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Pareciera que todos estuvimos allí

Algunos arriban a la curiosa conclusión de que mejor es “verlo por la tele”. Casi todos los acontecimientos se preparan para su reproducción; y, en vivo o en diferido, para un canal de televisión, para una red social, para una charla personal. La tendencia crece y se acentúa este espíritu que privilegia el momento de volver a verlo, sobre la instancia que se está viviendo. No son pocos los que, cuando van a la cancha de fútbol, extrañan la repetición del gol.

En una conferencia, un encuentro, un congreso, un foro, una ceremonia de premiación, todo se programa en función de la televisación, o de la inmortalización del momento a través del video o de las fotografías. Hay que cuidar mucho el fondo del escenario para que luego todo luzca bien presentado. Los encargados de las fotos y los videos suelen incluso dificultar la observación de los presentes. Suelen acomodar a los protagonistas para “la foto”. Suelen manejar los tiempos y las distancias. Pero ya no se considera este hecho como algo incómodo o trascendente. Los asistentes pueden ser 100, 200 o 500; pero, en ese momento o en otro posterior, serán miles de personas las que observarán lo acontecido a través de la realidad multimedial, cada vez más extendida. Siempre existieron hombres y mujeres que se preocuparon más por exhibir lo que hacían, que por vivirlo en plenitud. Están aquellos que disfrutan un viaje pensando solo en el momento en el que sus conocidos vean las fotos, o cuando cuenten tal o cual experiencia. Se desesperan por inmortalizar cada vivencia. Para verla de muevo, para contarla, para repetirla, para volver a vivirla. Para mostrarla. Pero esta concepción aparece extendida a la propia génesis de cada ocasión. ¿Dónde van las cámaras? ¿Cuál es el lugar previsto para los fotógrafos? ¿La iluminación es la adecuada para la televisión? Estas preguntas hacen a la actualidad de cada acontecimiento. Y, hace unos años, estas cuestiones carecían de toda relevancia. Son tantas las formas de retener las circunstancias, que un diario de viaje ya es objeto de estudio de la arqueología. Además, el diario es para el propio protagonista.

No sirve demasiado para el importante grado de exhibición que hoy impera. 

Inclusive los procedimientos son de una inmediatez asombrosa. En minutos cualquier fotografía o video pueden ser subidos a páginas que llegan al mundo entero. No es que se hayan desprestigiado ni la carne, ni el hueso. Ni el vivo, ni el directo. Pero la prosperidad de algunas predicciones respecto del homo videns, llega a conmover. Lo llamativo es que esta tendencia afecte la propia génesis de la organización de cualquier encuentro; hasta empieza a perder trascendencia cuánta gente concurrió. Lo importante es cuántos compartieron la reproducción de lo sucedido. Inclusive, cuando existe la pretensión de magnificar el número de concurrentes, vale acomodar debidamente la iluminación y abigarrar a la concurrencia para que luego parezcan miles. Siempre se recuerda que los actos de cierre de la campaña presidencial de 1983, sobre la avenida 9 de Julio, se hacían a una hora de la tarde, donde la caída del sol impedía apreciar claramente hasta dónde llegaba la multitud. Cabe aclarar, de cualquier modo, que se trataba de cerca de un millón de personas. Siempre se hizo, pero hoy es casi más importante que el acto mismo. Hoy incomoda que las banderas tapen las cámaras. 

Tal vez haya que aclarar que lo descripto no es ni bueno, ni malo. Es sencillamente así. Hay quienes consideran que esto acerca, al permitir compartir lo sucedido con tanta gente. Otros creen que le quita “calor humano”. Y es obvio que lo generacional tiene algo que ver con cada criterio. Si bien algunas cuestiones son transversales a cualquier edad, de lo que va de la foto al magnesio al mensajito con la fotografía instantánea y tantas otras cosas, hay mucho recorrido. Bueno y malo. Hay de todo, como siempre.

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Pareciera que todos estuvimos allí

Algunos arriban a la curiosa conclusión de que mejor es “verlo por la tele”. Casi todos los acontecimientos se preparan para su reproducción; y, en vivo o en diferido, para un canal de televisión, para una red social, para una charla personal. La tendencia crece y se acentúa este espíritu que privilegia el momento de volver a verlo, sobre la instancia que se está viviendo. No son pocos los que, cuando van a la cancha de fútbol, extrañan la repetición del gol.

En una conferencia, un encuentro, un congreso, un foro, una ceremonia de premiación, todo se programa en función de la televisación, o de la inmortalización del momento a través del video o de las fotografías. Hay que cuidar mucho el fondo del escenario para que luego todo luzca bien presentado. Los encargados de las fotos y los videos suelen incluso dificultar la observación de los presentes. Suelen acomodar a los protagonistas para “la foto”. Suelen manejar los tiempos y las distancias. Pero ya no se considera este hecho como algo incómodo o trascendente. Los asistentes pueden ser 100, 200 o 500; pero, en ese momento o en otro posterior, serán miles de personas las que observarán lo acontecido a través de la realidad multimedial, cada vez más extendida. Siempre existieron hombres y mujeres que se preocuparon más por exhibir lo que hacían, que por vivirlo en plenitud. Están aquellos que disfrutan un viaje pensando solo en el momento en el que sus conocidos vean las fotos, o cuando cuenten tal o cual experiencia. Se desesperan por inmortalizar cada vivencia. Para verla de muevo, para contarla, para repetirla, para volver a vivirla. Para mostrarla. Pero esta concepción aparece extendida a la propia génesis de cada ocasión. ¿Dónde van las cámaras? ¿Cuál es el lugar previsto para los fotógrafos? ¿La iluminación es la adecuada para la televisión? Estas preguntas hacen a la actualidad de cada acontecimiento. Y, hace unos años, estas cuestiones carecían de toda relevancia. Son tantas las formas de retener las circunstancias, que un diario de viaje ya es objeto de estudio de la arqueología. Además, el diario es para el propio protagonista.

No sirve demasiado para el importante grado de exhibición que hoy impera. 

Inclusive los procedimientos son de una inmediatez asombrosa. En minutos cualquier fotografía o video pueden ser subidos a páginas que llegan al mundo entero. No es que se hayan desprestigiado ni la carne, ni el hueso. Ni el vivo, ni el directo. Pero la prosperidad de algunas predicciones respecto del homo videns, llega a conmover. Lo llamativo es que esta tendencia afecte la propia génesis de la organización de cualquier encuentro; hasta empieza a perder trascendencia cuánta gente concurrió. Lo importante es cuántos compartieron la reproducción de lo sucedido. Inclusive, cuando existe la pretensión de magnificar el número de concurrentes, vale acomodar debidamente la iluminación y abigarrar a la concurrencia para que luego parezcan miles. Siempre se recuerda que los actos de cierre de la campaña presidencial de 1983, sobre la avenida 9 de Julio, se hacían a una hora de la tarde, donde la caída del sol impedía apreciar claramente hasta dónde llegaba la multitud. Cabe aclarar, de cualquier modo, que se trataba de cerca de un millón de personas. Siempre se hizo, pero hoy es casi más importante que el acto mismo. Hoy incomoda que las banderas tapen las cámaras. 

Tal vez haya que aclarar que lo descripto no es ni bueno, ni malo. Es sencillamente así. Hay quienes consideran que esto acerca, al permitir compartir lo sucedido con tanta gente. Otros creen que le quita “calor humano”. Y es obvio que lo generacional tiene algo que ver con cada criterio. Si bien algunas cuestiones son transversales a cualquier edad, de lo que va de la foto al magnesio al mensajito con la fotografía instantánea y tantas otras cosas, hay mucho recorrido. Bueno y malo. Hay de todo, como siempre.

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