serrana" hace que el campo de juego sea inclinado hacia uno de los arcos. El sorteo previo al partido será crucial para tratar de jugar el segundo tiempo desde lo más alto a lo más bajo y recuperar lo más rápido posible los goles sufridos en el primero. Porque la inclinación es fuerte en serio. Eso sí, tiene un verde perfecto, tanto que dan ganas de calzarse los cortos, aunque el viento frío desmienta las promesas de ese sol brillante que acompaña la travesía.

Pasión por la enseñanza 

El paraje no es más que la escuelita pública digital "Maestra Florentina Carreño", la casa de Ramón y Rosa y algunas otras desperdigadas, que no se divisan a simple vista. En la puerta del pequeño establecimiento armado con chapas y divisiones de durlock nos espera Johana Muñoz, la maestra, una joven de 27 años de Las Chacras que trabaja hace cinco allí. Como toda docente rural, enseña, cura, acompaña y hace todo lo necesario por sus ocho alumnos. La mitad de la matrícula la aportan los cuatro hijos de Ramón, el resto viaja un par de horas en burro o camina para llegar cada día.

“Tengo un alumno de Nivel Inicial, uno de Primaria y los otros seis están en la Secundaria”, dice Johana, quien vive de lunes a jueves en la escuelita, donde tiene armada una pieza con una cama de una plaza y un pequeño armario. Como todo lugar que regentea la ULP, el wifi vuela en Puertas del Sol, donde además los usuarios que usan la antena son más que escasos. No está sola para enseñar, la universidad arrima una vez por semana con una combi profesores de inglés, matemáticas, lengua, educación física y artística. “Yo me dedico más a ciencias naturales y sociales”, agrega la maestra, que recorre en moto los 70 kilómetros desde su casa.

Johana siempre quiso ser maestra rural. “Me crié en el campo, fui a la escuelita de Laguna Larga, entonces estoy acostumbrada a esta vida, me encanta poder ayudar a formar a estos chicos que están lejos de todo”, cuenta mientras ayuda a organizar el acto de entrega de heladeras. Los vecinos le tienen mucho respeto y ella los trata con mano firme, porque más de una vez hay tenido que laudar en algunas discusiones, aunque por la tarde, cuando termina la jornada escolar, es ella la que va de visita a las casas para tomar unos mates y hacer más llevaderos los días. El maestro, en estos lugares, es una figura sagrada.

Cabras para vivir

Como la revista El Campo ya cubrió entregas de heladeras, la visita a Puertas del Sol tiene otro objetivo: conocer la vida de los criadores de cabras en las alturas puntanas. Por eso el comienzo de la crónica fue con Ramón y con él retomamos mientras la escuela funge una vez más de aglutinador social.

Los Luján viven justo enfrente, en una casa de piedra que le prestó un pariente hace diez años. Ramón es pirquero, un oficio casi en extinción, así que los corrales lucen enormes, prolijos e imponentes, haciendo juego con la geografía serrana. “Nací en el campo, en un paraje de por acá que se llama Los Pozos, en cambio ella es de la ciudad, la chicanea a Rosa, que dejó Candelaria para ser su compañera de vida.

Tiene unas 200 cabras, entre ellas 140 madres que son el gran capital, por la leche y la reproducción. “Tenemos dos pariciones al año, una que viene muy bien en verano y otra que es difícil en invierno, aunque por ahora el tiempo nos viene acompañando”, reconoce Ramón mientras mira el sol que, al mediodía, se hace sentir a pesar de las bajas temperaturas. Debe haber unos diez grados de diferencia entre su influencia a pleno y ponerse a la sombra de un árbol.

La secuencia es sencilla: cría las cabras, deja las hembras en una selección casera y los machos van rumbo a la comercialización en Quines, ya carneados. Él no lo dice, pero ese circuito es dificultoso para todos los pequeños productores caprinos de la zona, porque no cuentan con vehículos adecuados a las normas para el transporte de la carne, no con las guías. Entonces los controles sanitarios pasan a ser un obstáculo más, que suelen sortear con sus burros por huellas entre las sierras que sólo los baqueanos conocen. La frase del veterinario Rey sobre la ausencia de brucelosis es un dato al menos tranquilizador, ya que con la leche hace dulce y quesillo, aunque reconoce que “se vende poco”.

Ramón, además de las cabras, tiene un ingreso porque pertenece al Plan Solidario, en el que ayuda a mantener los caminos rurales. Sus hijos mayores le dan una mano con la cría: “Son guapísimos”, los elogia con orgullo. Lástima que el cambio de clima y la desaparición de los buenos regímenes de lluvia de antaño ya no le permiten hacer maíz y zapallo. “Ahora casi no llueve, lo de los últimos días fue raro, casi una bendición”, reconoce.

Lo que lamenta la familia es que tiene “roto el 220”, que traducido sería falta de energía eléctrica convencional. Ahora volvieron a depender del generador a combustible, lo que agregó nuevos costos a la economía. “Y ahora que viene el Mundial va a ser terrible, vamos a necesitar mucha nafta”, dice Luján, quien además gasta unos mil pesos por mes en gas para mantener la heladera, algo que va a quedar en el pasado ahora que llegaron los artefactos solares que entrega el gobierno provincial en todos los parajes. Lo que pierde por un lado, lo ganará por otro. No es poca cosa para una economía que cuenta las chirolas…

El fútbol es una compañía entre tantas horas de soledad. Claro, hay un superclásico interno porque él es de River y Rosa, de Boca. “Es fanática, no vaya a creer. Cuando van perdiendo, se va a hacer otra cosa”, revela haciendo hincapié en el último partido entre ambos, que ganó River en Mendoza. Rosa jura que van a tener revancha en la Libertadores. A pesar de conocer este tipo de detalles de la vida citadina, no piensan en abandonar las sierras. “Mientras se pueda, vamos a vivir en el campo, acá está todo lo que tenemos”, juran a coro.

El productor nos invita a ir a los corrales, donde las cabras están pariendo en estos días. Algunas tienen las crías al pie, mamando con ganas, otras todavía andan con restos de placenta o están echadas, esperando el momento de dar a luz. “Están atadas para que no se vayan a parir al monte, porque allá no tienen defensa. Los zorros le comen los cabritos”, asegura Ramón, quien tiene el mismo orgullo que el veterinario: “Sangraron a todas y dieron negativo”.

La mayoría son de raza criolla, típica de la zona, aunque cuando puede él compra algún chivato para mejorar la genética. “Ojalá nacieran todas hembras, pero es un 50 y 50”, dice con una sonrisa, mientras controla la hora para ver cuánto falta para que vuelva la majada del monte. Las suelta de 9 a 16, pero no las puede agarrar la noche lejos del corral porque si no las pérdidas serían enormes.

Los chivitos los venden con 7 u 8 kilos, siempre al bulto. “Saco entre 600 y 800 pesos, depende del momento y del animal”. El cronista está tentado a decir que también depende de la cara del cliente, pero se guarda la reflexión porque teme que Ramón lo tome como una falta de respeto y en realidad fue un gran anfitrión. El ministerio, en tanto, pelea para ayudarlos y que puedan vender por kilo, porque así maximizarían la ganancia, pero hay cuestiones culturales que no puede cambiar nadie, ni siquiera la modernidad. Lo sabe Ramón, lo sabe el ministerio.

 

 

 

 

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El arte de criar cabras en las alturas

Ramón Luján tiene una majada con 200 cabezas en medio de las sierras, en Puertas del Sol. Con 140 madres en producción, se las arregla para vivir dignamente con su familia.

Ramón con su esposa Rosa y sus hijos: Horacio, Claudio, Luciano y Santino. 

Ramón Luján dice con una media sonrisa que él y su familia viven “en el techo de San Luis”. Quizá habría que recurrir a un atlas geográfico para saber si técnicamente está en lo cierto, si el paraje Puertas del Sol del Departamento San Martín es el punto más alto de la provincia. Es posible que no, que El Amago o el filo de Los Comechingones estén más cerca de ese celeste radiante que ilumina como un faro las planicies pedregosas e irregulares, típicas del paisaje serrano.

Pero Ramón no está para detalles nimios, ni tampoco conoce el Amago ni el filo de Los Comechingones. Él siente orgullo de su pertenencia histórica a ese paraje aislado, donde cría cabras y la pelea día a día para ganarse el sustento y criar a Horacio (16 años), Claudio (15), Luciano (9) y Santino (5).

“No me salió la nena”, aporta con resignación y una leve encogida de hombros Rosa Blanco, su mujer, que al igual que el productor es de pocas palabras, un rasgo típico de quienes viven lejos de todo, sin muchos semejantes para comunicarse en el día a día. Ella es ama de casa, se encarga de que los chicos no falten al colegio y de dar una mano con lo que haga falta en la cría de los animalitos, que justo cuando la revista El Campo está de visita comenzaron con las pariciones que ellos llaman “de invierno”, aunque el otoño recién se esté desperezando. Es un espectáculo pleno de vida.

Puertas del Sol está enclavado en las Sierras Centrales, en el límite difuso entre San Martín y Ayacucho. Tanto que si bien pertenece a San Martín, es más fácil el acceso por Quines. Uno deja la ruta 20 luego de pasar la ciudad rumbo a Villa Dolores y debe doblar a la derecha en la ruta 2 que va a Las Chacras y San Martín.

Luego de pasar la Quebrada de San Vicente, en medio de un paisaje majestuoso y un río que baja caudaloso desde la cuenca alta, un camino de ripio que sale a la derecha indica que es momento de dejar los autos particulares y treparse a las camionetas. Allí es donde realmente empieza la aventura.

El cronista no va solo, toda una comitiva es la que enfila hacia lo alto de las sierras. Son tres camionetas del Ministerio de Medio Ambiente, Campo y Producción más un camión flamante que adquirió el gobierno provincial para llevar adelante las entregas de kits del Plan de Fomento Productivo. El chofer, Arturo, advierte una y otra vez que él va a acelerar “mientras el camino lo permita”. Claro, va cargado con postes, chapas y alambrados porque debe entregar 13 kits de asistencia caprina del Plan de Fomento Productivo. A eso hay que sumarle las heladeras solares para las 13 familias que esperan ansiosas este adelanto que las ayuda a mantener el arraigo a su terruño.

Pero los inconvenientes habían empezado temprano, mucho antes de llegar a los valles y quebradas. A la altura de El Amparo, todavía sobre la ruta 146, el carrito que cargaba las heladeras detrás de la rendidora Isuzu de Stefan Siebt, el colocador de los artefactos, rompió un eje y terminó con las tuercas de una rueda completamente destruidas. Las camionetas cargaron lo que pudieron (cada heladera lleva una pantalla solar que es la que capta la energía) y siguieron viaje, pero Siebt tuvo que volver a la ciudad para buscar los repuestos que vuelvan a poner en marcha el carrito y seguir con las heladeras restantes. Llegará, porque Stefan siempre llega, y cada uno tendrá su heladera solar instalada y lista para usar.

El camión nos esperaba en la entrada al camino de ripio. Bastó una seña para que se pusiera en marcha y cerrara la fila india en la subida. El paisaje nos fue envolviendo, a veces con una hilera de palmeras caranday, en otras con vegetación de monte, enormes desfiladeros de piedra y hasta un río que hay que cruzar con precaución, porque en los últimos días la lluvia había dejado sus marcas. La primera detención es ante un guardaganado enorme, que se nota que había sido reforzado con cemento en los laterales. Aún así, todos dudan de que el pesado camión pueda cruzar sin doblar sus sostenes de hierro. Entonces los funcionarios bajan de los vehículos, el cronista incluido, para rellenar el hueco con piedras y hacer más llevadero el paso del gigante. Tras varias señas del tipo de las que hacen los banderilleros de los aeropuertos, el camión encara con decisión y pasa sin problemas. Los rostros de alivio lo dicen todo: prueba superada.

Las camionetas dejan de propalar música y publicidad de las radios de San Luis. Allí arriban, mandan las potentes emisoras cordobesas con su cuarteto, pero nadie presta atención, el hermoso contorno serrano lo absorbe todo. A los 20 minutos llegamos a la Escuela Nº 284 "Santa Bárbara", de Los Piquillines, el paraje que antecede a Puertas del Sol. Santa Bárbara era el viejo nombre de lo que hoy se conoce como San Martín. La escuela está cerrada, porque en estos parajes se trabaja de lunes a jueves y nosotros pasamos un viernes. Un caserío se divisa a lo lejos, donde seguramente viven algunos de los niños que estudian allí. Otros vendrán cada día a lomo de burro desde mucho más lejos.

La camioneta a veces patina en primera cuando tiene que encarar alguna curva cerrada, porque ya el ripio le dejó lugar a la piedra desnuda, desgastada por el paso de los vehículos, el viento y el agua que baja por vertientes. Los que sufren de vértigo piden cambiarse al lado izquierdo, para no ver el precipicio que acompaña la trepada. Las cabras, desde sus miradores en las alturas de las piedras, parecen mirar con fastidio la intrusión en sus territorios y algunos burros asoman entre la vegetación, con su habitual cara de ausentes, más entretenidos en mordisquear la vegetación espinosa y achaparrada que en averiguar de qué se trata la excursión.

“Éste es el último tramo complicado, después vamos a ir por lugares más llanos”, tranquiliza Miguel Rodríguez, el jefe del Subprograma Arraigo Rural, quien maneja la camioneta en la que va el enviado de la revista El Campo. Otro río se presenta con un desafío, porque no tiene badén, entonces hay que cruzarlo medio fuerte por las piedras. Las gotas que salpican dan de lleno en los plásticos de las heladeras que van en la parte de atrás, pero no hay mayores contratiempos.

Una parcela a la vera del río llama la atención por su verdor y la ausencia de vegetación autóctona. Se nota que está trabajada y eso es lo raro, porque la agricultura casi no existe en esta zona.

“Son unos muchachos que vinieron de Santa Fe, empezaron como contratistas rurales, pero no les fue bien. Ahora están probando con la siembra de zapallos de la variedad Anco, piensan sacar unas 10 toneladas al año. Ojalá les vaya bien, se enamoraron de San Luis y son muy laburantes”, cuenta Miguel, quien conoce la zona al dedillo porque hizo el relevamiento previo a la entrega de heladeras y ya lleva varios viajes sobre el lomo.

Después de la última curva cerrada y en subida paramos a esperar que llegue el camión, que a esa altura es un punto blanco allá abajo, entre chañares, breas y espinillos. “Si sube acá, zafamos para todo el viaje”, reza Juan Pablo Rey, el jefe del área Sanidad Animal, otro que se conoce de memoria cada paraje de la escarpada geografía de San Martín. Está orgulloso del estatus sanitario de la zona: “No tuvimos ni un positivo por brucelosis”, cuenta.

Mientras aguardamos al mastodonte que maneja Arturo, un grupo de jotes danzan en las alturas con las alas desplegadas. Alrededor asoman varias cuevas en las piedras y es entonces cuando aparecen las leyendas rurales. Alguien comenta que por estos parajes anduvo el mítico bandido rural Juan Bautista Bairoletto (algunas crónicas policiales lo sindican como Vairoletto) escapando de la policía en los años ’30. “Por eso aquella cueva, la más grande, se conoce como ‘la de los bandidos”, aporta Rodríguez señalando un inmenso hueco en las sierras, donde nadie descarta que haya pumas, pero mejor no llamarlos…

El camión llega sin problemas, seguimos un trecho más y, tras pasar la cancha de fútbol más curiosa que se haya visto, desembocamos en Puertas del Sol. La cancha es especial porque su condición de "serrana" hace que el campo de juego sea inclinado hacia uno de los arcos. El sorteo previo al partido será crucial para tratar de jugar el segundo tiempo desde lo más alto a lo más bajo y recuperar lo más rápido posible los goles sufridos en el primero. Porque la inclinación es fuerte en serio. Eso sí, tiene un verde perfecto, tanto que dan ganas de calzarse los cortos, aunque el viento frío desmienta las promesas de ese sol brillante que acompaña la travesía.

Pasión por la enseñanza 

El paraje no es más que la escuelita pública digital "Maestra Florentina Carreño", la casa de Ramón y Rosa y algunas otras desperdigadas, que no se divisan a simple vista. En la puerta del pequeño establecimiento armado con chapas y divisiones de durlock nos espera Johana Muñoz, la maestra, una joven de 27 años de Las Chacras que trabaja hace cinco allí. Como toda docente rural, enseña, cura, acompaña y hace todo lo necesario por sus ocho alumnos. La mitad de la matrícula la aportan los cuatro hijos de Ramón, el resto viaja un par de horas en burro o camina para llegar cada día.

“Tengo un alumno de Nivel Inicial, uno de Primaria y los otros seis están en la Secundaria”, dice Johana, quien vive de lunes a jueves en la escuelita, donde tiene armada una pieza con una cama de una plaza y un pequeño armario. Como todo lugar que regentea la ULP, el wifi vuela en Puertas del Sol, donde además los usuarios que usan la antena son más que escasos. No está sola para enseñar, la universidad arrima una vez por semana con una combi profesores de inglés, matemáticas, lengua, educación física y artística. “Yo me dedico más a ciencias naturales y sociales”, agrega la maestra, que recorre en moto los 70 kilómetros desde su casa.

Johana siempre quiso ser maestra rural. “Me crié en el campo, fui a la escuelita de Laguna Larga, entonces estoy acostumbrada a esta vida, me encanta poder ayudar a formar a estos chicos que están lejos de todo”, cuenta mientras ayuda a organizar el acto de entrega de heladeras. Los vecinos le tienen mucho respeto y ella los trata con mano firme, porque más de una vez hay tenido que laudar en algunas discusiones, aunque por la tarde, cuando termina la jornada escolar, es ella la que va de visita a las casas para tomar unos mates y hacer más llevaderos los días. El maestro, en estos lugares, es una figura sagrada.

Cabras para vivir

Como la revista El Campo ya cubrió entregas de heladeras, la visita a Puertas del Sol tiene otro objetivo: conocer la vida de los criadores de cabras en las alturas puntanas. Por eso el comienzo de la crónica fue con Ramón y con él retomamos mientras la escuela funge una vez más de aglutinador social.

Los Luján viven justo enfrente, en una casa de piedra que le prestó un pariente hace diez años. Ramón es pirquero, un oficio casi en extinción, así que los corrales lucen enormes, prolijos e imponentes, haciendo juego con la geografía serrana. “Nací en el campo, en un paraje de por acá que se llama Los Pozos, en cambio ella es de la ciudad, la chicanea a Rosa, que dejó Candelaria para ser su compañera de vida.

Tiene unas 200 cabras, entre ellas 140 madres que son el gran capital, por la leche y la reproducción. “Tenemos dos pariciones al año, una que viene muy bien en verano y otra que es difícil en invierno, aunque por ahora el tiempo nos viene acompañando”, reconoce Ramón mientras mira el sol que, al mediodía, se hace sentir a pesar de las bajas temperaturas. Debe haber unos diez grados de diferencia entre su influencia a pleno y ponerse a la sombra de un árbol.

La secuencia es sencilla: cría las cabras, deja las hembras en una selección casera y los machos van rumbo a la comercialización en Quines, ya carneados. Él no lo dice, pero ese circuito es dificultoso para todos los pequeños productores caprinos de la zona, porque no cuentan con vehículos adecuados a las normas para el transporte de la carne, no con las guías. Entonces los controles sanitarios pasan a ser un obstáculo más, que suelen sortear con sus burros por huellas entre las sierras que sólo los baqueanos conocen. La frase del veterinario Rey sobre la ausencia de brucelosis es un dato al menos tranquilizador, ya que con la leche hace dulce y quesillo, aunque reconoce que “se vende poco”.

Ramón, además de las cabras, tiene un ingreso porque pertenece al Plan Solidario, en el que ayuda a mantener los caminos rurales. Sus hijos mayores le dan una mano con la cría: “Son guapísimos”, los elogia con orgullo. Lástima que el cambio de clima y la desaparición de los buenos regímenes de lluvia de antaño ya no le permiten hacer maíz y zapallo. “Ahora casi no llueve, lo de los últimos días fue raro, casi una bendición”, reconoce.

Lo que lamenta la familia es que tiene “roto el 220”, que traducido sería falta de energía eléctrica convencional. Ahora volvieron a depender del generador a combustible, lo que agregó nuevos costos a la economía. “Y ahora que viene el Mundial va a ser terrible, vamos a necesitar mucha nafta”, dice Luján, quien además gasta unos mil pesos por mes en gas para mantener la heladera, algo que va a quedar en el pasado ahora que llegaron los artefactos solares que entrega el gobierno provincial en todos los parajes. Lo que pierde por un lado, lo ganará por otro. No es poca cosa para una economía que cuenta las chirolas…

El fútbol es una compañía entre tantas horas de soledad. Claro, hay un superclásico interno porque él es de River y Rosa, de Boca. “Es fanática, no vaya a creer. Cuando van perdiendo, se va a hacer otra cosa”, revela haciendo hincapié en el último partido entre ambos, que ganó River en Mendoza. Rosa jura que van a tener revancha en la Libertadores. A pesar de conocer este tipo de detalles de la vida citadina, no piensan en abandonar las sierras. “Mientras se pueda, vamos a vivir en el campo, acá está todo lo que tenemos”, juran a coro.

El productor nos invita a ir a los corrales, donde las cabras están pariendo en estos días. Algunas tienen las crías al pie, mamando con ganas, otras todavía andan con restos de placenta o están echadas, esperando el momento de dar a luz. “Están atadas para que no se vayan a parir al monte, porque allá no tienen defensa. Los zorros le comen los cabritos”, asegura Ramón, quien tiene el mismo orgullo que el veterinario: “Sangraron a todas y dieron negativo”.

La mayoría son de raza criolla, típica de la zona, aunque cuando puede él compra algún chivato para mejorar la genética. “Ojalá nacieran todas hembras, pero es un 50 y 50”, dice con una sonrisa, mientras controla la hora para ver cuánto falta para que vuelva la majada del monte. Las suelta de 9 a 16, pero no las puede agarrar la noche lejos del corral porque si no las pérdidas serían enormes.

Los chivitos los venden con 7 u 8 kilos, siempre al bulto. “Saco entre 600 y 800 pesos, depende del momento y del animal”. El cronista está tentado a decir que también depende de la cara del cliente, pero se guarda la reflexión porque teme que Ramón lo tome como una falta de respeto y en realidad fue un gran anfitrión. El ministerio, en tanto, pelea para ayudarlos y que puedan vender por kilo, porque así maximizarían la ganancia, pero hay cuestiones culturales que no puede cambiar nadie, ni siquiera la modernidad. Lo sabe Ramón, lo sabe el ministerio.

 

 

 

 

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