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Me gusta tomar vino, pero no sé catar

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Me gusta tomar vino, pero no sé catar

Sergio Tognelli

En una nochecita fresca de octubre, en un depar - tamento de la ciudad de Buenos Aires, festejamos el cumpleaños número veintipico de mi hija Rocío, quien vive allí y estudia Cine.

A medida que iban llegando uno a uno los invitados, algunos muy puntuales y otros no tanto, fui compro - bando, sin demasiada sorpresa, que todos los millen - nials tomaban cervezas menos Juan, que me estaba esperando desde temprano con un Cabernet Sauvig - non Black Los Intocables de Finca Las Moras; y Sol, marplatense, también compañera de la facu de Rocío.

Y fue justamente Sol, quien llegó pasaditas las 23, quien al momento de ofrecerle las opciones de bebi - da manifestó: “Me gusta tomar vino, pero no sé catar”.

El contexto transcurría entre anécdotas de rodajes y profesores más o menos despistados y por lo tan - to no daba para hacer re - ferencia al tema que me carcomía el cerebro. Sin embargo, apenas pude le dije a Sol que con que le guste el vino es suficien - te, a lo que ella respon - dió “tomo porque me da mucho placer”. Instantá - neamente entendí todo y como si me hubieran dado un cachetazo de realidad, me dije a mí mismo “qué mal hemos comu - nicado el vino los sommeliers”.

Catar es una acción objetiva, es realizar el análisis sensorial de manera técnica con el propósito de juz - gar y puntuar un vino o para demostrar cuánto co - nocimiento y experiencia tiene un sommelier. Estas catas y concursos se realizan por todo el mundo, peroson poquísimos los que participan.

Sin embargo, nada de esto es necesario para degus - tar y disfrutar de un vino, lo hacemos sólo, como dice Sol, por el placer que nos provoca, y en este sentido, y sin entrar en discusiones técnicas muy sabidas so - bre cómo se “debe” degustar el vino, he concluido que cada uno lo bebe como más le gusta, con soda como mi padre, con hielo como en San Juan, frío o a temperatura ambiente. Y como decía mi abuela Ma - tilde “sobre gustos no hay nada escrito”, en todos los casos está bien.

En los últimos diez años, mientras crecían las es - cuelas de sommeliers, mientras nos fuimos multipli - cando y se fue jerarquizando la profesión, a la par y progresivamente fue cayendo el consumo de vino per cápita en la Argen - tina y en el mundo, y si bien hay causas exóge - nas como las modas y el costo de una botella en una economía muy de - primida; las endógenas tales como vocabulario rebuscado, sectorización y cualificación del consu - midor, nos tienen como partícipes necesarios.

Y entonces queridos enófilos y futuros som - meliers, debemos aprender a diferenciar claramente el momento de una cata del momento de una reu - nión social. Y saber que debemos evangelizar a los curiosos sin dogmas ni preconceptos, llevando sólo el estandarte del disfrute y del placer para que en el próximo cumpleaños de Rocío se sumen más millen - nials al equipo de Sol. ¡Salud!

 

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Me gusta tomar vino, pero no sé catar

En una nochecita fresca de octubre, en un depar - tamento de la ciudad de Buenos Aires, festejamos el cumpleaños número veintipico de mi hija Rocío, quien vive allí y estudia Cine.

A medida que iban llegando uno a uno los invitados, algunos muy puntuales y otros no tanto, fui compro - bando, sin demasiada sorpresa, que todos los millen - nials tomaban cervezas menos Juan, que me estaba esperando desde temprano con un Cabernet Sauvig - non Black Los Intocables de Finca Las Moras; y Sol, marplatense, también compañera de la facu de Rocío.

Y fue justamente Sol, quien llegó pasaditas las 23, quien al momento de ofrecerle las opciones de bebi - da manifestó: “Me gusta tomar vino, pero no sé catar”.

El contexto transcurría entre anécdotas de rodajes y profesores más o menos despistados y por lo tan - to no daba para hacer re - ferencia al tema que me carcomía el cerebro. Sin embargo, apenas pude le dije a Sol que con que le guste el vino es suficien - te, a lo que ella respon - dió “tomo porque me da mucho placer”. Instantá - neamente entendí todo y como si me hubieran dado un cachetazo de realidad, me dije a mí mismo “qué mal hemos comu - nicado el vino los sommeliers”.

Catar es una acción objetiva, es realizar el análisis sensorial de manera técnica con el propósito de juz - gar y puntuar un vino o para demostrar cuánto co - nocimiento y experiencia tiene un sommelier. Estas catas y concursos se realizan por todo el mundo, peroson poquísimos los que participan.

Sin embargo, nada de esto es necesario para degus - tar y disfrutar de un vino, lo hacemos sólo, como dice Sol, por el placer que nos provoca, y en este sentido, y sin entrar en discusiones técnicas muy sabidas so - bre cómo se “debe” degustar el vino, he concluido que cada uno lo bebe como más le gusta, con soda como mi padre, con hielo como en San Juan, frío o a temperatura ambiente. Y como decía mi abuela Ma - tilde “sobre gustos no hay nada escrito”, en todos los casos está bien.

En los últimos diez años, mientras crecían las es - cuelas de sommeliers, mientras nos fuimos multipli - cando y se fue jerarquizando la profesión, a la par y progresivamente fue cayendo el consumo de vino per cápita en la Argen - tina y en el mundo, y si bien hay causas exóge - nas como las modas y el costo de una botella en una economía muy de - primida; las endógenas tales como vocabulario rebuscado, sectorización y cualificación del consu - midor, nos tienen como partícipes necesarios.

Y entonces queridos enófilos y futuros som - meliers, debemos aprender a diferenciar claramente el momento de una cata del momento de una reu - nión social. Y saber que debemos evangelizar a los curiosos sin dogmas ni preconceptos, llevando sólo el estandarte del disfrute y del placer para que en el próximo cumpleaños de Rocío se sumen más millen - nials al equipo de Sol. ¡Salud!

 

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