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Tiananmen, tecnología por tanques

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Tiananmen, tecnología por tanques

Treinta años después de la represión, los tanques de la plaza de Tiananmen dejaron el sitio a un arsenal más discreto pero igual de eficaz para el régimen chino: miles de cámaras atentas al mínimo atisbo de protesta social.
En la inmensa explanada del corazón de Pekín, las cámaras vigilan a los turistas que admiran el retrato gigantesco de Mao Zedong, el fundador de la república popular. Estas cámaras colgadas de las farolas son el lado visible del arsenal tecnológico a disposición del Partido Comunista Chino (PCC) para impedir un movimiento prodemocracia como el de 1989, reprimido duramente el 4 de junio de 1989.
De norte a sur del país, en los últimos diez años se crearon puestos policiales para prevenir la delincuencia y cualquier alteración del orden público. La obsesión del régimen por la inteligencia artificial y el reconocimiento facial añadió sofisticación a esta red de vigilancia compleja. Permite a la policía llamar a la puerta de cualquier presunto alborotador, denuncian los disidentes.
Otros estiman que la omnipresencia del partido en las universidades y la reducción de los pocos “espacios de libertad”, como las librerías independientes, complican cualquier intento de debatir hipotéticas reformas políticas.
“Gracias a la mejora de las tecnologías de vigilancia, sería mucho más difícil hoy celebrar manifestaciones como las de Tiananmen en 1989”, destacó Patrick Poon, de Amnistía Internacional.
En los últimos años hubo pequeñas “manifestaciones espontáneas” en el país, lanzadas por sindicalistas, estudiantes o familias afectadas por los escándalos alimentarios o vacunas defectuosas. Estas protestas esporádicas también disminuyen puesto que Pekín trata de “cortarlas de raíz” y censura cualquier referencia a ellas en las redes sociales, explicó Poon.
“Cada vez que salgo de la ciudad, tengo que informar de ello a la policía”, afirma Yi Wenlong, un empresario de la provincia de Shanxi, cuya hija sufre epilepsia como consecuencia de una vacuna adulterada. “Si ni siquiera podemos hablar de los problemas concretos como las vacunas ¿cómo vamos a agitar pancartas pidiendo grandes cambios?”, se preguntó.
Desde la llegada al poder del presidente Xi Jinping en 2012, Pekín redujo el espacio de las libertades civiles, arremetiendo contra los abogados, disidentes y hasta los estudiantes “marxistas” defensores de los derechos de los trabajadores.
Los censores del régimen reforzaron el control de las redes sociales, vigilan las conversaciones entre millones de individuos y bloquean cualquier contenido políticamente sensible, en particular la represión de 1989. Ante la proximidad de la fecha del 4 de junio, la enciclopedia Wikipedia fue bloqueada en todas las lenguas.
Para el militante Hu Jia “la libertad de expresión es la piedra angular de todas las libertades y sin ella otro Tiananmen es inimaginable”. El nuevo arsenal del Estado policía incluye programas informáticos de reconocimiento vocal para identificar a las personas por teléfono y un programa de recogida de muestras de ADN, según Xiao Qiang, un físico contestatario.
Varios disidentes afirman haber recurrido a aplicaciones de mensajería instantánea encriptadas como Telegram o WhatsApp para comunicarse. Según un disidente encarcelado de 2013 a 2016, “el espacio de las libertades civiles se estrecha”, las reservas hoteleras o de transporte también se usan para perseguir a individuos. Para realizar un viaje por tren en China hay que escanear el documento de identidad.
En 2015, Pekín lanzó el proyecto de vigilancia “Sharp Eyes” (“ojo de lince”), que este disidente describe como “omnipresente”. China contaba en 2016 con unos 176 millones de cámaras de vigilancia contra 50 millones en Estados Unidos, según el gabinete IHS Markit. De aquí a 2022 subirán a 2.760 millones en un país de 1.400 millones de habitantes, o sea dos por persona.
Cámaras y tecnología en vez de tanques. Parece una broma macabra, pero implica un avance.

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Tiananmen, tecnología por tanques

Treinta años después de la represión, los tanques de la plaza de Tiananmen dejaron el sitio a un arsenal más discreto pero igual de eficaz para el régimen chino: miles de cámaras atentas al mínimo atisbo de protesta social.
En la inmensa explanada del corazón de Pekín, las cámaras vigilan a los turistas que admiran el retrato gigantesco de Mao Zedong, el fundador de la república popular. Estas cámaras colgadas de las farolas son el lado visible del arsenal tecnológico a disposición del Partido Comunista Chino (PCC) para impedir un movimiento prodemocracia como el de 1989, reprimido duramente el 4 de junio de 1989.
De norte a sur del país, en los últimos diez años se crearon puestos policiales para prevenir la delincuencia y cualquier alteración del orden público. La obsesión del régimen por la inteligencia artificial y el reconocimiento facial añadió sofisticación a esta red de vigilancia compleja. Permite a la policía llamar a la puerta de cualquier presunto alborotador, denuncian los disidentes.
Otros estiman que la omnipresencia del partido en las universidades y la reducción de los pocos “espacios de libertad”, como las librerías independientes, complican cualquier intento de debatir hipotéticas reformas políticas.
“Gracias a la mejora de las tecnologías de vigilancia, sería mucho más difícil hoy celebrar manifestaciones como las de Tiananmen en 1989”, destacó Patrick Poon, de Amnistía Internacional.
En los últimos años hubo pequeñas “manifestaciones espontáneas” en el país, lanzadas por sindicalistas, estudiantes o familias afectadas por los escándalos alimentarios o vacunas defectuosas. Estas protestas esporádicas también disminuyen puesto que Pekín trata de “cortarlas de raíz” y censura cualquier referencia a ellas en las redes sociales, explicó Poon.
“Cada vez que salgo de la ciudad, tengo que informar de ello a la policía”, afirma Yi Wenlong, un empresario de la provincia de Shanxi, cuya hija sufre epilepsia como consecuencia de una vacuna adulterada. “Si ni siquiera podemos hablar de los problemas concretos como las vacunas ¿cómo vamos a agitar pancartas pidiendo grandes cambios?”, se preguntó.
Desde la llegada al poder del presidente Xi Jinping en 2012, Pekín redujo el espacio de las libertades civiles, arremetiendo contra los abogados, disidentes y hasta los estudiantes “marxistas” defensores de los derechos de los trabajadores.
Los censores del régimen reforzaron el control de las redes sociales, vigilan las conversaciones entre millones de individuos y bloquean cualquier contenido políticamente sensible, en particular la represión de 1989. Ante la proximidad de la fecha del 4 de junio, la enciclopedia Wikipedia fue bloqueada en todas las lenguas.
Para el militante Hu Jia “la libertad de expresión es la piedra angular de todas las libertades y sin ella otro Tiananmen es inimaginable”. El nuevo arsenal del Estado policía incluye programas informáticos de reconocimiento vocal para identificar a las personas por teléfono y un programa de recogida de muestras de ADN, según Xiao Qiang, un físico contestatario.
Varios disidentes afirman haber recurrido a aplicaciones de mensajería instantánea encriptadas como Telegram o WhatsApp para comunicarse. Según un disidente encarcelado de 2013 a 2016, “el espacio de las libertades civiles se estrecha”, las reservas hoteleras o de transporte también se usan para perseguir a individuos. Para realizar un viaje por tren en China hay que escanear el documento de identidad.
En 2015, Pekín lanzó el proyecto de vigilancia “Sharp Eyes” (“ojo de lince”), que este disidente describe como “omnipresente”. China contaba en 2016 con unos 176 millones de cámaras de vigilancia contra 50 millones en Estados Unidos, según el gabinete IHS Markit. De aquí a 2022 subirán a 2.760 millones en un país de 1.400 millones de habitantes, o sea dos por persona.
Cámaras y tecnología en vez de tanques. Parece una broma macabra, pero implica un avance.

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