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Un ejemplo para un futuro preocupante

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Un ejemplo para un futuro preocupante

Muchos analistas consideran que lo que ocurre en Camboya, un país de 16 millones de habitantes, ubicado en el sudeste asiático, y para Occidente, tan lejano como sus vecinos Tailandia, Vietnam o Laos; es el ejemplo típico del nacimiento de una dictadura: la persecución que lleva adelante el gobierno contra la oposición, dirigentes políticos, periodistas y activistas, hace que la labor de cada uno de ellos se haya vuelto prácticamente inviable.

No es que a los grandes líderes de Occidente la situación los conmueva especialmente, pero resulta un “excelente escenario de pruebas”, para comprobar el origen del autoritarismo en su forma más pura.

El reciente 16 de noviembre la Corte Suprema disolvió al Partido de Rescate Nacional de Camboya (CNRP), antes de las elecciones previstas para 2018, la única agrupación con posibilidades de competir contra el Partido Popular de Camboya (CPP), en el gobierno desde hace más de tres décadas. De hecho, Hun Sen es el primer ministro que más tiempo ha pasado en funciones en el mundo.

La disolución oficial del CNRP fue solo una formalidad. El presidente de la Corte Suprema también es miembro destacado del CPP y aliado de larga data de Hun Sen. En Camboya, la justicia es auxiliar al gobierno, y el primer ministro mueve los hilos con firmeza, y ahora más que nunca. El gobierno tiene un temor casi paranoico de las protestas e hizo una barricada alrededor de la Corte Suprema, que la dejó aislada del público.

En las provincias alejadas, se instalaron controles callejeros para frenar a los manifestantes. Algunos integrantes de la oposición estuvieron en detención domiciliaria de forma temporal, pero todo fue innecesario. Nadie se atrevió a protestar.

“Fácilmente podría seguir otros 10 años”, confesó Hun Sen, de 65 años, reconociendo que no considera a las elecciones como una consulta popular, sino como una forma de dar a su régimen dictatorial una lavada de cara de legitimidad. El CNRP fue el último obstáculo democrático para controlar los recursos del país, que necesita para comprar el apoyo de la elite.

Desde que el gobierno lanzó la represión, pocos camboyanos se atrevieron a hablar públicamente, mucho más tras el asesinato de Kem Ley, un periodista popular y crítico. Hasta ese momento, la ciudadanía creía que su país, lentamente, se volvería democrático. Pero esa esperanza se enterró junto con Kem Ley en Takeo, su pueblo natal. Kem Ley murió entre mesas y sillas, con un charco de sangre bajo su cabeza. Lo asesinaron mientras tomaba el café de la mañana en una estación de combustible en Phnom Penh.

Mao Much Nech, vendedor de joyas en un mercado popular de Takeo, no quiso decir a qué partido votará. “Es un asunto sensible. Pero el gobierno perdió su dignidad y el crédito con ese asesinato. Es hora de despertarse y contraatacar”, opinó. “Los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres, queremos otra cosa”, reclamó. El CPP sabe que no puede sobrevivir otra prueba de popularidad. El CNRP casi gana las elecciones en 2013. Y mejoró más en los comicios locales de junio de este año. Es evidente que las elecciones de julio de 2018 preocupan al partido de gobierno.

Para evitar una derrota, comenzó a arremeter contra la oposición. El CNRP está ahora disuelto, su presidente Kem Shokha, en prisión y la mitad de sus 55 miembros del Parlamento exiliados.

Según los especialistas, es necesaria solo una chispa para encender una protesta violenta, como en Túnez y la Primavera Árabe.

Hay miedo a la violencia. La sangre en las calles no sería una victoria para la democracia, apenas un retorno a tiempos oscuros. El límite de lo tolerable fue superado hace tiempo. Es Camboya, en el lejano sudeste asiático. Ahora sirve como modelo al nacimiento de una dictadura.

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Un ejemplo para un futuro preocupante

Muchos analistas consideran que lo que ocurre en Camboya, un país de 16 millones de habitantes, ubicado en el sudeste asiático, y para Occidente, tan lejano como sus vecinos Tailandia, Vietnam o Laos; es el ejemplo típico del nacimiento de una dictadura: la persecución que lleva adelante el gobierno contra la oposición, dirigentes políticos, periodistas y activistas, hace que la labor de cada uno de ellos se haya vuelto prácticamente inviable.

No es que a los grandes líderes de Occidente la situación los conmueva especialmente, pero resulta un “excelente escenario de pruebas”, para comprobar el origen del autoritarismo en su forma más pura.

El reciente 16 de noviembre la Corte Suprema disolvió al Partido de Rescate Nacional de Camboya (CNRP), antes de las elecciones previstas para 2018, la única agrupación con posibilidades de competir contra el Partido Popular de Camboya (CPP), en el gobierno desde hace más de tres décadas. De hecho, Hun Sen es el primer ministro que más tiempo ha pasado en funciones en el mundo.

La disolución oficial del CNRP fue solo una formalidad. El presidente de la Corte Suprema también es miembro destacado del CPP y aliado de larga data de Hun Sen. En Camboya, la justicia es auxiliar al gobierno, y el primer ministro mueve los hilos con firmeza, y ahora más que nunca. El gobierno tiene un temor casi paranoico de las protestas e hizo una barricada alrededor de la Corte Suprema, que la dejó aislada del público.

En las provincias alejadas, se instalaron controles callejeros para frenar a los manifestantes. Algunos integrantes de la oposición estuvieron en detención domiciliaria de forma temporal, pero todo fue innecesario. Nadie se atrevió a protestar.

“Fácilmente podría seguir otros 10 años”, confesó Hun Sen, de 65 años, reconociendo que no considera a las elecciones como una consulta popular, sino como una forma de dar a su régimen dictatorial una lavada de cara de legitimidad. El CNRP fue el último obstáculo democrático para controlar los recursos del país, que necesita para comprar el apoyo de la elite.

Desde que el gobierno lanzó la represión, pocos camboyanos se atrevieron a hablar públicamente, mucho más tras el asesinato de Kem Ley, un periodista popular y crítico. Hasta ese momento, la ciudadanía creía que su país, lentamente, se volvería democrático. Pero esa esperanza se enterró junto con Kem Ley en Takeo, su pueblo natal. Kem Ley murió entre mesas y sillas, con un charco de sangre bajo su cabeza. Lo asesinaron mientras tomaba el café de la mañana en una estación de combustible en Phnom Penh.

Mao Much Nech, vendedor de joyas en un mercado popular de Takeo, no quiso decir a qué partido votará. “Es un asunto sensible. Pero el gobierno perdió su dignidad y el crédito con ese asesinato. Es hora de despertarse y contraatacar”, opinó. “Los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres, queremos otra cosa”, reclamó. El CPP sabe que no puede sobrevivir otra prueba de popularidad. El CNRP casi gana las elecciones en 2013. Y mejoró más en los comicios locales de junio de este año. Es evidente que las elecciones de julio de 2018 preocupan al partido de gobierno.

Para evitar una derrota, comenzó a arremeter contra la oposición. El CNRP está ahora disuelto, su presidente Kem Shokha, en prisión y la mitad de sus 55 miembros del Parlamento exiliados.

Según los especialistas, es necesaria solo una chispa para encender una protesta violenta, como en Túnez y la Primavera Árabe.

Hay miedo a la violencia. La sangre en las calles no sería una victoria para la democracia, apenas un retorno a tiempos oscuros. El límite de lo tolerable fue superado hace tiempo. Es Camboya, en el lejano sudeste asiático. Ahora sirve como modelo al nacimiento de una dictadura.

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