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El insensible silencio de las armas

El 26 de abril de 1986, se produjo una explosión en la central nuclear “Vladímir Ilich Lenin”, ubicada en el norte de Ucrania, que en ese momento pertenecía a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, a 3 kilómetros de la ciudad de Prípiat, a 18 kilómetros de la ciudad de Chernóbil y a 17 kilómetros de la frontera con Bielorrusia.
El accidente de Chernóbil es considerado, junto con el accidente nuclear de Fukushima I en Japón en 2011, como el más grave en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares (accidente mayor, nivel 7), y suele ser incluido entre los grandes desastres medioambientales de la historia.
Dos empleados de la planta murieron como consecuencia directa de la explosión y otros 29 fallecieron en los tres meses siguientes. Unas 1.000 personas recibieron grandes dosis de radiación durante el primer día después del accidente. En total, 600.000 personas recibieron dosis de radiación por los trabajos de descontaminación posteriores al accidente. 5.000.000 de personas vivieron en áreas contaminadas y 400.000 en áreas gravemente contaminadas.
Hasta hoy se desconoce la mortalidad real que el accidente causó en la población. Principalmente por la negativa del gobierno soviético de entonces a reconocer, no solo la gravedad de lo ocurrido, sino el accidente mismo.
A más de tres décadas de Chernóbil, la sensibilidad sobre los accidentes nucleares persiste. También la desconfianza. Por ello no resulta llamativo, que cuatro días después de la explosión nuclear que provocó la muerte de al menos cinco personas en una remota base del norte ruso, las autoridades rusas reconocieran que el accidente estuvo vinculado con pruebas de “nuevas armas”.
Expertos estadounidenses consideraron que este accidente podría estar relacionado con las pruebas del misil de crucero “Burevestnik”, una de las nuevas armas “invencibles” de las que alardeara el presidente Vladimir Putin a comienzos de este año.
Sin ser tan precisa, la agencia nuclear rusa aseguró, al tiempo que homenajeó a los cinco miembros de su personal fallecidos, que “continuará el trabajo sobre este nuevo tipo de armas que, bajo cualquier circunstancia, se hará hasta el final”. Las armas poseen su propio silencio insensible.
“Cumpliremos los deberes que nos ha confiado nuestra Patria. Su seguridad estará por completo garantizada”, señaló un alto mando militar. Antes, el ejército había anunciado la muerte de dos “especialistas”.
Inmediatamente tras el accidente, el Ministerio de Defensa declaró que los hechos ocurrieron durante la prueba de un “motor-cohete de propulsión” a combustible líquido, pero sin vincular al accidente con la energía nuclear. Después afirmó que “no hubo contaminación radiactiva”, pero el ayuntamiento de una ciudad cercana a la base había publicado que “registró una leve alza de la radioactividad”. Un anuncio que luego retiró.
Putin causó sensación el año pasado y a principios de éste al presentar una nueva generación de misiles desarrollados por su país, “invencibles”, “indetectables” e “hipersónicos”. Amenazó con desplegar estas nuevas armas para atacar “centros de decisión” en los países occidentales.
La ciudad cerrada de Sarov, que acoge al principal centro de investigación nuclear ruso, decretó un día de duelo y los cinco especialistas muertos serían condecorados de manera póstuma, tras su funeral.
“Tuvieron una doble responsabilidad: en el desarrollo de tecnologías y equipos únicos y al asumir el riesgo físico de realizar unas pruebas únicas”, dijeron las autoridades rusas.
Conocido con el nombre de “Arzamas-16” durante la Guerra Fría, en el centro de Sarov se desarrollaron las primeras armas nucleares de la Unión Soviética.
A comienzos de julio, 14 oficiales del ejército ruso murieron en el incendio de un submarino nuclear en el mar de Barents, en circunstancias sobre las cuales las autoridades rusas guardaron silencio, a causa del “secreto de Estado”.
Las potencias militares que dominan el planeta, recurren al silencio cuando de armas se trata. Las reglas del juego son atroces, insensibles. Y mortales.

   
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El insensible silencio de las armas

El 26 de abril de 1986, se produjo una explosión en la central nuclear “Vladímir Ilich Lenin”, ubicada en el norte de Ucrania, que en ese momento pertenecía a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, a 3 kilómetros de la ciudad de Prípiat, a 18 kilómetros de la ciudad de Chernóbil y a 17 kilómetros de la frontera con Bielorrusia.
El accidente de Chernóbil es considerado, junto con el accidente nuclear de Fukushima I en Japón en 2011, como el más grave en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares (accidente mayor, nivel 7), y suele ser incluido entre los grandes desastres medioambientales de la historia.
Dos empleados de la planta murieron como consecuencia directa de la explosión y otros 29 fallecieron en los tres meses siguientes. Unas 1.000 personas recibieron grandes dosis de radiación durante el primer día después del accidente. En total, 600.000 personas recibieron dosis de radiación por los trabajos de descontaminación posteriores al accidente. 5.000.000 de personas vivieron en áreas contaminadas y 400.000 en áreas gravemente contaminadas.
Hasta hoy se desconoce la mortalidad real que el accidente causó en la población. Principalmente por la negativa del gobierno soviético de entonces a reconocer, no solo la gravedad de lo ocurrido, sino el accidente mismo.
A más de tres décadas de Chernóbil, la sensibilidad sobre los accidentes nucleares persiste. También la desconfianza. Por ello no resulta llamativo, que cuatro días después de la explosión nuclear que provocó la muerte de al menos cinco personas en una remota base del norte ruso, las autoridades rusas reconocieran que el accidente estuvo vinculado con pruebas de “nuevas armas”.
Expertos estadounidenses consideraron que este accidente podría estar relacionado con las pruebas del misil de crucero “Burevestnik”, una de las nuevas armas “invencibles” de las que alardeara el presidente Vladimir Putin a comienzos de este año.
Sin ser tan precisa, la agencia nuclear rusa aseguró, al tiempo que homenajeó a los cinco miembros de su personal fallecidos, que “continuará el trabajo sobre este nuevo tipo de armas que, bajo cualquier circunstancia, se hará hasta el final”. Las armas poseen su propio silencio insensible.
“Cumpliremos los deberes que nos ha confiado nuestra Patria. Su seguridad estará por completo garantizada”, señaló un alto mando militar. Antes, el ejército había anunciado la muerte de dos “especialistas”.
Inmediatamente tras el accidente, el Ministerio de Defensa declaró que los hechos ocurrieron durante la prueba de un “motor-cohete de propulsión” a combustible líquido, pero sin vincular al accidente con la energía nuclear. Después afirmó que “no hubo contaminación radiactiva”, pero el ayuntamiento de una ciudad cercana a la base había publicado que “registró una leve alza de la radioactividad”. Un anuncio que luego retiró.
Putin causó sensación el año pasado y a principios de éste al presentar una nueva generación de misiles desarrollados por su país, “invencibles”, “indetectables” e “hipersónicos”. Amenazó con desplegar estas nuevas armas para atacar “centros de decisión” en los países occidentales.
La ciudad cerrada de Sarov, que acoge al principal centro de investigación nuclear ruso, decretó un día de duelo y los cinco especialistas muertos serían condecorados de manera póstuma, tras su funeral.
“Tuvieron una doble responsabilidad: en el desarrollo de tecnologías y equipos únicos y al asumir el riesgo físico de realizar unas pruebas únicas”, dijeron las autoridades rusas.
Conocido con el nombre de “Arzamas-16” durante la Guerra Fría, en el centro de Sarov se desarrollaron las primeras armas nucleares de la Unión Soviética.
A comienzos de julio, 14 oficiales del ejército ruso murieron en el incendio de un submarino nuclear en el mar de Barents, en circunstancias sobre las cuales las autoridades rusas guardaron silencio, a causa del “secreto de Estado”.
Las potencias militares que dominan el planeta, recurren al silencio cuando de armas se trata. Las reglas del juego son atroces, insensibles. Y mortales.

   
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