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Un escenario para observar

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Un escenario para observar

La guerra comercial entre Estados Unidos y China, a pesar de las enormes cantidades de dinero que existe en juego, y de las repercusiones que tendrá a futuro en la economía mundial; aún “pasa desapercibida”, para la mayoría de las economías del planeta. Esta “escasa atención” puede tener connotaciones muy negativas, por lo tanto constituye un escenario para observar.

Tanto China, como Estados Unidos, están “discutiendo a cara de perro”, con su “mejor cliente”, con su “mejor socio”. Las decisiones son trascendentes, porque las respuestas a esas decisiones, poseen la misma firmeza. Llegará un momento en que uno de los dos “pierda”. Porque si no se reconoce una batalla perdida “a tiempo”, el resultado puede ser catastrófico.

La magnitud de la guerra comercial, está en el peligro latente, de que en algún momento, una de las dos superpotencias deberá ceder en algún “campo”, para ganar en otro. La magnitud de la guerra comercial nace en los protagonistas: las dos principales potencias económicas del planeta.

China importa casi cuatro veces menos productos estadounidenses de los que exporta hacia Washington. En esas condiciones resulta complicado responder diente por diente a las sanciones comerciales impuestas por el presidente Donald Trump. Sin embargo, para tomar represalias, Pekín cuenta con numerosas alternativas a los aranceles.

Hasta ahora, el gigante asiático había respondido a las andanadas de aranceles punitivos decretados por Trump aplicando a su vez impuestos de importaciones de Washington, pero, después de la última ronda, comienza a quedarse corto de municiones.

Washington anunció que impondría aranceles de 10% sobre 200.000 millones de dólares de productos chinos importados, que se suman a los aranceles ya aplicados sobre otros 50.000 millones previos. En represalia, el gobierno chino anunció que impondría nuevos aranceles a importaciones estadounidenses equivalentes a un monto anual de 60.000 millones de dólares.

Pero las importaciones chinas de productos estadounidenses rondan los 130.000 millones de dólares anuales, por lo que el margen de maniobra de Pekín es reducido. Un “camino posible” para los asiáticos es penalizar empresas estadounidenses. El iPhone X, los automóviles Buick, las cafeterías Starbucks y las producciones de Hollywood son algunos de los productos estadounidenses mejor vendidos en China. Además, la marca Tesla planea instalar ahí sus fábricas de automóviles eléctricos.

China puede “vengarse”, e imponer exigencias reglamentarias, retrasar el tránsito por aduanas o endurecer los controles sanitarios y fiscales. De hecho, desde mayo, las inspecciones aduaneras de carne de cerdo y automóviles estadounidenses se han vuelto más minuciosas.

Otro camino es impedir fusiones y adquisiciones. Hace menos de tres meses, Pekín rechazó la fusión del fabricante estadounidense de microprocesadores Qualcomm con su rival holandés NXP, poniendo así un alto a esta megatransacción comercial de alcance global.

China también podría boicotear a las empresas estadounidenses, lo que sería mortal para grupos como General Motors, que vende más automóviles en China que en América del Norte. Los medios de comunicación estatales se han mantenido por ahora al margen de la disputa, pero las incitaciones al boicot ya circulan por las redes sociales. “Si 1.300 millones de chinos se desencantan de Estados Unidos, será algo muy difícil de reparar”, suena como definición de fortaleza.

Y hay quienes sostienen que el Banco Central Chino es capaz de bajar la cotización de su moneda, el yuan, para apoyar a las empresas exportadoras. De hecho, es la principal acusación de Donald Trump. Todo ello configura un escenario para observar.

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La guerra comercial entre Estados Unidos y China, a pesar de las enormes cantidades de dinero que existe en juego, y de las repercusiones que tendrá a futuro en la economía mundial; aún “pasa desapercibida”, para la mayoría de las economías del planeta. Esta “escasa atención” puede tener connotaciones muy negativas, por lo tanto constituye un escenario para observar.

Tanto China, como Estados Unidos, están “discutiendo a cara de perro”, con su “mejor cliente”, con su “mejor socio”. Las decisiones son trascendentes, porque las respuestas a esas decisiones, poseen la misma firmeza. Llegará un momento en que uno de los dos “pierda”. Porque si no se reconoce una batalla perdida “a tiempo”, el resultado puede ser catastrófico.

La magnitud de la guerra comercial, está en el peligro latente, de que en algún momento, una de las dos superpotencias deberá ceder en algún “campo”, para ganar en otro. La magnitud de la guerra comercial nace en los protagonistas: las dos principales potencias económicas del planeta.

China importa casi cuatro veces menos productos estadounidenses de los que exporta hacia Washington. En esas condiciones resulta complicado responder diente por diente a las sanciones comerciales impuestas por el presidente Donald Trump. Sin embargo, para tomar represalias, Pekín cuenta con numerosas alternativas a los aranceles.

Hasta ahora, el gigante asiático había respondido a las andanadas de aranceles punitivos decretados por Trump aplicando a su vez impuestos de importaciones de Washington, pero, después de la última ronda, comienza a quedarse corto de municiones.

Washington anunció que impondría aranceles de 10% sobre 200.000 millones de dólares de productos chinos importados, que se suman a los aranceles ya aplicados sobre otros 50.000 millones previos. En represalia, el gobierno chino anunció que impondría nuevos aranceles a importaciones estadounidenses equivalentes a un monto anual de 60.000 millones de dólares.

Pero las importaciones chinas de productos estadounidenses rondan los 130.000 millones de dólares anuales, por lo que el margen de maniobra de Pekín es reducido. Un “camino posible” para los asiáticos es penalizar empresas estadounidenses. El iPhone X, los automóviles Buick, las cafeterías Starbucks y las producciones de Hollywood son algunos de los productos estadounidenses mejor vendidos en China. Además, la marca Tesla planea instalar ahí sus fábricas de automóviles eléctricos.

China puede “vengarse”, e imponer exigencias reglamentarias, retrasar el tránsito por aduanas o endurecer los controles sanitarios y fiscales. De hecho, desde mayo, las inspecciones aduaneras de carne de cerdo y automóviles estadounidenses se han vuelto más minuciosas.

Otro camino es impedir fusiones y adquisiciones. Hace menos de tres meses, Pekín rechazó la fusión del fabricante estadounidense de microprocesadores Qualcomm con su rival holandés NXP, poniendo así un alto a esta megatransacción comercial de alcance global.

China también podría boicotear a las empresas estadounidenses, lo que sería mortal para grupos como General Motors, que vende más automóviles en China que en América del Norte. Los medios de comunicación estatales se han mantenido por ahora al margen de la disputa, pero las incitaciones al boicot ya circulan por las redes sociales. “Si 1.300 millones de chinos se desencantan de Estados Unidos, será algo muy difícil de reparar”, suena como definición de fortaleza.

Y hay quienes sostienen que el Banco Central Chino es capaz de bajar la cotización de su moneda, el yuan, para apoyar a las empresas exportadoras. De hecho, es la principal acusación de Donald Trump. Todo ello configura un escenario para observar.

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