Opinión

Las pasiones de Sarmiento

Cuando sintió la inminencia de la muerte, escribió que sólo había gozado a hurtadillas del festín de la vida. Si fue así, no fue porque Domingo Faustino Sarmiento hubiera rehuido de todo lo que la vida le ofrecía, el amor o el odio, la guerra o la paz, los libros o la espada. El maestro/militar/político/escritor/periodista nunca buscó los términos medios, amó y odió con toda la intensidad posible. Así de intensos fueron y son, también, los sentimientos que despertó y aún despierta su figura.

Fue “el padre del aula”. El que denunció el atraso y buscó maestras en Estados Unidos para que vinieran a Argentina a enseñar a leer y escribir, a educar. El que a los 15 años montó su primera escuela en San Francisco del Monte de Oro, adonde llegó con su tío, Fray José de Oro.

Así, adolescente, empezó una de las luchas que signarían su vida y forjarían la identidad que lo trasciende: por la educación, contra el analfabetismo de las clases populares, esas mismas que él menospreció. Es el mismo Sarmiento que le recomendó a Mitre, en una carta que ha pasado a la posteridad: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes”. Esas montoneras del interior atrasado, encarnación de la barbarie según él, antítesis de la civilización que él avizoraba en la cultura anglosajona.

Nació el 14 de febrero –por eso lo bautizaron Valentín–, aunque fue anotado el 15. Fue en 1811, apenas unos meses después de iniciada la Revolución de Mayo, germen de la nación que también fue su desvelo, la que él hubiera querido se pareciera más a Inglaterra o Estados Unidos que a España.

Empleado de comercio, minero, soldado, periodista, maestro, político, pensador, escritor. Todo eso fue Sarmiento. Presidente de la Nación, incluso. El que ordenó el primer censo nacional, en 1869, con la idea de que para planificar el progreso es necesario contar con información precisa de esa sociedad que se quiere transformar. Sarmiento no esquivó las lides políticas, los enconos personales ni los amores apasionados, aunque fueran contrariados.

Tuvo un amor con María Jesús del Canto, adolescente chilena que dio a luz a su hija Faustina, en 1831, pese a que la familia de ella lo menospreciaba.

Luego, en Chile, se casó con la viuda Benita Martínez Pastoriza, de quien adoptó como propio a su hijo Domingo Fidel. No faltan las teorías de que Dominguito haya sido hijo biológico del sanjuanino. La muerte de su hijo del corazón en la Guerra del Paraguay fue uno de los golpes más duros que Sarmiento sufrió.

Más tarde, cuando volvió al país, se enamoró como un chico, aunque ya tenía 44 años. Su romance con la joven Aurelia Vélez Sarsfield, de 19, fue la historia de una pasión escandalosa.

Para cuando se conocieron, Aurelia ya era viuda. Había estado casada con su primo hermano, el médico Pedro Ortiz Vélez, hijo del puntano José Santos Ortiz. Había sido un “casamiento por apuro”, pero después ella abortó. Su esposo la sorprendió en amoríos con su secretario, Cayetano Echenique, a quien mató de un pistoletazo.

Para cuando se conocieron, Aurelia ya era viuda. Había estado casada con su primo hermano, el médico Pedro Ortiz Vélez, hijo del puntano José Santos Ortiz. Había sido un “casamiento por apuro”, pero después ella abortó. Su esposo la sorprendió en amoríos con su secretario, Cayetano Echenique, a quien mató de un pistoletazo.

A escondidas se veían el Sarmiento casado y la Aurelia viuda, hasta que Benita descubrió el romance y estalló el escándalo. Pese a todo, él no cejó y nunca renunció al amor de esa muchacha. El vínculo duraría hasta la muerte de él, en Paraguay. En esas pasiones hallaba el sanjuanino la justificación de la existencia. En una carta, le dijo a uno de sus nietos: “Somos felices por los que amamos y por los que nos aman, sin eso, la vida es un desierto”.

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