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“Yo acuso”, la poderosa carta de Émile Zola

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“Yo acuso”, la poderosa carta de Émile Zola

Gustavo Luna

Toda la valentía del novelista francés Émile Zola está resumida en dos palabras, las del título de la carta dirigida al presidente de Francia el 13 de enero de 1898: “Yo acuso”. Por eso fueron tan poderosas y lograron la revisión del caso Alfred Dreyfus, un militar judío condenado por alta traición, en un proceso judicial sin pruebas y cargado de antisemitismo. Pero no eximieron al autor de una querella judicial y de una extraña muerte por asfixia con los gases de su chimenea, que tuvo todos los tintes del asesinato que le habían prometido sus enemigos. Para cuando la república de Francia rehabilitó a Dreyfus, Zola ya había muerto.

La carta del escritor más cercano a la izquierda que a la derecha militarista y antisemita, publicada en el periódico “L'Aurore”, surtió más efecto que los escritos de la defensa del militar acusado. Por eso ha trascendido a la posteridad.

La historia había empezado cuatro años antes, cuando el servicio de contraespionaje francés descubrió que un militar traidor enviaba información a Alemania sobre los nuevos desarrollos en la artillería de su país. El capitán Dreyfus, un judío alsaciano de 35 años, fue acusado, arrestado y juzgado por un tribunal militar. Pese a que juró inocencia, lo condenaron a prisión perpetua con pruebas que nunca fueron hechas públicas y lo enviaron a la Isla del Diablo, en la Guayana francesa, al norte de Brasil.

En ese momento, sólo la familia del acusado creyó en su inocencia. Hasta que un miembro del servicio de inteligencia militar, Georges Picquart, halló escritos que lo convencen de que el espía es, en realidad, Ferdinand Esterhazy, un militar francés de origen húngaro que años antes había escrito cartas en las que destilaba su odio por Francia.

Picquart lleva las pruebas a sus superiores, pero el Estado Mayor lo desoye y lo envía a África, para que no moleste: para los altos mandos, el asunto es cosa juzgada y no hay revisión posible.

Pero un hermano de Dreyfus sigue su lucha y consigue el apoyo de parte de la prensa. Logran que Esterhazy sea juzgado. Pero, otra vez a puertas cerradas, el consejo de guerra lo juzga y lo absuelve. Todo por “no dar el brazo a torcer” y admitir que se habían equivocado al condenar al judío.

“Acuso al primer Consejo de Guerra, por haber condenado a un acusado, fundándose en un documento secreto, y al segundo Consejo de Guerra, por haber cubierto esta ilegalidad, cometiendo el crimen jurídico de absolver conscientemente a un culpable”, escribió Zola en su célebre carta.

“Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas de la inocencia de Dreyfus, y no haberlas utilizado, haciéndose por lo tanto culpable del crimen de lesa humanidad y de lesa justicia con un fin político y para salvar al Estado Mayor comprometido”, agrega. Son muchos a los que acusa.

Manifiesta saber que pueden acusarlo de difamación. “Y voluntariamente me pongo a disposición de los Tribunales”, escribe. No sólo lo juzgan y condenan, también lo amenazan de muerte. Y al parecer, cumplieron. Pero Zola había dicho la verdad.

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“Yo acuso”, la poderosa carta de Émile Zola

Toda la valentía del novelista francés Émile Zola está resumida en dos palabras, las del título de la carta dirigida al presidente de Francia el 13 de enero de 1898: “Yo acuso”. Por eso fueron tan poderosas y lograron la revisión del caso Alfred Dreyfus, un militar judío condenado por alta traición, en un proceso judicial sin pruebas y cargado de antisemitismo. Pero no eximieron al autor de una querella judicial y de una extraña muerte por asfixia con los gases de su chimenea, que tuvo todos los tintes del asesinato que le habían prometido sus enemigos. Para cuando la república de Francia rehabilitó a Dreyfus, Zola ya había muerto.

La carta del escritor más cercano a la izquierda que a la derecha militarista y antisemita, publicada en el periódico “L'Aurore”, surtió más efecto que los escritos de la defensa del militar acusado. Por eso ha trascendido a la posteridad.

La historia había empezado cuatro años antes, cuando el servicio de contraespionaje francés descubrió que un militar traidor enviaba información a Alemania sobre los nuevos desarrollos en la artillería de su país. El capitán Dreyfus, un judío alsaciano de 35 años, fue acusado, arrestado y juzgado por un tribunal militar. Pese a que juró inocencia, lo condenaron a prisión perpetua con pruebas que nunca fueron hechas públicas y lo enviaron a la Isla del Diablo, en la Guayana francesa, al norte de Brasil.

En ese momento, sólo la familia del acusado creyó en su inocencia. Hasta que un miembro del servicio de inteligencia militar, Georges Picquart, halló escritos que lo convencen de que el espía es, en realidad, Ferdinand Esterhazy, un militar francés de origen húngaro que años antes había escrito cartas en las que destilaba su odio por Francia.

Picquart lleva las pruebas a sus superiores, pero el Estado Mayor lo desoye y lo envía a África, para que no moleste: para los altos mandos, el asunto es cosa juzgada y no hay revisión posible.

Pero un hermano de Dreyfus sigue su lucha y consigue el apoyo de parte de la prensa. Logran que Esterhazy sea juzgado. Pero, otra vez a puertas cerradas, el consejo de guerra lo juzga y lo absuelve. Todo por “no dar el brazo a torcer” y admitir que se habían equivocado al condenar al judío.

“Acuso al primer Consejo de Guerra, por haber condenado a un acusado, fundándose en un documento secreto, y al segundo Consejo de Guerra, por haber cubierto esta ilegalidad, cometiendo el crimen jurídico de absolver conscientemente a un culpable”, escribió Zola en su célebre carta.

“Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas de la inocencia de Dreyfus, y no haberlas utilizado, haciéndose por lo tanto culpable del crimen de lesa humanidad y de lesa justicia con un fin político y para salvar al Estado Mayor comprometido”, agrega. Son muchos a los que acusa.

Manifiesta saber que pueden acusarlo de difamación. “Y voluntariamente me pongo a disposición de los Tribunales”, escribe. No sólo lo juzgan y condenan, también lo amenazan de muerte. Y al parecer, cumplieron. Pero Zola había dicho la verdad.

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