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Los límites del discurso

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Los límites del discurso

Numerosos líderes políticos, han puesto en práctica en las últimas décadas, una serie de discursos compuestos por las palabras que la mayoría del electorado “desea escuchar”. Este fenómeno coronó a más de un presidente “inesperado”, obligó a rehacer algunos conceptos respecto de la fluctuación de las masas, y resucitó la vieja incógnita de si el mensajero es más importante que el discurso, o es al revés.

En un alto porcentaje, esas palabras exacerbadas, vacías de una ideología que las sustente, terminan por ser la cáscara de gestiones opuestas a lo que se hizo explícito de manera pública. Otras veces el discurso “coincide” con el personaje; y aceptar a la mayoría, puede volverse un desafío, incluso para los más tolerantes.

Algo así ocurre con Donald Trump, desde el mismo momento en que anunció su intención de competir por la Presidencia de Estados Unidos, en un camino que lo llevó a la Casa Blanca, por los escenarios que maneja “con una maestría” que hay que reconocerle: el hombre es un polemista entrenado, y en la polémica es en el terreno donde mayores ventajas obtiene, sin que importe la popularidad, la ocupación, o la ideología, de su “rival de turno”. 

Esta vez el presidente de la principal potencia económica del planeta, criticó a LeBron James (que “lanzó la primera piedra”), al decir que Trump alimenta las divisiones raciales en Estados Unidos.

La polémica no tardó demasiado en estallar (al ritmo de los tiempos) y traspasó las paredes del hogar presidencial, porque el astro de la NBA recibió un amplio respaldo, incluso el de la propia esposa del mandatario, Melania.

En una entrevista, el jugador de Los Ángeles Lakers y filántropo James le dijo a la cadena CNN que creía que Trump “está tratando de dividir” a Estados Unidos. “Ha usado el deporte para... dividirnos y esto es algo que no puedo entender, porque sé que es por el deporte que he estado cerca de un blanco por primera vez”, dijo James, en una frase más xenófoba que amplia.

Trump permaneció extrañamente silencioso, hasta que finalmente contraatacó por Twitter. “Lebron James fue entrevistado por el hombre más tonto de la televisión, (el presentador de CNN) Don Lemon. Hizo que Lebron pareciera inteligente, lo que no es fácil de hacer”, escribió el presidente en la red social.

Su comentario generó la inmediata reacción de los seguidores de James, pero el respaldo más sorprendente fue el de la primera dama, Melania Trump, cuya directora de comunicaciones emitió un comunicado que pareció romper filas con el presidente.

Citada por CNN, Stephanie Grisham, portavoz de Melania Trump, dijo que James parecía estar “trabajando para hacer cosas buenas para nuestra próxima generación. Como siempre lo ha hecho, la primera dama alienta a todos a tener un diálogo abierto sobre los problemas que afrontan los niños actualmente”, dijo. Grisham agregó que Melania Trump “estaría dispuesta a visitar” la nueva escuela de James.

Don Lemon también incluyó en la discusión a la primera dama. “¿Quién es el tonto? ¿Un hombre que pone a los niños en aulas o el que los pone en jaulas? #BeBest”, tuiteó el presentador, usando el hashtag de la campaña de concientización sobre el bienestar juvenil que lleva adelante Melania Trump contra el ciber bullying.

La ex rival demócrata de Trump, Hillary Clinton, fue otra de las que defendió al basquetbolista, al definirlo como un “gran hombre de familia” y un “jugador increíble”, que “le devuelve a la comunidad, y no tiene miedo de decir lo que piensa. Es un atleta de clase internacional, con actos de calidad. Necesitamos más como él en este mundo”, tuiteó Clinton.

Claro que Clinton se sirvió también “en bandeja”, de los límites traspasados de los discursos. Trump desconoce esos límites, y de la mano de la polémica, pone la discusión en el lugar que le conviene. Porque en su caso, el discurso y el personaje coinciden.

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Los límites del discurso

Numerosos líderes políticos, han puesto en práctica en las últimas décadas, una serie de discursos compuestos por las palabras que la mayoría del electorado “desea escuchar”. Este fenómeno coronó a más de un presidente “inesperado”, obligó a rehacer algunos conceptos respecto de la fluctuación de las masas, y resucitó la vieja incógnita de si el mensajero es más importante que el discurso, o es al revés.

En un alto porcentaje, esas palabras exacerbadas, vacías de una ideología que las sustente, terminan por ser la cáscara de gestiones opuestas a lo que se hizo explícito de manera pública. Otras veces el discurso “coincide” con el personaje; y aceptar a la mayoría, puede volverse un desafío, incluso para los más tolerantes.

Algo así ocurre con Donald Trump, desde el mismo momento en que anunció su intención de competir por la Presidencia de Estados Unidos, en un camino que lo llevó a la Casa Blanca, por los escenarios que maneja “con una maestría” que hay que reconocerle: el hombre es un polemista entrenado, y en la polémica es en el terreno donde mayores ventajas obtiene, sin que importe la popularidad, la ocupación, o la ideología, de su “rival de turno”. 

Esta vez el presidente de la principal potencia económica del planeta, criticó a LeBron James (que “lanzó la primera piedra”), al decir que Trump alimenta las divisiones raciales en Estados Unidos.

La polémica no tardó demasiado en estallar (al ritmo de los tiempos) y traspasó las paredes del hogar presidencial, porque el astro de la NBA recibió un amplio respaldo, incluso el de la propia esposa del mandatario, Melania.

En una entrevista, el jugador de Los Ángeles Lakers y filántropo James le dijo a la cadena CNN que creía que Trump “está tratando de dividir” a Estados Unidos. “Ha usado el deporte para... dividirnos y esto es algo que no puedo entender, porque sé que es por el deporte que he estado cerca de un blanco por primera vez”, dijo James, en una frase más xenófoba que amplia.

Trump permaneció extrañamente silencioso, hasta que finalmente contraatacó por Twitter. “Lebron James fue entrevistado por el hombre más tonto de la televisión, (el presentador de CNN) Don Lemon. Hizo que Lebron pareciera inteligente, lo que no es fácil de hacer”, escribió el presidente en la red social.

Su comentario generó la inmediata reacción de los seguidores de James, pero el respaldo más sorprendente fue el de la primera dama, Melania Trump, cuya directora de comunicaciones emitió un comunicado que pareció romper filas con el presidente.

Citada por CNN, Stephanie Grisham, portavoz de Melania Trump, dijo que James parecía estar “trabajando para hacer cosas buenas para nuestra próxima generación. Como siempre lo ha hecho, la primera dama alienta a todos a tener un diálogo abierto sobre los problemas que afrontan los niños actualmente”, dijo. Grisham agregó que Melania Trump “estaría dispuesta a visitar” la nueva escuela de James.

Don Lemon también incluyó en la discusión a la primera dama. “¿Quién es el tonto? ¿Un hombre que pone a los niños en aulas o el que los pone en jaulas? #BeBest”, tuiteó el presentador, usando el hashtag de la campaña de concientización sobre el bienestar juvenil que lleva adelante Melania Trump contra el ciber bullying.

La ex rival demócrata de Trump, Hillary Clinton, fue otra de las que defendió al basquetbolista, al definirlo como un “gran hombre de familia” y un “jugador increíble”, que “le devuelve a la comunidad, y no tiene miedo de decir lo que piensa. Es un atleta de clase internacional, con actos de calidad. Necesitamos más como él en este mundo”, tuiteó Clinton.

Claro que Clinton se sirvió también “en bandeja”, de los límites traspasados de los discursos. Trump desconoce esos límites, y de la mano de la polémica, pone la discusión en el lugar que le conviene. Porque en su caso, el discurso y el personaje coinciden.

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